La bandera negra de la piratería. Lecturas...

En un lejano artículo aparecido en la revista “Dirigido por…” (nº 19, enero 1976), y en un artículo titulado Reflexiones sobre el cine de piratas, contrabandistas y aventureros, Miguel Marías dice “Todos leímos de pequeños…”, y después cita no menos de cien referencias  comenzando con La isla del tesoro y cerrando con la emperatriz Yang Kwai Fei o el Dr. Mabuse, para añadir: “Durante el largo trecho  que separa la niñez de la adolescencia nos fue posible así el suplantar las `vidas imaginarias´ o sublidimadas de los más variopintos u exóticos personajes y habitamos con ellos en las más remotas épocas, parajes y latitudes” (p. 21). Donde decía “todos”, Marías tendría que haber escrito acaso “yo” o mejor quizás “algunos de nosotros”, porque esa descripción no tiene nada que ver con “los demás”, con los niños comunes que desdichadamente, no formábamos parte de una familia culturalmente tan privilegiada como la suya, y para los que la infancia no fue lamentablemente un tiempo de alborozo y lecturas. Para nada.

A lo largo de mi vida no he tenido ocasión de tratar con conocidos que pudieran hablar de una infancia parecida. Dicho de otro modo, tampoco he conocido muchos casos que gozaran de mis modestos privilegios. En mi localidad, no  todos los niños podían acceder a aquellos 50 céntimos para costear la sesión infantil. En mi caso se trataba de una “propina” que papá me otorgaba a regañadientes, por no escuchar los reproches de mamá o de otros familiares y amigos. Sí los gastaba en otra cosa, o los perdía, entonces no había película. Pero el caso es que el cine no tardó mucho en ser más fascinante que cualquier otra cosa. Estaban eso sí,  los tebeos, y en cuanto a los piratas, estaban presentes un poco en todas partes, pero el más celebrado fue la serie del piara llamado “El Cachorro”, de Juan García Iranzo que conoció dos años de presencia quincenal (dos centenares de número) a bordo del “Albatros”, pero que luego se pasaban y se repasaban hasta el desgaste. En algún lugar he leído la evocación de una pintada de entonces que ponía “!Muera El Cachorro y viva el Capitán Baco¡”. Una nota certera porque Baco era el verdadero pirata, mientras que “El Cachorro” era buenísimo y se liaba lastimosamente en lugares tan enojosos como el Mar de los Sargazos, un espacio en el que el mar se hacía como una selva.

Sin todos estos privilegios previos seguramente no me habría llegado el más notable, el de ser un lector inmerso en el abismo de la clase trabajadora que por entonces tenía los accesos a la lectura prácticamente cerrado. La España “eterna” llevó a cabo la guerra del 36, entre otras cosas porque la República y el movimiento obrero estaban llevando la lectura y la cultura a los  pobres, y estos no podían saber más de la cuenta. El hecho de que las tropas “nacionales” encontraran un alijo de libros en casa de un trabajador sospechoso era garantía de fusilamiento inmediato, o cuanto menos de años de cárcel o cuanto menos de una paliza para que no olvidara.  Esto explica que mi afición a la lectura fuera considerada como un riesgo por algunos conocidos que tenían cosas terribles que contar al respecto.

A mí fue el cine me permitió a los 12 años realizar una primera incursión a la lectura, y subrayo: todo un privilegio por entonces. El doloroso afán de mi abuelo paterno que en su lenta agonía consiguió con un pariente acomodado y el primer cinéfilo que conocí, le facilitara otras lecturas que no fuesen las de la desprestigiada prensa diaria, o bien El Marca o El Caso, cuando a él no le gustaba el fútbol ni disfrutaba de las tragedias ajenas.  Así fue como me metí de pleno en Emilio Salgari y Julio Verne, autores que me sonaban de sus más brillantes adaptaciones cinematográficas. Aunque orientado hacia otras inquietudes, estas lecturas y otras parecidas,  pasaron a casi un hábito, recuperado en citas periódicas, como cuando a principios de los ochenta fui contratado por una empresa ficticia ligada al ayuntamiento de L´Hospitalet para dar charlas sobre literatura popular en las hogares de pensionistas, estos, todavía animados por las inquietudes reivindicativa del antifranquismo. En aquel tiempo el casi todo tiempo incluyendo el de las vacaciones fueron para retomar el hilo de estas lecturas aún a riesgo de descuidar relaciones.

La suma de estas experiencias serían decisivas se me planteó la posibilidad de una aportación propia desde el punto de vista del cine, sin duda el punto culturalmente más influyente de la fascinación popular. El momento coincidió con el descubrimiento de la colección  “Isla de Tortuga” de la editorial Renacimiento  de la que ya conocía al menos dos títulos, el de Philip Gosse, Quién es quién en la piratería, y el estudio de Henry Musnik sobre Las mujeres pirata, y con la relación con Abelardo Linares con la publicación de unos Retratos poumistas. El paso siguiente pasó por aprovechar la conexión editorial para hacerme con la colección completa.

Anteriormente, ya había publicado un extenso artículo sobre el cine y la piratería en Kaosenlared, artículo que había provocado un buen número de aportes desde el “blog” abierto, en particular una anónima que llamaba mi atención sobre una obra mayor de Peter Linebaugh y Marcus Rediker: La Hidra de la Revolución, subtitulada Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico (Ed. Crítica, Barcelona, 2006, tr. Mercedes García Garmilla y con prólogo de Joseph Fontana…Su campo de trabajo en el llamado “primer imperio” británico (1600-1783), y contiene un apasionado relato   de los sucesivos movimientos de protesta de los desposeídos que sacudieron las dos orillas del Atlántico inglés en este tiempo: agricultores desposeídos de sus tierras comunales, marineros enrolados a la fuerza, sin olvidar a los esclavos africanos explotados en América que ya en Brasil habían creado su propios “territorios libres”.  Los  autores abordan con toda clase de fuentes el desarrollo y difusión de las ideas revolucionarias en el Atlántico, mucho antes de la revolución norteamericana, de la que nos da una imagen totalmente distinta de la de la historia oficial establecido. Estos libros me ofrecieron una perspectiva inusual de la cuestión, una explicación del porqué el fenómeno del bandido social, de la piratería, y de todas las circunstancias que suelen obviar. Así por ejemplo, los marineros de La Isla del tesoro podrían ser terribles, pero no hay duda de que se hicieron piratas después de ser carne de cañón de tal o cual guerra, de sobrevivir como marineros hambrientos en los puertos, y sus derechos al los beneficios del “tesoro” –a una jubilación millonaria como la que actualmente goza cualquier directivo empresarial-, eran mucho mayores que las de los buenos burgueses en los que Jim Hawkins no se acababa de ver.

Estas pistas ya aparecían indicadas en muchas de las lecturas de los clásicos. Recuerdo que la lectura de Los hermanos de la costa, de Joseph Conrad, ya indicaba la existencia entre los piratas de una cierta concepción democrática e igualitaria muy primitiva pero adelantada para la época, y que el Billy Budd, de Hermann Melville ofrecía datos muy veraces sobre las duras condiciones de los “trabajadores del mar”. No era por casualidad que el ciclo de la piratería fuese coincidente con las convulsiones de la Reforma, y con el ciclo revolucionario británico que va desde Cromwell hasta la llamada “revolución gloriosa”. Unas primeras indicaciones sobre esta conexión ya fueron establecidas por Christopher Hill, el autor de El siglo de la revolución. 1603-1714 (Ed. Ayuso, Madrid,  1972), que vinculan este fenómeno con el destino errante de los “niveladores” de la revolución inglesa, tan notablemente representados por Wistanley, considerado como un pionero de un cierto anarquismo que, tampoco es por casualidad, adoptó como propia la bandera negra.

Después de estas primeras lecturas, me dediqué a revisar todo lo que encontraba, primero en el “mercado de las pulgas” de Sant Antoni,  en Barcelona, luego en las Bibliotecas públicas, y allí encontré viejas ediciones,  y obviamente, por las librerías. Pronto los diversos rincones de mi estudio se fueron llenando de títulos, aparte de los ya mencionados, como el Diccionario de las exploraciones (un pequeño Larousse traducido para Plaza&Janés en 1970); El filibusterismo, de J y F Gall, aparecido en el la muy notable colección Breviario del Fondo de Cultura Económica, México, 1971; recuperé Los piratas, de Gilles Lapouge (Ed. Estela, Barcelona, 1971), descubrí Piratas y filibusteros, de  H., Deschamps  (Ed. Telstar, Barcelona, 1967); también Los bandidos del mar (Breve historia de la piratería), de Seve Calleja (Madrid: Espasa Calpe, 1999); El negrero (Tusquets, Barcelona, 1999), de Novás Calvo, que narra con una prosa bella y eficaz la escalofriante biografía de un pescador malagueño del siglo XVIII que escoge el oficio de vagabundo de los mares. Enrolado en un navío pirata, su trayectoria vital nos va demostrando la crueldad humana y el horror legal del comercio negrero.

Como suele ser bastante habitual en este tipo de libro, el texto se lee a veces como un tratado histórico y a veces como una fascinante novela de aventuras; por supuesto, la edición de Exquemelin, Bucaneros de América (Valdemar, 1999; el extenso y documentado volumen de Colin Woodard,  La República de los piratas. La verdadera historia de los piratas del Caribe (Crítica, Barcelona, 2008), cuyo título me pareció tan sugestivo que acabé adoptándolo, sobre todo por el significado casi piratesco que la palabra República ha adquirido entre nosotros; El libro de los piratas,  de  Howard Pyle (Valdemar, Madrid, 2001); en la biblioteca local encontré el de Cruz Apestegui, Piratas en el Caribe: Corsarios, filibusteros y bucaneros, (1403-1700), (Lunwerg Ed., Madrid, 2001)…Edhasa tiene títulos tan interesantes como  Bajo bandera negra. La vida piratas (2005), de David Cordingly, y del mismo autor de Mujeres en el mar. Capitanas corsarias, esposas y rameras. La lista es casi interminable, y da para toda una vida de estudio.

En la parte del cine ya contaba con un extenso “dossier” de recortes de todo tipo, así como la colección completa de la revista “Dirigido por…”, y muy especialmente los dos números (356 y 357 de mayo y junio de 2006), con el Dossier “Aventuras en la mar”,  así como el  “Dossier” aventuras correspondientes a los números 126, 127 y 128 (julio-agosto-septiembre 1985)…Obviamente, he consultado los “Diccionarios” de Javier Coma, y específicamente el dedicado al cine de aventuras “clásicas” (Plaza&Janés, 1994), y claro está el ya clásico de José Mª Latorre, La vuelta al mundo en 80 aventuras, aparecido en la misma editorial de la revista “Dirigido por…” (Barcelona, 1995). También El cine de aventuras, de Ramón Freixas y Joan Bassa (Notorius Ed., Madrid, 2008).  Un trabajo útil y manejable es de Miguel Juan Payan, Las cien mejores películas de piratas (Capitel, Madrid, 2005), y he consultado otros libros de la misma colección…

Y claro está, he tenido mi propio fondo de libros y documentos que he ido consultando para escribir un ensayo sobre el cine y la piratería que tenía editor y luego dejó de tenerlo, una historia propia de un autor modesto que sería muy prolijos citar. Tanto más cuando muchos de ellos no tienen ninguna relación aparente con el tema.

 

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