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La Espiga Amotinada
La eternidad es siempre joven, y en el hombre, dentro de la intuición del ser, canta el sentido de la tierra. Muy a menudo pienso que el poeta dice únicamente a los hombres, en múltiples variantes y acentos, esto: Hay que heredar la tierra, hermanos.
Agustí Bartra
Hace más de seis décadas, los tuxtlecos Juan Bañuelos, Eraclio Zepeda y Óscar Oliva, junto a Jaime Augusto Shelley (Ciudad de México) y Jaime Labastida (Los Mochis, Sinaloa), integraron el grupo “La Espiga Amotinada”, cuyo comportamiento, en palabras de Octavio Paz, se puede interpretar como un “retorno al verdadero origen poético moderno, una vuelta a la actitud de la generación de Taller”, por asumir el “ejercicio de la poesía, inseparable del cambio de la sociedad”, como apunta en torno al grupo en “Poesía en movimiento (Siglo XXI, 1966, 34ª ed, 2008 p. 28).
Publicado en 1960, como el número 62 de la Colección “Letras Mexicanas” del Fondo de Cultura Económica, el poemario colectivo La Espiga Amotinada, se acompañó del prólogo de don Agustí Bartra, guía del grupo, quien precisó: “Este libro común afirma el valor del espíritu en función de libertad y, más allá de su carga de imágenes, sangres y savias, reivindica el derecho de la poesía de ser acontecimiento” (p.7). Este primer volumen está integrado por los poemarios: Puertas del mundo, de Juan Bañuelos; Los soles de la noche, de Eraclio Zepeda, La voz desbocada, de Óscar Oliva; La rueda y el eco, de Jaime Augusto Shelley; y El descenso, de Jaime Labastida, integrados como un corpus poético “en una avanzada cuya marcha se encuentra bajo el signo de la fraternidad”. La edición, con tiraje de 2,000 ejemplares, estuvo a cargo de los autores y Martí Soler.
Cinco años después, en 1965, el grupo publicó Ocupación de la palabra, como el número 81 de la misma colección. Como unidad orgánica, incluyó los libros: Escribo en las paredes (Bañuelos), Relación de travesía (Zepeda), Áspera Cicatriz (Oliva), Hierro nocturno (Shelley) y La feroz alegría (Labastida). El tiraje fue de 3,000 ejemplares y la edición estuvo, de nuevo, a cargo de los autores, además de Juan Almela.
Motivado por la lectura de Ocupación de la palabra, Octavio Paz celebró el “gusto por la experimentación” de Shelley, y lo distinguió ligeramente separado, pero sin romper la simetría del grupo; siguiendo el sistema de los hexagramas del I Ching, asoció con Bañuelos el signo Trueno, en relación con el signo Viento, correspondiente a Oliva, cuya unión produce el signo Aumento. Asimismo, interpretó a Zepeda y Labastida como Montaña y Lago, unidos en el signo Disminución, en un esquema de corrección o equilibrio de fuerzas, para señalar que los cuatro “Al lado de muchos gritos y puñetazos, han dado a nuestra poesía joven algo que hacía falta: la rabia” (Poesía en Movimiento, pp. 29-30).
En la actualidad, el doctor en filosofía, Jaime Labastida, es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), a la que dirigió del 2011 al 2019. Pertenece a la Asociación Filosófica de México y de la Real Academia Española, a la Academia Cubana de la Lengua y a la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Recientemente se reeditó su libro Animal de Silencios (1958-2018).
Por su parte, el maestro Óscar Oliva, miembro de la AML (2018), ha pertenecido al Sistema Nacional de Creadores de Arte y coordina una nueva etapa de su taller -activo desde 2016- realizado a partir de 2021 por la Coordinación Nacional de Literatura en colaboración con el Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura. Sus libros más recientes son: Lascas (Aldus y Matadero Editorial) y la antología Poesía de la Perseverancia, publicada por la UNAM en 2021.
Más allá de la materia visible, Juan Bañuelos, Eraclio Zepeda y Jaime Augusto Shelley permanecen, con su maestro catalán Agustí Bartra, en la hondura del pensamiento poético.