Estrellas muertas=agujeros negros

Es domingo y desayunamos, entre otras delicias, unas calabacitas tiernas que mi mujer cocina con sabia simpleza. Una amiga citadina nos visita. Ha pasado el fin de semana con nosotros y la llevamos al mercado. Berriozábal, nuestro pueblo, se vuelve un montón de gente en estos días (este texto lo escribí mucho antes de la pandemia), porque viene mucha a comprar lo que traen a vender las comunidades al centro de esta cabecera municipal, que se vuelve un hormiguero.

Nuestra amiga se detiene ante el puesto de calabazas, donde mi mujer ya ha comprado varias. Quiere una y la examina por todos lados.

—¿La quieres comprar?, le digo.

—Sí, dice.

—¿Para qué, si ya llevamos?

—Es que quiero sembrarla, dice.

La señora del puesto de al lado, que ha estado pendiente de nosotros, interviene y dice casi a gritos.

—No se siembra una calabaza, señito, se siembra la semilla.

Estalla en una carcajada y concluye, con la risa puesta en los labios, en las palabras.

—Se parece usted a mi nieto, que quiere sembrar huevos en la tierra para que le nazcan pollitos.

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 En Paradoja (2018, dirigida por Daryl Hannah), dos vaqueros mientras cagan, uno junto al otro, en una letrina campirana con dos huecos para las asentaderas, conversan filosóficamente. Uno dice: “El amor es una interrogante”. El otro concluye: “El amor es como un pedo; si tienes que forzarlo, probablemente sea una mierda”.

Y en una charla en corro, uno dice: “Somos neuronas, protones y electrones”, y otro remata: “Sí, y erecciones”

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En los últimos tiempos he hallado a Amparo Dávila (Zacatecas, 1928) en varios libros: La cresta de Ilión, de Cristina Rivera Garza, donde es Dávila un personaje ubicuo y extraño; en las Cartas de Cortázar, de quien fue amiga; en Óyeme con los ojos, una antología de escritoras, preparada por Patricia Rosas Lopátegui, que incluye foto y entrevista de Amparo, ensayos en torno a su obra y antología…

Y llegué a sus Cuentos reunidos (FCE, 2009), que compila sus cuatro libros: “Tiempo destrozado” (1959), “Música concreta” (1961), “Árboles petrificados” (1977) y “Con los ojos abiertos” (2008).

En sus historias, la aparente cotidianidad de sus personajes no es tal: está rodeada de amenazas invisibles o monstruosas, que a veces son sólo proyecciones mentales mórbidas, suposiciones, paranoias.  Así, hay monstruos cuya identidad y forma no son explícitas en “El huésped” (uno de sus cuentos más célebres), “La quinta de las celosías”, “Moisés y Gaspar” y “Óscar”.

Hay entidades malignas que roen la tranquilidad y la cordura de varios personajes en “La celda”, “Final de la lucha”, “Alta cocina”, “La señorita Julia”, “Tiempo destrozado”, “El espejo”, “Música concreta”, “La rueda”, “El último verano”, “Estocolmo 3” y “Con los ojos abiertos”…

Algunos personajes, dada la mixtura que hacen entre la realidad y su laberinto mental, se convierten en otra cosa. Hay metamorfosis, que van de lo real a lo fantástico, en “Muerte en el bosque”, “Tina Reyes”, “El entierro”, “El patio cuadrado”, “Griselda”, “La carta”, “Estela Peña”, y un viaje inverso (de lo fantástico a la pesadilla de lo real) hacen los personajes de “El desayuno”, que pasan de un sueño premonitorio a la irrupción terrible, en el final del cuento, de la policía [en este cuento, un hermano dice de su hermana una frase que me gustó mucho y que alude a la exageración en el comportamiento doméstico (p. 132): “¡Estas actrices inéditas!”].

“El entierro”, por cierto, está dedicado a “Julio y Aurora Cortázar”. Me llamó la atención que Amparo no diferencie los apellidos, porque ambos, aunque salieron casados de Argentina a París y vivieron juntos varios años, tuvieron carreras separadas y brillantes (él escritor, ella traductora): Julio Cortázar y Aurora Bernárdez debiera decir su dedicatoria. En fin… De aquí tomo esta cita (p. 163): “ ‘Tienes un buen semblante, no pareces enfermo’ (entonces sentía unos deseos incontrolables de gritar que no estaba enfermo del semblante, que cómo podían ser tan imbéciles)”.

Por su temática, pareciera que a la autora debían gustarle los ambientes sórdidos; sin embargo, tiene en su último libro un cuento llamado El hotel Chelsea, cuyo subtítulo, salvo que sea una estrategia narrativa, desmiente la idea: “Breve crónica de una larga noche”. Y es que llega a New York en una noche de Halloween al hotel del título y todos están disfrazados de monstruos y en plena parranda. Tétrico, lúgubre, le parece el hostal a la autora de cuentos tan llenos de esos ambientes. No le gusta y decide cambiarse.

Disfruté los libros de Amparo Dávila, un mundo embrujador…

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Aunque ya había leído otros libros sobre el tema (el de Hawking también, claro), Los agujeros negros. Las fuerzas extremas de la gravedad (RBA, 2015), de Antxon Alberdi me aclaró varios conceptos, que comparto contigo lector, lectora.

Este término, agujero negro, fue acuñado por el físico estadounidense John Wheeler en 1967, y se refiere a lo siguiente: las (p. 7) “grandes estrellas fusionan nuclearmente elementos cada vez más pesados hasta que no pueden mantener el equilibrio”; este proceso “culmina con una formidable explosión: la supernova”.

“De sus cenizas, sin embargo, va a surgir algo más extraordinario”, luego de varias fases (p. 8): “El núcleo de esa estrella muerta, encogido hasta ocupar unas pocas decenas de kilómetros, se ha transformado en un agujero negro”, que, una vez creado (p. 9), “parece indestructible”.  El problema es que (p. 10) “si tiene oportunidad, un agujero negro es perfectamente capaz de engullir planetas, estrellas, nubes de gas…”.

En nuestra galaxia hay uno, conocido como (p. 108) “SgrA*”, que se “encuentra en el centro del cúmulo estelar más denso de la Vía Láctea”.

Dice Subrahmanyan Chandrasekhar (p. 87): “Los agujeros negros de la naturaleza son los objetos macroscópicos más perfectos que existen en el universo: los únicos elementos en su construcción son nuestros conceptos de espacio y tiempo”.

 

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