Selección de poemas por Elisa Díaz Castelo

Seleccioné, para esta pequeña muestra, dos poemas de cada uno de los tres libros que he publicado: Principia, El reino de lo no lineal y Proyecto Manhattan. Aunque sus búsquedas son distintas, los reúne y atraviesa la clave sostenida de la ciencia, un lenguaje que me ha fascinado desde hace años y al cual vuelvo siempre desde distintos frentes discursivos.

ODA A LOS ANCESTROS

No hablo del abuelo y su breve lozanía,

de sus manos ariscas, no hablo

de su longevo padre, ni de la tía solterona

que ordeñaba a las vacas,

ni de aquella cuya muerte a la mitad de otoño

interrumpió el cultivo de zarzas. Tengo

demasiados huesos en la boca. Hablo

de mis otros ancestros: Lucy, la chimuela,

sus cincuenta y dos huesos,

su muerte milenaria

de veinte años,

todas sus fracturas.

Hablo de sus hijos

no sabemos cuántos, dónde,

y de sus allegados:

Ardi, la de largas manos,

hallada junto a un río, su cadáver

recogido por partes y sus huesos

constelados sobre un fondo negro

son apenas el gesto borroso, movido

de un cuerpo. Hablo de ese carnal agradable

que primero encontró en su cara la sonrisa

e hizo de la amenaza de los dientes

una señal ambigua de afecto, y de una zarigüeya

con nombre de tía, JuramaiaSinensis, escasa

ascendienta de apetito fúnebre, animalia chordata,

rápida, trepadora, dúctil,

eutheria, la primera bestia verdadera.

Y también de los otros, ese

de nombre y vocación heroica, Hynerpeton,

el primero en dejar el agua. Hablo del reino

Animalia, celebro con ardor y arrebato

a ese antecesor fogoso que inauguró el sexo

un buen día hace millones de años,

pero también a los ancianos platelmintos,

hermafroditas, parásitos, parcos,

con su acumulación humilde de neuronas.

Hablo de la simbiosis parasitaria

de eucariotas y procariotas,

de la incipiente mitocondria.

Celebro, al fin,

 a esa primera célula organizada,

a la primera huérfana

y la última, a ella, inmaculada madre unicelular,

sin pecado concebida, bendita

entre toda la materia estéril.

A ella, he olvidado su nombre,

Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María,

y bendito es el fruto de su vientre.

(De Principia, Tierra Adentro, 2018)

   

DISERTACIÓN SOBRE

EL ORIGEN DE LA VISTA

La primera vez que me miraste de ese modo,

tratando de descifrar el acertijo de mi cuerpo,

mi sangre se espesó de pronto, fui piel

plenamente, a mediodía. Años más tarde

supe que nuestros ancestros submarinos

desarrollaron en la piel un par de leves hendiduras

más sensibles. Eran los ojos: dos agujeros negros

en los que caía el mundo. Lo que fue temperatura

se hizo luz, por primera vez vista, traducida del tacto.

Pero yo ya lo sabía de algún modo.

Sin decírmelo me mostraste

que mirar es tocar, una variante

que no precisa

cercanía. Tenías razón

en mis manos, mis labios,

mis alargadas clavículas, lo visible

y manso de mi cuerpo. Me conocías

a flor de vista, a golpe de ojo y sin saberlo,

es cierto, me tocabas. Que eso te consuele.

(De Principia, Tierra Adentro, 2018)

V.

Fui a la cocina por un vaso de agua. Sucedió entonces. Lo último

que recuerdo es el sonido del vidrio contra el piso.

No sé si desperté, si esto es vida. Soy mi propio colofón

de huesos y rutina. Me morí y sostenía en la mano

un simple vaso de agua. Somos, a fin de cuentas, todo

lo que dejamos caer.

(De El reino de lo no lineal, FCE, 2020)

 

ORFELIA BORRA VIEJAS

FOTOGRAFÍAS DE SU CELULAR

Ya terminó el viaje: jardín de erizos,

piedras contra el agua, marea y estría,

el contubernio de los atardeceres,

cosas que dijimos

no olvidaremos nunca,

el sabor de la sal y su intemperie, el mar,

sábana sin sueño que dobla y desdobla

sus esquinas, tu piel contra la mía,

las cabañas de Mario, su guitarra

y canciones. Era la última noche.

El mundo era un acorde pulsado

justo a tiempo. La música redondeaba

las cifras inexactas de nuestros cuerpos

y el hambre del mar. Lo sabíamos bien.

Yo miraba la sombra de la voz,

que es el cuerpo. Tú, la frente

contra mi hombro, aferrabas

mi mano entre las tuyas como un niño:

la felicidad y su envés

de desamparo.

Y es cierto. Ya para siempre

es tarde en esa tarde.

Es lógico colegir que el sitio

en el que estuvimos aún existe,

aunque nosotros no o no

de la misma forma.

Mario, a veces, afilará su voz

contra la piedra cerrada de la noche

y al fondo el mar aún

y siempre se romperá la cara

contra las rocas. Sólo aquellas cosas

que repiten una y otra vez

su propia destrucción

permanecen. Ya terminó el viaje.

Nuestra piel olía a citronela.

(De El reino de lo no lineal, FCE, 2020)

 

(FRAGMENTO DE LA VOZ

DE KITTY OPPENHEIMER)

Cuando un futuro es ineludible,

¿lo es realmente? Futuro, quiero decir.

Tal vez sea absurdo conjugarlo,

tal vez sea sólo un presente que se oculta

y estos campos ya están envenenados,

arreciados por la lluvia negra de los isótopos

y, para esto, todos los niños allá afuera,

sus voces escondidas detrás de los arbustos,

sus pasos apenas escuchados,

ya son recuerdos,

menos que eso

y estamos todos muertos de algún modo.

El futuro es fácil de leer.

Ya lo sabía.

 

(FRAGMENTOS DE LA VOZ

DE JEAN TATLOCK)

Hasta los días felices,

con su itinerario de té y ruido blanco,

con su olor a lluvia y sus tardes de sol

echadas a sus anchas como viejas mascotas

sobre la baldosa del patio,

hasta los días felices

cuando no duele sonreírle a los otros

o tomar a los niños de la mano,

tienen su maría luisa de agobio,

su tuétano de desamparo,

son apenas vivibles

y no alcanzan,

como el domingo que de niños nos daban,

para nada.

La noche también tiene huesos largos.

Es la luna, llena de cicatrices.

Su luz aún suena hueca contra las paredes.

Una vez te escribí una carta.

Te esperé en el borde de la última hora y metí mis pies al río.

Pero los años son gatos ariscos que no vuelven.

Y el afuera continúa: el día se oxida y oscurece.

Mi cuerpo está compuesto de esos pájaros grises y sin gracia que habitan las ciudades.

Saltan sobre el pavimento sin estilo.

No saben que vuelan.

Pero mi sangre es redonda y envenena.

Y el corazón a tientas. Lo que quiero decir es que se acabó la tinta de mi pluma y tú no estabas.

Se rompió la ventana y llovió dentro de casa toda la noche.

Tú no estabas. Se fueron las luces.

No había velas.

Quiero decir que cuenta regresiva, que sed y duermevela, que ya me queda poco.

La sangre aquietará su duda.

Olvidaré el nombre de mis huesos.

Quiero decir que esto pasará y tú no estarás ahí.

(De Proyecto Manhattan, Antílope, 2021)

 

LA MEDIDA DE LO POSIBLE

Cada mañana es la misma: trastes sucios y pájaros

que se rompen de tanto canto y canto. La misma

hora hueca y sin esquinas. Las cosas siguen iguales,

yo soy otra, totalmente distinta. Olvido

cómo verme al espejo, pero sé de memoria

cómo cambian las sombras sobre los adoquines.

Me lavo las manos veinte veces al día, con reducción

de cloro sanitizo las cosas que toco con frecuencia.

Años en cuarentena, salvándome la vida sin vivir

o casi. Cerraron las fronteras, cerraron las casas,

nos encerramos a piedra y lodo y alcohol,

algunas veces whisky, y nuestros días apestana detergente.

Cuando nos preguntan cómo estamos respondemos que bien, en la medida

de lo posible. Ahora existimos en esa salvedad,

a esa altura. ¿Cuánto mide lo posible? ¿Dónde

queda? Por la tarde: estadísticas y horas ruido,

minutos sin manecillas y hambre en soledad.

Hace unos días entrelacé mi mano izquierda

con la derecha por miedo a olvidar cómo se siente

tocar y ser tocada. A veces no tengo sombra.

El sol de la mañana me lastima. Tengo sus cortes.

Los días pasan como cachorros ciegos. Alguien

me llama y vuelvo, no hay nadie.

La noche es una tumba mal sellada. Mientras tanto

en la pared el perfil de mis ancestros ríe

y cada uno corresponde al amor del otro con olvido.

Me equivoco en el recuerdo de lo más importante

y al final confirmo que nadie en ningún sitio, nadie

nunca. Soy un animal que se pudre y sigue.

Cumplí años y pliegues, cumplí noches y noches

de índice categórico. Vivo en la medida de lo posible.

(Inédito, 2020).

 

 

 

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