Hamlet y el vuelo del abejorro

La perfección de la muerte llega a corromper en primer lugar la carne, opresora del alma a los placeres, ambiciones y engaños. Las memorias de cada deudo algunas veces se opacan bajo un velo de nostalgia. Y lo que fue materia humana retorna al suelo que sostiene la planta de nuestros pies. Tal perfección muchas veces resulta aterradora, y en otras, es una meta, disfraz de una duda. Mientras tanto, hay un ser que deambula y su trayecto es como el vuelo del abejorro buscando el centro de la flor, el néctar que nutre su colmena, y se ha dado cuenta de que nada más está suspendido en el vuelo.

La colmena de piedra en Elsinor ha arrojado un espectro, llega a la tierra como sortilegio de colapso y mentiras. Busca compasión en su tormento, pues a traición le desprendieron de la vida. Este fenómeno se resiste antes de que el polvo llegue al cráneo de su forma humana. El colapso de este hombre desestabiliza el curso de la vida de un joven. Su hijo Hamlet, a quien la intuición dota -y es veloz, dice Harold Bloom- vuelve del dolor un mal sueño; vuela en él mientras aguarda su venganza. Para llegar a ella zigzaguea, y las elípticas de ese vuelo dan un festín de locura que la exceden. Existe en él la voluntad de estar loco, y mediante ello se puede apreciar y distinguir que “todos nosotros […] despreciamos nuestro ser”[1] porque mentiras somos.

Hamlet programa la mentira y sobre ella levanta el telón, diciendo: “El teatro es la red que atrapará la conciencia de este rey”[2] y la de todos. En tanto que llegue para nosotros la hora fija, hemos de presenciar calamidades y deseos sombríos. Mucho se ha dicho en cada red (teatro), que coloca frente a la nada -y sin orden- los propósitos humanos. Hamlet dice a uno de los actores que representará el asesinato de su padre a manos de su tío, en el acto III, escena 2:

 No exceder la naturalidad, pues lo que exagera se opone al fin de la actuación, cuyo objeto ha sido, y sigue siendo poner un espejo ante la vida: mostrar la faz de la virtud, el semblante del vicio y la forma y carácter de toda época y momento.[3]

 El momento del ser humano desprendido de la imagen de dios. De tal suerte que Hamlet es para el ser (realidad objetiva) y nada más, no educa, muestra. Se observa la profundidad de los huesos en sus dos abismales cuencas -el destino de cualquiera-, y el delirio e insania del solipsismo humano. En la memoria de cada uno se albergan nuestras historias y la de los demás, que de un segundo a otro que toma pensarlas, parecen mentiras. La palabra sirve de imagen y muchas veces sólo a ella nos aferramos.

Vuelvo a recordar que Hamlet es un personaje dentro de una obra de teatro, sin embargo, nos refleja. Hay un ruido de cada cual, como en una colmena -Hamlet nos hizo ratas en la Ratonera- que representa el trayecto de cada abejorro hacia la flor que deba abatir para beber su néctar o, mejor dicho, veneno. Porque es más angustiante pensar que algún día, de tanto vuelo, se conseguirá beber del néctar adecuado que nos revele la absoluta sabiduría, o lo que somos realmente. Hamlet se pregunta entre las sepulturas y tierra removida. Dice a Horacio “¿Tan fácil ha sido crear estos huesos, que ahora sólo sirven para jugar a los bolos? Los míos me duelen de pensarlo”[4]. El dolor nos dice algo más sobre lo que somos. Y el empeño de querer saber aún más nos desestabiliza, enferma. Nos obliga a volar.

Bibliografía:

Bloom, Harold, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, Santillana Ediciones Generales, España, 2005.

 Shakespeare, William, “Hamlet” en Tragedias, Espasa Clásicos, España, 2015.

 Tillyard, E.M.V., La cosmovisión isabelina, FCE, México, 2011.

[1] Bloom, Harold, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, Santillana Ediciones Generales, España, 2005, p. 122

[2] Shakespeare, William, “Hamlet” en Tragedias, Espasa Clásicos, España, 2015, p. 320

[3] Ibíd., p. 326

[4] Op. Cit. Shakespeare, p. 362.

 

Anterior Siguiente