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De libros perdidos
En una de mis muy extrañas incursiones al Centro de la ciudad (apenas salgo de casa últimamente), di hace unos meses, dos o tres, con una librería que no conocía; quise entrar y, seguramente, uno de los empleados me vio cara de ladrón de libros, pues me pidió que, si pretendía ingresar, debería dejar afuera la bolsa de deporte que siempre llevo conmigo. Me fui de allí echando pestes, aunque lamentándolo mucho, pues se ve que dicho negocio tenía cosas interesantes para leer, algo más bien raro en Ciudad Chica: aquí.
Ayer, que andaba otra vez por esos rumbos ya desconocidos para mí, decidí aventurarme de nuevo, ya sin la dichosa bolsa, para comprobar que, efectivamente, ese negocio, ‘La librería de los escritores’ se llama, es de esos negocios que abren por aquí de vez en vez y hay que visitar antes de que –espero no sea este el caso- la situación, el analfabetismo funcional de tantos y el abandono creciente de la lectura, provoquen su cierre, como pasó hace años con aquella librería ‘El Barco’, que tan poco tiempo nos duró.
Luego hablaré de la experiencia singular que es entrar a una librería decentemente surtida, buscar alguna cosa para leer: enamorarse de un título, del lomo de un volumen, encontrar aquella novela o aquel libro de ensayos buscado por tanto tiempo…, porque, luego de devolver a su estante ‘Poeta chileno’ de Zambra (demasiado costoso, que nunca caro), me encontré ‘El libro tachado’ de Pron, uno de esos libros que tanto me gustan y que hablan de aquellas obras cuya existencia conocimos o no, pero que están desaparecidos para siempre, por obra de tantas circunstancias.
Sabemos, eso sí, de los libros destruidos, quemados en hogueras (de los cristianos de Alejandría a los nazis de Alemania), los censurados, los que por la destrucción de bibliotecas y archivos no están ya entre nosotros, pero no tenemos idea de los libros (y los mismo aplica para tragedias griegas, pinturas, obras de teatro, esculturas, y hasta filmes) que sencillamente nunca vieron la luz, nunca encontraron un editor, nunca salieron de los escritorios de sus autores y se perdieron en la polvareda de la historia.
Sabemos sí que Kafka tuvo su Max Brod y Van Gogh a Theo, su hermano, pero nunca sabremos de esas obras que no pudieron llegar a nosotros por cualquier circunstancia; pienso en la novela de Melville que terminó convertida en forro de baúles, o aquellas otras dos novelas de la trilogía de Lowrry, de las cuales sólo nos llegó ‘Bajo el volcán’, que se corresponde al infierno (casualmente México), en tanto se perdieron las novelas que, en una obra estructurada como la Comedia dantesca, hablaban del purgatorio y del cielo.
Según aventuro, esta obra, la de Pron, habla de la tragedia de los escritores cuya obra quedó inédita, fue destruida, quemada, censurada o sencillamente ignorada; me gusta el asunto, yo que en casa tengo un par de novelas, poemas manuscritos, muchos cuentos, pinturas que se apilan unas sobre otras, y que legaré a mis biógrafos para que se entretengan, o que seguramente serán pasto del fuego ese que es el olvido. La verdad no importa tanto: yo me lo ahorro y el mundo se lo pierde.
Yo por lo pronto tengo, luego del viaje excepcional que tuve con el libro de Del Paso sobre el judaísmo y el islam, este libro, en la línea de la obra de Fernando Báez, de Lucien Polastron y del entrañable ‘La biblioteca de los libros perdidos’ de Pechmann, además de los ‘Cuadernos’ de Cioran y alguna cosa más que se me pegó en la librería; y cuando digo que se me pegó debo aclarar que lo pagué: no vaya a ser que el fulanito que me vio cara de ratero acabe teniendo razón.
Deseando larga vida a ‘La librería de los escritores’, como se la deseo a Gandhi y a la del FCE (aunque esta última parece clamar al cielo por que la quieran), una cosa curiosa, pues no sé si los escritores van mucho allí a comprar (los que yo conozco no son precisamente grandes lectores, sobre todo cuando hay que pagar), pero en la larga hora que estuve allí baboseando, no es que se parara allí alguien con pinta de escritor (suelen tenerla muy mala, la pinta), sino que no apareció nadie.
He allí otra explicación de lo que nos está pasando.
Shalom.