Leonora Carrington y la hiena

Una de las mejores iniciativas editoriales del Fondo de Cultura Económica fue darle un sitio en su catálogo a los Cuentos completos de Leonora Carrington. El libro es una rara avis en el mercado editorial no sólo por la calidad de los relatos sino por la edición de pasta dura y la separata con cuadros de Carrington que acompañan al libro, y claro está, por lo asequible en el precio.

¿Qué hay de valioso en esta edición? ¿Trae textos inéditos? ¿Cómo es posible ubicar a la narrativa de Carrington? ¿Con qué otros autores podría ser cercana en cuanto a temática y manera contar historias? ¿Carrington escribía en español? Esas son las preguntas más comunes que surgen en el lector al ver esta edición. Vayamos por partes.

Aquí se encuentran los relatos publicados en La casa del miedo y El séptimo caballo. La mayoría de los cuentos fueron traducidos del inglés al español por la poeta Una Pérez Ruiz, quien falleció hace unos años. El único cuento que no tradujo fue “De cómo fundé una industria o el sarcófago de hule”, que se dio a conocer en su versión original en español.

El libro se hace acompañar de tres historias inéditas: “El cabello de arena”, “La mosca del señor Gregory” y “Jemima y el lobo”. Este último relato viene a confirmar ideas que ya se han planteado en la prosa de Carrington: surgen de la vida cotidiana, de la inconformidad de una joven —la autora— que mira desde otro punto de vista la realidad en la casa de su niñez y adolescencia. Y gracias a esa rebeldía se da paso a la imaginación, a la construcción de relatos fantásticos, surrealistas, en donde aparece un amplio recuento de animales. Podría pensarse que se trata de fábulas de la consciencia, lúcidas, pero con momentos aterradores. La imposición de reglas y costumbres en una sociedad inglesa, anquilosada, llena de limitaciones para una joven que desea conocer el mundo desde otra perspectiva, se vuelve una temporada en el infierno, una cárcel. Por eso no deberá extrañarnos que ella teja una serie de situaciones inverosímiles, casi como una venganza o un retrato exuberante del entorno familiar para poder libertarse de la opresión.

Pero no todo es suspenso y terror, también hay historias lúdicas, tiernas, delicadas y entrañables. En cada una de ellas predomina la fuerza de sus imágenes, la claridad de su propuesta narrativa así como cierta dosis de humor negro. Desfilan sueños, pesadillas, rencores y caballos —a trote lento o a paso veloz—, en atmósferas perturbadoras. Se dice que Julio Cortázar tenía predilección por el cuento “Conejos blancos”, lo consideraba una pieza magistral. En los años sesenta, Agustí Bartra relacionó los cuentos de Carrington con la literatura infantil. La percibe más cercana a Andersen que a Lautréamont: “De un Andersen que hubiese heredado de la Alicia de Lewis Carroll, del aguijón de Swift y del Blake de Los cantos de inocencia”.

Tanto en su escritura como en las artes plásticas, Carrington dejó claro que le apasionaba la libertad de un caballo que corre y exhibe su crin alborotada. En su narrativa muestra interés por explorar el mundo fantástico y formula una ácida crítica a la sociedad.

En “La dama oval”, Lucrecia, la joven protagonista, se convierte en un caballo. Ella tiene un preciado juguete, un caballo de madera llamado Tártaro. Tras los regaños de una institutriz, su padre amenaza con quemar a Tártaro si ella no deja de transformarse en un ser hípico. La autoridad patriarcal queda reflejada.

En “La debutante”, el primero de los cuentos, una joven no desea estar presente en el baile que organiza su madre para presentarla en sociedad y se le ocurre que su amiga, la hiena, podría ocupar su lugar mientras ella pasa el tiempo leyendo Los viajes de Gulliver. La hiena toma su sitio, pero antes asesina a la sirvienta para poder usar su rostro y así lograr que no noten que no es un ser humano. La escritora exhibe lo intrincado que puede ser el laberinto que se construye en el inconsciente. La historia guarda cierta similitud con El baile, novela corta de Irene Nemirovsky en donde también queda reflejada la insatisfacción de una joven ante la intempestiva necesidad de la madre de organizar una fiesta lujosa e invisibilizar las necesidades afectivas de su hija.

“El punto es que en un cuento de hadas sabríamos que no es una hiena, mientras que en las historias de Carrington las hienas siempre son reales”, puntualiza en el prólogo Kathryn Davis y añade: “Amable lector, lector devastador, lector con el corazón roto, lector voraz, el mundo que Leonora Carrington rechazó tantos años atrás nunca desaparecerá, con sus crueldades y sus reglas sin sentido. Cosas indecibles te sucederán, pero tendrán lugar en un universo en el que el hedor de una hiena sentada a la mesa lo cambiará todo”.

Heredó de su abuela el gusto por relatar historias, precisamente ella fue quien le narró a Leonora el mito de la hiena, animal que también aparece con frecuencia en lo que pinta y escribe. “Noé impidió que la hiena subiera a su arca porque comía cadáveres y ululaba imitando la risa del hombre. Pero después del diluvio universal se cruzaron el lobo y la pantera, y la hiena volvió a nacer. A Leonora le obsesiona la hiena. Algunos de los relatos del medioevo dicen que la hiena tiene dos piedras en los ojos, y si alguien la mata, le saca las piedras, se las pone debajo de la lengua, puede predecir el futuro”, refiere Elena Poniatowska en su biografía novelada, Leonora (Seix Barral. México, 2011).

Leonora Carrington guarda cierta relación con la manera que posee Clarice Lispector de ver a los animales. Aunque la primera es más cruda en sus narraciones, Lispector termina por generar empatía por los perros, los monos, las gallinas y los caballos. Ambas aman a los caballos así de se trate de uno, dos, cuatro o siete, número mágico en los cuentos de Carrington.

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