A Tiro de Piedra

No hay dolencia existencial que supere los malestares intestinales -quizás exagero--, sin embargo, su compromiso con jodernos la vida, y la existencia y cada segundo que pasa, mientras la dolemos es tal que la vida se diluye en litros de sudor frío.

La jornada de rebeldía estomacal, es un maratón de degluciones, escupitajos y regurgitaciones, del despojo humano a la renovación proteica del alma y el cuerpo.

Esos fueron mis días recientemente:

En una reciente visita al estado de Jalisco, para participar en la reunión nacional de la empresa en la que trabajo, coincidió con el inicio de la edición 33 de la Feria Internacional del Libro, lo cual me llevó a renovar una fe inocentemente perdida, esa que pierdes conforme te haces viejo.

Esas coincidencias no pasan, y cuando pasan, te siente un párvulo todo “meco”, lleno de ilusión.

Quien me conoce, sabe de mi fetiche por los libros, sabe de mi obsesión por la lectura y los esfuerzos que hago por contagiar el habito de la misma, ¿Cómo no ir a la FIL?, sería un desperdicio no ir, ¿Qué podría salir mal?

Desde hacia varios años quería ir a la considerada por muchos, como la meca de los lectores hispanoparlantes, y fui.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se fundó hace 33 años por la Universidad de Guadalajara, en esta edición el país invitado fue la India; la industria del libro reunió a más de 800 escritoras y escritores, editoras y editores, lectoras y lectores, empresarios y empresarias de todo el mundo. ¿Qué podría salir mal? Me volví a preguntar.

La reunión de la empresa finalizó con muchos compromisos, trabajo y buenas vibras, pero muy dentro, entre los conductos internos de mi ser se gestaba el golpe de estado corporal.

Ya tenía programado el día, inclusive había una visita cultural, pero mi cuerpo tenía otros planes: un dolor agudo cortó mi cuerpo, lo rompió de fiebre desde temprano y una sensación de nausea se montaba detrás de mis ojos y entre mis oídos

En pleno centro histórico de Guadalajara, corrí a una farmacia y un coctel de Flanax, Diclofenaco y Tempra, pasado con un trago de electrolitos me puso de pie: “Vamos a la FIL”, grité.

La sede de la FIL, es la “Expo Guadalajara”, un espacio para convenciones, expos, ferias y eventos; la primera piedra se puso en 1985, su construcción finalizó dos años después, ha sido sede de una infinidad de eventos, y es verdaderamente un monstruo logístico enclavado en el corazón económico de la ciudad.

 Pero a mí, solo me importaba la ubicación de los baños.

 A pesar del poco control que tenía de mí mismo disfrute el día, aunque me dolían las piernas, cómo pinchadas por agujas invisibles, les cuento que vi a lo lejos a Enrique Serna, quien conversaba sobre su novela Vendedor de Silencios; me pasó por un lado antes de pasar el aro de seguridad el escritor y director del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II; a Ricardo Raphael lo vi firmando su libro Hijo de la Guerra, inclusive en una austera firma de libro vi a Ricardo Monreal, le pregunté a uno de sus asistentes si era: -¿Es Monreal?- pregunté. “Si es”, me dijo algo molesto; y me deje llevar por la marea de gente lejos de cada uno de los escritores.

 Al terminar la jornada reflexione: ¿tan jodido me siento que ni siquiera mi curiosidad reporteril me llevó a cruzar algunas ideas con los autores cuyos libros he leído?, me quede dormido con una fiebre de 38.2

 Al día siguiente fue mejor, mi cuerpo estaba desdoblado, como cuando deshechas un papel haciéndolo una bola y te das cuenta que hay algo importante, la estiras y las arrugas tratan lentamente de regresar a cada pliego a su lugar de nacimiento.

 Busqué varios libros que ya tenía en la mira, antes de la purga estomacal, ya mejor y con más lucidez que el día anterior, me topé con varios autores y editores con los que pude plantar sendas charlas, reportero sin suerte no es reportero; eso sí escudado con un té de manzanilla y unos electrolitos en la mochila.

 Saco dos conclusiones:

 Una, tiene razón el gran Hemingway en su libro El viejo y el mar, cuando describe las horcajadas del viejo pescador que la sufre en medio de la nada flotando al garete, perdemos nuestra propia dignidad, autocontrol y autonomía corporal, nos desconectamos de nosotros mismos; y dos, este artículo terminó siendo otro del que era al inicio, como yo, después de ir por primera vez a la FIL, como mi estómago que es otro ahora renovado e independiente.

 

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