Detalle noticias
La investidura presidencial: Mario Maraboto
En diferentes ocasiones desde que inició su sexenio, el actual presidente se ha excusado en “proteger la investidura presidencial” para negarse a llevar a cabo un diálogo o realizar algún acto que políticamente no le interesa.
Algunos ejemplos: a principios de 2020 adelantó que no recibiría a los organizadores de la caravana por la paz. “No tengo tiempo… no quiero que se vaya a faltar al respeto a la investidura presidencial, porque tenemos adversarios”. En octubre de ese año, ante el cuestionamiento de si se reunirá con gobernadores de la Alianza Federalista, afirmó: “No voy a permitir que utilicen la institución presidencial; hay que cuidar la investidura”. Recientemente se negó a recibir al gobernador de Michoacán y dijo: “Hay que cuidar, lo que decía don Adolfo Ruiz Cortines, la investidura presidencial. No es Andrés Manuel, sino lo que representamos.»
El término investidura se deriva del latín ‘vestire’, vestir o revestir. Universalmente se refiere al hecho de dar a alguien un cargo de cierta dignidad e importancia formalizado en una ceremonia en donde quien es investido recibe un símbolo de mando y hace un juramento. En México, el cargo es el de presidente de la República, el símbolo es la banda presidencial que se impone al investido en una ceremonia en el Congreso de la Unión, y el juramento se traduce en rendir protesta acorde al texto constitucional.
Desde la fundación del Partido Revolucionario Institucional en 1929 (entonces denominado Partido Nacional Revolucionario) la investidura presidencial se volvió una especie de imposición de un halo de superioridad que imprime un carácter al presidente, quien, se supone, deber respetarla. Al ser investido, el presidente adquiere una dignidad que nada ni nadie debería quebrantar, intentar disminuir, mediatizar o usurpar –ni el mismo presidente–, pues la investidura viene a ser la imagen y representación de unidad y dignidad de todos los mexicanos y, por tanto, cualquier intento de lesionarla repercute entre los gobernados.
Es probable que casi todos los presidentes hayan soslayado la investidura en algún momento, pero seguramente han pasado desapercibidas o supieron cómo ocultarlas. Se dice, por ejemplo, que el presidente Adolfo Ruiz Cortines en un juego de dominó soltó una frase típica de Alvarado, Veracruz (conocidos sus habitantes por mal hablados), luego de lo cual expresó: “Perdón, investidura”.
El actual presidente ha manchado en varias ocasiones la investidura que dice proteger: recién investido recibió un bastón de mando fuera de protocolo, ha violado reiteradamente la Constitución, ha permitido nombramientos de funcionarios por encima de las leyes, continuamente expresa manifestaciones religiosas, ha roto acuerdos firmados con empresas internacionales, entre otras más.
Recibir a los integrantes de la marcha por la paz o a cualquier gobernador o coalición no hubiera significado un atentado a la mentada investidura, sino una demostración de respeto a la misma y una genuina preocupación del primer mandatario hacia la sociedad y a la democracia.
Pero seguramente el atentado hasta ahora más grave a la investidura se dio cuando durante una gira al corazón del cártel del Pacífico, en un ambiente sospechosamente relajado y de convivencia con la familia del jefe de la banda, el presidente se bajó de su auto y con gran familiaridad saludó a la madre del ‘Chapo’ e intercambió algunas palabras, y luego otro personaje (al parecer el abogado de la familia de Guzmán Loera) prácticamente lo abrazó y lo acompañó a su camioneta.
Cuidar la investidura presidencial implicaba, en la situación actual, ni siquiera acercarse a esa zona y menos exponerse a la difusión en redes sociales de un espectáculo al que sí se prestó de manera imprudente y de falta de respeto a su investidura.
La dignidad de la investidura, en México, tiene mucho que ver con el respeto al orden constitucional y democrático; se le ha investido para defenderlos y respetarlos con dignidad y con hechos, no con palabras y actos que la denigran.
Entre los argumentos empleados para justificar su decisión de no dialogar resaltaron: “… Tengo que cuidar la investidura presidencial”, puede haber “…una imprudencia, una falta de respeto, y yo tengo que cuidar lo que represento” y “los va a recibir el Gabinete de Seguridad para no hacer un ‘show’, un espectáculo. No me gusta ese manejo propagandístico.”
En su ‘conferencia de prensa’ del lunes 27, dio nuevas muestras de insensibilidad: sobre la agresión a los organizadores al llegar al Zócalo dijo “…Eso tiene que ver con las diferencias que existen. Desde luego no corresponde a nosotros. No alentamos nosotros eso”; luego implícitamente los calificó. “Hay organizaciones afines al conservadurismo que en el tema de la violencia… los que ahora gritan como pregoneros y callaron como momias.”
La expectativa de las elecciones del año pasado y el triunfo del actual presidente hacían pensar en que las cosas en materia de sensibilidad política serían diferentes a las del sexenio anterior, en sentido positivo. La realidad es que, a ese respecto, AMLO ha demostrado tener razón al decir “No somos iguales”; la verdad es que, como él mismo dice, eso sí calienta, porque no son iguales: son peores.
El presidente no considera el contexto social; para amplios sectores de la población no hay claridad y consistencia entre los mensajes y la acción. Muchos mensajes no son creíbles ni convincentes y no hay reflexión ni autocrítica sobre lo que no está funcionando o definitivamente está mal.
Es de suponer que un hombre que ha pasado toda su vida laboral en actividades políticas cerca de comunidades indígenas y preocupado por el bienestar de la gente habría desarrollado una mayor sensibilidad política. Es indudable que este presidente ha desarrollado habilidad personal y sabe manejar el conflicto, leer a la gente y reconocer las agendas. El problema es que no sabe (o no acepta) reconocer las diferencias, difícilmente logra acciones de colaboración por convencimiento y no parece detectar los problemas que puedan afectar sus planes a largo plazo.
AMLO ha caído varias veces en muestras de insensibilidad hacia sus gobernados, incluidos los más pobres, a quienes siempre ofreció defender. “Primero los pobres” era uno de sus eslóganes de campaña.
Lo sucedido con esta Marcha por la Paz no es nuevo. ¿Recuerdan por ejemplo a la madre de familia que se hincó ante él para solicitar ayuda? ¿Su postura ante la muerte de la gobernadora de Puebla? ¿La cancelación de los comedores comunitarios, los refugios para mujeres víctimas de violencia y las estancias infantiles? ¿Las tardías y casi forzadas expresiones de luto por las masacres que se han suscitado en diferentes ciudades del país?
En sus argumentos para no dialogar, hizo hincapié en cuidar una falta de respeto a la investidura presidencial, cosa que no le ha preocupado en otras circunstancias como en las frecuentes referencias de Donald Trump de estar usando a México para proteger su frontera.
De hecho, él mismo ha descuidado la investidura presidencial al no “respetar y hacer respetar la Constitución Política y las leyes que de ella emanan” como lo ha hecho a lo largo de su primer año de gobierno bajo los pretextos de “no ser iguales”, “no confrontar”, “abrazos y no balazos” o “no reprimir” para lo cual ha permitido serias violaciones al Código Penal por parte de quienes bloquean las vías federales de comunicación, permitir la aplicación parcial de investigaciones contra la corrupción como en el caso del director general de la CFE y acomodar, con el apoyo de su bancada en el Congreso, leyes a modo para designar a funcionarios como el director del Fondo de Cultura Económica y –peor aún– a la presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.
Expresó en sus excusas que cuidaba que no se hiciera un ‘show’ del que él fuera parte. Pero viéndole bien, sus presentaciones mañaneras equivalen a una especie de ‘show’ de ‘stand-up’ en donde él es el principal protagonista: se dirige directamente a una audiencia en vivo e interactúa con el público estableciendo diferentes tipos de diálogos con mensajes a veces intrascendentes, en ocasiones divertidos y, con frecuencia, interactuando con algunos otros personajes que actúan como ‘patiños’.
Adicionalmente cuando afirma que no le gusta “ese manejo propagandístico”, quizá obedece a que el manejo propagandístico que sí le gusta es el que él mismo hace a través de sus mensajes en sus encuentros mañaneros y especialmente durante sus giras de fin de semana en donde sigue actuando como candidato y no como el presidente de todos los mexicanos.
Al referirse a que hay diferencias que su Gobierno no alienta, parece querer olvidar que sus mensajes en su ‘show’ matutino hacen eco a través de redes sociales y declaraciones de funcionarios de su Gobierno y solo refuerzan la división del país. Por ejemplo, al referirse a la caravana por la paz dijo: “Ahora gritan como pregoneros y callaron como momias”, frase que seguramente dio pie a que el subsecretario de Gobernación Ricardo Peralta escribiera en un tuit: “A chillidos de marrano, oídos de chicharronero. #Refrán de #FelizLunes”, en clara referencia a los integrantes de la caravana por la paz