Parteaguas más allá de las fronteras

¿Quién era aquel hombre? Había nacido en San Marcos, hijo de un terrateniente cafetalero, José María Solórzano y de Elisa Fernández Barrios, nieta de Justo Rufino Barrios. En una entrevista de la académica mexicana María Alicia Medina, cuenta Carlos Solórzano de su infancia recorriendo con su padre los cultivos de café mientras hablaban de filosofía y arte. El padre dominaba el alemán y leía autores como Nietzsche, Goethe y Schiller. Entre sus hermanos mencionamos al político y abogado Alfonso Solórzano, casado con la poeta, escritora y emblemática feminista Alaide Foppa. Muy joven emigró Carlos Solórzano a México donde realizó estudios universitarios y se doctoró en la Universidad Autónoma. En Francia hizo estudios doctorales en la Sorbona.

El 25 de septiembre de 1952 fue escenificada por primera vez su pieza de teatro Doña Beatriz – la sin ventura, en la sala Moliere en la ciudad de México por el elenco del Teatro Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México. La presentación fue un éxito rotundo, tanto por las opiniones de críticos como por la buena asistencia de público a las funciones. 

Un suceso teatral que venía a cambiar el tipo de teatro que se hacía en México, dominado por el clasicismo tradicional aristotélico dentro del marco creado por Rodolfo Usigli, que había establecido el canon basándose en el nacionalismo y la identidad mexicana.

Con Solórzano llegaba algo diferente. Y el público y la crítica lo percibieron de inmediato, otorgándole un lugar preponderante en la dramaturgia de México que lo llevarían a situarse como uno de los más significativos autores latinoamericanos. Fue un dramaturgo completo porque además de que escribió obras, hizo crítica teatral, fue académico y realizó compilaciones de teatro hispanoamericano que se convirtieron en antologías del Continente, por ejemplo, la publicada por el Fondo de Cultura Económica. Dirigió obras y fundó compañías como el Teatro Universitario de la Universidad Autónoma de México, elenco que sobresalió montando lo mejor del teatro internacional: Max Aub, Alejandro Jodorowsky, Salvador Novo, O´Neal, Alejandro Casona, Ionesco, Francisco Umbral y muchos otros. Fue presidente del Centro Mexicano del Instituto Internacional de Teatro

¿Qué era lo nuevo que Solórzano había llevado a la escena en 1952? La novedad eran las estructuras dramáticas derivadas del conocimiento directo de las vanguardias europeas que había conocido durante sus años en Francia. En especial el teatro existencialista de Sartre y Camus, el teatro del absurdo de Eugenio Ionesco y el teatro de la crueldad de Antonin Artaud. También el uso del sicoanálisis en el arte dramático en la exploración de los entes del inconsciente.

Hay un tema esencial en el ámbito sociocultural e histórico que Carlos Solórzano pone sobre la mesa: el mestizaje. La fusión de la cultura precolombina y la europea. El mestizo como el surgimiento de un nuevo sujeto social. No lo mestizo en sentido biológico sino en lo cultural.

Doña Beatriz muere con el diluvio y el rebalse del volcán de Agua pero lo hace voluntariamente, en una especie de suicidio. Mientras que la hija del adelantado, Doña Leonor, sobrevive milagrosamente. A nivel simbólico Solórzano recrea el tema lorquiano de la mujer infértil (“Yerma”), en este caso Doña Beatriz y también su hermana Francisca con quien Pedro de Alvarado estuvo primero casado pero que murió al desembarcar en el puerto de Veracruz. El mensaje sutil es que la “estirpe” de los conquistadores no tiene futuro en el Nuevo Continente a diferencia de los mestizos. En un parlamento le dice Alvarado a su esposa Beatriz:

“PEDRO: (Impasible.) No darás nunca 

ningún fruto, como tampoco me lo dio tu hermana”. 

Carlos Solórzano fue un gran innovador. Como director del Teatro Universitario de la UNAM hizo posible la divulgación de las corrientes dramáticas europeas de posguerra a la vez que infundía contenidos americanos en temas y contextos históricos. Insistimos en que en Doña Beatriz-la sin ventura está plasmado el surgimiento del mestizaje dentro del marco general de una Conquista sangrienta, irracional, devastadora. Y con todo el remolino de violaciones y apropiaciones de los cuerpos femeninos de las mujeres indígenas. Se escenifica asimismo un perfil del Adelantado como ser lujurioso cuya codicia no tiene límites. Doña Beatriz a pesar de su racismo, que Solórzano resalta, representa también a la mujer dominada y la obra no puede ser más que vista como una tragedia de profundos aspectos existenciales. 

Estudioso de la historia y de las Crónicas de Indias, Carlos Solórzano comprendía la función ideológica en las formas teatrales de la Colonia, expresadas en las loas y en los autos sacramentales. La Evangelización realizada a la par de la Conquista había cumplido un papel de sojuzgamiento espiritual. De ahí que recurriendo a lo que Michael Batchin llama “parodia de los textos sagrados” Solórzano se vale de la intertextualidad para crear sus propias escenificaciones bíblicas pero con contenidos diferentes. Recordemos que los Autos Sacramentales de grandes dramaturgos del Siglo de Oro Español como Pedro Calderón de la Barca reflejaban la “razón católica del Estado”, como una forma de propaganda de la ideología oficial del régimen monárquico.

A pesar de que Calderón de la Barca fue un autor que le abrió, como señala María Alicia Medina, “las posibilidades del drama simbólico y del auto sacramental” no encontramos esa “razón católica” en sus obras. Carlos Solórzano conocía bien el papel cumplido por el teatro en la consolidación de la visión del mundo dominante y la formación de la opinión pública en la España del siglo XVII. Al contrario, la crítica de Solórzano es profunda y mordaz. Por ejemplo en la obra Las manos de Dios un pueblo entero sufre las consecuencias del despojo de sus riquezas y tierras mientras el cura párroco trata de justificarlo como designio divino.

En otra obra, El crucificado, utiliza el recurso de hacer “teatro en el teatro” mediante el tema de la representación de la Pasión de Jesucristo durante un Viernes Santo en un pueblo latinoamericano de habitantes indígenas sumido en el fanatismo religioso y bajo la manipulación, de nuevo, de un cura párroco. Resulta que los que hacen el papel de Jesús en las representaciones terminaban muriendo linchados por el pueblo. Así le había sucedido al abuelo del personaje que hace de Jesús y que debe mostrarse ante el pueblo enardecido. El cura le ordena que salga a enfrentar su destino cargando una pesada cruz y totalmente borracho.  

Carlos Solórzano falleció en Ciudad de México el 30 de marzo de 2011. La prensa mexicana cubrió el deceso debidamente. También organizaciones e instituciones mexicanas expresaron su pesar y señalaron sus méritos. Se resaltó que el escritor y dramaturgo guatemalteco Carlos Solórzano había dado enormes aportes al teatro mexicano y por extensión al hispanoamericano. María Alicia Medina como concusión a su tesis afirma convencida: 

“Solórzano ha enriquecido las letras mexicanas, las guatemaltecas y el mundo literario, porque sus obras han sido reconocidas, traducidas a varios idiomas y estudiadas por críticos literarios que han consolidado el trabajo intelectual del escritor.”

En una entrevista concedida al poeta y periodista guatemalteco Juan Carlos Lemus en 2003, Solórzano expresó lo siguiente:

“Me siento lo que soy: guatemalteco-mexicano. He vivido la mejor parte de mi vida en México, aquí he construido mi hogar y he escrito lo que llevo escrito, pero mis raíces están en Guatemala, unas raíces que a veces duelen…”

 

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