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Aproximaciones ahora a lomos del primer centenario luctuoso de Ramón López Velarde
Al poeta municipal y rusticano le interesó tanto “el siglo” que por eso no tuvo personalidad para hacer carrera eclesiástica. Al menos así lo afirman las fuentes consignadas en Un corazón adicto: La vida de Ramón López Velarde (FCE, 1989) de Guillermo Sheridan donde da noticia de la renuncia al seminario por el devaneo que tuvo por Josefa de los Ríos, desde los ocho años, luego llamada Fuensanta: “fuente bendita” de donde emanan todas las lágrimas del mar.
Al paso del tiempo nos regaló una prosa, “Mi pecado” (1921, póstuma), donde apunta: “(…) el hambre física se trasladará a los planteles del espíritu, cambiando la temerosa legumbre en los gajos de la insaciable voluptuosidad. Por zurdo cálculo me acerqué a la segunda de las hijas de aquel notario. Desde la siniestra imparcialidad con que estoy mirándola, me confieso traidor, egoísta y necio. En las efemérides de mi flaqueza, es ella, en realidad, mi único pecado”.
Un amor imposible sin duda donde lanza su corazón con la ceguera desalmada con que los niños lanzan el trompo. Por supuesto el castigo vendrá con la cuerda en los dedos que le aprieta y por ende prolonga su martirio.
Dicho martirio le da fuerzas para estar, primero en el Seminario en Zacatecas bajo la tutela del P. Domingo de la Trinidad Romero “un cura feo y miope que tenía la cara medio paralítica y usaba antiparras” (Sheridan, pp. 53-54) pero que era poeta y lector de los clásicos latinos y griegos, así como de los poetas “provincianos” como Ipandro Acaico el Obispo Ignacio Montes de Oca.
Luego fue admitido en el Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe (Aguascalientes, 1902) donde leyó más poesía (Darío, Nervo, Othón, Núñez de Arce, Rosas Moreno) para tener después unas vacaciones a su terruño provinciano (1905) donde besó las manos de su amor, Fuensanta, y a su regreso “comenzó a tener problemas con su religión o, más bien, con su vocación” (p.72).
Pero en su Jerez natal el Padre Reveles conversó con él y no sólo se enteró de sus estudios en el seminario sino de su afición a la poesía. Allí “le contó sobre un poeta al que tenía por uno de los más originales: Amando J. de Alba, que no solo era buen poeta, sino que además era del rumbo y, por si fuera poco, había vivido en Jerez un par de años, cuando Ramón tenía unos siete u ocho” (pp. 73-74).
Además, le explicó que: “Amando pertenecía a los nuevos poetas que en México y en España estaban decididos a encontrar nuevos tonos y procedimientos poéticos a partir de algunos inusitados logros de ciertos poetas franceses y belgas” (p. 74).
Después le dio la dirección de su amigo en Guadalajara para que le escribiera y acto final, le aconsejó como penitencia de confesión obedecer los impulsos reales de su corazón ante aquella deuda de amor. Continuará…
* Poeta leonés. Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).