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Laura Sofía Rivero: "Se espera que las mujeres escriban de un puñado de temas y nada más"
Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) halló en el ensayo la libertad para mostrar que las mujeres escriben sin tabúes temáticos y con mucho humor. Con su libro Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros desechos (Fondo de Cultura Económica, 2021), que aborda temas como la diarrea, las flatulencias, los baños públicos, ganó el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020, que le otorgó un jurado formado solo por mujeres. Conversar con Rivero es reír, desautomatizar la más profunda intimidad de los seres humanos y sus actos más cotidianos para volverlos, a través del lenguaje, extraordinarios, sin importar la repugnancia. —Literalmente, usted la “cagó” y la premiaron. —Exactamente. Yo les decía que este libro salió con todo y premio. El título del volumen de ensayos procede del silogismo sobre la existencia de Dios de Milan Kundera, de su drama filosófico La insoportable levedad del ser: “Una de dos: o el hombre fue creado a semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas o Dios no tiene tripas y entonces el hombre no se le parece”. Pero los trece textos están salpicados sin duda por François Rabelais, Jonathan Swift, Geoffrey Chaucer, Peter Handke, la poesía satírica latina y española, y, por supuesto, por Michel de Montaigne. Además, acaba de publicar otro libro, que escribió simultáneamente a sus ensayos, sobre los excrementos: Enciclopedia de las artes cotidianas (Ediciones Moledro), y se le pregunta si tiene que ver con la infame Merda d’artista, que el conceptual Piero Manzoni expuso en 1961, hace 61 años. “No. El tono de la Enciclopedia es muy distinto a Dios tiene tripas, aunque no tanto. Pero al menos los temas sí lo son. La Enciclopedia nace de la idea de que todo libro de ensayos es la enciclopedia de una persona; es una colección de ensayos cortos de temas que parecen no conectarse entre sí, es un libro misceláneo, me interesaba escribir un libro así porque ahora hay furor por las obras temáticas, porque en nuestra idea de que el libro no es libro si no tiene un tema unitario, y el ensayo, desde su nacimiento con Montaigne, se presta mucho a esa diversidad, a pasar de un tema a otro, de una reflexión a otra. “Y mi Enciclopedia justo trata de captar esa felicidad del ensayo corto que, para las personas dispersas como yo, nos permite adentrarnos con muchísima obsesión en un asunto, un tópico que nos interese, para pasar de inmediato a otro. También ambos libros siguen otros intereses de textos anteriores, como cuestionar las maneras que existen para pensar por escrito, otras maneras de escribir un ensayo, imaginar. Y, en la Enciclopedia, algunos apartados van desde temas de ambientes literarios o de lenguaje, como qué pasa con las presentaciones del libro, más domésticos como la relación con los vecinos, o más personales, de hecho, el libro termina con un autorretrato. Es un fractal de muchos temas cotidianos que, a pesar de su diversidad, se unen por una búsqueda de tono o voz ensayística”, expone la articulista de la Revista de la Universidad y Tierra Adentro, y Premio Dolores Castro 2016. —¿Por qué recurrió al ensayo literario para abordar un tema como los desechos humanos? El tema surgió porque en mi libro anterior, Tomografía de lo ínfimo (con el que ganó el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017), escribí un pequeño ensayo sobre los baños públicos. Y Vicente Quirarte (jurado) me comentó que por el tema tan interesante no solo podría ser un ensayo corto, sino un libro entero. Me pareció una provocación bastante curiosa. Ni siquiera sospechaba que podía llevarlo a cabo, pero justo por el comentario me animé a seguir explorando el tema y a escribir otros ensayos, hasta que tuve el volumen. Disfruto escribir ensayo —y es el género en el que me he desarrollado— porque permite una libertad formal que ningún género tiene a tal grado, jugar con la forma de pensar por escrito, combinar diferentes géneros literarios. Es el método idóneo para explorar con hondura, pero con mucho humor, estos temas que nos resultan difíciles de nombrar. —¿Por qué le pareció una provocación? Siento que estaba buscando hacerme notar que muchos ensayos pueden profundizarse y extenderse sin perder su carácter lúdico. Trató de hacerme salir de mi zona de confort, y lo agradezco muchísimo. —Pensé que se refería a “provocación” porque es muy raro que una escritora aborde estos temas. Yo, hasta el momento, no he encontrado referencias de otra escritora que hable sobre estos temas. A mí me interesó mucho escribir al respecto. Una anécdota: cuando escribía sin saber si sería un libro, me pidieron un texto representativo del ensayo para una antología de escritoras. Mandé el primer texto que ahora aparece en el volumen y que se llama “Corre que te alcanza”, que evidentemente es sobre la diarrea y la relación con la muerte. Y la persona que me invitó, me dijo: “Está bien, pero ¿no tienes un texto más femenino, sobre temas más de mujeres?” Sentí muy curioso, que no bastaba con ser mujer para escribir un texto así y estar en una antología de mujeres. Para mí es importante tener la libertad de pensar en los temas que me interesan, no los que va marcando el interés del mercado editorial; poder pensar sin límites, poder pensar con libertad, no solo formal, sino sin limitarme o ceñirme a lo que se está publicando, lo que se tiene que hacer dependiendo del género que uno sea. Y ha sido muy satisfactorio para mí tener la posibilidad de expresarme con libertad, a pesar del tabú que existe. —¿Por qué recurre al humor para hablar de las heces humanas? Primero que nada, el humor permite hacer más agradables los temas desagradables como estos, que consideramos anular porque nos parecen nefastos, grotescos. El humor hace que el lector pueda tener más empatía o sentirse más identificado, menos invadido. Pero, mi interés no era quedarme nada más ahí, en el humor, que fuera quizás el tono conductor de todos los ensayos, pero que también estos abrevaran de datos, que desde el interés histórico cultural se satisficiera la curiosidad un poco más erudita, mía y de los lectores, y, por otra parte, que estuviera plagada de reflexiones que suscita el tema. “A la hora de hacer mi investigación encontré pocos libros que hablaran de temas escatológicos. Por ejemplo, en El beneficio de las ventosidades, de Jonathan Swift, todo el tratamiento es humorístico. Otros textos como que tenían mucho pudor de hablar de asuntos grotescos, como Ensayo sobre el lugar silencioso, de Peter Handke; o que exponían un enfoque totalmente erudito, libresco, como La materia oscura. Historia cultural de la mierda, de Florian Werner. Así que quise que mi libro tuviera la posibilidad de integrar todos esos tonos; por una parte, las reflexiones, la búsqueda de un lenguaje más poético, literario, pero que también abrevara de datos de curiosidad intelectual y cultural, sin perder ese sentido del humor. Siempre quise que fuera una escritura integral en todos los ensayos”. —Su lenguaje es muy elegante en Dios tiene tripas para hablar de caca. Es algo que he buscado en todos los libros que he escrito, sobre todo, en una época en la que estamos acostumbrados a pensar en espacios públicos, como las redes sociales o el internet; con mucho cuidado en la forma. En general, trato que el humor no esté peleado con la elegancia, se va alimentando bastante bien. Y en este libro me pareció fundamental. Sí fue un elemento cardinal para precisamente tratar el tema sin caer en el pudor, pero que tampoco fuera tan grotesco o desagradable, que ni yo misma quisiera leerlo. Fue una apuesta ensayística, pero fue una de mis reflexiones al escribir el libro. —¿Cómo conciliar esa elegancia en un contexto cotidiano como el de México, lleno de expresiones coloquiales y comunes relacionadas con las heces: “cagarla”, “hacerla de pedo”, “echar mierda”, “hacerse calabaza”, “andar pedo”? Sí, en este caso, definitivamente está muy automatizado cierto vínculo que tenemos con nuestros desechos, al punto de que ya se encuentran inscritos en nuestro lenguaje. El hecho de que hablemos con ese tipo de palabras, con esos tópicos, con tanto desparpajo, hace que ya no nos sorprendamos o no reflexionemos sobre qué hay más allá del tabú. En este libro, y en otros, me he interesado en escribir para ver de manera extraordinaria la vida cotidiana, tratar de desautomatizarla. Uno de los intereses del libro es que los lectores justo sientan que están pensando el tema por vez primera o conociendo otros datos que los desautomatizarán no solo de la vida cotidiana, sino de esos temas repulsivos. Como lectora y autora, busco que el ensayo y la literatura en general me devuelvan una capacidad de sorpresa. —¿En algún momento tuvo que parar cuando escribía, por asco? ¿O era más risa que asco? Me tardé cuatro años en escribir todos los ensayos incluidos, pero estuve escribiendo otro libro a la par, Enciclopedia de las artes cotidianas, que acaba de publicar Ediciones Moledro. Y el tener dos proyectos paralelos me ayudó a tomarme descansos de uno y de otro. Dios tiene tripas sí implicó mucha investigación, pero, sobre todo, muchas conversaciones, platicar con muchas personas alrededor mío, sobre sus anécdotas y puntos de vista. Si me sentía saturada, me ponía a escribir el proyecto aledaño; sí, estar escribiendo dos libros al mismo tiempo durante esos cuatro años me ayudó a darme descansos ante lo desagradable que podía llegar a ser a ratos la información que encontraba. Sí, en ciertos momentos fue difícil lidiar no con el asco, sino con mi propia vergüenza. Por eso me pareció muy importante escribir un libro que a mí misma me retara a poner en cuestionamiento mi propio pudor, mi propia vergüenza, porque la intimidad y la vergüenza son los temas de esta época. Somos poco pudorosos al expresar nuestras opiniones en internet, pero somos muy pudorosos con una necesidad humana ineludible. Era sacudir un poco esa perspectiva que tenemos de nuestra intimidad, de nuestro decoro, en una época en que parece que somos más públicos que nunca en la historia.