Factores de Productividad

El objetivo principal del área de recursos humanos de cualquier organización, pública, privada, social, es la de encontrar y ubicar a la persona adecuada para desempeñar una función durante el tiempo que la organización la necesite. 

Puede encontrar en los libros de texto y en los manuales organizacionales definiciones mucho más elaboradas, puntuales y hasta filosóficas, pero en esencia de lo que se trata es de que a la hora de que se necesite hacer un trabajo dentro de la pequeña o gran organización, esté la persona que lo puede hacer mejor, cobrando lo que se está en posibilidades de cobrar, con el grado de confianza que se requiere, sobre todo de que no va a dejar la chamba tirada.

Por tratar con personas y no con materias primas, con dinero o su registro, con máquinas, con procedimientos, el área de recursos humanos es una de las más complejas de cualquier empresa humana.

Es de las más vilipendiadas a la hora de las reuniones de los gerentes, después de todo, personal es el área que menos millones maneja, y es muy cómodo olvidarse de que las tareas de las áreas de producción, logística, todas, desde la primera hasta la última y desde abajo hasta arriba, son realizadas por individuos, cada uno de ellos con su propia personalidad, intereses, inquietudes, problemas y expectativas de su pertenencia o permanencia en la organización. 

Sí, se suele decir y repetir despreciativamente “aquí nadie es indispensable”, dando a entender lo poco que a la empresa le importa que uno se quede o se vaya, que como también lo suelen remachar, hay veinte haciendo fila para ocupar ese espacio que uno quiere dejar.

Todo esto es apenas una aproximación a las complicaciones que se enfrentan a la hora de integrar la plantilla de personal de una organización cualquiera, y si para una fábrica es difícil, imagínese lo que será para la función pública. Lo que sea de cada quien, la democracia lo ha puesto todo fácil… y de cabeza, el o la que el pueblo diga, ese se convierte en la cabeza del gobierno, tenga o carezca de las características idóneas para desempeñarse en el cargo, eso es irrelevante, con que haya sido señalado por la mayoría, con eso basta para que sus defectos se obvien y sus cualidades se maximicen.

Mire lo que son las cosas, quien trató de darle un carácter más organizacional, llamémosle así, al servicio público, fue Vicente Fox Quesada, quien todavía antes de asumir el cargo de presidente, había integrado un equipo de “head hunters”, de reclutadores profesionales, que se supone buscaron en todo el país los mejores perfiles de profesionales para hacerse cargo de funciones específicas de la administración pública que iba a comenzar. 

Se recopilaron y analizaron los perfiles, algunos de ellos marcadamente apolíticos o distantes de la ideología panista bajo la que llegó Fox, lo cual fue bastante bien visto por el empresariado mexicano y hasta por la opinión pública cuando se enteró. Además de esto, en el sexenio foxista se sentaron las bases legales y administrativas de lo que hoy todavía sigue siendo una piedra en el zapato de la burocracia federal, el servicio nacional de carrera, la gente postuló para ocupar puestos hasta de mucha responsabilidad, y después de ser evaluados y concursados, le fueron otorgados con el simple expediente de que era el mejor para el puesto, y el que quisiera cuestionarlo… que pusiera su currículum vitae enfrente, y allí es donde han patinado muchos de los intentos por deshacerse de estos servidores públicos.

Una revisión muy de pasada por la literatura especializada nos dice que pueden ser muchos los factores determinantes para la incorporación de una persona a un puesto en la empresa o en el gobierno, desde aquellos de orden legal y administrativo, impuestos desde la creación del organismo y del puesto, hasta otros mucho más genéricos relacionados con la formación, la experiencia previa, el manejo de subordinados, reconocimientos, pertenencia a colegios y barras de profesionales, entre otros muchos, en los que se busca encontrar, hasta donde esto sea posible, la idoneidad de la persona para el cargo, y que lo desempeñará con la deseada honradez, compromiso, confidencialidad, y demás que se consideren indispensables.

Si los despachos de reclutamiento eran exhaustivos en los tiempos de Vicente Fox, imagínese lo que se han refinado en los tiempos recientes, se sabe por ejemplo que algunos de ellos hacen un rastreo bastante profundo por el comportamiento del candidato en las redes sociales, para descartar que algún vicio, pecadillo o error, pueda ser explotado luego en contra ya no de la persona sino del gobierno. Indudablemente es mucho lo que ha avanzado esta rama de la administración de las organizaciones, es por ello que nos llama tanto la atención la manera tan simplista en la que se ha venido manejando la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador en el delicado asunto de colocar a las mejores personas a cargo de funciones en las que sean los más indicados.

Casos sonados los ha habido por docenas, el de la designación de director general de Pemex de un ingeniero agrónomo o en la Comisión Federal de Electricidad de un político bastante cuestionable, o que en posiciones que desde siempre han demandado un conocimiento muy especializado, como los de las direcciones de área en el CONACYT, o aun otros que tenían candados legales, como el de la dirección general del Fondo de Cultura Económica. Pareciera que, al presidente, fuera de los puestos más inmediatos a su persona, todo lo demás en la administración pública le son si no indiferentes, sí intercambiables, apegándose al principio de siempre de la burocracia mexicana, de que cualquier persona puede hacer lo que sea, lo que alguien muy ingenioso bautizó como “todólogos”, que sirven para lo que sea y para todo.

Pero una cosa es tener un cierto sentido de la utilidad de las personas para determinada tarea, y otra distinta la descarnada consideración de que lo que lo único que le importa al presidente, a su gobierno y por extensión al país que gobierna, es que las personas sean honestas, la capacidad y la experiencia son secundarias. 

Hace meses había dicho Andrés Manuel que la composición ideal era el 90% de honestidad y el 10% de capacidad, y en los últimos días a raíz del circo montado con el nombramiento de Ángel Carrizales como titular de la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente, lo cambió a 90% de honestidad y 10% experiencia, dejando ver que la capacidad es todavía menos importante de lo que era antes.

Nunca la experiencia de una vida había quedado tan hecha a un lado como ahora que lo único que importa es lo que una sola persona entienda por honestidad, pues pocas cosas hay tan difíciles de definir. Para empezar, la honestidad comienza por aceptar que uno no sabe nada del puesto para el que lo están nombrando, y ninguno ha renunciado por ello.

*Facultad de Economía 
de la Universidad Autónoma 
de Coahuila

 

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