Viaje al corazón de las tinieblas: cancelado

Yo hace unas semanas tuve que ir al médico: para mi mal me recomendaron al doctor B; llamé a su consulta, hice una cita y el día y la hora fijados me presenté en la dirección que me indicaron; teniendo en cuenta que los hipocondriacos también nos enfermamos y que a mí eso de ir a un gabinete a ver si lo mío es otro mal imaginario o una enfermedad terminal me pone muy nervioso, y que cuando estoy así suelo salirme de tono, no se me ocurrió nada más, cuando me hicieron ingresar a su despacho, que decir:

-El doctor B., supongo

El doctor, que sí entendió el chiste y se ve que tiene guasa, me respondió:

-No, so bembo, soy la emperatriz Carlota Amelia.

El chiste, malo, alude a la supuesta frase que el galés Stanley le dirigió al escocés Livingstone, cuando, tras buscarlo dos años y pico, se lo encontró en sabe qué pueblo a las orillas del Lago Tanganica, en una prefiguración de aquel encuentro del marinero Marlow con aquel demente de Kurtz, en ‘Heart of Darkness’, de Conrad, que me viene a la mente cuando, leo, el Congo cumple 60 años de su independencia y en ocasión de ella Felipe II de Bélgica, por fin, pidió disculpas a los congolenses o congoleños (ignoro el gentilicio), por las salvajadas del asesino de su antepasado Leopoldo II.

Ay esa costumbrita perniciosa de andar pidiendo o exigiendo disculpas por las culpas de nuestros padres; yo, que no me responsabilizo de ninguna canallada de mi genealogía, no pretendo que mi prole cargue con mis barbaridades. Punto.

En fin que leo que en las salas europeas, y a lo mejor pronto en las locales (aunque aquí preferirían un remake de Lola la trailera), y en ocasión de su 40 aniversario (41 en realidad), se proyectará de nuevo ‘Apocalypse Now’, de Coppola; según leo en ‘versión 4K’ –que no tengo ni la más remota idea de qué es-, y con un nuevo montaje; el director, que por allí anda, asegura que esta es la ‘mejor versión’; ya en el 2001 se presentó en Cannes una segunda versión con nuevo montaje, muy aplaudida, aunque yo me quedo con la primera.

Antes de eso, hay que ir a la novelita de Conrad, que se desarrolla en el Río Congo, que más que un río es el argumento de una tragedia fluyente; para más referencias, que yo aquí me planto, anda por allí un volumen de esa colección Noema del Fondo de Cultura Económica y Turner, El río Congo, de un Peter Forbath, donde encontrarán todo el ‘dramatis personae’ de este tragedión: Leopoldo, Stanley, Linvingstone, Mobuto, Lumumba y hasta aquel irlandés Caesament, de cuya lucha y desgracia escribió no hace mucho Vargas Llosa.

Marlow, el marinero, va a buscar al siniestro tratante Kurtz y se encuentra que entra en territorio comanche: el paisaje es atroz, el salvajismo de los naturales un golpe para la sensibilidad europea, aunque lo peor de todo es cuando el colonizador llega allí a ofrecer redención.

Más cercano a nuestra memoria, si es que tenemos alguna, está la cinta de Coppola, ya en Vietnam, con los rostros conocidos de Martin Sheen, que ya no es Marlow sino el capitán Willard, el eterno Brando como el coronel Kurtz, que se hace adorar por los nativos de Kampuchea, Duval, Harrison Ford y todo ese elenco.

Ya filmar aquello fue una tortura. Como si se tratara de un proyecto mío, todo lo que podía salir mal, salía mal; por allí el director confesó que durante los cuatro años del rodaje pensó en suicidarse tres o cuatro veces, aunque nos dejó una película portentosa, oscura y de una lentitud que desasosiega; Willard penetra no la selva, sino el tiempo y llega al hoyo más negro del que tenemos memoria, el corazón del hombre que se sublima sobre la voluntad y la vida de otros y termina por creerse su grandeza.

Habrá que ver esa nueva versión y ver qué trae de nuevo –y terrible- el nuevo montaje.

Yo por mi parte, viviendo mi vida libresca: en los libros zumban los mosquitos de los pantanos, pero esos no pican, preparaba un viaje que me sonaba igual de terrible, igual de involuntario, e igual de imperativo: tenía que llevar al Zarévich a hacer unas pruebas y unas gestiones a ese territorio salvaje que es la CDMX, lugar insalubre y peligroso como el que más, donde unas tribus salvajes enaltecen una deidad menor y donde otro grupo de asesinos, leo, están dispuestos a sembrar el terror.

No quedaba de otra, sin embargo, así que conseguimos un vuelo –que pretendíamos hacer vestidos de cosmonautas-, un apartamento de un amigo, para evitar un hotel, una persona que nos transportara con cierta seguridad y una lista de taquerías con servicio a domicilio, para sobrevivir.

Nunca con más alivio recibí la notificación de la oficina donde íbamos a hacer las gestiones, de que ‘dadas las circunstancias’, se posponía nuestra cita para cuando lleguen tiempos mejores, es decir para cuando pase la pandemia, cese la violencia y deje de temblar. Creo que eso se traduce en una sencilla palabra: nunca.

¡Shalom alejem!

 

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