Las dos Independencias del 16 de septiembre

Cuando el resentimiento y las injusticias crecen, las revoluciones son imparables. La madrugada del 15 al 16 de septiembre de 1808 detuvieron al virrey de la Nueva España, José de Iturrigaray. Lo obligaron a renunciar en un golpe de Estado tramado por un comerciante y hacendado peninsular, Gabriel de Yermo, quien impulsó junto con los golpistas a Pedro de Garibay, un militar español, para que asumiera el virreinato. La situación política era inestable y muy polarizada entre los criollos enojados y los peninsulares triunfantes.

La división e inestabilidad política y social venía de muchos años atrás. Cuarenta años atrás la Corona española iniciaba las reformas borbónicas para aumentar la recaudación en las colonias españolas como una vía de financiamiento. A través de una élite burocrática de puros peninsulares, un grupo de magistrados, administradores, obispos y oficiales del ejército mantendrían ilesa la autoridad de la Corona. La confianza recaía en la casta y no en las burocracias ni en las endebles instituciones coloniales. Los principales puestos fueron otorgados a esta élite peninsular, lo cual constituyó un grave abuso en contra de la élite criolla, ya que los peninsulares eran extranjeros y no podían identificarse ni entender, de la misma manera que los criollos, los problemas que aquejaban a la Nueva España.

Me explico con un ejemplo. Imagine, sólo hipotéticamente, que el gobierno federal no confía en las personas que gobiernan cada entidad federativa y tampoco puede asegurar que todos los ingresos recaudados llegan a las arcas del gobierno federal. Con el fin de controlar los ingresos y egresos nombra a superdelegados. Hace doscientos años se llamaron intendentes (todos peninsulares). Estas personas se caracterizaron por su centralismo y por su lealtad irrestricta a la Corona.

Las colonias claramente estaban molestas. Los intendentes homogeneizaron la administración pública colonial, de forma que respondieran únicamente a la península y no al Virrey en turno. Esto disminuía el control del virrey y fortalecía una estructura de superintendentes que gobernarían con eficacia, cobrarían los tributos y mantenía a raya a los criollos.

Los criollos sentían un profundo rencor hacía los peninsulares y centralistas porque ellos ocupaban los altos puestos de la Nueva España que fue creciendo con el tiempo. Un grupo de plutócratas controlaba todo, con mucha discrecionalidad que hoy sería juzgada como una corrupción rapaz que enriquecía a pocos. La desigualdad profunda política, económica y social, y la poca capacidad de contención de la Corona fueron razones que hicieron crecer el conflicto a inicios del siglo XIX.

Para quienes hoy defienden una estatua de Colón o una estatua de una mujer indígena que reivindique la lucha histórica de los pueblos indígenas, los criollos mexicanos de entonces plantearon un argumento poderoso: que eran herederos del imperio azteca y que su población era una mezcla única y perfecta de un nuevo pueblo que mezclaba las culturas india y europea. El patriotismo criollo fue creciendo, poco a poco, a finales del siglo xviii y fue promovido por los principales escritores de la época. Iniciado con las crónicas de los frailes Diego Durán, Motolinia, Sahagún y otros, que representaban el pasado indígena durante y anterior a la conquista.

Los años previos a la independencia ya existían rumores de conspiraciones, invasiones extranjeras, salvadores y levantamientos rurales masivos. La pugna entre criollos y peninsulares era cosa seria. Nada comparado al antagonismo imaginario actual entre chairos y fifís. La Corona española había gobernado en forma arbitraria y despótica. Había atentado contra los privilegios de varios sectores y en contra de un sistema que mantuvo los equilibrios por tres siglos. El caldo de cultivo independentista está en el aire.

Cuando José de Iturrigaray es nombrado Virrey en 1803, la España peninsular se encontraba en medio del conflicto con una disputa de poder al interior de la Corona entre Fernando VII y Manuel Godoy, con la separación de la Iglesia católica y con deudas profundas por las constantes guerras en las que se involucraba. En 1808 Napoleón Bonaparte “conquista” España y nombra a su hermano rey de España. El vacío de poder y la incapacidad de comunicación y acuerdo al interior de las colonias españolas hicieron el resto. La élite peninsular y la criolla buscaban tomar control. Lo logró primero la élite peninsular en el golpe de estado del 15 de septiembre de 1808. Esos dos años siguientes fueron insostenibles: hambrunas, precios incontrolables y una Nueva España sin fondos para sostener las necesidades locales.

Garibay gobernó ilegítimamente alrededor de año y medio y, después, un órgano colegiado por otros cuatro meses hasta que se nombró un nuevo virrey el 15 de agosto de 1810. Un mes más tarde, en las primeras horas del 16 de septiembre de 1810, el cura párroco del pequeño pueblo de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, aprovechó las malas cosechas, el descontento social y la tan buscada autonomía para movilizar a un gran grupo de indígenas y criollos. Pidió que terminaran los virreyes para siempre, que muriera el mal gobierno y utilizó el símbolo criollo, la Virgen de Guadalupe, como representación de la autonomía.

El resultado de trescientos años de mestizaje fue impresionante: una combinación del catolicismo evangelizador con las tradiciones indígenas; una Iglesia que dio sustento a una nueva organización social en los primeros años de ser una nación independiente. Se mezclaron razas, ideologías, territorios e infinidad de variantes que hoy nos dan una cultura tan rica y a la vez tan ambigua, pero muy mexicana. ¡Viva México!

Fuentes:

Timothy, Anna, La caída del gobierno español en la ciudad de México, México DF, Fondo de Cultura Económica, 1987.

Van Young, Eric, La crisis del orden colonial. Estructura agraria y rebeliones populares en la Nueva España, 1750-1821., Alianza Editorial, México DF, 1992.

Vázquez, Josefina, Interpretaciones del siglo xviii mexicano. El impacto de las reformas borbónicas., México DF, Nueva Imagen, 1994.

 

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