La Patria Grande de Sarmiento

El pensamiento y acción de Domingo Faustino Sarmiento será siempre objeto de polémica. Ya los contemporáneos lo juzgaron con fiereza: “Donde Sarmiento es verdaderamente sobresaliente, y descuella sobre todos, es en las perpetuas contradicciones”, reflexionaba Carlos D´ Amico, un político cercano a Valentín Alsina, quien había apoyado la candidatura presidencial de Sarmiento. Y tampoco tuvo suerte un siglo más tarde cuando se dinamitó el discurso escolar de la generación del 80, inspirada en Echeverría, Alberdi y él mayormente, y en las décadas del sesenta, y setenta, sus monumentos y placas fueron vejados por la juventud. Muy distinta a la muchachada de Miguel Cané y José María Ramos Mejía, que durante las discusiones del Congreso Pedagógico de 1882, y que dio a luz la progresista Ley de Educación Pública 1402 de 1884, lo vitoreaban como uno de ellos. Sarmiento tenía más de setenta años. Esos mismos jóvenes fueron a la imprenta de El Nacional, uno de los últimos diarios argentinos donde Sarmiento usaba su arma más afilada, la prensa escrita, y fueron doscientos los que lograron sacar la edición de la censura. La encendida defensa por una educación laica se titulaba: “La escuela sin la religión de mi mujer”. Unos meses después, junto al expresidente argentino, en la voz de Samuel Gache, el frente del flamante Círculo Médico, pudieron decirle al Maestro de América: “Estáis con la juventud, estáis con vuestros amigos”.

Luego de su última batalla pública por la enseñanza gratuita y popular vendría el desplazamiento del foco político, enemistado con el poder de un general tucumano que él mismo había promovido muy joven en su guerra contra el caudillismo, Julio Argentino Roca, y posterior destino final en Paraguay. Pero desde las ciudades del Interior siguió con su prédica en folletos y periódicos locales, con los ideales postreros de una sociedad agraria asentada en la educación: “Ya que no rehusaba ningún arma cuando se trataba de hacer un gran bien al país o a la América, o destruir un gran abuso”, comentaba Aníbal Ponce en La vejez de Sarmiento. En este derrotero americano y de unión, aparecen dos claros momentos que nos hablan de una visión integradora del prócer, alejada de la leyenda negra, aunque tampoco coincidente al Sarmiento de bronce. Oigamos más cerca al Sarmiento civilizador, que se acercó una oscura noche a la tumba de Facundo Quiroga, la barbarie de sus textos escolares, y confesó en el Cementerio de la Recoleta: “Mi sangre corre ahora confundida con la de Facundo, y no se han repelido sus corpúsculos rojos, porque eran afines”, en la cita de Oscar Terán.

Primera Nación del Río de la Plata

“Aquí existe la democracia; la República, la cosa pública, vendrá después”, exclama Sarmiento cuando arriba a Estados Unidos en 1847. A partir de sus largas caminatas en Boston y Washington, y excursiones a la profundidad en las cataratas del Niágara, en la mente del sanjuanino, un maestro de provincias, admite, surge un proyecto de república que “supere” la desunión en el Río de la Plata. A su vuelta a Chile comienza a escribir afanosamente Argirópolis o la Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata y, aunque era un autor de renombre tras el revuelo político de Facundo, elige publicarlo en 1850 bajo anonimato para sus compatriotas –aunque firmado en las ediciones francesas del año siguiente traducidas por su cuñado–. Una primera referencia a su cultura clásica, aprendida a los empellones: “'Argiros', palabra griega que significa plata, y ‘polis’, terminación de ciudad. ‘Argirópolis’: ciudad del Plata”, comienza el “opúsculo”. En este nuevo libro de combate expone novedosa la tesis de una nueva nación integrada por la Confederación Argentina, Uruguay y Paraguay: “Infundid a los pueblos del Río de la Plata que están destinados a ser una grande nación… que su patria es de todos los hombres de la tierra, que un porvenir próximo va a cambiar su suerte actual, y a merced de estas ideas, esos pueblos marcharán gustosos por la vía que se les señale, y doscientos mil emigrantes introducidos en el país y algunos trabajos preparatorios darán asidero en pocos años a tan risueñas esperanzas. Llamaos Estados Unidos de la América del Sud, y el sentimiento de la dignidad humana y una noble emulación conspirarán en no hacer un baldón del nombre a que se asocian ideas grandes”, remata aún con países sin bases constitucionales pero con grandes similitudes culturales y sociales.

También en su prédica aparece la disputa a contra el rosismo, que restringía la navegación y la circulación tras las agresiones inglesas y francesas. Sin embargo, en Sarmiento es más fuerte un proyecto económico asentado en el librecambismo y la inmigración: “Guardémonos de los que nos hablan de la seguridad nacional para cerrar los ríos al comercio europeo, mientras ellos llenan la bolsa abriendo sus puertos a ese mismo comercio; guardémonos de los que nos aconsejan permanecer en la inacción y en la miseria mientras ellos ven crecer a influjo del comercio extranjero sus ciudades, su riqueza y esplendor. Los sacrificios como las ventajas deben distribuirse proporcionalmente entre todos los asociados; de lo contrario se constituiría una sociedad leonina, en la que uno tendría el poder y los otros la sumisión, el uno la riqueza y la miseria los otros”, menciona en una clave su refriega personal contra Buenos Aires. Sarmiento justamente uno de los ideólogos fundadores de este –triste– antagonismo argentino.

Para aquel proyecto anheló una capital inventada, Martín García como Washington, símil en Estados Unidos que desplazó a New York, al menos políticamente, supongamos. Y fue, en algún modo, uno de los primeros que propuso el desplazamiento del nodo político porteño mucho antes del presidente Alfonsín y Carmen de Patagones, por ejemplo.

“Martín García llenaría aún mejor que Washington entre nosotros el importante rol de servir de centro administrativo a la Unión –decía–. Por su condición insular está independiente de ambas márgenes del río; por su posición geográfica es la aduana común de todos los pueblos riberanos, entrando desde ahora en mancomunidad de intereses comerciales y políticos el Paraguay, Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y la República del Uruguay; por su situación estratégica es el baluarte que guarda la entrada de los ríos; y puesta bajo la jurisdicción del gobierno general de la Unión será una barrera insuperable contra todo amago de invasión. Las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, regidas por unas mismas leyes comerciales, quedan en ambas riberas de la boca del Plata, gozando, como no han podido gozar hasta aquí, de las ventajas de su contacto con el comercio europeo, a causa de la rivalidad que abrigan y que las hace propender a engrandecerse la una con ruina de la otra”, afirmaba de la isla que sería justamente lo contrario a sus ideales republicanos en el siglo siguiente, presidio de dos presidentes argentinos derrocados, Yrigoyen y Frondizi.

“La civilización, armada hoy de los instrumentos de poder que ha puesto en sus manos la ciencia, los lleva consigo dondequiera que penetra”, era la fe que sostendría esta nación de hermanos latinoamericanos, en la imaginación de Sarmiento, el mismo año que paraguayos y brasileños firman un acuerdo para combatir cualquier intento de unión motivado por la rosista Confederación Argentina, que desconocía de la independencia paraguaya de 1842.

Las empanadas de Sarmiento

Aquella fe en la civilización y el progreso, ferrocarril, alambre y maestras que dejaban atrás el pasado colonial para cumplir los ideales de Mayo, impulsó la gestión presidencial de Sarmiento. En un famoso discurso en Chivilcoy era también un programa de gobierno: “Chivilcoy fue una utopía que seguía a lo largo de los años, y la veo ahora realidad práctica. Yo había descripto la pampa sin haberla visto, en un libro que ha vivido por esa descripción gráfica –se refiere al Facundo–. Pero encuentro algo más que no entraba en mi programa. Y es el espíritu republicano, el sentimiento del propio gobierno, la acción municipal de los propios habitantes. Heme aquí, pues, en Chivilcoy, la pampa como puede ser toda ella en diez años. He aquí el gaucho argentino de ayer, con casa en que vivir, con un pedazo de tierra para hacerle producir alimentos para su familia. He aquí el extranjero ya domiciliado, más dueño del territorio que el mismo habitante del país”, enfatiza quien finalmente fue doblegado por el poder de los terratenientes aunque, claro, pudo propulsar la inmigración y la educación primaria, si bien en un sentido diferente al que anhelaba, porque quedó centralizada en el Estado, y no en las acciones municipales, aquellas alababas una tarde calurosa bonaerense en 1868.

Uno años más tarde llega a Tucumán como representante del Gobierno de Nicolás Avellaneda para inaugurar las líneas férreas que unían Córdoba y Tucumán, un proyecto que se inició durante los últimos meses de su mandato, y que fue duramente criticado desde Buenos Aires. Raúl Scalabrini Ortiz investigó profusamente la construcción del primer ferrocarril fuera del radio porteño, sustentado “sin corrupción” por el Estado nacional, y las injerencias colonialistas de los ingleses que habían quedado fuera de la obra, “administrado por argentinos, el Ferrocarril Central de Norte cumple con su fin civilizador, anima las actividades locales, abre perspectivas nuevas a la diligencia e iniciativas”. La historia es conocida: el presidente Juárez Celman vende la línea a intereses británicos unos meses después de asumir la presidencia, pese a que con gestión estatal había cuadriplicado su capital en menos de diez años.

Pero volvamos a Sarmiento. En un viejo trapiche se habían congregado políticos y público a degustar empanadas y vino, matizada por guitarras y payadas, nos cuenta Ema Cibotti. “Ninguna empanada del mundo se puede comparar con la empanada sanjuanina”, arrancó payadoril el discurso ante la incredulidad de los comensales. Enseguida desde el fondo un jujeño retrucó que las mejores eran las de la Puna. Después siguió un correntino, un mendocino, un salteño y, al cierre, un tucumano con los dedos engrasados. Sarmiento sonrío con una mueca y arrancó una clase magistral: “Esta es la lección, señores, esta discusión sobre empanadas es un trozo de nuestra historia, pues muchas sangre que hemos derramado ha sido para defender cada cual su empanada. El ferrocarril servirá a la unión de la república, es el conductor del progreso y agente para la realización de las instituciones, pero servirá mucho más a la unión disipando la deplorable fascinación de la mezquindad de la aldea, que no hace creer detestable la empanada del vecino ¡amemos, señores, la empanada nacional”, cerraba la alocución aclamado por los compatriotas vino patero en mano.

Una mirada a los ojos a los hombres y mujeres que soñaron la Argentina, con sus contradicciones y errores, pero reconociendo sus logros, y con los oídos atentos para escuchar, porque nos siguen hablando de una Patria posible. Y armar con todas las manos el relleno de la empanada nacional.

     

Fuentes: Sarmiento, D. F.  Argirópolis. Buenos  Aires: Losada. 2007; Altamirano, C. Sarlo, B. Ensayo argentinos. De Sarmiento a la vanguardia. Buenos Aires. Siglo XXI.2016;  Romero, J. L. Breve historia de la Argentina. Buenos. Aires: Fondo de Cultura Económica. 1996

 

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