Lluvia de piedras

Había un canto particular en el viento, como si el río estuviera entre las ramas.

No lo había escuchado antes.

Venía huyendo de la ciudad, donde toda la noche había llovido piedras negras. Al morir la tarde había visto a la mancha llegar. Ella estaba en lo alto de su casa; miraba cómo crecía la luna. Al advertir a esa la negrura avanzar, pensó que era una tormenta muy cargada. Sin embargo, un rumor creciente, golpes muy fuertes y gritos le aceleraron el corazón. Eran sonidos duros. A los gritos se sumaban sonidos de alarmas activados. Cuando ya estaba cerca de ella esta precipitación, vio resultados desastrosos. Descendió veloz hacia el interior.

Incluso adentro, el sonido era tan intenso, que se tapaba los oídos ante esa lluvia que dejaba cristales rotos, personas heridas, árboles tronchados, jardines maltrechos. Por suerte la señal telefónica seguía activa y pudo comunicarse con algunos familiares. La luz eléctrica pulsaba por momentos; finalmente se apagó. La noche fue un ruido sordo. Era imposible estar en calma o incluso pensar en dormir.

Salió al frente, resguardada por el techo en donde tenía su silla de madera para ver la tarde y el jardín. Le dolía ver las ramas quebradas, los golpes en la tierra seca. El polvo elevándose.

Algunas piedras rebotaban contra ella, recibió algunos coletazos y optó por regresar al interior. Los vidrios de la casa del piso inferior se habían fracturado. Encendió una vela y aguardó lo que pudo. Fue casi al amanecer, cuando la lluvia de piedras se detuvo. El cielo era claro, de un tono inusitado. Esmeralda. No había nube alguna.

Ni intentar sacar el auto de la cochera, era imposible. Así que se llevó una tapa metálica oxidada que tenía en casa en una bolsa, agua suficiente y salió.

Como podían, algunas personas intentaban avanzar en autos altos. Los camiones de bomberos iban a vuelta de rueda. Grupos de personas alarmadas, conversaban en las esquinas.

Ella siguió su camino hasta llegar al bosque. De lejos era evidente que la cubierta vegetal estaba intacta. Al llegar lo confirmó. No había ningún daño en esa zona. Los árboles estaban a salvo, las rosas de castilla, los cardos. Todo. Siguió subiendo.

Había un canto que no había escuchado antes. Sonidos parecidos a burbujas cantarinas. Elevó la mirada: era una parvada de peces pequeños. Nadaban en el viento. Miró al cuerpo de agua más cercano; desde ese sitio, se elevaban los peces. Comenzaron a sumarse larvas, moscos, sapos y tortugas. Después, en gotas diminutas primero, en cristales ondulantes después, empezó a ascender el agua.

Claudia Luna Fuentes

Comunicóloga. Directora de Divulgación Científica en el Museo del Desierto. Cursa el doctorado de Ciencias y Humanidades para el Desarrollo Interdisciplinario. Tiene publicados, entre otros, Los frutos del sol (Castillo MacMillan 2005) libro infantil y poemarios entre los que figuran Casa de sol (FECA-CONACULTA 1995), Ruido de hormigas (Gatsby Ediciones, 2005), Carne para las flores, antología personal (Aullido libros, España 2011) y Las flores desenfundan sus espinas, antología personal (Secretaría de Cultura de Coahuila, 2013). Aparece en Anuario de poesía mexicana (FCE, 2006). Recibió mención en el II Certamen de Periodismo Fernando Benítez de la UAdeG, el primer lugar en fotografía Coahuila luz y forma 2003 y la presea de poesía Manuel Acuña 2008. En poesía, recibió beca del FONCA, estímulos estatales del FECA y del PECDA. Fue becaria FORCA-Noreste 2011-2012, en Lima, Perú, impartiendo talleres sobre poesía objetual. Como invitada de honor del festival Internacional de Teatro Tánger 2013 en Marruecos, se leyó parte de su poesía traducida al árabe. Coordina el colectivo de arte urbano Yo Soy Zapalinamé y es columnista de Vanguardia.

 

 

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