Cinco infamias: ¡perdonen que le responda a Céspedes!

A Céspedes siempre lo he tratado con pinzas, como una mosca que a pesar de haberte chupado la sangre no tendrás que llevarte de encuentro. Sus legendarias obsesiones con recortar el mundo del pensamiento entre los que citan a Meschonic y el resto de la humanidad, de las que ya se burlaba Manuel Rueda en 1975 y Fernández Spencer a mediados de los años 80, las he asumido como una de las comunes “boutades” de nuestro patio.

Ahora que leo su reseña sobre mi edición del epistolario entre Pedro Henríquez Ureña y Amado Alonso, no puedo menos que separar algunas aguas. Una cosa es señalar correctamente fallas en mi edición, que acepto, y otra es la de inventarse historias, o mentir, que es lo mismo.

El artículo en cuestión comienza con un introito a lo Debussy: consolador, como la de un Epicuro que te invita a recoger flores en su jardín, tal vez dando brinquitos como Groucho Marx. Céspedes se comporta como MacArthur frente a Pearl Harbour.

Luego de acercarme a sus brazos, llamándome “Miguelín”, y ofreciendo un par de informaciones biográficas de mis días uasdianos, Diógenes cambia a modus wagneriano, como si las walkirias tuvieran que ser destrozadas de un manoplazo. ¡Y ni siquiera Céspedes se refiere a mi doctorado con honores en la Universidad Libre de Berlín! Pero si Céspedes tampoco es perfecto.

No dándose cuenta que el tiempo de Marcial Lafuente Estefanía pasó, nos lanza la primera parte de su particular desenfundar sus cachafuces: “De ahí que se haya dolido de que yo no haya escrito nunca ningún artículo sobre sus obras, especialmente acerca de la que más le trae de cabeza: la edición de las obras completas de Pedro Henríquez Ureña en 14 tomos, publicada por el Ministerio de Cultura, y que él tuvo la gentileza de obsequiarme los primeros siete tomos”.

¿Dolido yo? ¡Oh supremo Maestro que todo lo purificas con tu manera hatomayorense de masticarte la lengua!

Pero luego el maestro entra en acción propiamente dicha, calentándose, lanzando sus mejores jabs.

El lector no se merece ese nivel de desinformación en alguien como Céspedes, quien siempre hace gala del Premio Nacional de Literatura y que debería servirnos de ejemplo moral. De verdad que resulta lamentable llegar a los ochenta años y seguir despotricando desde una voz melíflua y una obsesión de ensacar a media humanidad con el mismo traje. Pero concedámosle a Diógenes el primer punto de este juego: ¡me ha provocado! ¡Es mejor haber estado en la juventud en el PCD que haber sido secretario en el SIM!

Lo cuestionable es que Céspedes miente. Al referirse a nuestra edición de las “Obras completas” de Pedro Henríquez Ureña, afirma:

“De modo que cuando salieron los 14 tomos entre 2013 y 2015, con fecha vieja y nueva, una parte de las 600 erratas y errores que contenía la edición original pasaron a la nueva, luego de pagar un millón y pico de pesos a un corrector externo, más de los 5 millones que había recibido Mena de José Rafael Lantigua para culminar las obras completas que nosotros dejamos listas en un 90 por ciento en un carrito de la BNPHU al salir del gobierno en 2004. Ese material fue el que encontró Mena. Los diez por ciento restantes son hallazgos de Mena.”

PRIMERA INFAMIA: el Ministerio de Cultura no le pagó “un millón y pico de pesos a un corrector externo”. La Editora Nacional dispuso a su corrector particular y luego a un segundo.

SEGUNDA INFAMIA: no es verdad eso de “los 5 millones que había recibido Mena de José Rafael Lantigua”. Incluyo en este artículo un pdf con el contrato suscrito con Cultura, donde se puede advertir que el costo del proyecto sería de US$ 33,200.00. Si tomamos en cuenta que el dólar en el 2013 estaba a 42 pesos (https://freecurrencyrates.com/es/exchange-rate-history/USD-DOP/2013/yahoo), entonces podríamos calcular que debí haber recibido un total de RD 1,344,000. Ya con el primer desembolso recibí una información poco agradable: de esa suma el Estado se queda con un 20%. Léase: netamente se me realizarían dos pagos por alrededor de 22 mil dólares, lo que llevado a pesos serían 924,000. Divida el lector esa suma de pesos entre los 14 tomos de las OC de PHU, y sabrá cuánto le costó a Cultura cada tomo. Si comparo 66 mil pesos con los dos y tres millones de pesos pagados por entonces a Manuel Mora Serrano y a Marcio Veloz Maggiolo para sendas investigaciones, me digo que en lo mío me quedé exageradamente corto.

Las labores de investigación para levantar ese material me llevaron a Madrid, Berlín, Santiago de Chile, Ciudad México y a contratar a personal en Cuba:

1.- Una semana en la Residencia de Estudiantes y en la Biblioteca Nacional de Madrid.

2.- Dos semanas en el Colegio de México.

3.- Dos semanas en la Public Library de Nueva York.

Gracias a internet, pude armar una amplia red de colaboradores, entre Santo Domingo y Buenos Aires.

Si sumo pasajes aéreos a esos destinos, más alojamiento, viáticos, transporte y pagos de fotocopias y transcripciones, ¿serán suficientes esos 90 mil pesos por libro para un trabajo de esa naturaleza? Solamente una fotocopia en la biblioteca de Nueva York costaba 25 centavos de dólar, y si evalúo lo invertido en el sacar a flote los escritos de PHU en el periódico Las Novedades, el pago de un hostel en la Gran Manzana durante una semana, me pregunto que cómo pudo levantarse todo ese trabajo.

TERCERA INFAMIA: Yo nunca recibí material alguno de parte del Ministro José Rafael Lantigua ni del Ministerio elaborado por Diógenes. Es decir: no tengo información de que el grupo que menciona el Dr. Céspedes haya entregado una sola página de PHU a ministerio alguno, porque en definitiva, éste nunca realizó contrato. Céspedes nuevamente miente.

Bajo la gestión de Tony Raful al frente de la entonces Secretaría de Cultura se hizo un intento de “Obras” de PHU que al final resultó fallido. El único que trató de salvarse de las obras que ya habían sido compiladas por Juan Jacobo de Lara en los años 80 fue Diógenes, aportando algunos cuentos desconocidos. Eso fue loable. Igualmente los estudios de Manuel Matos Moquete e Irene Sánchez Guerra fueron destacables, pero en cuanto a la novedad de los ensayos ahí publicados, cero, nada.

Mis hallazgos, sin embargo, llegaron más lejos, por una simple razón: pude investigar en fuentes de primera mano, en el Colegio de México, y disponer del apoyo de una gran investigadora pedrista, la cubana Diony Durán, quien me facilitó ejemplares de la Revista Crítica. Si el lector compara el trabajo de Céspedes con el mío, verá las grandísimas diferencias y la manera en que lo superé. No digo eso como si narrara una pelea de gallos. Y que no ponga mi formación de “sociólogo” y mis supuestas “limitaciones” en literatura para desmerecer esos aportes, porque en este trabajo de compilación no interpreto, sino que dispongo lo ya escrito. Para editar a PHU hay que salir de Santo Domingo y coger muchísimo vuelo fuera del país.

En mis labores seguí la siguiente metodología, que todavía considero válida: corregir la crono-bibliografía de Emma Susana Speratti Piñero, muy loable en 1960, cuando apareció en la Obra Crítica publicada por el Fondo de Cultura Económica, pero bastante incompleta; comparar cada versión de los textos de PHU, tomando en cuenta su costumbre de corrección permanente, estableciendo sus variaciones. Mi trabajo filológico queda en las notas de los textos de esos catorce tomos, estableciendo cada variación, de manera que pueda valorarse el progreso de sus pensamientos. Nunca escatimé esfuerzos para tener todas las versiones posibles de todos los textos publicados por PHU. Ahí está la prueba.

¿El resultado? Aquellos diez tomos de De Lara, se convirtieron en mis catorce, cada uno con índice onomástico. ¿Que habrá miles de faltas? ¡Eso es corregible! Pero que Diógenes recuerde la sabiduría budista, aquella de que cuando el sabio señala la luna el imbécil sólo mira el dedo del sabio.

TERCERA INFAMIA: No es verdad que mi trabajo solamente haya aportado un “10 por ciento de novedad”. Si la primera versión fue de 10 y la mía fue de 14, ¿qué porcentaje habremos aportado?

CUARTA INFAMIA: Es falso de toda falsedad eso de “las obras completas que nosotros (Diógenes y su supuesto grupo) dejamos listas en un 90 por ciento en un carrito de la BNPHU al salir del gobierno en 2004”. Ese carrito existió en alguna parte de su cerebro, pero seguramente se estrelló en otra parte de su mismo cráneo. ¡Pero si Diógenes nunca trabajó con fuentes originales de Pedro Henríquez Ureña sino con recortes enviados desde Costa Rica! ¡Y lo mismo ya había pasado con su antología de Juan Sánchez Lamouth, cuando confesó que no había visto el primer libro del poeta y aún así se hizo una antología de su obra!

QUINTA INFAMIA: En un momento de su texto, Céspedes refiere lo siguiente: el haberse encontrado con Luis O. Brea Franco y este haberle contado que la primera versión de los siete tomos fueron desechados: “Esas obras están plagadas de errores y erratas, han sido trituradas y se publicarán de nuevo bajo mi supervisión.” Me quedé de piedra. Se le enviaron a Mena en Berlín las erratas y errores y él enmendó algunas y otras, no”. Otra falsedad: esa segunda versión fue realizada por un segundo corrector que prefiero no mencionar, y que bien o mal, enmendó las faltas del trabajo del primer corrector. Por razones de logística y de tiempo yo no pude revisar la totalidad de esas miles de páginas. Recuérdese que en la cadena productiva de una obra intervienen varios componentes: el compilador, el editor, el diseñador, el corrector; si bien yo asumí hasta la selección de la tipografía y el diseño, debía contar con la supervisión de una figura que al final no hizo el trabajo que le correspondía: el corrector.

Si hay algo que he asumido con pasión y desinterés, ese ha sido el trabajo sobre Pedro Henríquez Ureña. No tengo que sacar facturas. (Diógenes se felicita de haberme contratado para el suplemento de El Siglo. Yo también lo felicito por aquel loable hecho).

Lentamente he levantado la biblioteca que lleva el nombre de PHU, donde se presentan algunos de los libros esenciales sobre su obra. También he publicado la colección “Archivos de Pedro Henríquez Ureña”, que ha alcanzado el décimo número. Si a eso le agrego la reciente exposición en el Centro Cultural de España “Pedro Henríquez Ureña: Ciudades e ideas”, con sus seis conferencias magistrales, divulgadas por el canal de youtube, no tendré más que decir. Y repito: todo lo hago sin alharaca, concentrándome en aquellos a quienes realmente les interesa el tema, buscando una comunidad de gente pensando y dialogando.

Si a eso también le agrego una exposición sobre la obra de PHU en el Instituto Iberoamericano de Berlín, una conferencia sobre el PHU editor en el Instituto Cervantes de Berlín y otra sobre la relación de PHU con Borges en la Universidad de Salamanca, ¿qué más me queda por hacer? Recientemente pusimos en circulación los textos españoles de PHU en la Residencia de Estudiantes (http://edaddeplata.org/edaddeplata/Actividades/actos/visualizador.jsp?tipo=2&orden=0&acto=7225), en una actividad que contó con el gran apoyo de la Embajada de la Rep. Dominicana en España, y su embajador, Juan Bolívar Díaz. También acabamos de lanzar los “Escritos dominicanos” de nuestro humanista universal, superando los tres intentos superiores. Estamos trabajando en el epistolario íntimo, generosamente cedidos por Sonia Henríquez de Hlito, la hija del maestro dominicano, así como en el epistolario con Félix Lizaso.

Sobre el epistolario de PHU con Amado Alonso diremos: fue un gran esfuerzo, que implicó moverse entre Madrid, Boston y Santo Domingo, apelando a la generosidad de las amistades que menciono en la introducción, nuevamente sin apoyo económico alguno, porque si no se sabía, Cielonaranja sólo se apoya en la venta de sus obras entre sus amigos, a veces llevándoselas a su casa, como hice con Diógenes y he hecho con muchos en estos 35 años de afanes editoriales.

Me resulta patético el tener que hacer públicas cosas que mejor dejarlas así, detrás de las bambalinas, porque lo más importante es el pensar siempre fresco y refrescante de Pedro Henríquez Ureña. No tengo que ponerme medallas. Pero esta vez no podía dejar pasarle a Diógenes Céspedes sus habituales infamias, sus obsesiones por ver la mano que señala a la luna sin darse cuenta de los encantos de la luz, sus ganas de desmeritarme, de insinuar incluso alguna queja mía porque mi trabajo “no haya sido tomado en cuenta”, lo cual es falso de toda falsedad. Desde los años 80 he estado enfocado editorialmente en los amigos, en encuentros del alma. En Cielonaranja ya hemos publicado más de 200 obras y compilado obras completas de los principales autores nacionales. Y naturalmente, de nada de eso se ha dado cuenta Diógenes Céspedes, misteriosamente, porque si él no encuentra alguna huella de Mesié Mechoní, nada le interesa. Y todas esas investigaciones las he hecho “a mano pelada”, alimentando siempre un espacio libertado como es el de cielonaranja.com, donde si Diógenes Céspedes no ha figurado es porque simplemente no encaja en nuestros conceptos de frescura.

Siempre he lamentado los gazapos de aquellos 14 tomos. Incluso, mal que bien, los estoy corrigiendo yo mismo, como podría verse en sus últimas versiones. Pero estos fallos no empequeñecen su aporte, que han tenido más público en espacios más exigentes como el mexicano -donde se han reeditado dos trabajos nuestros sobre PHU -su traducción de el Peter Pan y su libro “En la orilla. Gustos y colores”.

Y todo lo hago sin presionar a periodistas o escritores para que informen por sus medios sobre mi trabajo, sin aprovecharme de la Academia ni tratar de aparecer como un apóstol de la cultura. ¡Incluso ni vendo mis libros en Cuesta ni invito a nadie a las Fiestas del Libro, ni mucho menos el Estado dominicano nunca me ha comprado un solo libro para sus bibliotecas!

Pero también hay que ver la luz, alegrarse de las canas, asumir la decadencia propia y conservar al menos el espíritu sano. Y sobre todo: no hay que concluir estas líneas con el pobre de Diógenes.

Quiero agradecer el apoyo incondicional de José Rafael Lantigua y José Antonio Rodríguez en sus respectivos momentos como ministros, y sé que nunca me dejarán mentir porque los papeles están ahí y ahora aquí. También tengo que resaltar la figura de Luis Brea Franco, gran animador del Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña, un ser digno que a pesar de su gran humanidad.

Si mi edición de las obras completas todavía no tiene el reconocimiento de los diogenizados, esas serán otras quinientas. ¡Lo siento por ellos!

 

Anterior Siguiente