Los huesos de Cortés

Muerto en Sevilla, el conquistador dispuso en su testamento el traslado de sus restos a la Nueva España con destino a un monasterio que encargó construir en la Villa de Coyoacán. Sin embargo, a lo largo de cuatro siglos, sus huesos sufrirían ocho exhumaciones y el mismo número de entierros, en dos ocasiones para ocultarlos.

El peregrinaje fúnebre del conquistador fue documentado por José Luis Martínez en su estudio Hernán Cortés (FCE, 1990), donde afirma que raros son los casos de unos despojos mortales tan “asendereados, exhumados y reinhumados”.

“Unas veces por simples contingencias, una sola vez para cumplir en parte las disposiciones testamentarias del muerto, otra para enaltecerlos, dos para ocultarlos y otra para descubrirlos”, enumera el autor.

Hernán Cortés (1485-1547) dejó estipulado en su testamento ser enterrado en la iglesia de la parroquia donde muriera, para después modificarlo y dejó el lugar a elección de sus albaceas. Sus restos fueron así depositados en la cripta del duque de Medina Sidonia, en la capilla del monasterio de San Isidoro del Campo, cerca de Sevilla.

No obstante, Martínez refiere que también dispuso un traslado de sus huesos de España a Coyoacán, de ser posible, antes de diez años de su muerte. “Ni una ni otra cosa pudieron cumplirse”.

El segundo entierro ocurrió en 1550, a la muerte del duque de Medina Sidonia, quien le había cedido su propia tumba. Los restos fueron entonces exhumados, colocados en una caja de madera y depositados en otra sepultura, en el mismo monasterio.

El tercero correspondió a su traslado de Sevilla a la Nueva España, a San Francisco de Tezcoco, en 1566. Su hijo Martín, segundo Marqués Del Valle, otorgó en 1562 poderes a dos de sus criados para el traslado, lo cual ocurrió hasta 1566, cuando se sacó de San Isidoro del Campo la caja con los huesos.

“Probablemente en esta ocasión se envolvió a los huesos en los mantos finos y se instalaron en la urna de cristal y en las cajas de plomo y de cedro que luego se encontrarían. Ignórase quién los trajo a Nueva España y en qué fecha”.

Nadie prestaría atención a la llegada de la caja.

Martínez refiere que eran “días terribles” para el segundo Marqués del Valle y sus medio hermanos, Martín y Luis, y sus amigos, los hermanos Ávila, quienes serían decapitados en la plaza mayor mientras ellos estaban apresados tras la denuncia de una conspiración para “alzarse” con tierras.

Los restos del conquistador habrían sido llevados a la Iglesia de San Francisco de Tezcoco, donde, desde 1530, reposaban los restos de otra hija, Catalina Pizarro.

Ahí permanecieron hasta 1629, cuando ocurrió el cuarto traslado, al morir en la Ciudad de México, Pedro Cortés, nieto, con quien se extinguió la sucesión directa. El virrey de la Nueva España, Marqués de Cerralvo, y el Arzobispo de México, don Francisco Manso de Zúñiga, decidieron trasladar los despojos de él y su nieto “con gran pompa” al Convento de San Francisco, a la capilla mayor que pertenecía a la familia. Ahí estaba sepultada Catalina Xuárez, su primera mujer.

“Arriba del pequeño baúl urna con los huesos de don Hernán se pintó un gran retrato suyo y esta inscripción: Fernandi Cortes ossa ser a Tun hic famosa (aquí se conservan los huesos famosos de Fernando Cortés), y enfrente se puso una rejilla de hierro”, refiere Martínez.

Un quinto entierro se realizó en la misma iglesia en 1716, trasladando los huesos de la capilla mayor a la parte posterior del retablo mayor.

Con el sexto traslado, en 1794, los despojos del conquistador fueron llevados a la Iglesia de Jesús Nazareno, anexa al Hospital de Jesús, fundado por Cortés. El Virrey Revillagigedo sugirió que “el rico Marquesado del Valle” corriera con los gastos de “un magnífico sepulcro cual corresponde al ilustre y esclarecido Hernán Cortés”.

El monumento al conquistador constaba “de un altar con un extenso epitafio; sobre él la urna y el busto, y un obelisco de pirámide que arranca de la mesa del altar, con un escudo cruzado de pendones”. El busto de bronce dorado a fuego fue obra de Manuel Tolsá, “recién llegado a México como director de escultura de la Academia de San Carlos”.

Dicho traslado se realizó el 2 de julio de 1794, y al día siguiente fue que se depositó la urna en el mausoleo, en el presbiterio al lado del Evangelio. El 8 de noviembre, en el “aniversario de la entrada de Cortés a la Ciudad de México, se hicieron solemnes exequias en dicha iglesia (...) Después de la misa, predicó el doctor Fray Servando Teresa de Mier, quien dijo una doctísima oración fúnebremente en elogio de las virtudes morales y políticas del excelentísimo señor don Fernando Cortés”.

El séptimo entierro se hizo en secreto, en 1823, dos años después de consumada la Independencia de México, cuando el Gobierno dispuso el traslado de los restos de los héroes insurgentes a la capital.

“Con tal motivo se exacerbó el odio contra todo lo que recordara la dominación española y se quiso borrar cuanto aludiera a la conquista, y en la Cámara de Diputados se había propuesto que se quitase de la Iglesia de Jesús el sepulcro de Cortés”, narra Martínez.

Habían circulado folletos “tan agresivos como pintorescos” entre agosto y septiembre de 1822, con sentencias como “Los curiosos quieren saber en qué paran los huesos de Cortés” y “El Pendón se acalló y la memoria de Cortés quedó”, e incluso llegó a proponerse “que se sacaran del templo los huesos y se arrastraran para llevarlos al quemadero de San Lázaro”.

Y, como documenta Martínez, se decía que esto se haría la tarde del 16 de septiembre de 1823, la noche anterior se cerró la Iglesia de Jesús y apresuradamente se concretó, con la intervención de Lucas Alamán, entonces Ministro de Relaciones Interiores y Exteriores del Gobierno de México, el séptimo traslado de los huesos.

El capellán mayor del hospital de Jesús, el Padre Joaquín Canales, con ayuda de un albañil, se encargó de colocarlos en el piso, “bajo la tarima que se encontraba junto a altar de Jesús Nazareno”. El busto y armas de bronce fueron enviados a Palermo, el monumento fue desmantelado y se dejo correr la leyenda de que los huesos de Cortés habían dio a parar a Italia.

El octavo entierro también secreto, dentro de la misma iglesia, fue obra del mismo Alamán, a quien, según Francisco de la Maza, citado por Martínez, “le dolía en secreto que los huesos de Cortés estuviesen en el suelo, con humedad y en sepulcro improvisado”, por lo que decidió en septiembre de 1836 trasladarlos a un “lugar más decoroso, aunque siguiesen todavía anónimos y ocultos”.

La fecha tenia una razón de ser: se hacían reparaciones al Hospital de Jesús y en 1836, se preparaba “el reconocimiento de la independencia de México por España y el establecimiento de relaciones amistosas”.

Alamán se encargó de hacer guardar el secreto a todos los involucrados en los trabajos que se hicieron en octubre de 1836, desde el albañil Arzaluz, quien participó en el anterior y apresurado entierro secreto, como al arquitecto a cargo de las obras en el Hospital de Jesús, al administrador del hospital y su mujer.

El 7 de diciembre todo estuvo dispuesto para el entierro, y en el acta notarial consta el relato preciso de la nueva colocación y ocultamiento de los huesos de Cortés.

Un secreto que perduró por más de un siglo.

“Durante ese lapso, quienes de cuando en cuando se preguntaban por el paradero de los restos, aceptaban, unos, que estaban en Italia, guardados por los sucesores del marquesado, y suponían, otros, que seguían en México, ocultos sin preocuparse gran cosa por indagar donde estaban”, advierte Martínez.

El único intento por buscarlos, fallido, correspondió al historiador José C. Valdés, quien excavó en el mismo sitio, pero medio metro equivocado de la ubicación de los huesos.

Alamán había entregado a la Embajada de España, en 1843, una copia del documento que revelaba la ubicación precisa del entierro. Ambos documentos permanecieron secretos.

Martínez refiere que hasta 1946, con la Embajada a cargo del Gobierno de la República Española en el Exilio, se supone que se tuvo acceso al documento y fue copiado por el intelectual español exiliado Fernando Baeza Martos y el historiador cubano Manuel Moreno Franginals, quienes comunicaron su hallazgo a los historiadores mexicanos Francisco de la Maza y Alberto María Carreño y decidieron emprender la búsqueda los cuatro solos, para lo que obtuvieron permiso del patrono del Hospital de Jesús, Benjamín Trillo, y del Secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, dado que el INAH estaba a cargo del monumento colonial.

Comenzaron con la excavación el domingo 24 de noviembre, a las ocho y media de la mañana, justo en el lugar señalado en el documento de 1836: el muro contiguo al altar mayor. Quitaron el aplanado y ladrillos, y dos horas después asomó la losa mencionada.

“Un gran barretazo decidido de Manuel Moreno”, cuenta De la Maza, “hizo caer la piedra y quedó al descubierto la urna con el terciopelo bordado en oro”.

Baeza y Carreño habrían rezado en silencio hacia las seis de la tarde.

El lunes 25, en un acto “que fatalmente se hizo público”, con numerosos funcionarios, historiadores, reporteros, fotógrafos y curiosos, se extrajo de su nicho la urna, protegida por una primera cubierta de plomo. Hubo que abrir una segunda cubierta y apareció la urna de cristal y “pudieron verse los envoltorios de los huesos”.

Ante las suposiciones de qué se haría con los restos, se expidió el jueves 28 un acuerdo presidencial que dejaba al INAH su custodia: se le encargan los estudios para confirmar su autenticidad y se establecía que se conservarían en el mismo lugar donde fueron encontrados.

“Ese mismo día 28 se abrió la urna de cristal, aparecieron los huesos en la misma posición y con las característica descritas en el documento de 1836”.

Confirmada la autenticidad histórica y antropológica de los restos, conforme a las descripciones de 1836, la comisión recomendó al INAH que se “consolidaran los huesos, que se restauraran la cubierta exterior de terciopelo, las cajas de plomo, la caja de madera y la urna de cristal”.

El 9 de julio de 1947, cuatro siglos después de la muerte de Cortés, se reinhumaron en el mismo nicho donde se hallaron con una placa de bronce que dice “Hernán Cortés, 1485-1547”.

Cada tanto en la historia aparecen los iconoclastas, advierte el historiador Salvador Rueda Smithers; pensamientos que se presentan como “olas culturales muy destructivas”.

Evoca, por ejemplo, cuando los cristianos romanos ordenaron quitar todas las esculturas paganas de Roma, o a finales del siglo 15 cuando el fraile dominico Girolamo Savonarola organizó en Florencia la hoguera de las vanidades a la que fueron arrojados al fuego textos latinos, obras de Petrarca y Boticcelli, alcanzando incluso la biblioteca de los Médici. Savonarola terminaría excomulgado y en la hoguera.

“Ahora tiene usted, de unos años para acá, esta línea iconoclasta de romper por romper. Hay algo que no les gusta”, expone el historiador. “No es muy clara para dónde va, puede ser el letrero de un banco, una tienda de conveniencia, Benito Juárez o Cristóbal Colón, por mencionar algunos”.

Rueda Smithers recuerda que en 1968, estudiantes se subieron a la estatua de Carlos IV, “El Caballito”, y al Monumento a Colón, poniéndoles una bandera roja, pero no se les ocurrió destruirlas.

“Ahora sí hay una línea de quitar. Si van a quitar y van a destruir, que se vayan (los monumentos) a museos, pero no es solamente destruir por destruir. Los iconoclastas no dejan una huella positiva”, alerta.

Propuestas para retirar monumentos a Colón y Cortés han circulado estos días desde la plataforma de Change.org, un tema que también alcanzó la tribuna del Congreso de la Ciudad de México.

En 2019, las diputadas locales del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), Teresa Ramos y Alessandra Rojo de la Vega, presentaron una polémica propuesta de retirar cualquier monumento que hiciera referencia al descubridor de América y al conquistador, y quitar sus nombres de cualquier calle o avenida de la capital, debido a su participación en una “cruel, destructiva, y desoladora” Conquista.

Presentaron la propuesta después de que el Presidente Andrés Manuel López Obrador solicitara en marzo de 2019, a través de una carta al Rey de España, Felipe VI, pedir perdón por los abusos cometidos.

La iniciativa de los legisladores no prosperó: el monumento a Colón sigue en su lugar en el Paseo de la Reforma, y de Hernán Cortés, salvo la copia del busto de Tolsá en el Hospital de Jesús, no hay una estatua en su memoria en la ciudad; apenas una pequeña calle en las Lomas de Chapultepec lleva su nombre.

Rueda Smithers considera que, como hombre de historia, una mala práctica sería avalar la destrucción; “si esto no te gusta, lo quitamos”, en lugar de tratar de entender.

Xavier Guzmán Urbiola, también historiador, plantea que la brutalidad policiaca que condujo a la muerte del afroamericano George Floyd en Estados Unidos evidenció que sigue viva la exigencia de plenos derechos para la población negra en Estados Unidos, y se puede ser sensible a las exigencias de modificar monumentos o estatuas de personajes, como los generales segregacionistas, que una generación consideró como héroes.

“Por asimilación, y también porque hay una historia propia, si se dan todos estos movimientos fuera, claro que hacen eco en México, que tiene una historia particular y muy singular a partir de este racismo contra los indígenas. Colón era, todo el mundo lo sabe, un tratante de esclavos, y Cortés maltrató bastante a las poblaciones locales”, recuerda.

Tanto Rueda Smithers como Guzmán Urbiola son partidarios de colocar placas integradas, donde, de manera respetuosa, sin adjetivos, se resignifique a los monumentos. Por ejemplo, en el de Colón del Paseo de la Reforma, pudiera haber una inscripción en la que un grupo de historiadores explicara en qué consistió su llegada a las islas y el establecimiento de las encomiendas, como referir que la escultura corresponde a tiempos de Porfirio Díaz para conmemorar el centenario de México.

“Si pretendiéramos demoler edificios y monumentos ignominiosos, piensa por ejemplo en el Puente de los Suspiros en Venecia, que une el palacio ducal con el palacio contiguo, por el Puente de los Suspiros pasaban los condenados hacia el cadalso. A su paso, las familias, las viudas, se congregaban al lado del canal para dar el último adiós a su familiar. ¿Entonces, qué, vamos a quitar el Puente de los Suspiros? ¿O aquí en México vamos a tirar Lecumberri?”, cuestiona Guzmán Urbiola.

Cree también que la Historia no puede ser un campo de batalla, lo que toca es entenderla para explicarla.

¿Se quitaría El Caballito, la estatua ecuestre de Carlos IV, porque una de las patas traseras del caballo pisa un carcaj con flechas (símbolo del imperio mexica)?

“Los bronces son inertes y las manifestaciones artísticas tiene una vida independiente a la vida de los hombres”, sentencia Guzmán Urbiola.

La peregrinación de los huesos

1547: Primer entierro en San Isidoro del Campo, Sevilla, en la cripta del duque de Medina Sidonia. 1550: Cambio en la misma iglesia, junto al altar de Santa Catarina. 1566: Traslado a la Nueva España y entierro en la iglesia de San Francisco de Tezcoco. 1629: Traslado a la capilla mayor del convento de San Francisco de la Ciudad de México. 1716: Cambio en la misma iglesia, a la parte posterior del retablo mayor. 1794: Traslado a la Iglesia de Jesús Nazareno contigua al Hospital de Jesús, en un monumento situado en el presbiterio. 1823: Cambio, en la misma iglesia, en el piso bajo la tarima del altar mayor. Entierro secreto. 1836: Nuevo cambio, en la misma iglesia, a un nicho en el muro del lado del Evangelio donde estaba el monumento. Entierro secreto. 1946: La urna con los restos es descubierta, estudiada y vuelta a depositar en el mismo lugar.

Fuente: Martínez, José Luis. Hernán Cortés (FCE/UNAM, 1990)

 

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