'Entre nuestros héroes del pasado hay pocos científicos': Gabriela Soto Laveaga

No muchos saben que gracias al tubérculo mexicano barbasco y a las investigaciones del químico Luis Ernesto Miramontes, existe la píldora anticonceptiva. ¿Por qué el científico egresado de la UNAM no ha recibido el reconocimiento que merece? A través de su libro Laboratorios en la selva (Fondo de Cultura Económica), la historia de la ciencia por la Universidad de Harvard, Gabriela Soto Laveaga estudia la forma en que se construyen las narrativas históricas dentro de la disciplina.

Para la académica es necesario despojar el trabajo de los científicos de su atmósfera elitista y darle una dimensión social y cultural más amplia. “Si lográramos hacer ese cambio de mentalidad tendríamos un impacto incluso en nuestra identidad”, advierte la ganadora del Premio Robert K. Merton de la Asociación Americana de Sociología.

Laboratorios en la selva es una invitación a repensar la forma en que se trabaja la ciencia en México, ¿no?

Por lo general pensamos que se da en espacios reducidos y que solo ciertas personas producen lo que llamamos ciencia. Sin embargo, es una disciplina social y cultural. Involucra política, economía, incluso a campesinos en espacios remotos. A partir de la historia de Luis Ernesto Miramontes y el tubérculo barbasco intento demostrar que si ampliamos nuestra visión podemos respetar otros conocimientos y ver cómo se entrelazan para crear medicamentos tan revolucionarios como la píldora anticonceptiva.

Mucha gente desconoce que entre quienes diseñaron la patente de la píldora anticonceptiva había un mexicano.

Yo misma me sorprendí. Lo descubrí hasta que estudié mi doctorado en historia de la ciencia. Me parece impresionante no se reconozca en México a alguien que trabajó en un medicamento tan importante como la creación de hormonas esteroides sintéticas. Hace años estaba en un museo de Berlín y leí sobre el barbasco, el tubérculo mexicano que transformó la medicina. Hasta donde se, ningún museo mexicano le dedica un espacio importante.

¿Este ejemplo qué dice de nuestra relación con la ciencia?

Refleja lo que consideramos valioso para nuestra sociedad. Las palabras ciencia o científicos se leen como excluyentes cuando en realidad implican cooperación. Solo así se produce conocimiento. Desde el siglo XIX, en nuestro país se le concibe como algo propio de cierta clase y se le excluyó del discurso posrevolucionario. Esta narrativa no es correcta. La ciencia pudo usarse políticamente, pero su producción no lo es. Hace años, cuando entrevisté a Luis Ernesto Miramontes, le pregunté sobre la falta de reconocimiento por su aportación para la pastilla anticonceptiva. Recuerdo que me respondió: ‘en nuestro país a los químicos y científicos se nos hace a un lado. Se valora más la producción de literatura, poesía o artística’. En cierta manera creo que tenía razón. Entre nuestros héroes del pasado hay pocos científicos o innovadores tecnológicos.

Algo contrario a lo que sucede en países donde científicos como Stephen Hawking o Carl Sagan están muy incorporados al imaginario cultural.

Claro, no tenemos actos celebratorios de científicos actuales como Abigail Aguilar, quien era la directora del herbario IMSS y creó catálogos de las plantas medicinales del país. No conocemos la historia de Mario Molina. Si lográramos hacer ese cambio de mentalidad tendríamos un impacto incluso en nuestra identidad.

Durante la pandemia se ha hablado de un cambio en nuestra relación con la ciencia. ¿Cómo lo percibes?

Al principio de la pandemia vimos que no solo los médicos y enfermeras estarían al frente de las conversaciones, también se necesitaba de virólogos y científicos. Gracias a todos ellos hoy tenemos vacunas, pero esto se debe a décadas de investigación previa.  A mediados del siglo XX México era líder mundial en aplicación de vacunas. Fue el primer país a nivel global en vacunar a su población contra la viruela. Hoy en día, hemos tenido tropiezos para conseguirla y eso generó dudas sobre la ciencia. Seguimos con una narrativa excluyente cuando lo lógico sería abrazarla y reconocer su posibilidad para transformar y salvar gente.

A partir de los ajustes en el CONACYT durante la actual administración, se ha discutido la dimensión social de la ciencia. ¿Qué opinión te merece este debate?

A partir de la reformulación de fondos para la ciencia necesitamos preguntarnos ¿cómo la entienden quienes hacen política? No ayuda ver a los investigadores como parte de una elite y sí conversar con ellos. Los científicos quienes necesitan ser escuchados. El diálogo no puede limitarse a quienes hacen la política.

 ¿Qué podemos entender una ciencia con vocación social?

La ciencia a veces es lenta y no siempre da frutos inmediatos. Investigaciones y experimentos pueden tardar décadas en dar resultados. Pareciera que las vacunas estuvieron en dieciocho meses, pero su diseño no empezó de cero. Después de esta pandemia vendrá otra relacionada con la hambruna y hoy ya hay científicos trabajando en cómo transformar semillas o fertilizantes. Todavía no tenemos grandes resultados inmediatos, pero en el futuro los veremos. Son tan importantes esos trabajos como quien investiga para combatir una enfermedad extraña y que ataca a un porcentaje pequeño de la población.

¿Veremos una reformulación a nivel global entre los grandes públicos con la ciencia?

Ahí los medios tienen mucho que decir. No se trata de recurrir a los científicos solo en momentos de catástrofe o crisis, sino de mantener una conversación continua. Una parte de la sociedad estadounidense prefiere tomar alimento para caballo que vacunarse, en esas estamos. Para dar un giro necesitamos de los medios. Son tan o más importantes que los políticos.

 

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