Los cuentos completos de Piglia: más de cinco décadas de trabajo conjetural sobre vida y ficción

Cuentos completos de Piglia, editados por Anagrama. Hasta poco antes de morir, el escritor Ricardo Piglia se encargó de compilar, diagramar y reordenar toda su obra cuentística, más de 50 años de ficciones breves que son parte de las “instrucciones para el futuro” que legó a sus colaboradores, dentro de un personalísimo plan de publicaciones que se concreta ahora con el título de ”Cuentos completos” y a lo largo de 800 páginas despliega el mapa de las relaciones conjeturales entre vida y ficción que atravesaron su obra y sus días.
Escritor, crítico, profesor y sobre todo lector, Piglia (Adrogué, 1941-Buenos Aires, 2017) dice en la nota fechada en abril de 2016 que acompaña esta edición de Anagrama que en varias de sus novelas ha incorporado relatos y que decidió incluirlos en este libro porque su idea del cuento ha ido cambiando con los años. De esta manera, relata que empezó escribiendo cuentos de 5000 palabras pero después se encontró buscando formas en las que los procedimientos fueran más abiertos.
La concreción de este trabajo, que llevó adelante pese a los efectos de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que le fue diagnosticada en 2014, tuvo dos aliadas: Beba Eguía, su mujer, que se ocupó de facilitar los medios para garantizar la continuidad de su escritura través de Tobii -un hardware que permite escribir con la mirada- y Luisa Fernández, quien leyó con él, escuchó y transcribió los dictados de Piglia.


 Luisa Fernández, quien leyó con él, escuchó y transcribió los dictados de Piglia.”La vida y la obra en el caso de Piglia vienen juntas. No sólo desde la enfermedad, sino desde aquella noche en que se sentó a escribir un diario en medio de la mudanza. 'Nos vamos pasado mañana' se lee en el diario. Su obra es el registro de hasta dónde puede llegar un hombre siendo fiel a su estilo, a su deseo que es la literatura. Una decisión que tomó a los 17 años y que configuró su mundo, su modo de vivir y que reivindicó hasta el día de su muerte: vivir para escribir, escribir para vivir”, cuenta Fernández desde México, país que dejó para instalarse en la Argentina a cursar una maestría cuando conoció al autor de “Plata quemada”.
La idea de reunir los cuentos, dice Fernández, fue para Piglia “la posibilidad de tener un registro de las variaciones, pero también de Fernández y Piglia, en pleno proceso. aquello que se repite como manía, o mejor como gesto” y reconoce estar “muy entusiasmada con esta edición porque, leída con los otros trabajos de crítica, lo que encontramos es un modo de leer, el registro de cómo un sujeto llega a ser un escritor y cómo va dejando núcleos narrativos que permiten al lector imaginar otras historias”.
Guillermo Schavelzon, que se define como su agente literario y su amigo, firma un texto al final del libro en el que habla de las “instrucciones para el futuro” que dejó el escritor acerca de qué obras dejaba terminadas y en qué orden debían ir publicándose: el tercer volumen de “Los diarios de Emilio Renzi”, “Un día en la vida”; la edición corregida y ampliada de sus conversaciones con Juan José Saer, “Por un relato futuro”; el volumen de cuentos policiales “Los casos del comisario Croce”; y esta recopilación.


“Piglia trabajó con total lucidez hasta el último día, expresándose con mucho esfuerzo y paciencia a través del Tobii, el programa de escritura visual que Beba, su mujer, había podido conseguir en Chile, porque en Argentina no se vendía. Ricardo miraba fijo una letra, y esta aparecía en pantalla. Una palabra, un párrafo, era un esfuerzo agotador, pero él estaba sentado frente a la pantalla diez horas por día. Así iba haciendo correcciones e indicaciones a lo que su asistente, Luisa Fernandez (“su musa mexicana”, dice en los diarios) le iba leyendo”, repasa Schavelzon desde Barcelona.
El crítico, editor y poeta Guillermo Saavedra dice que su primer encuentro con el universo de Piglia fue al leer su novela “Respiración artificial”. Años más tarde recuerda un café inicial que inauguró un vínculo de amistad. Considera que su obra “se caracteriza por haber desplegado una y otra vez ciertas preocupaciones básicas: ¿qué significa narrar? ¿qué tienen de diferentes la narración literaria y los actos narrativos que todos llevamos a cabo en la vida? ¿qué relación guarda la literatura con otras esferas de la cultura y de la vida política y social?”.

“Piglia ha ido dando diferentes respuestas, tanto en sus ficciones como en sus no menos relevantes ensayos y entrevistas. Y lo más admirable es que esas respuestas han sido siempre provisorias, conjeturales, porque tenía plena conciencia de que cancelar esos asuntos con respuestas definitivas habría sido equivalente a cancelar la literatura misma”“

Guillermo Saavedra

Para Saavedra, “el estilo -ese rasgo distintivo y a la vez inasible de todo escritor que, en más de una ocasión, Piglia prefirió denominar 'el tono' o 'la voz'- era una preocupación tangencial pero, al mismo tiempo, central de su trabajo literario” y afirma que “no es el mismo en sus novelas que en sus cuentos. En las novelas, el estilo es el resultado de múltiples operaciones, de cruces entre diversos registros y distintas voces, llegando a crear, en el caso de 'La ciudad ausente', una estructura en abismo donde el aparato ficcional atribuida a una realidad 'exterior' y la máquina narrativa intrínseca a la novela se confunden hasta el vértigo”.
En cambio apunta que “en sus cuentos, el estilo surge de una economía extrema en la forma de narrar, de una suerte de ética de la discreción que tiene como modelos a grandes maestros del género como Chéjov, Hemingway y Onetti. Es un permanente ejercicio de la omisión, de la elipsis, un trabajo sutil de ocultamiento de lo esencial que, paradójicamente, al sernos retaceado, acaba por brillar por su perfecta ausencia”, manifiesta.
“La lectura de sus cuentos, recorridos por algunos de los grandes asuntos que caracterizan la obra de Roberto Arlt, que Piglia analizó como nadie -la delación, la traición, el acto gratuito, la conspiración-, nos produce simultáneamente fascinación y perplejidad. Porque la causalidad última, la explicación de lo que se ha narrado, se resiste a hacerse visible. En este sentido, es también heredero de las ejemplares reflexiones de Benjamin sobre el relato, incluidas en su célebre ensayo 'El narrador': hay relato, no para explicar un hecho, sino para exponer la inquietante evidencia de su inexplicabilidad”, analiza.
 María Pia López trabajó con el escritor en la Televisión Pública.La socióloga y ensayista María Pia López trabajó con el escritor en la preparación de las clases que dictó en la Televisión Pública, “Borges por Piglia” y “Escenas de la novela argentina”, y destaca sus diarios como su gran obra porque es donde “buscaba en ese ejercicio de la ficción la capacidad de tomar todos registros, todos los géneros y todas las inteligencias (la sensible, la de la crítica) para construir y buscar algo del orden de la perfección cuentística. Él construye narraciones todo el tiempo, pequeñas narraciones, pequeñas piezas que va incrustando y ese es su estilo, el ir a buscar todo y al mismo tiempo condensarlo en forma de narración”.


La ex directora del Museo del Libro y de la Lengua sostiene que en sus diarios construye algo que siempre la conmovió de su crítica que es “la capacidad de intervenir las hipótesis críticas relatando cuentos al interior de ellas” y ejemplifica: “Uno puede leer 'El último lector' y ver que es una colección de cuentos. Digo esto porque no se pueden clasificar los cuadernos o memorias pero son ficciones, ejercicios de la crítica y reflexiones políticas. Tienen una edad de escritura difícil de situar porque están escritos en su momento pero también están escritos en el momento en que están releídos y seleccionados y repensados por Ricardo en los últimos años o sea que ese género imposible”.

 

“Diría que son una novela construida con todos estos afluentes que nos obliga a pensar la singularidad del estatuto de la ficción en Ricardo”“

María Pía López
 

En esa línea, Schavelzon asevera que “Piglia hacía ficción con sus ensayos, y ensayos en su ficción, lo que incluía lo que parecía ser autobiográfico” y señala que “todo el mundo dice que Emilio Renzi es su segundo nombre y su segundo apellido, cuando no es así. Renzi es un homenaje y un reconocimiento a su abuelo, cuya importancia destaca en el tomo uno de los Diarios”.

“De la misma manera, fecha treinta años comentarios sobre la enfermedad, que obviamente corresponden a la última etapa de su vida. Yo diría, usando términos muy poco académicos, que esa es la magia de la obra de Ricardo Piglia”“

Guillermo Schavelzon

Esta edición, que reúne desde ”Los casos del comisario Croce” hasta las narraciones de ”Prisión perpetua” y los textos de ”Cuentos morales”, permite leer a Ricardo Emilio Piglia Renzi desde su pasión por el arte de la narrar como una forma de invención que permite advertir la contingencia de la vida.
María Pia López destaca la capacidad de Piglia de situarse en una conversación en estricta igualdad
María Pia López trabajó con Ricardo Piglia en la preparación de las clases que dictó en la Televisión Pública, ”Borges por Piglia” y “Escenas de la novela argentina”, como así también en la adaptación que dirigió de “Los siete locos” y “Los lanzallamas”, de Roberto Arlt, para una serie del mismo canal, en lo que fue su incursión en el formato televisivo dejando uno de los programas más celebrados de los últimos tiempos.
López es ensayista, docente y escritora y en ese momento dirigía el Museo del Libro y de la Lengua, institución que depende de la Biblioteca NacionalPero el primer encuentro cara a cara fue anterior ,”en una situación muy amistosa, en un almuerzo en la casa de León Rozitchner cuando todavía no había vuelto a vivir a la Argentina”, en referencia a su estadía en Estados Unidos mientras dictaba clases en la Universidad de Princeton. Después hubo reencuentros varios en la Biblioteca Nacional cuando Horacio González era el director y “Ricardo empezó a ser invitado a conversar y pensar proyectos juntos”.
“Lo que me sorprendió desde el vamos fue una afabilidad y una capacidad de crear lazos amistosos y situarse en una conversación con las otras personas en términos de una estricta igualdad que siempre fue muy estimulante. Recuerdo muchas conversaciones tanto en la dirección de la Biblioteca Nacional como en un bar que en ese momento se llamaba El bar del lector o Macedonio Fernández, que está en la plaza del lector en la Biblioteca, donde teníamos reuniones donde se iban pensando cosas”, cuenta López a Télam.

 

“Lo digo con cierta imprecisión porque fueron apareciendo en una conversación en la que entraba y salía gente y participaban compañeros de la Biblioteca”“

María Pía López

Así aparecen nombres como los de Alejandro Montalbán, Gabriel Reches, Ezequiel Grimson, Martín Bonavetti, Javier Trimboli, María Rosa Menna y Ximena Talento que participaban en esas conversaciones.


Las clases de los ciclos “Escenas de la novela argentina” y “Borges por Piglia” fueron una producción de la TV Pública y la Biblioteca Nacional, se emitieron inicialmente en 2012 y 2013 pero pueden verse hoy en YouTube y son una oportunidad de reencuentro con el gran escritor pero también profesor y lector que fue Piglia, la demostración de que los tres roles eran indisociables.
El trabajo de esas clases tuvo su continuidad en la adaptación de ”Los siete locos” y “Lanzallamas” y ahí -recuerda López- “fue fundamental Ricardo porque condujo el proceso, la definición de temas, guiones, con qué guionistas se iba a trabajar”.
“Para poder realizar ese trabajo sostuvimos durante mucho tiempo una reunión quincenal de revisión de lo que se iba haciendo y las decisiones que se iban tomando tanto en términos históricos, estéticos y fundamentalmente de guiones”, detalla y cuenta que “Piglia no solo se ocupaba por el modo en que aparece el texto sino también por todo ese conjunto de tramas, de dimensiones que hacen a la elaboración de una traducción como es el pasaje a la televisión y, en ese sentido, tenía un gran diálogo con el director, con Fernando Spiner y también con Ana Piterbarg, la codirectora”.
La ensayista define ese tiempo como ”potente y dramático” porque si bien reconoce que “Ricardo estaba muy entusiasmado con ese proceso a la vez, en la misma temporalidad, iba avanzando su enfermedad con lo cual íbamos conversando mientras él iba advirtiendo las secuelas y consecuencias de la enfermedad”.

Schavelzon, López, Saavedra y Fernández eligen sus cuentos preferidos de Piglia

Luisa Fernández:
“Sería alguno de Croce, para mí son entrañables, recuerdo la alegría y la risa que me causaban las ocurrencias del Comisario. Varias veces entró Beba muy divertida al estudio para preguntarnos por qué nos reíamos tanto.
La escritura de los relatos de Croce nos ordenaba y permitía olvidar el desastre cotidiano y la dificultad. Recuerdo una frase que nos tomó un largo rato concluir porque yo no paraba de reír, era algo como “parecía un pigmeo… estaba reducido a lo esencial y parecía vivir en otra escala; era tan diminuto y envarado que por un momento el Comisario creyó que estaba soñando”. Se refería al Sereno, un pequeño informante que Croce va a encontrar al Tigre en 'El impenetrable'. He releído varias veces ese fragmento, aunque nunca lo he encontrado tan divertido y lleno de vida como aquella mañana en el patio de Malabia, cuando me lo dictó”.
Guillermo Saavedra:
“Es difícil responder esta pregunta sin sentir que uno está siendo injusto con todos los otros relatos no elegidos. Porque la obra cuentística de Piglia, concisa y breve, es el resultado de una rigurosa elaboración, al punto que uno siente que allí no sobra nada. Puesto en la disyuntiva, me quedaría provisoriamente –mañana o pasado podría elegir otro– con “La loca y el relato del crimen”, porque creo que condensa la mayoría de las preocupaciones de Piglia vinculadas con el cuento, y lo hace de un modo admirable y, al mismo tiempo, desolador. Están allí la matriz policial que, según él, alimenta casi toda forma de narración, la locura como una entre varias formas de resistencia a la demanda social de utilidad y racionalidad, de sometimiento en definitiva a un cierto orden, el exceso de información y, al mismo tiempo, la ausencia de datos esenciales. Es una perfecta joya que cualquier narrador que se precie desearía haber escrito”.
Guillermo Schavelzon:
“Siempre elegiría lo que llamó 'la novela de su vida': Los diarios de Emilio Renzi”.
María Pia López:
“Los diarios de Emilio Renzi son la gran obra de Ricardo Piglia, la obra mas precisa, más preciosa donde se intersectan todos sus intereses, los narrativos y los críticos y también los políticos. Ahí va construyendo algo que a mí siempre me conmovió de su crítica que es la capacidad de intervenir las hipótesis críticas relatando cuentos al interior de ellas. Me cuesta pensar un cuento. Me gusta mucho el del Laucha (Benítez) pero estoy tan tomada últimamente por los cuadernos que diría que cualquiera de los cuentos que aparecen ahí. El que narra la vida de Cacho Cárpatos lo elegiría como el predilecto en este momento”.

 

Luisa Fernández, sobre los días de trabajo con Piglia: “Lo que siempre estaba presente era la risa”

 

Luisa Fernández es mexicana, psicoanalista y vino a la Argentina a cursar una maestría pero se cruzó con Beatriz “Beba” Eguía y a través de ese cruce llegó a Ricardo Piglia. Juntos trabajaron en lo que el escritor llamó “Instrucciones para el futuro”, una plan de publicaciones que se encargó de revisar y escribir hasta días previos a su muerte.
Sobre ese encuentro y esas jornadas de trabajo habló Fernández con Télam desde México, país al que volvió después de “una época de trabajo intensísimo” que recuerda como una de las etapas más luminosas de su vida.


-T: Leía que conociste a Ricardo cuando viniste a estudiar a Buenos Aires. ¿Cómo fue eso y cómo fue la propuesta de comenzar a trabajar con él?


-L.F.: Sí, conocí a Piglia porque una amiga mía muy querida, Lucía Melgar, había sido su colega en Princeton. Cuando me mudé a la Argentina no conocía a nadie y fue ella quien, preocupada por mi falta de redes, me puso en contacto con Beba Eguía. Nos juntamos en un café en Riobamba y charlamos de todo. Nos hicimos amigas. Por aquel entonces Ricardo apenas había recibido el diagnóstico pero trabajaba solo, siempre muy concentrado. Beba fue la de la idea de que trabajáramos juntos. Comencé a ir un par de veces por semana a su estudio en Marcelo T. y al principio yo sólo conversaba con ellos, charlábamos y poco a poco Ricardo fue confiando en mí para ayudarle con su correspondencia y una que otra cosa administrativa. La primera vez que se le ocurrió que podríamos trabajar, me pidió que corrigiera un prólogo para la Serie del Recienvenido, que editaba con el Fondo de Cultura Económica. “Hacelo bien, mañana te digo cuánto sacaste” , me dijo, como un profesor que revisa una tarea. Lo dejé corregido y volví a mi casa en Palermo.
Vivía con unos uruguayos ruidosos que no me dejaban leer y Beba se divertía con esa queja. Al día siguiente me recibió Ricardo en el estudio “Te voy a dictar el diario, ¿querés?”. Déjame pensarlo, le dije de joda. “Mirá, te regalo esta entrada sobre Lacan, fijate si te convence…”. Así comenzó el milagro, una época de trabajo intensísimo que recuerdo como una de las etapas más luminosas de mi vida. ¿La maestría? La concluí, pero fue lo de menos.


-T: El te llama “mi musa mexicana”, ¿cómo organizaban esa rutina de trabajo?


-L.F.: Éramos caóticamente ordenados. Trabajábamos durante horas, me dictaba los diarios. Se saltaba fragmentos, iba, venía y cuando nos aburríamos cambiábamos de año. A veces estábamos en los sesenta, luego volvíamos a 1957. “Me tiene harta Iris” le decía en broma, “a mí también, veamos qué más hay”. Conforme avanzamos en sus trabajos y sus días nos fuimos conociendo, yo terminé pensando que lo conocía de toda la vida. Salir del estudio era extraño, caminaba por Corrientes, avanzaba por las calles del diario como buscando ese Buenos Aires que él me dictaba. Volvía al día siguiente y le contaba decepcionada que La Paz era otra cosa y que habían abierto un quiosco donde tenía que haber un bar.
Su trabajo de relectura fue también una construcción novedosa. Luego de la primera internación, que coincidió con el fin de la transcripción, dio por concluido el trabajo de dictado de esos cuadernos y comenzó otra etapa fascinante de montaje y escritura de nuevos textos. Acompañar eso fue muy significativo, trabajar sin estorbar es dificilísimo y con él lo fue todavía más: él nunca había trabajado acompañado y consideraba la labor del escritor como una actividad íntima, de soledad. “Pero vos sos psicoanalista”, decía resignado. Nos acoplamos muy bien, las horas pasaban rápido porque nos divertíamos. Lo que siempre estaba presente era la risa. La risa nos salvó y hasta he llegado a preguntarme quién acompañaba a quién.


-T: Cuenta su agente y amigo Guillermo Schavelzon que este trabajo que él llamaba “Instrucciones para el futuro” le permitió también decidir cuándo publicar cada obra. En este caso, ¿cómo presentarías esta selección, estos trabajos de Piglia de tantos años?
 

-L.F.: Era un escritor muy cuidadoso de los cierres y los bordes. Una vez recuerdo que un amigo, creo que el maestro Arcadio Díaz Quiñones, le trajo de Nueva York un catálogo del MET titulado 'Unfinished'. Se trataba de una curaduría de piezas que no habían sido concluidas, que él encontró fascinante. Grandes artistas vinculados por una pieza inacabada, sin cierre. La idea es brillante, conversamos aquella tarde sobre los cierres, lo que limita una obra de arte y cuándo esta llega a su conclusión. Él estaba preocupado por eso y entendía esas instrucciones para el futuro como una carta de navegación, una serie de instrucciones que no nos dejarían perder el rumbo del barco pigliano. Creo que él, a la distancia, casi a manera de premonición, vislumbraba su obra como un conjunto orgánico cuya lógica ordenadora está ahí, visible para quien quiera leer.Fuente de la noticia (Telam)

 

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