Raúl Zurita: "Toda obra literaria es siempre un monólogo"

Héctor Hernández Montecinos, poeta y ensayista, trabajó para la edición de Fondo de Cultura Económica sobre más de 300 entrevistas que le realizaron a Zurita en distintos medios escritos de Chile, Argentina, México, Perú, Ecuador y España entre 1979 y fines de 2017 para entregar al lector el devenir consecuente de su pensamiento. Aquí el epílogo.

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Ya sea que contenga multitudes de personajes como La guerra y la paz o Los detectives salvajes o un hombre solo como en los poemas de Kavafis, toda obra literaria es siempre un monólogo. Solo tú hablas y ese es el dato de tu vida. Yo parto del dato básico de mi vida, no porque piense que ella tiene algo especial, todo lo contrario, sino porque creo que si eres capaz de llegar al fondo de ti mismo, sin autocompasión ni falsa solidaridad, es probable que llegues al fondo de la humanidad entera.

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Los seres humanos no somos mucho más que distintas metáforas de lo mismo. Al final de Hojas de hierba, Whitman dice: “Lector, tú no estás leyendo un libro, tú estás tocando una persona”, que es conmovedora porque no es cierta; el lector está tocando solo un libro, pero quien lo escribió quiso decir “yo estoy acá”, no el verso que lo dice, sino este coágulo de carne, de huesos, de sangre que en este momento escribe: “Lector, tú no estás leyendo un libro”. El arte es la única actividad humana que solo existe en su fracaso: no se trataba de escribir poemas ni de pintar cuadros —ni siquiera El juicio final, ni siquiera el Canto a mí mismo—. Se trataba de que nuestras vidas fueran obras de arte. 

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Los poemas quisieran dejar de existir porque eso significaría que cada segundo de la existencia se ha transformado en un acto creativo. Ese ha sido mi norte, mi sueño. Escribir obras no para que perduren, sino para que un día desaparezcan.

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Todos los cuadros, las pinturas que llenan los museos, las bóvedas de las iglesias, todos los libros en bibliotecas, todos los libros escritos, son como los escombros de una batalla inmensa que se ha perdido. Y la batalla no era escribir poemas, era hacer de la humanidad algo decente. Esa es la única forma de arte que vale la pena. Tal vez la gran virtud del arte, y por eso todavía existe, es que te permite recordar eso.

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Yo entiendo que el arte tiene relación con la vida o no tiene relación con absolutamente nada, pero al mismo tiempo todos esos géneros de memorias o autobiografías los encuentro por lo general bastante detestables. A mí me aburren al menos. Es tu vida, pero tu vida pasada a través de filtros, de mangueras, de engranajes, de cadenas. Tú alimentas literalmente con tu sangre las obras, pero no es esa lectura ingenua de contar hechos, sino que es contar lo que queda entre hecho y hecho. Las texturas del tiempo, las texturas de tu propio cuerpo, las tonalidades. Finalmente, la literatura, la poesía, el arte en general es lo único que les puede dar a los hechos la piedad y la compasión que ellos en sí mismos jamás tienen. Murió mi padre, ayer me encontré con mi hijo, hoy tuve un nieto: son datos. Lo único que les da su dimensión abismal y humana es precisamente el arte. El arte les da a los datos la dimensión de su humanidad y de su terror también. En ese sentido, uno cuenta su vida, pero la cuenta desde la urdimbre de los hechos, desde lo que los hechos dejan como huellas.

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Los depositarios de toda la historia somos cada uno de nosotros, nunca pude separar mis circunstancias de mi entorno. Por razones que me son muy desconocidas me tocó hablar desde una herida y la única forma que tenía para expresar aquello que me afectaba fue a través de la poesía.

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La historia del arte, de la poesía en particular, es también la historia de la desdicha, pero no es preciso para nada que tengas que sufrir para escribir; al contrario, quien se propone sufrir porque cree que ese es un método de acceder a una súper realidad escritural, lo más probable, es seguro, se lo digo un ciento por ciento, que solo va a sufrir y no va a escribir una puta letra. El deber de los seres humanos es la felicidad, cómo sea. Es su deber. Un ser feliz hace que otro también sea feliz.

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Este ejercicio de hacer poesía y hacer arte nos impone el deber de la alegría y el deber de ser, al menos en las obras, una forma de adelanto de la dicha, aunque escribamos obras desdichadas, pero el acto de escribir, el solo acto de escribir un poema, por débil que sea, implica una generosidad y un entusiasmo que contradice, que es la crítica más implacable a todas las desgracias que padecemos. Hay que valorar la alegría de poder escribir un poema, que para mí es un anticipo, un borrador de lo que alguna vez puede ser una vida creativa.

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Lo creativo está en apuntar al hecho de existir, pues la construcción de los textos o de los poemas son solo los carteles que indican la ruta, pero lo importante en definitiva es el camino. A pesar de todos los juegos formales, lo único que importa es la intensidad de la pasión. Y, aunque sea más o menos paradojal, a mí me ha interesado siempre más aquello que no está en el texto.

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Lo único que importa finalmente es cómo vivimos aquellos que nos denominamos seres humanos. Los libros, ¿qué son los libros? Lo que importa realmente es cómo vamos viviendo. No es el libro, sino lo que pasa entre libro y libro, tu vida concreta, la vida de los seres humanos. Lo importante es la vida, cómo nos hacemos pedazos, como intentamos precariamente ser felices dentro de esto que nos tocó.

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En un momento de mi vida tuve el sueño de que escribir era una especie de exorcismo. La escritura en el recuerdo se hace más fuerte, hace el recuerdo más vivo. No siento que escribir este libro haya sido un alivio. Ha sido seguramente lo que sentí que tenía que hacer. Para mí, el único sentido que tiene la escritura es la relación arte-vida, literatura-vida, una relación posible. Todos somos más o menos semejantes en los sueños, en las pesadillas, en la necesidad de amor, en la despedida frente a la muerte.

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Mira yo creo que la muerte nace contigo, no es algo original, pero creo que es profundamente cierto y te acompañará hasta el momento en que te mueres. Sí, creo que pasado un cierto tiempo la muerte se te hace algo concreto, está allí. A mí me ha importado más hablar de los asesinatos que de los muertos.

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Desde el momento en que alguien decide hablar, en realidad decide participar en el mundo, establece puentes con sus semejantes. Si uno se siente solo, por ejemplo, o tiene una experiencia de dolor muy fuerte, sabe de una u otra forma, lo sabe después, que el dolor es algo irredento, que expulsa al sufriente del mundo. El tipo está fuera del mundo cuando está sufriendo. Entonces, cuando uno puede hablarle, es porque optó por su sanación o su cura, o su salvación. Acordó participar del universo en que habita y participar con otros hombres.

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Si nosotros entendiéramos a los otros seres humanos con la misma devoción con la que contemplamos una obra de arte, ese sería el horizonte final. Pero obviamente que el arte y la vida son términos disjuntos. En su Tratado de pintura, Leonardo dibuja las semillas, habla de Dios y dice: “Es infinitamente impresionante pensar en quién hizo esto”.

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La poesía, si vamos a filosofar, es el primer encuentro del ser con las cosas. Después vendrán las teorías, las explicaciones, las razones. Esa mentira por la que han muerto tantos que se llama verdad. La poesía es la primera respuesta a la muerte, al hecho de saber que te vas a morir.

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