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Aquelarre
El diccionario define “aquelarre” como noche de brujas, con práctica de artes mágicas, y además con la asistencia del demonio, en su apariencia de macho cabrío.
Al parecer así se desarrollaron las reuniones y el jaloneo entre las dirigencias, cúpulas, similares y anexas del PRI y del PAN, buscando una alianza electoral para enfrentar a Morena en las próximas elecciones.
Es casi seguro que por la mente de ninguno pasó que con eso estaban invocando a los espíritus de Plutarco Elías Calles y Manuel Gómez Morin, padres fundadores del PNR (1929), ahora PRI, y del PAN (1939).
Si se me permite fantasear un poco con la historia política, hubo sin querer una alianza cuando ni el tricolor ni el blanquiazul habían nacido.
Dice Luis Medina (Hacia el Nuevo Estado, FCE 1995.) que la gestión de Álvaro Obregón en 1920-1924 se caracterizó por estar limitada por la presión de Estados Unidos para recuperar lo perdido en el periodo revolucionario.
Poco pudo hacer Obregón para iniciar la reconstrucción del País, y este proceso recayó en Plutarco Elías Calles, 1924-1928.
Según el autor regiomontano, Gómez Morin fue personaje central en la construcción de lo que sería el inicio de la tecnocracia mexicana en el área hacendaria del Gobierno de Calles, al colaborar en el diseño de leyes mercantiles y bancarias, en la creación del Impuesto sobre la Renta en 1924, y del Banco de México en 1925.
Además, se le atribuye haber dicho que el proyecto nacional debería ser “una organización 'businesslike' del Gobierno”.
En el reciente aquelarre local no se dio el reencuentro de los espíritus de esos antiguos aliados. Según trascendió, los bisnietos del panista pedían las perlas de la Virgen por despojarse de sus prejuicios -y sus juicios- con tal de hacer la alianza que conformaría el nuevo TUCOM: Todos Unidos contra Morena.
La negociación consistía en ceder la candidatura al Gobierno del Estado a los tricolores tataranietos de Calles, a cambio de que el PRI les cediera los Ayuntamientos de casi toda el área metropolitana.
El argumento de la neocúpula fue que Monterrey y Guadalupe los habían ganado en las urnas y les fueron despojados en los tribunales, y que San Nicolás y Santa Catarina es de ellos desde hace décadas.
De pilón pedían que se les cediera la mayoría de las candidaturas a Diputados federales y locales. Esto llevó a alguno de los interesados a declarar que había sido más fácil negociar con Donald Trump que con los panistas. Ya adivinaron quién es.
Los malosos dicen que el fracaso en la negociación fue por diferencias ideológicas. Esto es, tuvieron una diferente idea de cómo repartirse el botín, perdón, el poder.
Al final, el resultado, fue el reencuentro después de 32 años de pleitos de los hermanos peleados, PRI y PRD, que buscarán rescatar algo de la herencia que sobró después de 90 años. El PAN seguirá solo, con su “pureza” ya muy manchada en el ejercicio del poder.
En la otra esquina, la de Morena, las cosas fueron más fluidas. Ser el partido o movimiento en el poder es por naturaleza el oscuro objeto del deseo. Irán en alianza con la llamada chiquillada, esto es, PVEM, Panal versión local, sin registro nacional, y de pilón el infaltable PT.
En este caso, se dice que la “negociación” entre Morena y los partidos paraestatales -como antes lo fueron del PRI- se dio en los cuarteles de la CDMX y hasta en alguna sede del Gobierno.
Por último, Movimiento Ciudadano, que fue el caballo negro en el 2018 cuando ganó las senadurías con Samuel García, busca repetir la hazaña.
Lo que sigue es definir a los esperanzados en sacar al buey de la barranca financiera en que caerá el Gobierno en los próximos años. Y los aspirantes a municipios y diputaciones.
Todo esto, sin olvidar que se estaría gestando una versión local del PRIMOR con los priistas enfrentados al medinismo que emigrarían a apoyar la coalición morenista.
Como dicen en las ferias de pueblo, agarren asiento lugar y tabla. El aquelarre seguirá por largo tiempo.