Seis cuentos de terror en español que debes lee

Stephen King, Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft y Shirley Jackson son algunos de los primeros nombres que se mencionan cuando hay que referirse a los cuentos de terror. Ante la preponderancia de sus títulos, aquellos que fueron escritos en español y creados por autores hispanoamericanxs, han sido relegados durante la historia. “Siempre asociamos el género del terror, en lo narrativo, por lo menos, a la tradición anglosajona. [Sin embargo,] en América Latina sí tenemos una historia bastante antigua, desde la producción de leyendas en la época colonial, que tienen una fuerte presencia en el siglo XIX, hasta su transformación en literatura de terror o de corte fantástico”, explica Alejandra Amatto, docente e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde también coordina el Seminario de literatura fantástica hispanoamericana (siglos XIX, XX y XXI).

Ella misma remarca la importancia de la oralidad en la adaptación de las leyendas a textos escritos –cuentos de terror, novelas y narraciones del mismo género– que se difunden con matices regionales por toda Hispanoamérica. “La tradición oral es la base de la literatura y [ambas] van de la mano con los mitos que intentaban explicar el origen del mundo en las sociedades primigenias”, añade la académica de la Universidad Autónoma de Zacatecas, especializada en la función social y el miedo en la literatura de terror, Ana Valeria Badillo Reyes.

“Junto con la ciencia ficción, el terror ha sido de los géneros más castigados dentro de la literatura mexicana y latinoamericana porque la gente y los críticos consideraban que se trataba de un género menor, que no se podían hacer cosas desde un punto de vista estético, atractivo o socialmente importante, para transmitir los problemas y los conflictos de la sociedad”, explica Alejandra Amatto en entrevista con Gatopardo.

La académica de la UNAM rebate esa visión y asegura que “se ha comprobado en los últimos años, con la aparición de escritores y escritoras que han trabajado mucho el género, que hay una tradición del terror antiquísimo, por lo menos aquí en México y en América Latina, y que es un terror de características sociales. En muchos casos no se trata necesariamente de un fantasma, sino que detrás hay toda una historia que tiene que ver con los desafíos y los problemas de América Latina, como las dictaduras, los conflictos bélicos y las injusticias sociales”. Amatto identifica que, en muchas ocasiones, los escritores hispanoamericanxs “tomaron el camino de la crítica social a través de este género porque consideraban que en él iban a poder evadir un tanto la censura”, lo que es evidente en varios cuentos de terror.

Badillo Reyes comparte la postura de Amatto. “El terror es un discurso social, siempre se pueden velar muchas historias a través del miedo, por ejemplo, ‘Casa tomada’, de Julio Cortázar. Él nunca nos dijo que estaba en una dictadura, pero por cómo se va narrando absolutamente todo, uno puede entender que ahí está pasando algo”.

“Como personas que habitamos en Hispanoamérica, el miedo es importante, es primigenio, es inevitable y hay que aprender a vivir con esos fantasmas porque ellos son los que nos van a explicar cómo está conformado el territorio que estamos pisando”, concluye Badillo.

A continuación, seis cuentos de terror creados por escritores y escritoras hispanoamericanxs.

“La gallina degollada” de Horacio Quiroga (1917)

Badillo Reyes identifica a Horacio Quiroga como uno de los autores “más oscuros”, entre escritores como Edgar Allan Poe y  H. P. Lovecraft. El uruguayo es reconocido por su obra, constantemente equiparada con la de Poe, que retrata el entorno humano y su relación con una naturaleza llena de adversidades desconocidas, dolorosas y aberrantes.

A estas características responde el cuento de terror “La gallina degollada”, publicado en 1917 en la antología Cuentos de amor, de locura y de muerte. Se trata de un relato macabro y exasperante sobre los hijos de un matrimonio. El primero, a pesar de haber nacido saludable y adorable, con el paso de los meses se convierte en “un idiota” que no tiene control de su habla ni de sus movimientos y se limita a imitar lo que sus padres le enseñan. La pareja, en su búsqueda de procrear un hijo sano, concibe tres hijos más que se vuelven víctimas del mismo padecimiento. Finalmente, dan a luz a una niña que no corre la suerte de sus hermanos, pero al estar rodeada de ellos, la acecha la tragedia. Es un cuento alegórico de la locura, la enfermedad y la muerte.

“La noche de Margaret Rose” de Francisco Tario (1943)

Para hablar del escritor mexicano Francisco Tario, Alejandra Amatto cita a Gabriel García Márquez, quien afirmó que “La noche de Margaret Rose” es uno de los mejores cuentos del siglo XX. Se desarrolla a través de la memoria de Mr. X, un hombre que recuerda el primer encuentro que tuvo –un década atrás– con Margaret Rose, una joven que después se casó con un “multimillonario yanqui”. Luego de muchos años, Margaret le envía una carta a su viejo amigo para encontrarse y jugar ajedrez, el pasatiempo predilecto de ella. Sin embargo, al llegar a la mansión de Margaret, a Mr. X lo abruman la desesperación y la confusión, pues detecta algo inexplicable en Margaret y en la atmósfera que los rodea.

Este cuento forma parte del libro La noche, publicado en 1943, en el que Tario demostró su capacidad literaria para hacer que “lo imposible conviva con lo rutinario, lo trágico se vuelva agriamente cómico y lo absurdo, irremediablemente lógico”, según describió el escritor argentino Alberto Maguel. En cuentos de terror como “La noche de Margaret Rose”, Tario logró que el miedo emanara de los animales, los objetos inmóviles y los entes ambiguos.

“Autrui” de Juan José Arreola (1952)

A pesar de su corta bibliografía, Juan José Arreola es considerado uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo XX. Su incursión en los cuentos de terror resultó en obras sobresalientes como “Autrui”, que mantiene la brevedad que caracterizó el estilo literario del autor jalisciense. En apenas unas cuantas líneas, el autor plantea un temor que parece cobrar más fuerza y universalizarse entre los individuos de la sociedad con el paso de las décadas: el miedo a la rutina que acecha a cada persona en la incertidumbre cotidiana hasta la muerte.

Al relato “Autrui” se le piensa como un botón de muestra de la narrativa filosófica y poética, breve e irónica de Arreola, influida por escritores como Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Charles Baudelaire.

Música Concreta de Amparo Dávila (1964)

En el uso del terror para la crítica social de temas cotidianos y estigmatizados, “un ejemplo clarísimo en México es la obra de Dávila, que tiene una esencia de lo fantástico-terrorífico muy importante y plantea temas muy subversivos para la época, como el aborto, no desear la maternidad y el abandono de la pareja”, explica Amatto.

Uno de sus cuentos de terror Música concreta forma parte de la antología homónima publicada en 1964 por el Fondo de Cultura Económica. En él, Dávila aborda el adulterio a través de la narración de Marcela, quien ha descubierto que su esposo tiene una amante. Desde que se sabe engañada, la mujer percibe el croar de un sapo que irrumpe en su tranquilidad, que la acecha y amenaza con volverla loca. Para Marcela, la amante de su esposo toma la forma de un sapo grande de ojos amenazantes, fríos y terroríficos. Mediante la presencia de este animal, Dávila expresa el daño psíquico, emocional y físico que provoca ser víctima de infidelidad, además de ilustrar las conductas que el adúltero adopta para descalificar la certeza que tiene su pareja sobre el engaño y para evadir la confrontación por sus acciones.

“La casa del Estero” de Fernanda Melchor (2013)

Oscilando entre la crónica y el cuento de terror, Melchor recaba las experiencias espeluznantes de un grupo de jóvenes, durante los noventa, dentro de una propiedad abandonada en Boca del Río, Veracruz, conocida como la Casa del Diablo, en la que los curiosos se escabullían atraídos por las leyendas que se contaban del lugar. Es el relato de una posesión demoniaca.

“La casa del Estero” es prueba de que la oralidad es vital para la literatura de terror. Según la propia escritora: “En Veracruz no hay una cultura del archivo; no hay hemerotecas. Hasta te ven raro si preguntas. Si quieres buscar papeles, es ver qué encuentras entre lo que la gente guardó”. El cuento es parte del libro Aquí no es Miami, publicado por Almadía en 2013, en el que la autora aborda el Veracruz de las últimas tres décadas, marcado por la violencia, el narcotráfico, la migración y los escándalos sobre las artimañas del gobierno.

“Bajo el agua negra” de Mariana Enriquez (2016)

“Hay casos como el de Mariana Enriquez, que mediante elementos que tienen que ver con el terror se replantean el sujeto de estudio del texto terrorífico”, dice Amatto sobre la obra de la autora argentina. “Si hace dos siglos a la gente, por cuestión cultural, lo que le asustaba realmente era un fantasma en un castillo, ahora no, en América Latina nuestros terrores son otros. Las experiencias de las dictaduras militares en el cono Sur, por ejemplo, nos han enseñado que el terror puede tomar un aspecto social y político mucho más duro”.

En uno de sus cuentos de terror “Bajo el agua negra”, que forma parte de Las cosas que perdimos en el fuego, publicado en 2016 por la editorial Anagrama, hace un retrato crudo de la brutalidad policial que, en Argentina, como en muchos otros territorios del mundo, recae particularmente sobre las poblaciones vulnerables. Para crearlo, la autora se basó en un caso real que sacudió a su país en 2002, cuando unos policías obligaron a dos adolescentes a nadar en un río de aguas putrefactas y completamente contaminadas con desechos industriales. Los chicos murieron ahogados en la podredumbre. Este caso le dio a Enriquez el punto de partida para ahondar en la violencia estructural que recae en los jóvenes, las mujeres, los pobres; la que se vive en los barrios, a la orilla del río donde quedan los desechos que ya han producido dinero para un grupo económicamente dominante. La propia Enriquez aseguró que para escribirlo “trabajó con sus propios recuerdos” de Argentina, es decir, con lo que ella misma ha presenciado.

 

 

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