Alfredo López Austin

De Alfredo, ¿qué añadir? Sus discípulos, sus colegas ya lo están diciendo todo. Sólo algunas anécdotas que quizá echan luz sobre su persona, su bonhomía, su generosidad, su sabiduría. Mis amigos y yo madrugamos el día de las inscripciones de tercer semestre de licenciatura (en septiembre de 1993) para alcanzar lugar en su curso Mesoamérica I. Lo logramos. En el viaje de prácticas que ese semestre hicimos a Monte Albán y Mi­tla, me enamoré de Gaby Pulido, mi esposa.

En esos años, el examen que Alfredo aplicaba (era obligatorio tutearlo: si le hablabas de usted no te respondía) consistía en dos preguntas, y elegías una para desarrollar un breve ensayo. Me tocaron El calendario maya y La traza urbana de Monte Albán. Estuve tentado a devolver la hoja en blanco, pero lo medité seriamente y me dije a mí mismo “no vuelvo a estudiar para este examen: voy por el seis”. Saqué seis. En el segundo semestre me tocó la pregunta correcta: La guerra entre los mexicas (sí, desde entonces era tema de mi interés) y me dije “de aquí soy”.

Años después, en un desayuno con amigos, con Martha y con Gaby, Alfredo dio muestras de su prodigiosa memoria y su perpetuo interés por sus alumnos al comentar aquellos exámenes: “Pedro es como (aquí, el nombre de un célebre matador de toros, que he olvidado)”. Como no sé de toros, le pregunté, “¿por qué, Alfredo?” Respondió: “Porque unas veces sales escoltado por la policía y otras, en hombros de los espectadores”. Así era: nos recordaba, seguía a sus alumnos, como nosotros a él. Volví a ser su alumno directo, como oyente, otros dos semestres, y con él y con Martha visitamos Palenque, Comalcalco, Tzin-tzun-tzan, Ihuatzio, Cempoala, Tajín…

Corría 1994, un año que nos revolucionó a muchos de quienes lo vivimos y tratamos de entenderlo. Fue el año del EZLN, que para sensibilidades y sabidurías como la de Alfredo significaba la reaparición en la superficie de las corrientes subterráneas de nuestra historia. En ese año y los siguientes hizo lo que pudo, cuanto pudo, por acompañar a las indígenas rebeldes. Además de ser asesor de los diálogos de San Andrés y de acompañar al obispo Samuel Ruiz en la comisión que detuvo la guerra tras la traición de Zedillo en 1995, estuvo con nosotros, como uno más, en el contingente de la Facultad de Filosofía y Letras en todas las marchas importantes, desde aquella multitudinaria que en enero de 1994 expresó su respaldo al zapatismo y exigió al gobierno detener la guerra.

A finales de ese año presentó uno de sus más hermosos libros, Tamoanchan y Tlalocan. Sus alumnos acudimos en tropel al Fondo de Cultura Económica a escuchar lo que decía en su más reciente libro, uno de los más hermosos (lo recordamos en estos días con Leonardo Lomelí y Lolita García Pimentel, dos de quienes formaron ese tropel). Y dos cosas se me quedaron grabadas para siempre: Alfredo se preguntó si en este país, si en un país como el nuestro, ante el “¡ya basta!” de los indígenas zapatistas, servía de algo ser historiador. “¿Sirve de algo ser historiador?, ¿tiene valor social lo que hago?” Y se respondió: “Si cada año contribuyo a que 50 jóvenes conozcan y quieran más a su país, mi trabajo tiene sentido”. Lo otro que recuerdo es el generoso, inmenso elogio que le hizo su amigo Eduardo Matos Moctezuma.

En 2000, Álvaro Matute reunió un equipo de colegas y discípulos suyos para hacer un balance de la historiografía mexicana del siglo XX, analizando 30 libros de otros tantos historiadores (el criterio de selección lo explican Matute y Evelia Trejo en la introducción del libro). Por unanimidad, indiscutiblemente, Alfredo quedó desde la primera lista, lo difícil fue decidir cuál de todos sus libros imprescindibles analizaríamos (o analizaría Federico Navarrete, quien escribió el ensayo sobre la obra de Alfredo). Nos decidimos por Hombre-Dios, su “biografía” de Quetzalcóatl, que inicia recordándonos que: “Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl […] nació, para bien de los hombres, en el altiplano central de México, en el año de 843, o en el de 895, o en el de 935, o en 947, o en 1156… ¿Nació? Porque según minuciosos estudios de las fuentes, se ha podido desde negar su existencia hasta afirmar que murió en Uxmal, en la Pirámide del Adivino, el 4 de abril de 1208, a las seis de la tarde, tiempo de Yucatán”.

No puedo tampoco dejar de recordar su fundamental carta de hace dos años, “No hay perdón para los regímenes coloniales” (https://cutt.ly/XRgDBce), que también muestra su creciente crítica al actual gobierno, lo que no reduce ni un ápice de mi respeto y admiración por él, al contrario.

Habría mucho más que decir, pero no queda espacio. Les mando un fuerte abrazo a Martha, a Leonardo, a todos los suyos; a la UNAM, al país entero, que lo echará de menos. Quedan por siempre su obra y su ejemplo.

 

Anterior Siguiente