LITORAL: Tinta fresca

A continuación, publicamos en exclusiva el texto escrito por Ricardo Chávez Castañeda como complemento de su más reciente libro, titulado No, publicado en 2020 por el Fondo de Cultura Económica.

NO

De males a males.

Es difícil hablar de un mal distinto al mal que hoy nos amenaza. Parece una impertinencia y una rendición al pesimismo y a la crueldad. Tengo que recordarme, sin embargo, que no es cualquier mal del que he escrito y que cuando esta enfermedad viral se haya ido, la historia de ese otro mal seguirá allá afuera multiplicando su desgracia y su tragedia.

La confesión.

Es un rezo… una extraña manera de orar:

Me gustaría no estar aquí.

Me gustaría no haber escrito este libro llamado NO.

Me gustaría que esta historia no hubiera vivido en mí por casi cuarenta años.

Me gustaría, sobre todo, que aquella noche de noviembre de 1980 no hubiera existido.

Me gustaría que mi primo no hubiera casi muerto.

Me gustaría que esa chica que era su novia no se hubiera muerto con la mala humanidad metida en sus ojos y entre sus piernas, y enterándole con cada cuchillada de lo que somos, nosotros, los hombres, a veces.

Me gustaría no ser hombre.

¿Por qué ninguno de nosotros lo dice?

A veces somos el mal.

A veces deberíamos morirnos nosotros y no ellas, no ustedes.

A veces ser hombre es lo peor que puede pasarle a un ser humano.

Lo repito, me gustaría no ser hombre.

Pedir perdón.

Es verdad que el perdón –el pedirlo y el darlo– no hace que el tiempo regrese y lo muerto, en este caso, las muertas, dejen de seguir muriendo.

Pero el perdón es un inicio.

He escrito este libro para entender cuál sería la mejor manera de pedir perdón. Perdón por mí y por todos los hombres.

He contado la historia de una mujer que sólo vivió quince años no para que los hombres digamos:

- No fui yo.

- Yo no sería capaz.

- Nunca haré algo semejante.

Alguien de nosotros lo hizo. Alguien de nosotros fue capaz. Y eso debería ser suficiente para acercarnos al espejo y preguntarnos ¿por qué?

Para las mujeres mi libro cuenta una tragedia de la cual debieron enterarse desde muy niñas porque no podían darse el lujo de ignorar.

La inocencia es un privilegio. Quienes no nacen directamente el miedo pueden ser inocentes.

Nacer al miedo es olvidarse de la inocencia. El miedo es una alarma del cuerpo como lo es el dolor. Y si el dolor es un indicador de que algo va mal, el miedo es un indicador de que algo puede ir mal. Así que la mitad del mundo tuvo que aprender casi desde el nacer que algo podría ir mal con la otra mitad del mundo y que sólo por intentar vivir un día más, sólo un día más, tendría que convivir con el miedo, pero sobre todo con la posibilidad de que el miedo se cumpliera.

No está bien. Por donde quiera que se vea, no está bien.

Todas las mujeres lo saben. Pero nosotros no. No queremos saberlo. Y sin el miedo, podemos darnos el lujo de ser inocentes, ignorantes, ilusos, ingenuos e idiotas.

No está bien ser el mal y no poder aceptarlo.

Violencia de género

Abuso sexual

Incesto                                   El victimario somos los hombres

Violación                                 y las victimadas son las mujeres.

Asesinato entre géneros

(y el uno por ciento que no cumpla con esta

tragedia es la excepción que no podemos

permitir que nos distraiga).

Perdón por los golpes.

Perdón por abusar sexualmente de ustedes.

Perdón por violar a nuestras hijas.

Perdón por violarlas hermanas, cuñadas, amigas, mujeres.

Perdón por matarlas.

Y claro que lanzaremos el alarido…

- Yo no.

- Yo no.

… en lugar de preguntarnos para qué sirve este perdón, estas palabras, contra la brutalidad de los actos.

- Yo no.

- Yo no.

Y sin embargo, alguien lo hizo, muchos “alguienes”, tantos que deberíamos pensar si esa aparente excepción que decimos ser no es sino un espejismo, una mentira, un auto engaño.

La mejor y única manera de pedir perdón es mirarnos al espejo y olvidarnos del pronombre YO.

- Nosotros… Somos nosotros.

Y no movernos de allí hasta respondernos al ¿por qué?

Y entonces sí empezar a cambiar. Hacer algo con nosotros para disminuir el miedo en la mitad de la humanidad, pero sobre todo disminuir hasta extinguirlos los males de la violencia, del abuso, del incesto, de la violación y del asesinato que sale de nosotros, que somos nosotros.

El poder del mal y el poder de la palabra.

No sirve de nada la palabra.

No detuvo la muerte de esta mujer de quince años ni de ninguna de las mujeres que la siguieron.

¡Cuántas palabras habrán sido proferidas por ellas en su encuentro con la mala humanidad!

Ahora están muertas.

No sirve de nada las palabras.

Dicen NO y, sin embargo, los actos siguen pasando.

Pero tengo una contrahistoria.

En el bosque de los Remedios, un hombre joven se arrojó encima de una mujer de más de sesenta años, la echó al suelo, y estuvo a punto de violarla.

Es la primera vez que me atrevo a ver más allá de lo que mi madre me contó. Sí, mi madre. Él pudo violarla, cierto, pero, además, posiblemente matarla para que no hablara.

La salvó hablar.

Por casi una hora no cesó de extraer palabras de sí misma hablándole desde Dios hasta de su hijo mayor prometiéndole que le ofrecería trabajo.

Y está viva.

¿La excepción que nos distrae?

Nos han hablado tanto del mal decir, es decir, del decir el mal.

Y es verdad. El mal y la palabra, cuando se juntan, son invencibles.

Hay tantos ejemplos: el exterminio en nuestro continente en épocas de la Conquista y la Colonia, los genocidios. ¿recuerdan que durante tres días se invitó por radio a una población a tomar los machetes para acabar con la población vecina en Ruanda?

Por donde pasa la palabra que maldice pasarán después los actos que matan.

¿Cuáles son las palabras que han permitido y que hoy en día siguen sosteniendo la matanza de mujeres?

¿Por qué no empezamos por ahí?

La historia de mi madre me enseña que las palabras pueden ayudarnos.

La palabra sirve para decir, nombrar y señalar.

Todas las mujeres que desde 1980 vienen siendo asesinadas en nuestro país, murieron diciendo, nombrando y señalando.

Y siempre éramos nosotros a quienes señalaban.

No se trata de ponernos a nuestro lado y ofendernos o defendernos. Ponernos ante este estentóreo decir, nombrar y señalar, para preguntarnos ¿Cuándo va a llegar a nosotros ese mal y cuándo vamos a llegar nosotros a ese mal?

De nosotros emerge.

Si cada hombre hiciera lo que tuviera que hacer para impedírselo, si cada hombre se ocupara de sí, bastaría.

El mal.

¿Qué es ese mal que sale de nosotros y cómo se expresa y hacia dónde nos lleva y por qué y para qué?

La palabra debería de ayudarnos.

Decir, nombrar y señalar con la mano vuelta hacia nosotros.

Aprender a aceptar que cada uno de nosotros puede ser el mal para no serlo.

Si nos pusiéramos bajo nuestro propio cuidado para cuidar a las mujeres de nosotros.

¿Lo imaginan? Una especie de armisticio…. algo tan similar a la paz.

El lenguaje y la creencia.

El lenguaje es el máximo invento humano. Es para la mente, lo que para el cuerpo significó el descubrimiento de la cueva. Palabras, palabras, una manera de salirnos del mundo y ponernos a resguardo con el fin de darle una tregua al miedo.

Si en la cueva –un techo sin grietas, un suelo sin agujeros, y paredes de roca casi completamente cerradas en derredor nuestro (origen de nuestra entera arquitectura)- las amenazas contra la existencia se reducían a ese boquete frontal por vigilar, cuando los aconteceres del mundo nos abruman y están a punto de enloquecernos con sus amenazas reales o potenciales, podemos meternos al lenguaje y desde allí, desde este refugio, tratar de hacer algo para ponernos a salvo.

El lenguaje es en realidad cuatro lenguajes. El primero es aquel que surge de pasmo, de la estupefacción, de la conmoción. ¿Por qué alguien mataría una mujer? ¿Por qué tantas? ¿Por qué cada vez más? ¿Por qué no se hace nada que no sea permitirlo? Perdemos la palabra ante tal sinsentido. La realidad ha perdido la cabeza. Es allí cuando el lenguaje, ahogándose en el silencio, debe extraer algún sentido, algún significado que nos permita seguir adelante pero no ignorando ni siendo indiferente, sino enfrentando al mal.

Sólo entonces surge el segundo lenguaje, el que comparte, el que cuenta a otras mujeres como nosotras que nos están matando y que no está bien y que deberíamos hacer algo para que nuestras historias no sigan desembocando inexorablemente en la tragedia. Poner en común a través de la comunicación, de modo que podamos crear una comunidad y conseguir así una común unión.

El tercer lenguaje responde al momento de hacer ideas, de generar pensamientos, de reflexionar, es decir, de traer el reflejo del mundo a las palabras para ver si aquí, en la representación, sería posible ver algo que nos posibilitara empezar a impedir allá afuera la presentación, la presentación del mal, el mal, se vuelve presente, omnipresente.

Y sólo entonces aparece el cuarto lenguaje, aquel que se convierte en actos y permite al fin la modificación del mundo.

Las mujeres han recorrido ya todos los lenguajes. Pero poco pueden hacer sin la ayuda de la otra mitad del mundo.

Nosotros ni siquiera hemos llegado a la estupefacción, al pasmo.

¿Nos parece normal?

¿Qué tendría que pasarnos para sacudirnos y empezar a tenerle miedo el mundo y refugiarnos en el lenguaje?

¿Ver desaparecer a un hombre y luego a otro y a otro para que empecemos a temer y a quedarnos sin palabras?

Ahora sólo hay indiferencia de nuestra parte, mientras las mujeres, aquellas que todavía no mueren, van enfermando y enloqueciendo porque algo así pueda sucedernos a los seres humanos. La locura, la enfermedad y la muerte voluntaria, el suicidio, llegan cuando no logramos hacer nada contra un mundo que nos extermina.

¿Estamos esperando a que surja un nuevo tipo de depredación que nos alcance a los hombre y nos mate a nosotros?

¿Estamos esperando a que se maten a sí mismas nuestras compañeras, amigas, esposas, madres, hijas, para salirse así de este mundo que nunca fue para ellas?

¿Por qué no seguir el ejemplo de nuestros ancestros? Mujeres y hombres se refugiaban juntos en la caverna para evitar juntos el mal. Entremos juntos al lenguaje y juntos recobremos la palabra, compartamos nuestras historias, hagamos pensamientos, y así cambiemos esta realidad feminicida.

El papel de la literatura.

La literatura tendría que hacer algo. Por ejemplo, arrastrar el mal hacia el papel para salir de nuestro estupefacto y horrorizado silencio, para poner nuestras historias trágicas en común (en comunicación, en comunidad e intentar hacer comunión) y así ver el mal a los ojos con la única pretensión de entenderlo. Sólo así podremos salir de las palabras y hacer algo.

Por donde pasan las palabras pasarán después los actos.

Por ejemplo, descifrar el misterio del por qué la sexualidad y la violencia se han vuelto una.

¿No la unión era entre la sexualidad y el amor?

Antes dijimos que cuando la palabra y el mal se encuentran, se potencia la tragedia.

La sexualidad y la violencia unidas dan todas nuestras siniestras fórmulas del mal contra la mujer: abuso, incesto, violación, la muerte. No es suficiente signo que en distintas coordenadas del mundo se esté repitiendo un patrón: dos niños menores de diez años acaban matando cruelmente a una niña a través de una tortura que pasa por lo sexual.

Hace unas décadas esta niñez humana no existía en el mundo. Una niñez que piense la muerte y sea capaz de llevarla a cabo. Una que use a la sexualidad como vehículo del mal.

¿Qué palabras le han llevado a estos actos? ¿Y cómo impedir que estas palabras se propaguen?

El rol de la literatura está en el lenguaje. Identificar las malas palabras (aquellas que empujan al mal), desarmarlas y desactivarlas como si se tratasen de minas.

Enemistad, desencuentro, son palabras demasiado suaves para nombrar y articular. Parece venganza, semeja ser odio. ¿Y por qué? ¿De dónde ha surgido esta guerra civil entre las dos mitades del mundo? He aquí el riesgo de los errores lingüísticos. No es guerra. Cacería. ¿Y por qué desde edades tan tempranas? ¿Somos capaces de entender lo que significa morir antes de tener conciencia? Antes del miedo que advierte y nos protege.

El país de la mujer por morir.

México debería cambiar su nombre. Sustituir los actuales letreros de México y rodear las fronteras de nuestro país, como ondean las banderas rojas en las playas de los mares enloquecidos, con el nuevo nombre que advierta y que dé la voz de alarma

EL PAÍS DE LA MUJER POR MORIR.

¿Quién querría venir aquí?

Es más, ¿quién querría quedarse aquí?

¿Imaginan el éxodo? Una desbandada imparable de mujeres que, no obstante saber que ningún lugar del mundo les es propicio, reconocen que hay sitios maldecidos.

Un país sin mujeres y el nuevo nombre de nuestro territorio tatuado para la eternidad… O bien hacer algo por retener la huida del único modo que se conoce, hacer la paz, y como el Dios de la Biblia creó el arcoíris como promesa para recordar y recordarse que nunca jamás acabaría con la humanidad, acaso nombrar a nuestro país Méxica para que nunca más se nos olvide a los hombres el diluvio y el ahogo que puede surgir de nosotros.

El origen.

Científicamente negamos la existencia de la generación espontánea y, sin embargo, en la vida vivimos como si los fenómenos simplemente surgieran de la nada, los aceptamos como dados, nos acomodamos a ellos y los normalizamos. Que una mujer desaparezca, por ejemplo.

¿De veras es posible aceptar, acomodarse y seguir como si nada?

Los hombres lo hacemos.

Todo comportamiento, hábito, juicio, reacción, tiene un origen. Tanta mujer asesinada hasta hoy tuvo que provenir de una primera muerta. Una mujer asesinada en nuestro país antes que todas las mujeres muertas de hoy.

Hay algo en los orígenes – es nuestra creencia- que debería no sólo revelarnos las causas sino los contextos que han hecho posible lo imposible.

El paso de lo imposible a lo posible sucedió, según yo, en 1980, durante esa noche de noviembre de la cual he escrito un libro, cuando sin que lo supiéramos - ¿quién habría podido imaginárselo?- dio principio lo hoy correctamente se denomina feminicidio. El ensañamiento, la cacería, la guerra.

Ir a los inicios, alegóricamente, sería como testimoniar la flama de la cual surgirá el incendio. ¿Se imaginan que tuviésemos la capacidad de volver de veras a los principios? Apagar la llama justo antes de que comience a derramarse por la superficie del mundo.

¿Arrebatarles a esos cuatro hombres a la chica de quince años que era novia de mi primo? ¿Sacrificarse por ella y por todas las mujeres por morir?

Yo lo haría.

Yo intenté hacerlo en mi libro.

La loca utopía del arte que cree posible hacer lo imposible.

Si la realidad lo consigue, ¿por qué no ambicionarlo desde la literatura?

Los orígenes.

Cada mujer que muere hoy es un nuevo principio.

Bastaría con estar atentos y cuidarnos entre todos, ¿no?

Poner fin, cortar relevos, acabar con la mala heredad.

Humillados y ofendidos.

No se trata de sentirnos agraviados y agredidos por esta época antimachista que a los hombres nos está tocando atravesar. Es cierto que las grandes puestas en crisis sólo pueden darse en un contexto que lo permita. Vivimos la mayor crisis de la masculinidad (un terremoto que nos ha cimbrado desde nuestra identidad, pasando por nuestra lógica, nuestra cosmovisión, nuestro rol social, familiar, laboral e individual).

Si no hubiera existido este terremoto que nos ha cimbrado hasta lo más profundo de nuestro ser, habríamos hecho lo de siempre: no ver, no oír, no pensar, ignorar, ser indiferentes al diálogo con el cual las mujeres intentarían por enésima vez establecer contacto con nosotros

Preferimos sentirnos humillados y ofendidos porque es más fácil ver una guerra afuera y no aceptar que la guerra está nuestro interior.

Podríamos interpretarlo al revés. Pensar en el privilegio que supone tener la oportunidad de ser el tránsito hacia una nueva manera de ser hombre.

Entonces no se trata de ponernos en un lugar sino salirnos de todos los lugares y quedarnos solos, como ante un espejo, y preguntarnos qué hay aquí dentro y cuándo vamos de veras a ser tan valientes como para adentrarnos en nosotros y darnos la cara.

Quizá entonces logremos escuchar, ver, pensar en lo que nos están diciendo las mujeres.

- Dejen de creernos inferiores, dejen de pensar que nuestra vida

vale menos, dejen de imponernos límites, dejen de maltratarnos,

dejen de pegarnos, dejen de abusar de nosotras, dejen de violarnos.

Eso es lo que nos están diciendo.

- Dejen de matarnos.

¿No podemos ponernos en su lugar, en sus zapatos, en su cuerpo, en su cabeza para entender? Quizá el último gran paso del desarrollo humano ha sido ése, la empatía, la capacidad de entender al otro, pero sobre todo la capacidad de desorganizarnos ante la desorganización de quien la sufre.

A trescientos sesenta grados a la redonda, hay mujeres que nos reclaman que este mundo no está hecho para ellas, que nunca hicimos un mundo que fuera también para las mujeres. ¿Cómo podemos negar este horizonte hecho por quienes nos crían, nos aman, nos acompañan, nos dan su amistad, son nuestras hijas, trabajan hombro con hombro y codo con codo?

Empatizar significaría entender que, para ellas, ni adentro de las casas ni afuera es posible confiarse, sentir seguridad, dar por hecho que nada pasará.

Humillados y ofendidos, gritamos que nosotros también sufrimos y que a nosotros también nos matan. Pero a nosotros no nos matan por ser hombres. ¿Somos capaces de imaginar siquiera la cantidad de mal que recibe un ser humano sólo por el hecho de nacer mujer?

La consigna.

- Un día sin mí.

Eso bastaría para confirmarlo

Bastaría con que un día los hombres decidiéramos no ser el mal.

Uno.

De mí no saldrá ningún mal para las mujeres.

Y veríamos la diferencia.

De males a males.

Mañana cuando el coronavirus sea una anécdota, el mal contra las mujeres seguirá confinando, entristeciendo, lastimando, poniendo en crisis cualquier sentido de vida.

¿Por qué no intentar algo tan grande y comunal y convencido y esperanzado como lo que hacemos contra ese mal menor que es un virus?

Ricardo Chávez Castañeda

 

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