Las llamadas élites

«El viento, como Dios, lo noto aunque no veo». (Un místico)

                                                           (1ª Parte)

Lo de las élites, tanto las de aquí, las nuestras o locales, como las de allá, las de otros o globales, y su doctrina, conocida como «el elitismo», son interesantes y por eso mismo complejas (lo simple nunca suele ser interesante). Pudiendo ser hasta dolorosas, pues pueden revelar o hacer patente, hasta con indiscreción, claves de pensamientos y prácticas sociales que se desearían muy escondidas. Y escribo «muy escondidas», pues serán excepción a la regla general de que en la sociedad todo es apariencia; salir del domicilio, reducto de lo íntimo; poner un pie en la calle o vía pública; cerrar el portal del edificio, es lo mismo que acontece cuando en un teatro se inicia la función, comenzando por subir el telón.

Lo importante, en lo social -se dice- no es el ser, sino el parecer, que es especialidad muy de estafador y de estafadora, tan abundantes, y que disponen de una clá o clac, de idiotas, como en los teatros o en las tomas de posesión de ministros o de ministrillos, aquí en provincias.

Podemos escribir, con trazo grueso, y según Raynaud y Rials, que las llamadas «élites» son personas agraciadas, más o menos, que en un sector concreto ocupan un rango superior por su nacimiento, inteligencia o riqueza. El primer requisito es que efectivamente, en lo objetivo, se tengan las gracias requeridas, y no bastando las imaginaciones de gentes que creen, en lo subjetivo, reunirlas, careciendo por completo de ellas. Una cosa es creer tener gracias y otra, muy diferente, es de verdad, tenerlas. Y con la definición científica de «élites», al principio de este párrafo, nos basta a modo de homenaje a la Ciencia política y a la Sociología que tanto las estudiaron, y sin ya espacio para explicar arcanos del pensamiento elitista, muy de tiempos del fascismo.

Pensamiento elitista como el de Vifredo Pareto que murió en 1923, el de Michels que murió en 1936, el de Gaetano Mosca que murió en 1941, y el de Mills que murió en 1962. Ahora lo último y mejor sobre las élites es el libro Las élites del Poder y la construcción del Estado, magna obra dirigida por Wolfgang Reinhard, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1997, siendo el tomo IV de Los orígenes del Estado Moderno en Europa. No es asombroso sino natural que excelencias del pensamiento elitista hayan nacido más con el fascismo que con la democracia, o mejor dicho, sean más fascistas que democráticos esos pensamientos, los elitistas, lo cual es interesante teniendo en cuenta la vigencia del elitismo fascista español de siempre, también el de ahora.  

Las inevitables élites, tan minoritarias y de minorías, en las que reina la desigualdad, se oponen a las masas y/o multitudes, que, para ser democráticas, han de regirse por principios de igualdad. De ahí la dificultad en casar las inevitables élites con el principio democrático de la regla de mayoría, mayorías frente a minoría, y siempre igual. Eso explica los esfuerzos, acaso inútiles, de politólogos como Robert Dahl, tratando de relacionar «correctamente» las relaciones entre élites y masas, o lo de Karl Mannheim, un poco antes, según el cual, las disputas entre élites facilitan el desarrollo de la democracia. Acaso lo de Dahl y Mannheim sean meras distracciones o pasatiempos, casi bobadas. Y si las élites y el elitismo cuestionan lo democrático, qué decir de esa forma tan elitista que se denomina el caciquismo, tan presente, siempre presente, en sociedades arcaizantes, acaso como en la asturiana de ahora y siempre, de élites perennes y no circulantes.

Ya lo dijimos en el párrafo primero, que puede causar dolor explicar cómo se generan las élites más que en lo global, precisamente, en lo local. Por ejemplo, puede ser doloroso decir que, por escribir un artículo en el periódico local, por llevar a los hijos a estudiar a los Jesuitas en la Inmaculada de Gijón, por bañarse un domingo de agosto en la piscina del Real Club de Regatas, convertida en Ganges, por recibir trofeos por innovar, o por comer un Rosbif en el Restaurante La Pondala, en Somió, -por todo eso, pues, y a pesar de ello-, se puede NO pertenecer a la élite local. Y de pena teniendo en cuenta los esfuerzos, incluso utilizando tinta china de marca, como Pelikan o Faber Castell, o a granel.

De dolor, pues, puede ser explicar cómo aspirar a ser de la élite y no conseguirlo, incluso creer pertenecer a ella, no siéndolo, como escribimos anteriormente. La gran mayoría de las decisiones que se toman van en aquella dirección, desde la educación que se da a los hijos, la profesión que éstos eligen, el trabajo que escogen, a veces hasta el matrimonio, y así sucesivamente. Por eso, el desprestigio social, ahora, de ciertas «profesiones», explicará hasta su próxima desaparición. Y se produce un fenómeno positivo y necesario, cual es el de la movilidad y dinamismos, haciendo dinámicas las estáticas, por naturaleza (nadie quiere apearse del «machito» o renunciar a privilegios) las clases sociales, y que lo viejo no impida nacer lo nuevo, fuente de vida y de sangre nueva.

Eso es muy importante en países como España que ha tenido muy poca, una escuálida y raquítica «clase media», y donde el necesario dinamismo social tuvo dificultades de instalarse entre una clase que pudiéramos llamar, con muchos cuidados y paréntesis, «baja», incluido también lo agrario y ganadero, y una reducida clase «superior». La escasa, hasta ahora, clase media española, complicó todo mucho, pues los escasos burgueses, ricos por el ejercicio de la industria y el comercio, con episodios aislados de suicidio por quiebras, siempre se consideraron aristócratas; siempre les pareció poco ser lo que eran; quisieron ser del escalón superior, del más arriba, y no ahorraron alardes en ello, siendo el cambio de apellidos instrumento muy útil a esos efectos.

El Poder político eso siempre lo supo; por eso, manejó primorosamente la concesión de títulos aristocráticos a burgueses, ya dichos, del comercio, la industria y de las profesiones liberales, conociendo muy bien sus aspiraciones y complejos, e  ignorante a veces ese Poder político, que fue monárquico, que todas las verdaderas revoluciones, que echaron al patíbulo las cabezas de los Reyes, fueron siempre burguesas, por esa pulsión tan burguesa de querer acabar con lo que tanto desean. ¡Qué más absurdo o más contradictorio en el arte de la palabrería y de la política que una Monarquía burguesa! Por eso, un Rey, que hace trampas como los burgueses, es un Rey pobre y desgraciado.

Aquí he de señalar que, en contra del parecer de muchos, la mayoría, siempre presté especial atención a la neutral, sólo en apariencia neutral, legislación del Registro Civil, que suele espantar por farragosa. ¡Qué interesante, asunto de sociología o de antropología jurídicas, esa legislación, por ejemplo, en materias, por ejemplo, sobre el orden y el cambio de los apellidos! El Poder Político siempre manejó, primorosamente, como política básica de fomento, la concesión de títulos aristocráticos, prebendas y condecoraciones, a burgueses, ya dichos, del comercio, la industria y de las  profesiones liberales, como ya escribimos.

Y usted, lector o lectora, me preguntará: ¿Se es de la élite si sólo se tiene dinero, tal como parece indicar en la definición del principio? La pregunta misma -respondo-, con el «sólo», ya parece explicarlo: en cualquier caso ?añado- la pregunta plantea el problema del elitismo y del capitalismo, que dejamos para el próximo día. Ahora diremos que es aconsejable, a efectos elitistas, lo de la filantropía, lo de la unión al dinero de la pertenencia a alguna fundación; ser patrono de lo que sea es aconsejable. Eso mismo lo señalan estos días los periódicos de aquí, incluida esta La Voz de Asturias, que yo nada sé, escribiendo de una Fundación que tiene local y pinturas camino del Occidente asturiano, y con patrona que habla el Bable, la misma que aclarará lo de la colección privada de arte de una extinta Institución. Es asunto de espera.

Explotar económicamente, lo que es pecado gravísimo, las pretensiones del denominado people de ser de la élite, entre otras cuestiones, como la denominada rebelión y fatiga de las élites, lo dejaremos para la segunda parte, teniendo en cuenta que, como escribiera Daniel Innerarity, «el futuro ya no es lo que era».

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