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El otro Girón: escritores argentinos ante la invasión a Cuba
1.
La noticia provocó un estallido. Políticos, movimientos sociales, estudiantes e intelectuales de todo el mundo condenaron escandalizados la invasión a Cuba. La batalla en la ONU adquirió proporciones épicas, mientras todo el Continente se veía sacudido por la onda expansiva de los sucesos, desde México hasta Chile y Argentina, de donde llegaban mensajes y declaraciones de apoyo a la Isla.[1] Incluso dentro de los propios Estados Unidos se produjeron manifestaciones de envergadura, al punto de que el congresista demócrata Frank Kowalski –a contrapelo del establishment– llegó a asegurar: “La contrarrevolución fracasó porque no tenía raíces en Cuba. Fracasó porque no tenía atractivo para el campesino ni para el obrero… Independientemente de lo que los estadunidenses piensen de Castro, es un vivo ejemplo de un revolucionario exitoso… Se ha mantenido en Cuba porque atiza el gran orgullo que sienten los cubanos por Cuba y por sí mismos” (Mills 388-9).
Pero la tarea de apoyo a la Revolución cubana dentro de ese país le cupo sobre todo al Fair Play for Cuba Committee, Comité creado por intelectuales de renombre en los primeros meses de 1960, que se vio potenciado por el viaje de Fidel a Harlem en septiembre de ese año, por la aparición y repercusión poco después del influyente librito de C. Wright Mills Escucha, yanqui (que el Fondo de Cultura Económica de México pondría a circular casi de inmediato en español), y por las extendidas protestas a lo largo del país tras la invasión contra la Isla (Gosse 137).
No resulta sorprendente que, en ese contexto, el Village Voice publicara el 27 de abril de 1961 una exaltada “Carta abierta a Castro” en que Norman Mailer expresaba: “No he dicho nada en público acerca de usted o de su país desde que firmé el año pasado, junto con Baldwin, Capote, Sartre y Tynan, una declaración de que creemos en un ‘Juego Limpio para Cuba’ [Fair Play for Cuba]”, y agregaba: “pero ahora ya tengo edad suficiente para creer que uno debe estar dispuesto a ser fiel a su propia verdad. Así que, Fidel Castro, anuncio a la ciudad de Nueva York que usted nos dio a todos aquellos que estamos solos en este país, y que normalmente no nos hablamos, un sentimiento de que aún quedan héroes en el mundo” (Wakefield 34).
2.
Me interesa, sin embargo, centrarme en ciertos efectos de la invasión contra Cuba al otro extremo del hemisferio, entre un grupo de notables escritores argentinos, que involucra al más célebre de todos: Jorge Luis Borges. Tras la Revolución, los intelectuales cubanos mostraron desde temprano su admiración por él, de la cual ya habían dado muestras, décadas antes, los escritores de las vanguardias.[2]
Lo cierto es que el suplemento Lunes de Revolución no tardó en dedicarle la portada y parte de un número (el 24, del 31 de agosto de 1959) en que reproducía “Mi amigo Borges”, de Ulyses Petit de Murat, y textos como “El sur” y “La duración del infierno”, así como ocho poemas que pretendían dar una imagen del quehacer narrativo, ensayístico y poético del autor de Ficciones. Las brevísimas notas editoriales no podían mostrar devoción mayor. En una de ellas se decía, en tono muy afín al elogiado, que “Borges es –quizás– el más grande prosista que le ha ocurrido al español desde Quevedo”. Y a propósito de sus ensayos se afirmaba: “si no hubiera escrito sus narraciones, si no fuera el alto poeta que es, si no tradujera a Kafka y a Faulkner con la misma maestría, todavía sería el más grande escritor de habla castellana viviente”. De modo que la Revolución cubana se iniciaba, en el plano literario, con una declaración de amor a Borges.[3]
En 1960 la Casa de las Américas lo invitó a ser jurado de la segunda edición de su recién nacido –y entonces llamado– Concurso Literario Hispanoamericano, que tuvo lugar en enero de 1961. Antón Arrufat, jefe de redacción de la revista Casa de las Américas, recordaría décadas después detalles de la conversación telefónica con él, tales como “el tono de su voz, la abundancia de eh, eh, la expresión ‘la lejana Cuba’, y la negativa a venir de jurado al Premio” (Alonso Estenoz 78). Todavía el 5 de febrero de 1961, el semanario más importante y leído del país, Bohemia, publicaba el cuento de Borges “El fin”. Esa admiración sin reservas en las publicaciones cubanas, sin embargo, se quebraría pocos meses más tarde.
3.
Quien sí viajó a La Habana entre enero y marzo de 1961 fue José Bianco. En esa ocasión, Lunes de Revolución reunió a un grupo de los integrantes de aquel jurado, entre quienes se encontraban tanto Bianco como el propio director del suplemento, Guillermo Cabrera Infante. En la conversación reproducida por el suplemento, el director le pregunta al argentino cómo andaba la literatura de su país. Bianco le adelanta –advirtiendo que hablaría sobre el tema esa misma noche en la Casa de las Américas– que gozaba de buena salud; “hay mucha preocupación literaria, hay muchos concursos literarios; las editoriales han introducido esa buena costumbre hace unos diez años, y eso ha contribuido a que se conozca gente nueva, y haya un mayor interés en estos momentos por lo que sucede en la realidad”. Comenta que se da el caso de escritores que son hombres de acción, que pueden narrar experiencias directas, y pone el ejemplo del paraguayo Augusto Roa Bastos, residente de larga data en Argentina. Autores como este, afirma, hacen que la literatura actual del país sea “más viva”, “menos formal” que la de hace diez años. Entonces Cabrera Infante anota, como para dejar claro cuál era esa otra menos viva y más formal a la que eludía su interlocutor: “Por ejemplo, esas corrientes de ficción como la que representan Borges y Bioy Casares”, a lo que Bianco se apresura a contestar: “Esas corrientes también son legítimas, porque responden a una mentalidad, a una cultura, a una formación muy particular y muy auténtica” (“Un jurado de escritores” 8).
Del viaje de Bianco a Cuba quedó, entre otras muchas cosas, una “Crónica cubana” que publicó Bohemia el 9 de abril de 1961. Cuenta en ella parte de sus experiencias durante el tiempo que estuvo en la Isla, y la sacudida que ello significó. Recuerda allí la tarde en que Virgilio Piñera lo “miraba con las cejas en alto, como preguntándome: ‘¿Así que has necesitado, a tus años, venir a Cuba para comprender lo que es una democracia social?’”. Bianco confiesa haberlo desarmado con una respuesta a lo Piñera: “¿Por qué te asombras? Imagínate si habré visto estatuas en el mundo. Pues bien, hasta el día que no fui a Nápoles, al museo de Nápoles, no descubrí la escultura”. Y añade de inmediato: “Una democracia social combate el sufrimiento y la injusticia. No hace falta ser un escritor, basta con ser un hombre decente, para adherirse a ella. Pero el milagro de la Revolución Cubana es que haya eliminado los privilegios que causan el sufrimiento y la injusticia sin caer en el error de imponer la censura o la autocensura a sus escritores” (Bianco: “Crónica” 82). Aunque escapa al tema de estas notas, es preciso recordar que pocas semanas después esos mismos temas serían discutidos con pasión como parte de las tensiones suscitadas al interior del campo cultural cubano.
4.
Al día siguiente de su regreso a Buenos Aires y al abrir la correspondencia acumulada, Bianco encontró en la primera página de Sur un suelto en que la publicación y su directora, Victoria Ocampo, se desmarcaban de ese viaje de quien fuera Jefe de Redacción de la revista durante más de dos décadas: “¡Qué me dices!”, le comentaría en una carta a Marcia Leiseca, entonces Secretaria de la Casa de las Américas, “[u]na amiga de 26 años con la que trabajo hace 23”. Agrega que como Ocampo estaba en Mar del Plata le envió “un telegrama fulminante con mi renuncia”. Y añade: “A veces pienso que quizá debí quedarme en Sur y luchar desde allí. Pero otras veces me digo que hubiera luchado vanamente. Sí, no habría servido para nada. Es mejor obedecer al primer impulso” (carta del 12 de mayo de 1961). En otro mensaje –esta vez dirigido a Alberto Robaina, entonces subdirector de la Casa– ratificaría su decisión: “¿Cómo hubiera podido seguir en una publicación que se permite opinar sobre la Revolución Cubana con semejante desparpajo e ignorancia de la verdad?” (carta del 7 de junio de 1961).[4]
El hecho es que en el número 269 de Sur, de marzo-abril de 1961, apareció una nota explicando que el Jefe de Redacción de la revista había sido invitado a Cuba para formar parte del jurado de la Casa de las Américas. “La invitación”, se apresuraba a aclarar la nota, “le ha sido dirigida personalmente y nada tiene que ver su viaje con la revista donde trabaja, desde hace años, con tanta eficacia”. Y añadía que tal aclaración “no sería necesaria, y hasta sería ridícula, en tiempos normales. Pero el tiempo en que vivimos no lo es. El mundo está revuelto y la confusión se crea con pasmosa velocidad”. La versión de Bianco años después refiere haberle mandado a decir a Victoria Ocampo “que no hiciera ninguna declaración, y que si se hacía una declaración yo iba a renunciar. Eso le mandé a decir porque me parecía una cosa muy inusitada y un poco absurda hacer una declaración diciendo que me invitaron por ser mí mismo”.
Bianco cumplió su palabra, y el número siguiente de Sur volvió a la carga, defendiendo aquella aclaración como “necesaria”. Comentaban entonces los editores (o, sin más, su directora) haberle pedido al jefe de redacción “que la escribiera y firmara él mismo, en los términos que quisiera. Se negó a hacerlo por estimar que dicha aclaración era innecesaria. Esa no era la manera de pensar de la dirección. Por tal motivo y con el único propósito de delimitar posiciones y dejar a cada cual completa libertad de opinión […] se publicó la nota aclaratoria”. Bianco, continuaba diciendo el comentario de Sur, “consideró, por razones que no aceptamos a comprender, que dicha nota era agraviante y que exigía su renuncia indeclinable”. Advertían que nunca estuvo en el ánimo de la revista agredirlo ni provocar su renuncia, pero “[c]onsiderábamos que no podíamos eludir una aclaración que nuestra honestidad y conciencia reclamaban”. Un poco más burdamente explicaría Héctor Murena las razones de la renuncia de Bianco: “se había convertido en un furioso castrista” (Mudrovcic 80).
En uno de los contactos con sus amigos de Cuba, Bianco comentaría que había recibido unas líneas de Luis Cardoza y Aragón y su mujer, en las que le recordaban algo que él les había dicho en La Habana, cuando coincidieron en el concurso de la Casa: “Estoy seguro de que este viaje tendrá repercusiones serias en mi vida”. Y acota Bianco: “Las ha tenido, en efecto” (carta a Robaina, 7 de junio de 1961).
5.
En el exhaustivo diario que llevó a lo largo de años y que fuera publicado con el título de Borges, Bioy Casares contó que el sábado 15 de abril de 1961 comieron en su casa Borges y Bianco. Bioy temía, según confiesa, que esa comida “fuera un trance incómodo, ya que Bianco, del lado de los castristas, finge que todo el mundo lo persigue”. Sin embargo –reconoce sorprendido–, la reunión fue agradable, pues “como gente civilizada” hablaron de Cuba, de Henry James y de Conrad (Bioy Casares 712). Ese mismo día varios aeropuertos cubanos fueron bombardeados como preámbulo a la esperada invasión apoyada por los Estados Unidos. Los acontecimientos que se sucedieron contribuirían a distanciar aún más a Bianco de sus contertulios.
En el propio diario, Bioy ofrecerá detalles de la participación de él y de Borges en la firma de un manifiesto a favor de los invasores. El miércoles 26 de abril de 1961, una semana después de la derrota de estos en Girón, Bioy anota: “Come en casa Borges. […] Cuando le proponemos un manifiesto en favor de los cubanos contrarios a Castro, teme salir del silencio, tomar partido; cuando está listo el manifiesto, teme no estar entre los que firman. Primero niega la firma; después la lleva tarde y logra agregarla. Entonces lamenta sin duda no haber llegado verdaderamente tarde. Ambula entre miedos” (713).
Esa vacilación, sin embargo, no permite dudar de la autenticidad de Borges al estampar su firma. No hay que olvidar que ya había avalado un documento contra la Revolución cubana el año anterior. En una carta a Humberto Rodríguez Tomeu fechada el 18 de mayo de 1960, Virgilio Piñera le contaba: “Te diré que estaba en lo de escribirle a Borges para invitarlo a dar unas conferencias y me entero por Fermín que acaba de llegar de Bs. As. que él firmó la declaración de la SIP [Sociedad Interamericana de Prensa] contra la Revolución” (Anderson 112).[5]
Por otro lado, como sabemos, las pifias políticas de Borges eran legión: antes aun había firmado una declaración en desagravio por el desprecio que recibió Nixon en su viaje por América Latina en 1958; en 1965 firmaría otra declaración de apoyo a la invasión norteamericana de Santo Domingo, que a la vez repudiaba una de condena de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); en 1967 se sumaría al pedido de ejecución a Regis Debray, y al año siguiente tanto él como Bioy Casares y Manuel Peyrou manifestarían su apoyo al presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz en ocasión de la matanza de Tlatelolco. Tampoco se trataba de una anomalía; según ha notado Horacio González, existe un rechazo histórico entre ciertos sectores argentinos hacia la tradición revolucionaria cubana: “toda la elite porteña”, precisa González, “apoya a España en la guerra de Cuba. Esto llega al punto de que Groussac va a ver a Martí a Nueva York para que no lleven la cosa más adelante, por el peligro yankee”.
El manifiesto de marras encaja perfectamente en el lenguaje más rancio de la Guerra Fría, y parecería impropio de escritores exquisitos. Se expresa en él que los acontecimientos que han tenido lugar en Cuba “son un episodio de la guerra entre el mundo libre y el mundo esclavizado”, pues “detrás de Fidel Castro están las fuerzas que se proponen someter todos los pueblos a la monstruosa uniformidad del régimen soviético”. De ahí sigue que “[p]resentar los hechos de Cuba como una prueba del imperialismo norteamericano es una trampa que se tiende para que los ingenuos caigan bajo el imperialismo ruso. Cuba tiene derecho a volver al mundo de la libertad, para que se cumpla su destino de nación independiente”, imposible en el mundo soviético, que no le ofrece sino la suerte de los demás países de su órbita. Al apoyar a “quienes heroicamente luchan hoy contra Fidel Castro” apelan a la idea de la “revolución traicionada”, y enumeran los presuntos atropellos del gobierno, entre los que destacan que “a los profesores, periodistas y miembros de numerosas profesiones liberales, que no se sometieron al comunismo, no les ha quedado otro camino que el destierro, el silencio o el paredón de fusilamientos”. Advierten que ninguna retórica antimperialista puede ocultar esos hechos y concluyen apoyando “a los cubanos que luchan contra la tiranía de Fidel Castro y que, hoy o mañana, recuperarán su patria y su dicha y restituirán a sus hijos la dignidad de ser hombres”.[6]
Hay que señalar, ante todo, que la velocidad de los acontecimientos restó eficacia a dicho manifiesto pues, para cuando se hizo público, ya quienes luchaban heroicamente contra Fidel Castro habían sido derrotados, habían confesado –”como una prueba del imperialismo norteamericano”– el apoyo recibido del gobierno de los Estados Unidos, y ya el presidente Kennedy había asumido su responsabilidad en el fracaso de las operaciones.
6.
Tal vez no sea del todo azaroso, por cierto, que fuera precisamente a partir de 1961 que el nombre de Borges comenzara a alcanzar notoriedad en Europa y los Estados Unidos, donde hasta entonces no era muy conocido más allá de ciertos círculos literarios. María Eugenia Mudrovcic nos recuerda que la primera mención a Borges en Time Magazine,en junio de 1962, advertía a los lectores ingleses que el apellido debía pronunciarse “Bor-hess”. Asimismo, el primer artículo que le dedicó Critique se titulaba “Le monde de José Luis Borges”, y el voucher de su primer viaje a Europa en casi cuatro décadas, a principios de 1963, fue expedido por el Congreso por la Libertad de la Cultura también a nombre de José Luis. “Para entonces”, ironiza Mudrovcic, “Borges podía estoicamente resignarse a ser llamado José” (92).
Se suele atribuir su “meteórica consagración” a la concesión, en el mismo 1961 y “gracias a la diligente gestión de Roger Caillois”, del Premio Formentor compartido con Samuel Beckett. Sin embargo, Mudrovcic ha hecho notar que si bien el premio fue importante –y hasta decisivo “[s]egún la narrativa dominante en las filas de la crítica de Borges”–, habría que añadir el papel desempeñado por el Congreso y su buque insignia, Encounter, en la internacionalización de Borges, ante “el urgente desafío que presentaba América Latina después de la Revolución Cubana” (79). “Los dos esfuerzos –el de Encounter y el del premio Formentor– no parecen del todo desvinculados” (96). El espaldarazo de ambos, añade, puso en marcha el aluvión de traducciones que siguió a aquel viaje consagratorio por Europa.
Borges, según su estudiosa, no encajaba del todo en el perfil típico de intelectual cortejado por el Congreso. Por su edad, era una excepción a la regla entonces dominante del recambio generacional; políticamente era miembro del partido conservador; no era estrictamente un intelectual (sino más bien un escritor “puro”), ni excomunista; por si fuera poco, la dirección de la Biblioteca Nacional ponía en entredicho su condición de “intelectual independiente”, y, para colmo, “era un ‘convencido’ y nada podría parecer más insípido y desmovilizador a los ojos del Congreso de la détente que las greguerías políticas de un obcecado spenceriano argentino” (Mudrovcic 93-94).
La oportunidad histórica, sin embargo, ayudó a potenciarlo y resultó ser la gran apuesta “para hacer frente a la amenazante reputación internacional de Pablo Neruda o de Miguel Ángel Asturias en una carrera sin tregua por el Nobel” (Mudrovcic 94). Irónicamente, la Revolución que Borges denostaba propició de manera indirecta su más que merecido –y hasta entonces inalcanzado– reconocimiento internacional.
7.
Bianco, por su parte, intentaba prestar ayuda a la Isla buscando firmas contra la invasión en un medio –dice– intoxicado por la propaganda contra la Revolución Cubana en los preincipales medios del país y la postura de algunos de los más renombrados autores, de manera que, lamenta, “mucho me temo que yo no haya podido ser demasiado útil a la causa cubana” (carta a Marcia Leiseca, 12 de mayo de 1961).[7] Ese tema de la utilidad le preocupa. Casi un mes después le responde a Robaina: “Me pregunta usted si tendría interés en trabajar en Cuba. Mucho, desde luego. Pero ¿sería yo útil a Cuba? Eso es lo importante […] que mi presencia en Cuba se justifique. Que tenga una razón de ser. Que pueda ser yo verdaderamente eficaz para la causa de la Revolución” (carta del 7 de junio). Casi una semana más tarde le escribe al mismo destinatario a propósito del ya mentado manifiesto: “En cuanto a mí, les he dicho a algunos de los firmantes con quienes me liga una relación de más de 35 años (Borges y Bioy, por ejemplo) todo lo que tenía que decirles. Y le aseguro a usted que no me he quedado corto”. Cuenta que el texto lo tomó de sorpresa y que se enteró de él por los diarios porque se cuidaron muy bien de hacérselo conocer. “Lo único que puede decirse para atenuar la actitud de un Borges o de un Bioy Casares (no para justificarla, en modo alguno: digo para atenuar su culpa)”, añade, “es que no entienden ni se interesan en cuestiones políticas, que creen que los intelectuales en Cuba están perseguidos como nosotros lo estábamos bajo el régimen de Perón”, por quien tampoco Bianco, como puede verse, tenía la más mínima simpatía (carta del 13 de junio).
Una y otra vez durante el intercambio de cartas con La Habana, dicho sea de paso, Bianco pregunta por un artículo sobre Roberto Arlt que dejó para Casa de las Américas, y pide que, aparte de su ejemplar, envíen otros a Sur. Aunque “En torno a Roberto Arlt” apareció en el número 5 (marzo-abril de 1961) de la revista cubana, aún en los primeros días de junio escribe indagando por él. Esa lectura un tanto desafortunada de Arlt delataba las afinidades de Bianco con sus colegas de Sur. Pero el interés de Bianco en verlo reproducido en La Habana no tenía que ver solo con eso, o con el reconocimiento que su firma podía tener en Cuba, sino también con otro motivo. “Aunque en ese artículo hablo de Borges con elogio”, le escribe a Robaina, “a Borges será el primero en molestarlo”. Explica que la razón es que allí se refiere al ensayo “Nuestras imposibilidades”, que Borges suprimió de la segunda edición de Discusión porque, supone Bianco, “lo compromete” (carta del 7 de junio). Al pie de la carta, este transcribe el párrafo del ensayo de Borges que, presuntamente, comprometía y molestaba a su autor: “Esa mortal y cómoda negligencia de lo inargentino del mundo, comporta una fastuosa valoración del lugar ocupado entre las naciones por nuestra patria. Hará unos meses, a raíz del lógico resultado de unas elecciones de gobernador, se habló del oro ruso; como si la política interna de una subdivisión de esta descolorida república fuera perceptible desde Moscú, y los apasionara. Una buena voluntad megalomaníaca permite estas leyendas”; a lo que añadia Borges, transcrito por Bianco: “el incomparable espectáculo de un gobierno conservador, que está forzando a toda la república a ingresar en el socialismo, sólo por fastidiar y entristecer a un partido medio”.
En esa propia carta su autor le pregunta al destinatario por Ezequiel Martínez Estrada, entonces residente en la Isla y “al servivio de la Revolución cubana”, y le ruega que le muestre tanto esa carta como los recortes adjuntos de Sur. Martínez Estrada y Bianco coincidieron como jurados del concurso de la Casa en 1961 y, a raíz de ello, tuvieron un desencuentro ante las cámaras de televisión, del que ha hablado el segundo en el “Homenaje a Ezequiel Martínez Estrada” que escribió a raíz de la muerte de este. Pese a esa y a otras diferencias entre ellos, sus posiciones hacia Cuba los acercarían, cuando ambos marcaban distancia de sus antiguos amigos.
8.
Si el manifiesto de escritores argentinos a favor de la invasión recibió una respuesta contundente fue, precisamente, la de Martínez Estrada, quien ya el año anterior había publicado en el número 3 de Casa de las Américas su “Por qué estoy en Cuba y no en otra parte”. En ese texto afirmaba, sin titubeo alguno: “Aquí cada día esperamos la llegada de los bombarderos norteamericanos […] y no hay un ciudadano que no esté dispuesto a repelerlos hasta morir” (33).
En la segunda quincena de febrero de 1960 Martínez Estrada había arribado a La Habana para recibir el premio obtenido por su libro Análisis funcional de la cultura en la primera edición del concurso de la Casa. La suya fue una presencia particularmene activa y fructífera para la naciente institución, que encandiló a todos, empezando por su propia directora: Haydee Santamaría. Después de aquel primer viaje, Martínez Estrada regresaría a la Casa de las Américas, donde el 1° de octubre de 1960 asumiría la dirección de su Centro de Estudios Latinoamericanos. Aquí permaneció durante dos productivos años, al cabo de los cuales, ya enfermo, decidió regresar a su país.
La “Réplica a una declaración intemperante”, de Martínez Estrada, es un texto beligerante que comienza expresando que “[u]n grupo heterogéneo de escritores, uniformados en el propósito de dar curso a especies, desmonetizadas ahora, de la propaganda denigratoria de la Revolución Cubana, ha firmado una proclama de contenido y de forma impropios del atributo que invocan, de intelectuales argentinos” (En Cuba 94). Concede que algunos de esos escritores han salvado las fronteras de la fama local, y aunque sería un descrédito para sí mismos y la causa que defienden, que el texto se divulgara en otros territorios del habla, considera su deber subrayar las más notorias inexactitudes del libelo. Y entonces precisa: “A Borges, Mujica Láinez, Mallea, Bioy Casares y conmilitones me dirijo” (En Cuba 95). Esa declaración, dice, desengaña a los aficionados de la literatura de imaginación que creyeron que pertenecían ustedes a la intelectualidad argentina y demuestra que los firmantes ignoran “cómo se vive, se trabaja, se estudia y se construye sobre las ruinas de un régimen ominoso un nuevo mundo de paz y de confraternidad en Cuba. Yo estoy aquí y lo veo”.
Recuerda que de Cuba ha vuelto a la Argentina, después de una breve estancia en la Isla “y de haber visto parte mínima de esta empresa increíble de rehacer desde sus bases una sociedad, un escritor que perteneció al grupo de ‘Sur’” (99). Podrían –dice entonces– haber conversado con José Bianco, quien “salía ciego de las tertulias en que ustedes malgastan la vida y el talento, y ha vuelto con los nuevos ojos que da la revelación directa de la verdad. Él les dijo lo que vio, y ustedes, también como a otros, le dieron vuelta a la espalda y le cerraron las puertas para que, en los umbrales de la vejez, se gane el pan con el sudor de su frente redimida”. Acusa a sus destinatarios de “centuriones intelectuales que crucifican al que defiende de corazón todo lo que ustedes defienden de palabra”. Para rematar, el atrabiliario Martínez Estrada concluye “que el imperialismo fascista del Pentágono y del Vaticano no tienen vigías y avanzadas más perjudiciales a su causa perdida que quienes se alimentan de sofismas, los degluten, los expelen y después duermen en paz” (100).
Curiosamente, Martínez Estrada no involucra en su diatriba a la directora de Sur, con quien mantiene una afectuosa relación. Apenas nueve días después de instalarse en La Habana, en octubre de 1960, le había escrito desde la Casa de las Américas: “Ahora estoy en Cuba, donde todo un pueblo mira con la cabeza levantada a los gerentes y administradores de la miseria del Caribe. Por ese pueblo trabajaré, que ha sido castigado, expoliado y humillado” (Epistolario 75). Y el 1° de mayo de 1962, es decir, un año después del enfrentamiento de Martínez Estrada con los más conspicuos miembros de aquella revista, le escribe otra carta desde La Habana que sería publicada con el título “En homenaje a Victoria Ocampo” en el libro-homenaje que se le haría ese mismo año (Testimonios sobre Victoria Ocampo).
Sin embargo, no había reconciliación posible con sus antiguos compañeros. Christian Ferrer ha recordado que en una reunión del comité de redacción de Sur en 1963, Eduardo Gonzalez Lanusa propuso pedirle una colaboración a Martínez Estrada. La respuesta de Borges fue inapelable: “Yo no quiero hablar con Martínez Estrada. Para discutir hay que estar de acuerdo sobre algo. […] Además, no sé por qué Sur se va a convertir en una tribuna para los comunistas” (Ferrer 525). Y el autor de Radiografía de la pampa, por su parte, comentaba: “He perdido amigos viejos y ganado enemigos nuevos. Para muchos de ellos, unos y otros, antaño representaba yo un valor en la cultura argentina porque suponían que pensaba como ellos. Creyeron que yo era un cómplice además de compañero” (Ferrer 525).
Posdata
Julio Cortázar entra tarde en esta historia porque no fue hasta su viaje a Cuba en 1963 –también como jurado del Premio Literario de la Casa– que se inició su intensa relación con la Isla. Me limito a señalar que esta historia le toca solo muy tangencialmente, y que Cortázar no coincidía en sus amores y desamores con Martínez Estrada. En una carta a su editor Francisco Porrúa, fechada el 29 de octubre de ese año, Cortázar cuenta que Roger Callois vetó lo publicación de Rayuela en Gallimard, y le explica cómo “funciona la máquina”: “El primer engranaje actúa en B[uenos]. A[ires]., of course, y se llama como vos quieras, grupo de Sur, gentes bien pensantes, guardianes-de-la-literatura-correcta-y-sin-puteadas; se llama, sobre todo, delenda est comunismus”. Asegura que Caillois obedece cualquier directiva de Victoria Ocampo; supone que le habrán mandado la nota desfavorable sobre la novela publicada por Juan Carlos Ghiano en La Nación, “con el agregado de que soy un peligroso comunista de afiladas y sangrientas uñas” (Cortázar 441). A Cortázar le agrada añadir “que mientras te escribo esto, en el Figaro Littéraire, nada menos, sale un fabuloso artículo de Graham Greene sobre Cuba, que habría que hacerle tragar a V.O. en forma de albóndigas, para ver si al fin, leyendo a uno de sus ídolos, y católico por si fuera poco, se convence de que en Cuba no fríen a los niños en la calle” (442).
Poco más de dos meses después atenuaría sus opiniones sobre ella. En otra carta a Porrúa, del 5 de enero de 1964, le cuenta del paso por París de Victoria Ocampo, quien quiso hablar con él. “Con gran alegría de mi parte”, confiesa Cortázar, “Victoria me dijo que necesitaba aclarar malentendidos, y salió a relucir todo el bodrio de Pepe Bianco y su viaje a Cuba, etc. A su manera (es decir con las anteojeras inevitables) Victoria es sincera y muy franca. Le habían dicho que yo estaba enojado con ella por la expulsión de Pepe, y quería explicarme personalmente la cosa”. Cortázar confiesa también que, aunque se mantuvo imperturbable en lo referente a sus futuras relaciones con el mundo de Sur, “me conmovió el deseo de mostrarme el episodio desde su punto de vista” (473-474).
Más allá de esa suerte de reconciliación, quedan claras ciertas fronteras. Si el “urgente desafío” que representó la Revolución Cubana dividió las aguas, también contribuyó –con los vaivenes propios de un proceso vivo y polémico– a formar alianzas, acentuar compromisos y a forjar apasionadas lealtades.
Bibliografía
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Anderson, Thomas F.: Piñera corresponsal: Una vida en cartas. Pittsburgh: Universidad de Pittsburgh, 2016.
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Cortázar, Julio: Cartas 1955-1964, 2, eds. Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga.Buenos Aires, Alfaguara, 2012.
Epistolario. La correspondencia entre Victoria Ocampo y Ezequiel Martínez Estrada. Prólogo y edición Christian Ferrer. Buenos Aires: Interzona, 2013.
Ferrer, Christian: La amargura metódica. Vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada. Buenos Aires: Sudamericana, 2014.
Galich, Manuel: “Playa Girón desde Buenos Aires, hace dos décadas”, Casa de las Américas 125 (1981): 54-65.
González, Horacio: La Argentina manuscrita. La cautiva en la conciencia nacional. Buenos Aires: Colihue, 2018.
Gosse, Van: Where the Boys Are. Cuba, Cold War America and the Making of a New Left. London / New York: Verso, 1993.
Martínez Estrada, Ezequiel: En Cuba y al servicio de la Revolución cubana. La Habana: Ediciones Unión, 1963.
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Mills, C. Wright: Cartas y escritos autobiográficos. Ed. Kathryn y Pamela Mills. México: FCE, 2004 (2000).
Mudrovcic, María Eugenia: “Borges y el Congreso por la Libertad de la Cultura”, Variaciones Borges 36, 2013, pp. 77-99.
Severo Sarduy en Cuba: 1953-1961. Compilación, prólogo y notas Cira Romero. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2007.
”Un jurado de escritores conversa con Lunes”, Lunes de Revolución 98, 6 marzo 1961, pp. 3-9.
Wakefield, Dan: “Introducción”, en C. Wright Mills: Cartas y escritos autobiográficos. Ed. Kathryn y Pamela Mills. México: FCE, 2004 (2000). pp. 29-49.
[1] Uno de los mensajes más difundidos fue el firmado por centenares de escritores y artistas latinoamericanos de una docena de países, y que fue publicado por la revista Casa de las Américas en su número 6, de 1961: “Ante la brutal agresión imperialista contra el pueblo de Cuba los escritores y artistas latinoamericanos repudiamos la criminal política intervencionista del gobierno norteamericano. Exigimos de los hombres y mujeres libres de América acción decidida contra los organismos yanquis que realizan semejantes depredaciones. Ofrecemos nuestro apoyo total a la heroica y sostenida defensa que hace el pueblo cubano de su Revolución y de su territorio, violado en contra de todas las normas de la justicia humana, de la paz, del derecho internacional. Sostenemos el principio de autodeterminación de los pueblos” (112).
[2] Esa sostenida admiración se trasmitiría de una generación a otra, de modo que no es extraño que en septiembre de 1958 el suplemento del periódico El Mundo publicara una conversación de Graziella Pogolotti con Roberto Branly y Severo Sarduy en que este recomendaba a los jóvenes poetas cubanos “que se leyera a Jorge Luis Borges, el mejor prosista de América…” (Severo Sarduy en Cuba 246).
[3] He aprovechado en este texto ideas y fragmentos de mis artículos “Lecturas cubanas de Borges” (La Gaceta de Cuba, 1999, núm. 4), “Ese punto cardinal llamado Sur” (en ¿Para qué sirven los jarrones del Palacio de Invierno? Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2006), y “Radiografía de un entusiasmo: los escritores argentinos y la Casa de las Américas” (Casa de las Américas 295, 2019).
[4] Las cartas de Bianco citadas aquí se encuentran en el Archivo de la Casa de las Américas.
[5] Alonso Estenoz menciona en su informado libro Borges en Cuba varios desplantes del escritor hacia la Revolución misma y algunos de sus líderes.
[6] El manifiesto dice textualmente: “Los últimos acontecimientos de Cuba son un episodio de la guerra entre el mundo libre y el mundo esclavizado. Detrás de Fidel Castro están las fuerzas que se proponen someter todos los pueblos a la monstruosa uniformidad del régimen soviético. Nuestro deber de intelectuales es alentar la constante y misteriosa voluntad de la especie humana que quiere que las naciones y los individuos se hallen a sí mismos y logren su cabal perfección en la diversidad de sus caracteres. // Presentar los hechos de Cuba como una prueba del imperialismo norteamericano es una trampa que se tiende para que los ingenuos caigan bajo el imperialismo ruso. Cuba tiene derecho a volver al mundo de la libertad, para que se cumpla su destino de nación independiente, destino imposible en el mundo soviético, que le ofrece la suerte de Polonia, de Rumanía, de Checoslovaquia, de Bulgaria, de Alemania Oriental y de Hungría. // No apoyamos una causa antirrevolucionaria y antiamericana; todo lo contrario. Quienes heroicamente luchan hoy contra Fidel Castro son los mismos que ayer lo acompañaron en su lucha contra el predecesor de la tiranía. Nos hallamos ante una revolución traicionada. La democracia representativa ya no existe en Cuba; las elecciones que el plan revolucionario prometió no se convocaron; los partidos políticos fueron suprimidos con excepción del comunista; en nombre de la Reforma Agraria se procede a implacables confiscaciones estatales; la libertad de opinión ha sido abolida; (diarios, radiotelefonía y televisión son instrumentos del gobierno); se han cerrado algunas Universidades y se han militarizado las restantes; a los profesores, periodistas y miembros de numerosas profesiones liberales, que no se sometieron al comunismo, no les ha quedado otro camino que el destierro, el silencio o el paredón de fusilamientos. Ninguna retórica antiimperialista puede ocultar estos hechos. // Apoyamos a los cubanos que luchan contra la tiranía de Fidel Castro y que, hoy o mañana, recuperarán su patria y su dicha y restituirán a sus hijos la dignidad de ser hombres”. Cit. en Martínez Estrada: En Cuba y al servicio de la Revolución cubana, p. 94.
[7] Sorprende, en efecto, el escaso apoyo de intelectuales argentinos a las proclamas a favor de Cuba. Un conteo rápido en el mensaje citado al inicio de estas páginas arroja que fue firmado por 139 escritores y artistas de Venezuela, 55 del Perú, 44 de Uruguay, 29 de México y 28 de Brasil. De Argentina, en cambio, solo firmaron doce; ellos son, en el orden en que aparecen allí, Sara Goldenberg. Ezequiel Martínez Estrada, Andrés Lizarraga, María Rosa Oliver, Bernardo Canal Feijóo, José Bianco, Sara Gallardo, Ernesto Sábato, Abelardo Castillo, José Luis Romero, Luis Pico Estrada y Jaime Rest. Es obvio que en ese momento no eran suficientemente visibles aún, y no fueron convocados a firmar, decenas de jóvenes escritores argentinos que pronto se revelarían como aliados y simpatizantes entusiastas de la causa cubana. Como es natural, también hubo medios de menor alcance que se solidarizaron de manera abierta con la Revolución. Manuel Galich –quien entonces vivía exiliado en Argentina y poco después se establecería en Cuba, donde se convertiría en uno de los pilares de la Casa de las Américas– ha dejado testimonio de su paso por la redacción del periódico-semanario dirigido por Leónidas Barletta llamado, sucesivamente, Propósitos, Conducta y Principios, del que fue columnista entre 1959 y 1962: “Desde el inicio del proceso revolucionario cubano, la línea del periódico de Barletta no pudo ser sino la toma de posición categórica al lado de Cuba” (Galich 54).