Un poemario sobre la neurodivergencia

A continuación, se lee una selección de Anna y Hans (FCE, 2021), un poemario en el que Karen Villeda reescribe la historia del descubrimiento científico del síndrome de Asperger, que forma parte del espectro del autismo. En el texto se expone y subvierte la relación de saber-poder, atravesada por el género, típica de los médicos, alienistas y psiquiatras del siglo XIX. Mediante el desarreglo gramatical, la poeta también explora la diversidad psicológica, subjetiva y neurológica. El libro ganó el XV Premio Nacional de Novela y Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2020.

Nadie tenía por qué saberlo, Hans.
Tú reinventaste una categoría médica.
¿Qué esperabas, Hans?
Unas palmaditas en la espalda.
Un glugú. Tatá.
Un guion largo y una serie de diálogos acerca de ti mismo.
Aquí lo tienes:

¿No?
¿No es lo que querías?
¿Qué esperabas?
Dime.

Y Hans habla por mí.

Hans, entonces,
la palabra correcta, exacta o eso no les importa,
es “psicopatía”.

Hans los hizo reconocibles.
Pero no los hizo hablar.

¿Qué hacemos contigo, Hans?
¿Qué haremos con esto?
Tengo que escribir estos artículos.
Estas preeminencias médicas.
A pesar de que ya no estaremos juntos.
A pesar de no poder nombrarlos.
La Cordura es blanca.
Como una postal del invierno en Viena.
Mi idea del mundo no puede esperar.
Debo imponerla.
Debo decir que Anna está enferma.
Y mi idea del mundo es un mundo donde una línea recta no tiene linealidad.

“Hans Asperger creía originalmente que el trastorno no podía presentarse en las niñas”.

Se te complica hablar de ti. Quisieras decirles tu verdadero nombre. Pero no te aceptarían porque eres una niña. Pero, pero, pero. Y las niñas no pueden jugar. Te imaginas con un vestido, las trenzas. La mano de tu madre invitándote a salir del agua y tu padre sosteniéndote, pero ellos mismos te estaban ahogando. “Lo que te da te quita”. Eso te dijeron para luego irse de ti.

¿Qué haremos contigo, Hans?
¿Qué haremos contigo, Anna?

Anna, entonces, tomó asiento. Eran las piernas de Hans.
“Juguemos al caballito”, dijo él y ella fingió.
Quería decirle que también estaba loca.
Que quería ser tratada por él.
¿Qué haremos con tus ganas de usar un vestido?
¿Qué haremos con tus ganas de usar pronombres que no te pertenecen oficialmente?

Tus criterios son similares a otros, Hans.
Tus criterios no dejan mucho que desear.
Eso sí.
Hay que enderezar las cosas.
Dejemos las cosas claras.
Setting the Historical Record Straight
Hans pensó en una forma fidedigna para él mismo. Y, entonces, le puso un nombre: el suyo. Después de eso, fue fácil. Lo demás fue difícil: vestirla, hacer que se moviera, conocer sus manierismos. Trasladarlos, interpretarlos. Esperar a que sucediera. Rescatarlos del olvido científico. Y a ella rescatarla de su propia mente.

Hans preparó un informe.
y
published an account of a condition

In one of the uncanny synchronicities of science, autism was first recognized on two continents nearly simultaneously. In 1943, a child psychiatrist named Leo Kanner published a monograph outlining a curious set of behaviors he noticed in
11 children at the Johns Hopkins Hospital in Baltimore. A year later, a pediatrician in Vienna named Hans Asperger, who had never seen Kanner’s work, published a paper describing four children who shared many of the same traits. Both Kanner

and Asperger gave the condition the same name: autism—from the Greek word for self, autòs—because the children in their care seemed to withdraw into iron-walled universes of their own.

Alguien te enterró, Hans. Alguien te enterró en la historia. Pero tú enterraste a una mujer antes de que te enterraran a ti. Se llamaba Grunya Sukhareva. Y en unos años anteriores había descubierto lo que tú simplemente describes. Fue en 1926. Pero ya era 1994 y tú salías ganando. Pero no te aceptarían porque eres una niña. Pero, pero, pero. Y las niñas no pueden jugar. Pero regresará ella para sacarte de la tumba y ocupar tu lugar mal ganado.

Hans quiere que le hablen.
Hans quiere que lo abracen.
Hans quiere que jueguen con él.
Hans quiere entender lo que le pasa.

H A N S
escrito
en un pino tallado

Hache A Ene Ese
todo en mayúsculas
H A N S
tallado por él mismo
haciéndose referencia
buscando inmortalidad
recolectando pinitos también
para tallarlos después
y perfumarse con las piñas del mismo pino
mientras habla con la resina
la abraza
juega con ella
la entiende

Son los hábitos de cierta pobreza: encontrar una ganancia en lo mínimo,
Esto es lo que veía Hans en el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena: 

Pensaba Hans:
“Todas las mujeres en Viena salieron de un cuadro de Klimt. Todas”.
Decía Anna:
“Eres un misógino, Hans. Eres una cacota”.
Decían otros:
“Hans y Anna son lo mismo”.
No pue pue puedo enter entende rrrr lo que me quieeee res decir.
“En 1994 entró el síndrome de Asperger como categoría diagnóstica independiente en el DSM-IV”.

Tenía un solo pulmón en el pecho. “Esos niños son la mitad. Mira: este niño es la mitad de uno. Este otro es la mitad mía. Tiene un solo pulmón”. Hans hubiera querido deshacerse de estos cuantiosos apuntes pero el ego no se lo permitía.

Espero que estés en un lugar apacible.

Anna yo soy.
Yo.
Soy la palabra con más significados del mundo.

Sólo tengo un amigo.
Es el mismo con el que,
con el que estoy hablando.

¿Cómo se llama?
Se llama Hans.

Y ese Hans, ¿quién es?
Hans es Hans.

¿De dónde es?
De Hans.

¿Entonces, quién es Hans?
Hans es caca.

Qué con Hans?                               Deja que las palabras hagan.
¿Qué hagan qué?                              Lo que tengan que hacer
No, Hans.                                           Un niño, no. Dos niños tampoco.
Ni tres.                                                Éramos cuatro niños.
Eran.                                                    No entiendo, Hans.
No entiendo lo que me quieres decir.
Cuatro niños. Y un carrito rojo. Cuatro o más niños. Más.
¿Qué más?                                         El carrito rojo huía de la luz.
De la luz huía el carrito rojo.         Rojo, rojo.
Entre tus manos estaba.                  Sí.
¿Y cuándo estamos a oscuras?       Se sube entre mis pies. Rojo, rojo.
Rojo. Y su carrito entre las mías.

—Buenos días.
—No hay días buenos.
—¿Por qué no?
—Ningún día es bueno. Cuando eso suceda, ya no existirá Hans.

Y es que en Viena paseaban. Paseaban como si la guerra nunca hubiera sucedido. Sucedido era que en Viena estaban paseando. Paseando Hans y sus colegas. Colegas que se reían de los niños. Niños sin nombres. Nombres que les dieron: “Los niños de Hans”. “Hans y los niños”. “Los niños pequeños”. “Pequeños catedráticos”. Catedráticos no eran. Eran pequeños, eso sí. “Sí”. “Sí, las peores guerras son las del lenguaje”. Lenguaje de los niños. Niños sin Anna. Anna y su lengua. Lengua de Anna. Anna y los que estaban en su boca. Boca fuera de lugar. Lugar común fuera de boca. Boca y comunidad. Comunidad, el lenguaje es una comunidad. Comunidad, entonces. Entonces así, estás sola. Sola, Anna.

Lleva tu vida a otra parte. A eso que llamas “esplendor”. Lleva tu vida. Llévatela.

 

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