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La buena prosa
Ida Vitale (Montevideo, 1923) ha destacado como poeta y de manera reciente, en los dos últimos años, ha recopilado ensayos que escribió en varias épocas de su vida tanto en Uruguay, México y Estados Unidos, países en los que ha vivido. En 2018 obtuvo el Premio Cervantes. Estas Resurrecciones y rescates provienen de textos que se dieron a conocer en La Gaceta de Tucumán, Marcha y del periódico uruguayo Época. En México sus editores fueron Fernando Benítez y Huberto Batis en Unomásuno y el suplemento sábado; Ignacio Solares en las páginas de cultura de Excélsior; Emmanuel Carballo en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica; José de la Colina y Juan José Reyes en el Semanario de Novedades; Octavio Paz en la revista Plural y Enrique Krauze en Letras Libres.
Todas estas reflexiones son a partir de sus lecturas y de ciertos autores que se convirtieron en fundamentales para Vitale. Ella confiesa que su encuentro con la lectura tuvo lugar en una enorme librería de viejo, cuyo dueño antes vendía gasolina. Ida Vitale pensó que estaba frente a los libros del mundo y así despertó su gusto por la lectura, por atesorar a ciertos autores.
Aquí se habla de José Bergamín, Macedonio Fernández, César Aira, Juan José Arreola, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti, Luis Cernuda, José Ángel Valente, Nicanor Parra, Xavier Villaurrutia, Gonzalo Rojas y Juan Rulfo. A propósito de Rulfo, ella enuncia de manera certera y sin caer en ociosidades académicas, a los autores que influenciaron al narrador jalisciense. Menciona a Hamsun que el mismo Rulfo recordaba, y a Lo que pasó en el puente de Owl Creek, de Bierce; El barón Baggem de Lernet-Holenia; La amortajada, de María Luisa Bombal —Carballo compartió con Rulfo la lectura de este libro— y Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, y de ésta última novela hace esta especificación, “pero que él llevó a una ejemplar culminación”. Sólo habría que aclarar que el libro de Garrro es de 1963 y lo escrito por Rulfo es anterior.
Vitale nos guía por interesantes paseos literarios, como bien apunta: “El placer del desciframiento entusiasta libera una misteriosa energía, que mueve no sólo las páginas poéticas: también la buena prosa del mundo”.
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