Círculo roto

Nunca como ahora parece muy sugerente el título de un libro de Elías Trabulse acerca de la historia de la ciencia y la tecnología en México (El círculo roto, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1984), en el que se da cuenta de valiosos esfuerzos personales y colectivos realizados para difundir y realizar el conocimiento teórico y práctico desarrollado en nuestro país, planteando que “en el estudio de las comunidades científicas mexicanas, es necesario buscar las causas del ´cambio de objetivos´ en la investigación como reflejo de la situación social y económica” (Ibid., p. 23), siendo éste último planteamiento el que bien podría ayudarnos a poner en cuestión situaciones como la que se ha presentado, recientemente, con el presunto desvío de recursos públicos de una minoría de científicos mexicanos que son investigados por el actual gobierno federal. Con independencia de lo que resulte, legalmente, de la controversia sostenida entre el denominado “Foro Consultivo Científico y Tecnológico” y la Fiscalía General de la República, queda la sensación de que en estas materias se tienen que redoblar esfuerzos institucionales para no quedar a la zaga de los avances que se dan fuera del país y que, por lo demás, obedecen a una lógica estructural de intercambio desigual afianzada por una baja composición orgánica (tecnológica) del capital en sociedades subdesarrolladas como la nuestra.

De acuerdo con la información del gobierno federal, esa comunidad científica específica “es una entidad burocrática que se dedicó a medrar con recursos públicos que alcanzaron, en 16 años, la cantidad de 500 millones de pesos, de los cuales 100 fueron para investigación y 400 fueron para comidas, hoteles, viajes” (en “La Jornada”, 30 de septiembre de 2021). ¿Un cambio de objetivos como reflejo de la situación social y económica? Quién sabe. Veremos en qué termina la controversia jurídica. Pero es dable plantear que la transformación social que lleva adelante el actual gobierno, reordenando la economía y la política, no tendría por qué excluir a nadie y ya se ha precisado que no se trata de una persecución contra la comunidad científica, sino de corregir los entuertos que otras administraciones prohijaron. En cierto modo, se trata de romper los círculos de complicidades que se resisten al cambio y, en otro sentido, de tratar de cerrar el círculo en tanto que brecha que permanece abierta con respecto a los avances científicos y tecnológicos que se tienen con el exterior. ¿Tampoco es una cuestión de mera estética, como planteaba David Hume, citado por Trabulse?: “Euclides ha explicado completamente toda cualidad del círculo, pero en ninguna de sus proposiciones dijo una palabra sobre su belleza” (Ibid. p. 7).

En fin, lo que interesa destacar de esa controversia que envuelve a un grupo de científicos mexicanos es la necesidad de apuntalar las decisiones de política pública nacional en materia de ciencia y tecnología, en términos de que sirva a los requerimientos de una vida digna para la sociedad, revisando lo que se tenga que hacer en materia de financiamiento a la investigación y a la gestión del conocimiento para el desarrollo nacional, aunque sin caer tampoco en los extremos de agotar la discusión como si se tratara de querellas medievales como aquélla que se recrea en la célebre novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, a propósito de la pobreza de los predicadores de algunas órdenes religiosas que no por poseer algunos bienes para su uso se consideraban ricos, y que no porque Cristo hubiera sido pobre se asumiera que ciertas instituciones también lo fueran.  

 

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