Entre la descomposición de un partido y un caudillo solitario

México vivió setenta años en los marcos económicos, sociales, políticos e ideológicos construidos por el Partido Revolucionario Institucional. A cien años del término de la Revolución Mexicana y a veinte de la primera alternancia presidencial, el pueblo mexicano ha vuelto a caer en una fantasía, creer que el país transita por la cuarta transformación de la vida pública encabezada por su Presidente.

Naturalmente, el rumbo de semejante “movimiento histórico” está enlazado al del partido que lo encabeza. Ramírez Cuéllar, presidente interino de dicho partido, ha descrito recientemente el estado que guarda el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Lejos de la fisonomía que supone una organización responsable de encarar los colosales problemas que arrastra la nación mexicana, Morena aparece como una organización sin vida política interna debido a que “el carácter dominante de la campaña electoral (de 2018) nos llevó en los hechos –y con justa razón- a poner al centro la estructura distrital y de promoción y defensa del voto y los consejos estatales, los municipales, las instancias estatutarias dejaron de funcionar” (La Jornada, 25/08/2020). También ha evidenciado que Morena reviste una estructura organizativa inacabada y desatendida: “Después de la elección nuestra obligación era entrar en un proceso organizativo de nuestros afiliados, establecer la institucionalidad de todas las instancias, crear espacios de convivencia en todos los niveles…pero no se hizo” (La Jornada 25/08/2020). Por su parte, un alto miembro del Gobierno Federal ha declarado que en el equipo gobernante no solo existen disputas por el poder sino que no existe un proyecto político orgánico los unifique y oriente: Morena “no tiene como tal un objetivo claro, está lleno de contradicciones y existe una lucha de poder al interior del gabinete”, “La 4T como tal, como un conjunto claro y acabado de objetivos no existe… es un gobierno de contradicciones brutal (sic)” (El Universal, 05/08/2020). Cada vez son más evidentes para el observador atento los problemas que enfrenta el partido de la “cuarta transformación” de México. Sin embargo, las opiniones anteriores atestiguan que en este tema la incomprensión reina, incluso entre las corrientes que alimentan la lucha interna en el nuevo partido gobernante.

El motivo de la presente reflexión es analizar el significado del avanzado estado de descomposición del partido en el gobierno mexicano a dos años de llegar al poder, las disputas internas y la manera como impactarán en el futuro próximo y el destino mismo de ese partido, lo cual no puede abordarse sino a partir de la comprensión de un tema más fundamental, la naturaleza del partido fundado por López Obrador.

I

Este drama comienza por el advenimiento del partido Morena y su máximo dirigente, el señor López Obrador, a la Presidencia de la República. Con ello se puso en evidencia que las transformaciones que se estaban operando desde el fondo del sistema político mexicano eran cambios de magnitud estructural. Las condiciones en las que se venía desplegando toda la política nacional a lo largo de los últimos tres decenios se removieron enteramente. Los resultados electorales de 2018, en efecto, atestiguaron en el acto la completa inoperancia del tradicional sistema de partidos conformado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) fundado en 1946, el Partido Acción Nacional (PAN) en 1939 y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989.

Estos partidos otrora poderosos y omnipotentes en la imposición de reformas antipopulares se han reducido a escombros, aunque todavía no parece haber plena consciencia de la relevancia ni significado de este hecho. Las cifras de este año sobre la militancia de los partidos reflejan que la crisis del sistema político no tocó fondo en el año 2018, la organización de los caducos partidos todavía se vería reducida a su mínima expresión. Según el Informe de la Dirección Ejecutiva de Prerrogativas y Partidos Políticos del Instituto Nacional Electoral (La Jornada 21/02/20), que en cierta manera representa un acta de defunción del sistema de partidos, muestra que si a inicios del año pasado las principales fuerzas políticas registraban en conjunto poco más de 13 millones y medio de militantes, para enero pasado sus militantes se redujeron a poco más de 4 millones. El PRI pasó de 6 millones y medio de militantes en 2019 a 1 millón y medio, el PRD de 5 millones, a 1 millón. Si se piensa que Morena tuvo otra suerte, basta ver que frente a los 317, 595 militantes de 2019, para enero registraba solo 278, 332. Pero el verdadero ejemplo de la crítica situación es el PAN. No solo perdió militantes, sino que estuvo a punto de perder el registro electoral que conserva desde 1939. Apenas registró 234, 450 militantes, 0.26% del padrón nacional de electores. Semejante aminoración simultánea de las fuerzas políticas expresa una crisis general del régimen político por cuanto el sistema de representación de la democracia mexicana–como ilustran las cifras- está en bancarrota. Es por ello que la victoria electoral de Morena puede interpretarse con justeza menos como un triunfo propio que como producto del derrumbe del sistema político mexicano y sus partidos, del cual resultó favorecido.

Desde esta perspectiva, la robustez y vigor que puede proyectar sobre Morena el hecho de haber recibido la célebre cifra de 30 millones de votos (además de la conquista de gubernaturas, mayorías en congresos locales, municipios y el Congreso de la Unión) no es más que una falsa apariencia. Existe, sin embargo, la difundida idea de que Morena es un partido de enorme potencia, toda vez que obtuvo su registro electoral en 2014 y apenas cuatro años después ganaba la elección presidencial con una notable mayoría. El partido del Presidente, se dice, es un partido joven y pujante. Y no obstante, los hechos significan lo contrario.

En realidad, Morena no representa más que la última etapa de un largo proceso histórico. Para facilitar la siguiente exposición presentamos el análisis en términos de partidos,habida cuenta de las limitaciones de un enfoque de esta naturaleza. Representa pues la última etapa de un solo proceso histórico que se configura por el conflicto, de un lado, entre partidos de diferentes matices políticos pero con un fundamental corte neoliberal en lo económico (PRI y PAN y finalmente el propio PRD) y, por otro lado, la alternativa política de la “izquierda mexicana”, en torno a las vías de desarrollo y salida de la crisis estructural de la economía mexicana. Es éste un longevo conflicto que ha caracterizado la política nacional desde 1988 –año de la primera elección presidencial antineoliberal-, por el que transitaron lo mismo la Corriente Democrática, el Frente Democrático Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y ulteriormente, el Movimiento de Regeneración Nacional, frente a la reconfiguración neoliberal del capitalismo mexicano liderada alternativamente por el PRI, seguido del PAN y coronado nuevamente por el primero.

Morena no nació, pues, de la nada, sino de la decadencia del PRD. De ahí que, bien vistas las cosas, y a pesar de que se trate de un partido registrado en 2014, Morena no es un partido jovial y pujante, con un programa nuevo en el espectro del régimen político mexicano, sino una agrupación que surge a partir del agotamiento del vehículo histórico del nacionalismo revolucionario neocardenista, el PRD. Este hecho encierra la clave para entender el carácter real de Morena, tanto en su origen como en sus perspectivas inmediatas.

De esta manera, el ocaso del PRD representa el fin de toda una etapa con un programa marcadamente nacionalista revolucionario (a veces denominado como “Izquierda Mexicana”) vinculada inseparablemente al liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas de la misma manera que lo está Morena a López Obrador, y el comienzo de otra etapa, la etapa obradorista. Nace ésta a la par de la figura de López Obrador, quien no olvidemos actuó en los marcos del PRD a lo largo de dos elecciones presidenciales. A través de por lo menos catorce años de construcción de su liderazgo va cobrando forma una plataforma política y social que, en la medida en que está ligada más a un figura políticaque a un partido institucionalizado, y debido al necesario sello personal que el caudillismo imprime a la plataforma y movimiento que auspicia en derredor de la persona del caudillo, es diferente a la plataforma política ligada a Cárdenas hijo y su partido. El obradorismo, por tanto, presenta su propia historia y las características distintivas de un caudillismo.

Es así como el obradorismo, gestado dentro del PRD, adquiere la consistencia propia que le permite desprenderse del partido neocardenista de la izquierda institucional hasta finalmente adquirir una existencia independiente en una determinada corporeidad política. La visión oficial sostiene que Morena representa un movimiento o un partido-movimiento, a semejanza de como se comprendió en sus orígenes el PRD.

Pero, en términos organizativos, Morena no es un movimiento ni un partido político en el sentido estricto, o incluso un partido-movimiento, sino que es únicamente el aparato electoral del obradorismo. Morena surge en realidad como un modesto centro electoral, a la manera mutatis mutandis de los viejos centros electorales de la década de los veinte del siglo pasado, que tuvieron su máximo exponente en el Centro Director Obregonista fundado en 1920 (Dulles, [1961] 2003). Para este momento, los partidos políticos no eran instituciones sólidas con proyectos políticos claramente definidos, sus programas eran secundarios. Estos organismos se organizaban y giraban en torno a personalidades políticas (Samuel León y Germán Pérez, 1988). La única función del Centro Director Obradorista, a semejanza de los mencionados centros electorales, fue auspiciar la candidatura de AMLO. El objetivo no fue fundar un partido político de largo alcance, como fuese la pretensión de Cuauhtémoc Cárdenas, predecesor caudillista de Obrador, al establecer el PRD en 1989, vale decir, un “partido-movimiento” para sostener una larga batalla institucional por el poder, sino un mero centro electoral que pudiera recibir todos los recursos a condición de fortalecerse en la última de las batallas.

II

Apenas iniciado el gobierno caudillista de Obrador, Morena comenzó a ventilar disputas internas en el Senado, al interior de la propia organización partidista, así como declaraciones de varios personajes acerca de sus fervientes intenciones de ocupar la presidencia de ese partido e incluso de relevar a López Obrador en el acariciado 2024. Como partido no experimentó siquiera las variaciones propias del ciclo vital. Es la juventud una etapa en la que los hombres se muestran vigorosos, impetuosos y hasta efusivos. Morena, no obstante, nació muerto. Desprovisto de principios, ideales y programa dejados en el largo recorrido como una pesada carga que le obstaculizaba su progreso político y de manera más decisiva, su aceptación por la clase dominante mexicana, arribó directamente a la etapa en la que un partido se entrega de lleno a la lucha entre fracciones, las cuales tomaron 23 años para destruir al PRD. Cada una de estas disputas atestigua que el “partido” carece por completo de toda fisonomía propia de un verdadero partido político. Desde un inicio ha sido el Estado quien privilegiando “el orden público e interés social que reviste el cumplimiento de las sentencias” (Sala Superior, Tribuna Electoral del Poder Judicial de la Federación, Sentencia 20 de agosto 2020) de la máxima justicia electoral, ha salvado al nuevo partido del orden en cada uno de sus momentos críticos.

Una vez establecido en lo fundamental la naturaleza y carácter histórico de Morena podemos abordar sin mayor dificultad la siguiente cuestión, ¿Cuál es la naturaleza de las disputas entre fracciones al interior del partido gobernante, que en el segundo año de gobierno están a punto de colapsar a Morena? Al llegar a la Presidencia, el Hacedor de Morena abandonó la tarea de edificar un partido a partir de la simiente -el Centro Director Obradorista- que le permitió llegar a Palacio Nacional. De esta manera entregó el partido a merced tanto de los viejos obradoristas legítimos como de los obradoristas convertidos con su adhesión durante la campaña presidencial de 2018. Tras la conquista de la presidencia no fue pues la estructura orgánica de un partido lo que tomó forma, sino las pútridas fracciones –compuestas incluso por los mismos personajes- reconfiguradas al interior del nuevo partido gobernante.

El objeto de las disputas de los grupos al interior de Morena es por los restos de un aparato electoral que su fundador ha renunciado expresamente a erigir como un verdadero partido. Al hablar de Morena tratamos pues de un abortón de partido político. La pregunta ahora es, ¿por qué el fundador de la teología morenista asignó a su Iglesia tan mezquino papel? La respuesta está implícita en el real carácter político de Morena. Su comprensión como centro electoral deja en claro que Morena no fue concebido como un partido para desplegar un “proyecto de país”. Ya en su segundo informe de gobierno, Obrador prácticamente ha dado por terminado el despliegue de su programa de gobierno, consistente en “100 compromisos”. El programa de Morena, a su vez, consta menos de la plataforma política coherente de un partido que de las elucubraciones meditadas por AMLO a lo largo de su carrera política, concretándose es una “fórmula mágica”. En la cabeza del caudillo de México la “austeridad republicana” es el camino por él descubierto para “transformar” el país, por lo que más allá de la fantasía es el precepto que inspira desde la política fiscal hasta la política energética del país. Morena, entonces, no tiene un programa a largo plazo como pudo llegar a tenerlo la izquierda en la etapa neocardenista. Su misión era simple, pertrechar la candidatura de su centro vital, López Obrador.

Una vez en la Presidencia, el papel del partido se ha reducido motu proprio a agrupar al nuevo equipo gobernante del obradorismo (con la consiguiente subordinación del cuerpo Legislativo a los designios del Presidente), distribuir los cargos en el aparato de gobierno, postular a sus políticos a nuevos puestos de elección pública y, más fundamentalmente, fungir como vehículo para la conservación del poder. En suma, el estado de insalvable descomposición actual de Morena es consecuencia directa del papel que su fundador determinó asignarle.

Ahora bien, tanto el alcance político baladí del programa de reformas del obradorismo como la forma gradualista y conciliadora de llevarlas a cabo no necesitan, en realidad, de la movilización de las capas populares –cuyo papel marginal ha consistido en llamarlas a participar en simulacros de votación para legitimar algunas medidas particularmente mediáticas o impopulares de gobierno-, de suerte que el caudillo puede prescindir por completo de la organización de las masas y puede, por tanto, desembarazarse de la penosa labor de intentar convertir un mezquino centro electoral en un partido de masas en el cual respaldar sus actos de gobierno.

La “Cuarta Transformación”, a diferencia de los periodos de la historia de los que se asume heredero, no requiere de la fuerza política del pueblo movilizado –de ahí por qué está impedido también para ser un “movimiento” o “partido-movimiento”-, todo lo que requiere consta, por el contrario, (1) de la pasividad de las masas, renunciando a su actuar independiente, (2) del empleo de las instituciones del Estado, específicamente, la mayoría en las Cámaras federales y locales, y (3) una legitimación democrática verificable ya que no en las calles en la popularidad de las encuestas, para permitir que el núcleo de su ideario político, la “fórmula mágica” de “la austeridad republicana”, despliegue per se todo su potencial transformador.

III

México no está curso de una cuarta revolución en su historia nacional, en el slogan del gobierno denominada eufemísticamente “cuarta transformación”, por el contrario, es la situación que antecede a la gran crisis mexicana del siglo XXI la que ha inspirado esta idea en la cabeza del caudillo y movido a capas del pueblo a la aceptación de esta ilusión.

Si el siglo XX mexicano como proceso histórico fue comprendido por José Revueltas como el resultado de la enajenación histórica del proletariado mexicano, desprovisto de un Partido Comunista también mediatizado por la ideología burguesa de la Revolución Mexicana e incapaz por tanto de una acción independiente, hoy, para comprender una nueva y compleja etapa de México resulta necesario comprender que “no es la consciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su consciencia”(Marx).

El propio obradorismo, su partido y su gobierno no es más que el reflejo expresado en el ideario político de un caudillo de la situación que antecede a la crisis más profunda de las últimas décadas. El obradorismo es el resultado de la conjunción de al menos cuatro factores históricos: (1) la expresión ideológico política de la decadencia del pueblo mexicano a lo largo de más de tres decenios de capitalismo-neoliberal, (2) el resultado del agotamiento de la vía reformista asumida por la izquierda mexicana hasta convertirla en su contrario con la firma del Pacto por México priista, (3) la decadencia del régimen político y los partidos tradicionales, así como de (4) la ausencia de una lucha independiente de los trabajadores en la palestra política nacional, por cuya razón no ha sido posible hasta el momento dar una salida socialista a la crisis del capitalismo mexicano. Esta conjunción de factores es la principal razón por la cual amplias masas del pueblo han dado su apoyo a la fantasía del quijotesco caudillo que cree estar encabezando a su pueblo hacia una nueva época dorada, emulando los “mejores” episodios de la historia nacional. Y sin embargo, a diferencia del presidencialismo del siglo XX, esta nueva época está enmarcada no por una “época dorada” de acumulación de capital y subsiguiente crecimiento económico que hizo posible el desarrollo estabilizador que Obrador quiere reeditar, sino por las penurias de la crisis económica tanto del capitalismo mexicano como del capitalismo internacional.

López Obrador es un caudillo quijotesco que, como todo personaje de esta naturaleza, ha emergido en una época de decadencia social a partir del recuerdo nostálgico de las épocas doradas. Pero este Quijote no entrará a la historia cabalgando sobre su partido ni a la sombra de las acciones heroicas de las masas populares, el Quijote mexicano marcha solo hacia la estrecha entrada de la historia.

Referencias.

Néstor Jiménez, 2020, “La orden del tribunal es un «asalto, despojo y pisoteo»: Ramírez Cuéllar”. La Jornada, 25/08/2020.

Karla Rodríguez, 2020, “4T está llena de contradicciones: secretario Toledo”. El Universal, 05/08/2020

Georgina Saldierna, 2020, “Pierden partidos políticos 9.2 millones de militantes”, La Jornada 21/02/20

Dulles, John F. (2003). Ayer en MéxicoFCE, México.

León, S. y Pérez, G. (1988). De fuerzas políticas y partidos políticos. México, Plaza y Valdés Editores.

Sala Superior, TEPJF, Sentencia, 20 de agosto 2020.

Ilich Emiliano Castellanos. Politólogo y Maestro en economía por el Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

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