María Luisa Puga, escritora imprescindible

María Luisa Puga nace el 14 de febrero de 1944 en el Distrito Federal. Muere el 25 de diciembre de 2004, también en el Distrito Federal. A principios de 1968 sale de México, para vivir en Londres y después viaja y vive por un tiempo en Roma, Grecia y Nairobi. En 1983 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Pánico o peligro. Colaboró en los periódicos: El Universal, La Jornada y el Unomásuno; su diario está documentado en trescientos cuadernos y existen cuatro novelas no publicadas.
Junto a la escritora Mónica Mansur, viajó a diferentes estados impartiendo talleres de literatura de escritoras mexicanas. Mucho del trabajo de María Luisa Puga, aparte del periodístico, fue como tallerista en el Distrito Federal y diversos estados de nuestro país. Afortunadamente participé en uno de sus talleres, solamente por dos mañanas, y sé por el maestro Heberth Sánchez, también tallerista importante en nuestro estado, que estuvo de visita en Colima con su amiga Verónica Valenzuela (D.E.P.), importante y querida tallerista también, de biografía de mujeres aquí mismo.


A mitad de la década de los 80 se va a vivir al poblado llamado Zirahuén, en Michoacán; con su esposo, también escritor, Isaac Levin, decidió irse para dedicarse por completo a la escritura y estar fuera de los reflectores.
A decir de Fabienne Bradu en su libro Señas particulares, escritora, María Luisa Puga escribe para ser, pues la escritora necesita ante todo crear otros seres: es decir, a sus personajes. “Volverse” otra para escribir la historia propia. Se necesita de la escritura para ganarse un pedazo de identidad, esto lo desarrolla ampliamente en su novela Las posibilidades del odio. En esta novela, retrata  indirectamente a México y reúne seis relatos cuyo hilo conductor es el país de Kenia, a fines de la década de los 70 del siglo XX. Me pareció muy importante y para mí, novedoso y clarificador, que cada relato está precedido por una cronología de la historia de ese país, desde 1888 hasta 1973.
Puga recurre a través de un epígrafe al inicio de Las posibilidades del odio a Franz Fanon, quien fue psicoanalista y filósofo, además de miembro del Movimiento de Liberación Argelino, al que representó diplomáticamente luego de la independencia de ese país. Según Fanon, el colonizado interioriza su rol subalterno para ser aceptado, por eso todas las narraciones en Las posibilidades del odio describen los efectos del colonialismo en la psicología de los personajes. Puga, observa la similitud entre las situaciones poscoloniales en África y México.


El capítulo que destaca más o quizá para mí el mejor, es donde desarrolla a su personaje femenino llamado Nyambura, y a ella se le ofrece la posibilidad de olvidar su negritud, su diferencia, a engañarse con la imagen distorsionada que le devuelve su pareja, el inglés Chris, uniéndose a él, sería un camino de “felicidad”. Nyambura se decide por el camino del odio, que le ofrece la posibilidad de recuperar y afirmar su identidad. Este camino implica dolor: separación y renuncia, y es el que decide Nyambura finalmente al regresar a Nairobi.
Nyambura, tiene claro que “hay que hablarse la historia propia; cada cual se la tiene que decir en sus palabras. Así se conquista la dignidad y no repitiendo nombres de reyes británicos o ríos y capitales y admiraciones disecadas, que es lo que hacemos todos, incluso los blancos”.
La autora afirma que encontró a México en Nairobi; que vio las contradicciones con grandes similitudes en ambos países como los racismos, el colonialismo bajo la máscara de su gente con sus mil identidades.
Entonces vemos que en su obra se manifiesta una gran preocupación social, tuvo simpatías con las ideas de izquierda, manifestadas en su literatura, y ya viviendo en México expresando su opinión en diversas ocasiones.
Aparte de su preocupación social, está la imperiosa necesidad de escribir para explicarse el misterioso fluir de la vida. También trata los temas de la orfandad, el conflicto amoroso y la amistad; sus personajes femeninos en sus novelas son muy reflexivos.

El libro La escritura que no cesa, es una compilación de varios ensayos sobre la escritura de María Luisa Puga, reunidos por Ana Rosa Domenella, ahí se dice que:


“Creo que escribo para no contar nada. Escribo para desahogarme, para entender, para hacer reales las cosas que veo cada día […]. Si no las veo en palabras se me evaporan, me atraviesa la conciencia como si fuera aire, inasible lo vivido. Me desespera”.

 

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