A propósito de las estatuas derribadas en el marco del Paro Nacional

“Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en la tierra” – Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, 1940.

En la tesis II de Sobre el concepto de historia, Walter Benjamin expone el interrogante: “¿No nos sobrevuela algo del aire respirado antaño por los difuntos?” Más adelante escribe: “Existe un acuerdo tácito entre las generaciones pasadas y la nuestra. Nos han aguardado en la tierra. Se nos concedió, como a cada generación precedente, una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado hace valer una pretensión. Es justo no ignorar esa pretensión” (Benjamin, citado en Löwy, 2003, pp. 54-55). En Colombia, seguramente para la clase oprimida, y especialmente para las comunidades indígenas de acuerdo a los hechos que dan origen al presente escrito, sobrevuela algo del aire respirado antaño por los difuntos que desde la colonización sufrieron las atrocidades de la Corona y la Iglesia española, y paulatinamente las atrocidades de la clase que detentó el poder bajo una reconfiguración de la opresión. ¿Acaso no existe un acuerdo tácito entre las y los miles de indígenas violados, explotados, torturados, asesinados, deshumanizados; y las y los indígenas que hoy reclaman el cese de la violencia que aqueja a sus territorios y cuerpos? La conciencia colectiva de las comunidades indígenas conecta de forma dialéctica y crítica, esos fragmentos de la historia de explotación del pasado con momentos de explotación del presente, encendiendo así un acto de rebeldía en vía de la reivindicaciónde sus difuntos.

El 16 de septiembre de 2020, la comunidad indígena Misak (Hijos del Agua), integrante del Movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente (AISO), derribó la estatua de Sebastián de Belalcázar que se encontraba en un sitio sagrado de los Pubenences: el Morro de Tulcán, ciudad de Popayán, departamento del Cauca. Al tiempo, se declaraba para el mes de octubre la reactivación de la Minga del Sur Occidente por la defensa de la vida, el territorio, la democracia, la justicia y la paz. Lo anterior, en el marco de una serie de protestas que iniciaron desde la posesión de Iván Duque (7 de agosto de 2019), pues los sectores populares veían en su gobierno la profundización de una crisis sistémica caracterizada por la continuidad de la implementación de las políticas macroeconómicas del neoliberalismo, y el carácter autoritario de períodos gubernamentales profundamente marcados por el paramilitarismo. El 21 de noviembre de 2019, miles de voces no escuchadas, cuyas fuerzas habían sido y permanecían reprimidas, abrazaron las calles de Colombia y erigieron sobre el miedo las columnas de una conciencia que reconoce que la historia del país, es la historia escrita y contada por el enemigo que no ha cesado de triunfar, y por ende es momento de una historia desde abajo que exija una acción revolucionaria en el presente que logre vencer al enemigo histórico: las élites criollas, el uribismo, el fascismo en Colombia.

Tras la llegada del SARS-CoV-2, responsable de la enfermedad COVID-19, a inicios del año 2020, se generó un repliegue obligado de las fuerzas sociales en paro. Sin embargo, la gestión gubernamental de la pandemia, el asesinato de Javier Ordoñez por parte de la Policía Nacional, el asesinato de exguerrilleros firmantes del Acuerdo de Paz, la violencia y despojo en territorios ancestrales, la alarmante cifra de líderes y lideresas sociales asesinadas, la profundización de la explotación y la violencia contra la mujer en el confinamiento, la cifra parcial de 6.402 ejecuciones extrajudiciales en el período de Álvaro Uribe Vélez… siguió develando al enemigo y restableció la fuerza explosiva de la clase oprimida que dio inicio el 28 de abril de 2021 a una nueva jornada del Paro Nacional. Una de las primeras imágenes fue el derribo de la estatua de Sebastián de Belalcázar en la ciudad de Cali de nuevo por parte de la comunidad indígena Misak. La imagen de la estatua de Belalcázar derribada y rodeada por indígenas se constituyó en un documento de la historia de los de abajo, un acto por la rememoración de las víctimas pasadas del enemigo histórico. No obstante, la rememoración no se reduce al derribo de una o varias estatuas de colonizadores españoles o políticos de la élite criolla, se complementa con la historia del sufrimiento de las comunidades indígenas contada por las mismas comunidades indígenas, y la continuidad de la lucha por su emancipación; “sólo a la humanidad redimida le concierne enteramente su pasado” (tesis III) (Benjamin, 2013, p. 20).

Sebastián de Belalcázar representa la colonización y, de acuerdo con De Sousa Santos, el epistemicidio del cual fueron –y siguen siendo– víctimas los pueblos originarios de Abya Yala, de Nuestra América, es decir, la amplia destrucción de las prácticas culturales y los saberes ancestrales de las comunidades indígenas (2010). Belalcázar representa el deseo de universalización de una epistemología blanca, europea y masculina característica del paradigma civilizatorio basado en la colonización y explotación de territorios, cuyo reconocimiento como espacios para la construcción de la identidad de las comunidades indígenas, exigió al enemigo romper con la interrelación que permitía el desarrollo de sistemas de producción comunitarios que garantizaban la satisfacción de necesidades, la conservación de la naturaleza y la práctica de saberes, tradiciones y valores ancestrales, opuestos a la apropiación, cosificación y destrucción de la naturaleza que impuso la colonización europea. En general, Belalcázar representa el aniquilamiento de lo que se constituya como un obstáculo para el progreso, pues representa en sí mismo el huracán del progreso.

La rememoración de las y los indígenas que perecieron resistiendo a la barbarie que representó el genocida Belalcázar, es y será obra de las y los indígenas que hoy resisten a la barbarie del fascismo en Colombia. Es por ello, que el 25 de julio de 2020 la comunidad indígena Misak da a conocer el juicio contra Belalcázar, en el que luego de exponer los delitos cometidos, declaró “que el hoy llamado Morro de Tulcán, debe honrarse como Territorio Sagrado del Pueblo Misak como herederos directos de la Gran Confederación Pubenence, y por lo anterior debe quitarse y destruirse, ubicando a la Mama Machangara, Taitas: Payan, Yazguen, Calambas y Petecuy” (Piurek, 2020). La materialización de la condena demostró que el sufrimiento de las víctimas que físicamente han desaparecido en manos del enemigo histórico, pero que nos aguardan en la tierra, no ha sido olvidado. Reconocer el sufrimiento es develar su causa e incorporarla en la lucha emancipatoria del presente. Asistir al pasado para luchar en el presente es poner “en cuestión las victorias históricas de los opresores porque socavan la legitimidad del poder de las clases dominantes, antiguas y presentes” (Löwy, 2003, p. 70).

La caída de Belalcázar generó una chispa revolucionaria que exigió una mirada crítica sobre nuestra historia. El derribo de estatuas de esclavistas de negros, comercializadores de indígenas y militares españoles permite dimensionar el alcance que tiene un documento de la historia de los de abajo; cayeron Diego de Ospina y Medinilla, Andrés López de Galarza, Gonzalo Jiménez de Quesada, Francisco Fernández de Contreras, Julio Arboleda Pombo, Cristóbal Colón. Asimismo, cayeron políticos fascistas y conservadores del siglo XX; Gilberto Alzate Avendaño, Misael Pastrana Borrero. Fueron profanados –lo profano como encuentro con la liberación y como oposición a lo establecido en el actual orden de cosas– y derribados monumentos como el dedicado a la Raza y el Mestizaje que representaba la imagen de un conquistador español, su pareja indígena y su hijo mestizo, o aquel denominado Edificadores de Paz que rendía homenaje a la policía y había sido hecho con casquillos de balas.  Contra la historia oficial, la reconfiguración de las relaciones de poder y la rememoración de hechos que moldearon una identidad regional, como es el caso del departamento de Nariño, cayeron las estatuas de los políticos y militares independentistas Francisco de Paula Santander, Simón Bolívar, Antonio Nariño. La liberación erigida sobre lo profano.

El carácter rememorativo del derribo de las estatuas está intrínsecamente relacionado con la redención como tarea asignada por las generaciones pasadas y la búsqueda de la justicia social que parta del reconocimiento de todas y todos los oprimidos. Las estatuas derribadas significaban para la clase opresora la consolidación y la continuidad de una tradición cultural basada en el poder y su abuso como categoría del progreso humano. Una tradición cultural que glorifica la barbarie, el exterminio y la opresión. Si los pueblos originarios, y la clase oprimida en general, se constituyen en el narrador de la historia, entonces su misión es “poder narrar su vida y su dignidad; la totalidad de su vida” (Benjamin, 1991, p. 134). “[N]ada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse perdido para la historia” (tesis III) (Benjamin, 2013, p. 20).

El derribo de las estatuas comprendido desde el plano histórico y político significa escribir la historia en sentido contrario, “es cepillar la historia a contrapelo” (tesis VII) (Benjamin, citado en Löwy, 2003, p. 81), y como señala Löwy refiriéndose al quinto centenario de la invasión de nuestro continente,

es rechazar toda ‘identificación afectiva’ con los héroes oficiales […], los colonizadores ibéricos, las potencias europeas que llevaron la religión, la cultura y la civilización a las Indias ‘salvajes’. Esto significa considerar que cada monumento de la cultura colonial […] es también un documento de barbarie, un producto de la guerra, del exterminio, de una opresión inmisericorde (2003, p. 94).

Detrás de la construcción y levantamiento de las estatuas y monumentos se presenta una anónima faena impuesta (tesis VII) a la clase oprimida, pues no son los vencedores quienes extraen la materia prima de la naturaleza, no son los que a través de la esclavitud o venta de su fuerza de trabajo erigen los documentos de los vencedores. Cepillar la historia a contrapelo es escribir la historia de las huellas manuales anónimas en contracorriente del caudillismo representado en el culto a la personalidad del opresor. Cepillar la historia a contrapelo es contribuir a la humanización de la humanidad mediante el testimonio de la anónima faena impuesta por el clasismo y la barbarie.

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En El París del Segundo Imperio en Baudelaire Benjamin expone la siguiente cita de Baudelaire: “No está lejos el tiempo en el que se comprenderá que toda literatura que se rehúse a marchar fraternalmente entre la ciencia y la filosofía es una literatura homicida y suicida” (Baudelaire, citado en Benjamin, 1972, p. 58). ¿Acaso no están hoy los documentos de la historia de los vencedores, incluyendo su literatura, atravesados por un método en el que el pasado se presenta como una imagen eterna? ¿Cuál es ese método? “El historicismo expone la imagen eterna del pasado; el materialismo, en cambio, una experiencia única con él” (Benjamin, 1972b, p. 92), específicamente, el materialismo histórico, la concepción dialéctica y materialista de la historia, que exige al investigador a renunciar “a la actitud tranquila, contemplativa frente a su objeto, para hacerse consciente de la constelación crítica en la que dicho fragmento del pasado se encuentra precisamente con el presente” (Benjamin, 1972b, p. 91), y de esa manera comprender la dimensión activa de la relación con el pasado que exige la transformación del presente y la liberación de la humanidad. Es praxis revolucionaria. El investigador, el narrador de la historia de los vencidos, es clase oprimida que rememora su pasado y redime activamente a sus difuntos, profana la historia de los vencedores, por ejemplo, derriba estatuas erigidas sobre la barbarie.

Referencias

Benjamin, W. (1972a). Iluminaciones II. Baudelaire. Un poeta en el esplendor del capitalismo. Taurus.

Benjamin, W. (1972b). Discursos Interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Taurus.

Benjamin, W. (1991). Iluminaciones IV. Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Taurus.

Benjamin, W. (2013). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Desde Abajo.

De Sousa Santos, B. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Ediciones Trilce.

Löwy, M. (2003). Walter Benjamin: Aviso de incendio. Una lectura de las tesis “Sobre el concepto de historia”. Fondo de Cultura Económica.

Piurek. (2020). Juicio de los Piurek –Hijos del Agua– descendientes de los Pubenences a Sebastián Moyano y Carrera alias Sebastián de Belalcázar, quien la historia de la voz racista y colonial lo describe como el conquistador de “Popayán”. En https://pueblosencamino.org/?p=8986

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