Irse de casa, volver a casa

Con frecuencia imagino la mañana en la que un niño de ocho años llamado Guillermo Fernández decidió irse de su casa. Apenas comienza el mes de octubre y las mañanas son frescas. Ha dejado sobre el buró la carta, escrita en una hoja rayada de su cuaderno escolar. Ha reunido en un hatillo —sí, como en las ilustraciones que ha visto en algún cuento— una muda de ropa. Se viste en silencio sin encender la luz y sale al patio donde respira el olor de la vegetación reinante: guayabos, arrayanes, naranjos a los que ha puesto nombre, aunque esta vez su saludo sea una despedida: “adiós, Juan”, “hasta la vista, Pedro”. Tal vez, a la carrera, pero sin hacer ruido, bebe un vaso de leche que deja sobre la mesa. Empuja la puerta de madera y sale a la calle.

Treinta años después su madre la mostraría al joven en que se había convertido Guillermo la misiva del adiós, sólo dos líneas escritas a lápiz: “Me voy porque esta casa no me gusta, y porque las otras que veo tampoco me gustan. Me voy y ya no voy a regresar”. Y lo cumplió. Mucha agua había corrido bajo el puente, y mucha más habría de correr pues el espíritu nómada que habitaba en el poeta Fernández nunca lo abandonó.

No dejo de pensar en sus razones, o en las de otro niño indomable, poseído por una avidez vital desde muy temprano. El caso de Arthur Rimbaud es ya proverbial, escapándose una y otra vez de la casa materna, devuelto una y otra vez por la policía o sus maestros. Largas, extenuantes caminatas que muy pronto continuarían en las más inhóspitas regiones de África, donde traficó con armas y colmillos de elefante. “El hombre de las suelas de viento”, le apodó Verlaine. Guillermo Fernández recorrió nuestro país ejerciendo los más diversos oficios imaginables: vendedor ambulante, bibliotecario, programador radiofónico, publicista, entrenador de un equipo de futbol… O en Italia —enamorado de la lengua y de la literatura que muy pronto comenzaría a traducir inmejorablemente—: “extra” en los estudios de Cinecitta en Roma, estudiante de italiano en la Universidad de Perusa, empeñosísimo aspirante a monje franciscano en Asís, camarero en Forte dei Marmi a orillas del Mar de Liguria… De aquí que valga tanto la pena asomarse a las memorias que dejó inconclusas y que el antiguo Fondo de Cultura Económica publicó en 2017. Su título: Éste, fue elegido por el propio Guillermo con toda alevosía, pues su propósito al narrar sus asombrosas peripecias fue hacerlo “en el mismo tono que empleo cuando hablo con los amigos”. Y así lo hizo. Se trata de un libro entrañable, escrito en una prosa vibrante que junto con Arca —el volumen de su poesía reunida, publicado por la Secretaría de Cultura de Jalisco en 2010— aún esperan lectores más allá del círculo, tan cuidado por él, de sus “primogénitos del corazón”.

Los últimos años de su vida los pasó Guillermo en la ciudad de Toluca. Vivía en una casa minúscula en la que recibía a sus amigos y a los alumnos de su taller literario. Una gatita entraba puntualmente por la ventana de la cocina y comía en la palma de su mano. A la entrada había un rosal, su mayor lujo. El 2 de octubre de 2012 Guillermo cumpliría 80 años y nos preparábamos a festejarlo con el indispensable tequila y con una subida al Xinantécatl, el gigante dormido al que amaba. Alguien, con otras intenciones, le quitó la vida en la noche del 30 de marzo, en la sala de su casa. En un país tan oscuramente sembrado de crímenes, el de Guillermo es, dolorosamente, uno más.

El año entrante nuestro amigo cumplirá 90 años. Conocemos sus deseos. Subiremos al volcán con sus cenizas y lo dejaremos allá, entre el cielo y la tierra, en su casa abierta.

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