Foucault, la ética y las artes del buen vivir

Como titular de la cátedra de “Historia de los sistemas de pensamiento” en el Collège de France desde 1970 hasta su muerte, Michel Foucault dictó trece cursos cuya edición póstuma se cierra ahora con la publicación de Subjetividad y verdad (FCE), origen de lo que sería El uso de los placeres y El cuidado de sí. La preocupación de este último Foucault es la de una genealogía de la subjetividad, aunque el blanco de sus búsquedas gira en torno a los llamados “actos de verdad”, es decir, los modos en el cual el sujeto cree estar enunciando una verdad sobre sí mismo. Entre Subjetividad y verdad (1980-81), el primer curso que Foucault dedica entero a la Antigüedad y El coraje de la verdad, el último antes de su muerte, hay un camino desviado y del cual este libro quizás sea testimonio. La célebre frase de Foucault “[no creer que] diciéndole que sí al sexo se le dice no al poder”, enunciada en el primer tomo de Historia de la sexualidad, ponía el dedo en la llaga de un problema del que era contemporáneo y partícipe el autor: ¿desde qué momento el sexo tuvo que ver con aquello que el individuo se debía decir a sí mismo para encontrarse con lo que era? Lo que se plantea aquí es que, se comenzara por la historia de la consideración individual y social del sexo o por el problema del “decirse a sí mismo”, era inevitable indagarlos antes de que el cristianismo convirtiera a la confesión en un acto institucional de verdad que narrara los tormentos del espíritu conectados con las pasiones de la carne. Se trataba de evaluar cómo se había constituido la moral sexual occidental a partir de una noción de verdad, y cuál sería ésta.

La relación entre la verdad y la autocomprensión del individuo no es de formulación llana dado que la noción de subjetividad no existía en el mundo griego; lo más cercano, el bíos, refería a un trabajo continuo sobre sí a partir de las llamadas técnicas de vida [tekhnaiperí ton bíon]. Antes del cristianismo, que formatea el concepto de subjetividad en relación con el mandato de una conversión interna, la protohistoria del vínculo entre subjetividad y verdad se muestra bajo esta pregunta clave: ¿qué experiencia puede hacer el sujeto de sí mismo cuando está obligado a reconocer, sobre él mismo, algo que pasa por verdadero? Verdad como lazo, verdad como obligación: poco importa que la subjetividad no se llame subjetividad o que el sujeto no se vea como sujeto (todavía). Se trata de ver cómo es el gobierno de uno mismo para no ser pasto de las pasiones o, más precisamente, de cómo regular los aphrodisia, término que muy torpemente se podría traducir por sexualidad en un momento en el que el deseo no estaba definido. En palabras de Foucault, “se trata de los actos y placeres, y no del deseo. Se trata de la formación de sí a través de las técnicas de vida y no de la represión mediante la prohibición y la ley”. Se trata de una constitución positiva de la pérdida, en términos de Georges Bataille, y no de una malversación catastrófica del individuo en los senderos de la culpa, y menos todavía de una pugna acerca de cómo reconocer el deseo en tensión con una represión cualquiera.

Para esta genealogía, la Antigüedad ofreció a Foucault una multiplicidad de elementos que lo obligaba a revisar la moral sexual moderna y que exploró con Paul Veyne, colega en el Collège de France. Veyne pone en segundo plano esta colaboración, presentada en Foucault, pensamiento y vida como dada únicamente a certificar la plausibilidad de algunas referencias e hipótesis; Didier Eribon enfatiza la importancia de esta guía en las nuevas tierras en las que desembarcaba el último Foucault. En Subjetividad y verdad los textos fuente comienzan con el análisis de los sueños de Artemidoro, que sirven como un catálogo de apreciación del carácter de los actos sexuales antiguos y continúan con manuales médicos, preceptos estoicos y diversas obras del período helenístico referidas al matrimonio. El placer expresa en ellos una verdad relacionada con la posición social y legitima (o no) el acto sexual porque reverbera en una cualidad del agente. Sin embargo, el núcleo del curso es la modificación sustancial según la cual se reconoce la idea de pareja, prefigurando la moral del matrimonio cristiana que se impone consolidada como una ética del sexo. Se trataría, de ahí en más, del invento de la pareja, marcado por la exclusividad, la procreación, la des-afrodización del acto sexual. Peter Brown se refiere en El cuerpo y la sociedad a la herencia fatal de San Pablo cuando insta al abandono de las relaciones sexuales dentro del matrimonio y emplaza al matrimonio mismo como un sistema de defensa frente al deseo. Hacia el año 200 dc, como señala Brown, la continencia ya había sido activamente fomentada; para Tertuliano, el matrimonio era una escuela de continencia.

El curso de 1980/81 tiene interés para todos aquellos que estudien el camino del último Foucault, pero también para aquellos que, en el marco de una historia social del cuerpo, elaboren la senda en la que se fundan principios como el de la continencia, la virginidad, el sexo casto matrimonial, o incluso para aquellos que indaguen la historia del erotismo. Como señala Frédéric Gros en la “Situación del curso”, la ruptura se produce cuando aparece una técnica de confesión que desdobla la relación del sujeto con la verdad, pero antes, para Foucault, cuando surja un estatuto de virilidad independiente del ejercicio mismo de la actividad sexual y que define en lo sucesivo qué es “ser hombre” para Occidente. En la constitución de nuestra moral sexual, la pregunta sigue vigente y la experiencia de la verdad forma parte, más que nunca, de aquello que somos: qué verdad me digo a mí mismo después de la cual no puedo seguir siendo el mismo que era.

Margarita Martínez es doctora en Ciencias Sociales y licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA). Es investigadora y docente (UBA).

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