Alturas literarias

1.

El quechua fluye. Washington Córdova Huamán escribe con el viento gélido de la puna desdibujándole el rostro, cerca de las pachiteas. En los descansos de su día a día con las comunidades altoandinas, saca su cuaderno de anotaciones para cincelar metáforas en quechua.

Me invita a otear el lomo helado de las cordilleras, como diría Arguedas. Señala: en esas cabañitas, los pobladores de las zonas rurales andinas mantienen viva la lengua, a pesar de la modernidad.

–Ellos siguen reconfigurando el acervo identitario y cultural. El quechua está presente en el alma de los pobladores, a pesar de la globalización y de tantos años que no los miramos. Mi poesía recoge ese sentimiento profundo.

A los 58 años, Washington Córdova, formado como educador y con un posgrado en Literatura, ganó el Premio Nacional de Literatura 2020 en la categoría de lenguas originarias por su poemario Parawayraq chawpinpi / Entre la lluvia y el viento (Lima, Pakarina, 2019).

Nació en el distrito de Circa, en la provincia de Abancay, Apurímac, donde el río Pachachaca bifurca tanto la geografía como al quechua, que para un lado se habla en la variante cusqueña y para el otro, en la chanca. Eso explica la libertad con la que se mueve el poeta en ambas variantes.

En el 2015 tradujo y publicó El Tungsteno y Paco Yunque. “César Vallejo no hablaba quechua, pero la estructura de su obra era quechua; por eso me atreví a traducirlo”, cuenta.

Pocas semanas al año, Washington Córdova pisa la metrópoli. Desde hace 19 años trabaja con las comunidades altoandinas y conoce de memoria cada uno de los distritos lejanos; ese lado B del país casi invisible en las noticias.

Allá conversa con los comuneros sobre proyectos de desarrollo. Pero no es un consultor frío. Entonces su poesía se abre y habla de ríos y lagunas contaminadas, con las que se riegan chacras y se preparan alimentos. En los alrededores de las lagunas de Choclococha y Orcococha ha visto cómo impactan los pasivos mineros. Todo ello es parte del corpus de su poesía.

–No recojo lo que veo de manera chauvinista o radical. Lo traducimos en nuestros libros, y qué mejor que en el quechua, que es una lengua tan profunda y solidaria.

¿Los quechuahablantes no aprecian sus poemas?, pregunto con arrogancia capitalina. Me recuerda que el runasimi, en esencia, “unifica, reúne, contagia”. Sus poemas, que han domeñado la estructura de sustantivo-objeto-verbo, los ha leído a dirigentes campesinos y ellos se han emocionado. “Por el quechua nosotros mitigamos los conflictos, nos acercamos más. Haríamos mucho por el desarrollo cultural si el quechua se masifica y se lee”. Arí.

Acaba de terminar un nuevo poemario. Le tomó cinco años de trabajo. ¿Tiene nombre? Sonríe. Secretos de poeta.

2.

Victoria tachó un verso de Dylan Thomas, Y la muerte no tendrá dominio, como un simbolismo. Ahí, encerrado en ese breve libro híbrido –una suerte de ensayo escrito en prosa poética–, circula la “no ficción”; los hechos se amarran; subyace una cartografía personal.

A Victoria Guerrero Peirano, la muerte de su propia progenitora, en el 2016, le permitió psicoanalizar, universalizar y buscarle sentido a esa ausencia eterna.

En las páginas de Y la muerte no tendrá dominio (Lima, Fondo de Cultura Económica, 2019) habla, por ejemplo, de la relación madre-hija; del sistema alrededor de la muerte; de la burocracia estatal, la seguridad social y del derecho a ser atendido.

Los textos, donde hay jerga médica, donde el lector pisa los fríos pasillos de los hospitales, adquieren otra vigencia en este contexto de pandemia, cuando la muerte nos ha quitado la presencia de miles.

–Hoy, hablar de esto adquiere una relevancia mayor. Lo que vivimos es consecuencia de todas esas cosas que se han destruido y se han perdido desde los años noventa.

Es doctora en Literatura Hispanoamericana y ha vinculado con hechos dolorosos su escritura, pero nunca había tocado fibras tan íntimas como el proceso de Y la muerte no tendrá dominio.

Entonces reescribir partes del libro, a sugerencia del editor, le costó muchísimo. Ahora, a los meses, recién puede leer el libro como un todo. “Felizmente, el dolor también se olvida”, dice como un adagio.

Victoria ha ganado el premio Nacional de Literatura 2020 en la categoría de no ficción. Es un nuevo camino en su escritura de poeta, que siempre están impugnando los límites de la Literatura, me recuerda.

Para ella, la definición de no ficción tiene un pie en lo documental y otro en la Literatura. “Como sucede con la literatura norteamericana, que parte de la no ficción pero que se va ficcionalizando en el camino, digamos. Pero muchos de los libros que se presentaron (al premio) están más vinculados con el análisis, con la investigación. Quizá ahí cabría hacer otra categoría”.

La pandemia no ha detenido la ola de feminicidios. “Hay un deber en visibilizar estos tipos de violencia y este no es un reto solo de las mujeres”, dice. Además de escritora y profesora universitaria, ella es activista del Comando Plath.

Sus textos siguen diversos caminos, poesía, prosa, etcétera. “Es que no creo en la clausura de los géneros. Las categorías están bien para enseñar y analizar, pero no tienen mucho sentido para quien escribe”.

Todavía no ha retomado lo que escribió en la prepandemia, debe ser parte del efecto del hecho sui géneris que vivimos, dice. Ya los retomará.

 

3.

Teresa Ruiz Rosas nació bajo el Misti y entre Letras. Recuerda de su padre, el poeta José Ruiz Rosas, su empeño porque sus hijos se eduquen en colegios laicos y mixtos y que aprendan otros idiomas. “Cada lengua es una puerta de entrada a un mundo nuevo”, le decía el bardo a Teresa. Ella se dedicó a estudiar lenguas extranjeras, germanística y filología, tal vez como un eco de la enseñanza paterna.

A los 19 años partió a Budapest a realizar estudios universitarios. Desde entonces residió más en Europa y el Perú pasó a formar parte del territorio sentimental, de los buenos recuerdos de la niñez y la adolescencia.

Cuando su novela Estación Delirio (Lima, Random House, 2019) cumplió un año de la circulación, le llamaron anunciando que había ganado el Premio Nacional de Literatura 2020 en la categoría ficción.

“Es algo muy especial tener un reconocimiento de la tierra donde uno ha nacido”, me dice desde Colonia, Alemania.

El proceso de escritura de la novela le tomó cerca de seis años, mientras intercalaba con sus otras facetas como traductora y profesora universitaria. Escribir para ella “es un proceso de felicidad, de permanente construcción”. Ni doloroso ni de rutina, jamás.

Su obra la constituyen novelas de largo aliento (Estación Delirio tiene 346 páginas y Nada que declarar, 510) y “siempre tienen un vínculo con el Perú”, aunque los escenarios sean disímiles. También, la gran mayoría de sus protagonistas son mujeres.

Ruiz Rosas ha trabajado haciendo traducciones para la radio y la televisión alemana. ¿Cómo nos ven por allá?

–Hace años que no hay un interés muy grande por América Latina, como lo hubo, por ejemplo, en los tiempos del boom latinoamericano. Ahora hay más interés en los países del Asia o de Europa del Este. La literatura peruana está un poco olvidada. Y salvo los hechos de las últimas semanas, no hay un gran interés por lo que ocurre en el Perú.

Y Teresa Ruiz Rosas sigue escribiendo, siempre en castellano. Viene un libro de cuentos, anuncia, y prepara una nueva novela.

Datos:

S/ 10,000 es el premio pecuniario que recibirá cada ganador del PNL 2020.

En el 2013, Córdova publicó la tesis de maestría El Tinkaywankay, discurso poético quechua en las comunidades campesinas del distrito de Circa.

Tiene 12 libros traducidos al castellano y 3 de creación poética bilingüe.

Victoria Guerrero ha publicado 11 poemarios y 1 novela, desde 1993.

Y la muerte no tendrá dominio ganó los Estímulos Económicos para la Cultura 2018 por el Ministerio de Cultura.

Teresa Ruiz Rosa ha sido finalista del premio Herralde de Novela 1994 (España), ganadora del Juan Rulfo 1999 (Francia) y mención honrosa de la III Bienal de Novela Premio Copé 2011. Tiene 9 libros de ficción y 8 de ensayo.

 

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