Fuerzas, contrafuerzas y debilidades de la 4T

Hay que preguntarse hasta qué punto el triunfo de López Obrador se nutrió de la ambigua exigencia social de un retorno del “buen PRI”: nacionalismo, petróleo, desarrollo y un discurso de justicia social. Pero lo que distingue a la 4T de un movimiento general de “restauración” es que su discurso no proviene del PRI, aunque comparte con él una misma matriz: la Revolución Mexicana. Solemos pensar al revés al considerar que el PRI es el legítimo heredero de la Revolución y que son suyas las obras que hoy mantienen el país con alfileres (instituciones de salud, de educación, de gobierno). Más bien diríamos que fue el heterogéneo impulso revolucionario lo que hizo surgir cierta idea de nación que el PRI instrumentó y, en un periodo bastante breve, también demolió.

La Revolución Mexicana involucró multitud de intereses y fuerzas. Pero lo que cuenta son los hitos que instituyen promesas, las reivindicaciones discursivas que permiten nuevos reacomodos sociales y las aspiraciones que pueden trocarse en demandas legítimas. La pregunta es: ¿qué relación mantiene la 4T con este universo más amplio que enmarca a México actualmente? Hay al menos dos grandes líneas de fuerzas hegemónicas: la Revolución Mexicana y la “transición a la democracia”. Pero la fuerza de ambas solamente viene de lo que las animó. La primera no es nada sin la base social que la impulsó, la llevó a cabo y después intentó instituirse. Los experimentos de autogestión del norte, la lucha desde la prensa liberal, la organización indígena, pero también la batalla ideológica y por la hegemonía, son su sangre. La segunda tampoco es nada sin los movimientos campesinos y estudiantiles, víctimas de la guerra sucia de ayer y hoy. ¿Qué relación mantiene entonces la 4T con ese universo que abanderó y que conjuga la demanda de justicia social y democracia?

A López Obrador se le acusa de autoritario, de enemigo de las instituciones, de populista, etcétera; pero, ¿cómo calibrar su figura al respecto? Como se ha dicho otras veces, no proviene de la izquierda (ver: https://revistacomun.com/blog/el-nacionalismo-revolucionario-de-amlo-y-su-confrontacin-con-la-clase-media-ilustrada/?amp). No proviene de movimientos sociales ni universitarios ni intelectuales. Su desdén por todo ello, se nota. Proviene, en cambio, de un marco claramente estatal que busca restituir sus poderes de acción para combatir la injusticia económica.

Morena llegó tercamente por las urnas, es decir, en el único marco pensable para un gobierno. Eso debería dar una lección a todos aquellos que lo acusan de autoritarismo. Fue Fox el que intentó bloquear a López Obrador fuera de las urnas con el invento del desafuero. Fue también Calderón el que, en contra del masivo descontento popular y en contra de la más mínima actitud democrática, se negó al recuento de votos en la elección con la que se hizo de la presidencia. Finalmente, es imposible olvidar los escándalos de las tarjetas Monex durante la campaña de Peña Nieto, prueba de que lo peor del viejo PRI nunca se fue y más bien constituyó la primera lección, bien aprendida, por el resto de los partidos.

López Obrador no hizo listas de enemigos como Claudio X. González, ni siguió la bien arraigada tradición de encarcelar a algún hermano o colaborador del expresidente inmediato anterior. No ha hecho montajes televisivos ni ha proclamado verdades históricas. López Obrador tiene la virtud y el vicio de ser transparente, de no filtrar ni matizar sus opiniones, incluso de expresarlas antes de toda reflexión. Hay problemas en la 4T que enseguida mencionaremos, pero la simulación y el engaño no son parte de ello. De todo el universo político dominante, López Obrador ha sido el más apegado a las instituciones, con todo y que en su incontinencia verbal las mande al diablo.

La Mañanera, tan denostada por tantos, es un ejercicio inédito de exposición de la figura presidencial al directo interrogatorio de los medios. Todos los expresidentes anteriores se negaron a entrevistas o las concedieron a periodistas dóciles y no más de dos veces durante todo el sexenio. López Obrador es protagónico y no disimula sus enemistades. En ello sobrepasa cierta neutralidad que exige su investidura. Pero es una inconsecuencia llamarlo autoritario cuando fueron otros presidentes los que cerraron periódicos, asesinaron periodistas y sabotearon medios de comunicación. No hablo del lejano golpe a Excélsior, sino de episodios como el de Aristegui. No se hable ya de casos emblemáticos como el de Lydia Cacho que sirve como botón de muestra. López Obrador se mueve sin duda en un borde peligroso, pero todos sus antecesores se colocaron en una orilla clara: violencia sin necesidad de explicaciones, secrecía, opacidad. La facilidad para generar escándalos se debe a sí mismo.

En cuanto a sus opiniones, muchas pueden sonar desafortunadas, pero más desafortunado es tomarlas como ejemplos de una personalidad caprichosa y no como juicios que deben evaluarse. Por ejemplo, que hay una “mafia del poder” no es discutible. La riqueza está concentrada en pocas manos en México, en EE.UU. y en todo el mundo. Consta en todos los indicadores nacionales e internacionales. Algo similar sucede con la acusación contra la UNAM. Ésta se ha neoliberalizado claramente en sus prácticas: precarización laboral, sistema de estímulos individuales que castigan la cooperación, apoyo desmedido a proyectos que favorecen a la iniciativa privada, etc. Pero no sólo es la UNAM. Todas las grandes las universidades en el mundo lo han hecho. Y no sólo Estados Unidos, que abiertamente abraza un discurso de élite y meritocracia. Europa misma instauró un modelo semejante en toda la Unión Europea por medio del Plan de Bolonia. No hablemos de Chile, cuyo modelo educativo neoliberal llevó a los y las estudiantes a las calles.

También se ha hecho escandalosa la afirmación de que el neoliberalismo ha promovido nuevos derechos favorables al ecologismo o el feminismo para no hablar de la desigualdad social. No es una tesis de López Obrador. En todos los gobiernos que pueden llamarse neoliberales (caracterización no menos burda que la de “socialdemócrata”) las agendas feminista, ecológica o LGBTT+ han logrado gran preponderancia. Es lo que decide hoy entre liberales y conservadores y otros temas como la posición frente al matrimonio igualitario, el aborto o la legalización de las drogas. Pero, repito, no es una tesis de López Obrador, sino de innumerables pensadores, esos sí, de izquierda, quienes han señalado el modo en que dichas luchas han desplazado y desautorizado otras de carácter económico. Pero es terco separarlas. Muchas feministas y luchadorxs LGBTT+ han mostrado el entrelazo entre capitalismo y patriarcado, entre el modo de desear y el consumo, entre cambio climático y explotación. Neoliberal es hoy quien sostiene que es posible “salvar el planeta” sin cambiar el modo de relacionarse con la naturaleza y el trabajo humano, es decir, el defensor del “capitalismo verde”.

López Obrador también ha sido blanco de críticas por señalar que las universidades son fuentes de corrupción y de privilegios de clase y que masivamente defienden proyectos sociales y económicos acoplados al statu quo. Los gastos de ciertos grupos en todas las universidades públicas era, en efecto, desmedido e injustificable. También señaló el modo en que las grandes políticas sociales y económicas de los últimos años fueron posibles gracias al servicio que les prestaron los medios de comunicación y muchos grupos de la “sociedad civil”, en realidad brazos de las empresas. Tampoco se equivoca al señalar que los grandes proyectos de generación de energías renovables en México, lejos de constituir una alternativa, han resultado ineficientes, han causado desplazamientos forzados y siguen beneficiando solamente a grandes propietarios.

Señalar los gastos absurdos de ciertos sectores en universidades públicas, el uso de los institutos de investigación y del mismo CONACyT para avanzar políticas neoliberales, el uso de recursos públicos para la investigación de asuntos que no son indiferentes, sino que incluso van en contra de la justicia social, la crítica a la UNAM, a los medios, etc., en todo ello ha tenido razón. Pero López Obrador ha tenido sólo la mitad de la razón. Donde se equivoca es en la creencia de que todos esos organismos que han mantenido la vigencia de un régimen pueden ser capturados y controlados como si así pudieran ponerse al servicio de la causa social. En un artículo muy afortunado Diana Fuentes menciona el punto ciego de López Obrador: las universidades públicas siguen siendo un refugio para el pensamiento, las artes y las ciencias no conformistas no gracias a sus rectores y juntas de gobierno, sino a pesar de ellos. Las protestas estudiantiles, la curricula no conformista de profesoras y profesoras, la vinculación sociopolítca de sus miembros, la lucha de investigadores e investigadoras por hurgar en el mundo natural y social más allá de los intereses de grupos y gobiernos; es decir, eso que llamamos autonomía socialmente comprometida (y no caprichosa) es lo que las sigue haciendo imprescindibles. Lo mismo sucede con los institutos de investigación (think tanks verdaderos) que maquilan ideólogos: ahí mismo se fraguan también sus acérrimos críticos. Cada sitio, aparentemente funcionado en beneficio de algún actor político, puede y suele convertirse en una arena de contestación internamente.

La recaptura de las instituciones es tan imposible como indeseable. Imposible, porque la compleja red de dependencias y la relativa autonomía ganada por ellas, no puede echarse atrás sin destruir lo que se pretende salvar. Indeseable porque la toma de control, si bien desarma a los grupos enquistados de poder, también destruye todos los grupos que resisten ahí y desde ahí. La universidad no es plural por vocación, sino por ejercicio. El juarismo de López Obrador queda por detrás de su inspiración en cuanto que, urgido por actuar a favor del desfavorecido, sacrifica la estructura social, de gobierno y discursiva que asegurarían una efectividad profunda a largo plazo. No me refiero a la popularidad, que aún sigue siendo alta en muchos sectores, sino a las organizaciones sociales (que van desde las agrupaciones coyunturales hasta modos de organización que operan de facto como organizaciones) y movimientos (guerra sucia, desaparecidos, feminicidios) aliados por causas comunes. Diagonalmente, es la hegemonía, al menos aquellas alianzas que hacen legítimo y deseable un gobierno. La derrota en la CDMX (ver: https://revistacomun.com/blog/quisiera-pensar-que-la-derrota-en-la-cdmx-proviene-de-la-clase-media-pero-tengo-otros-datos/) es signo de que la 4T le ha dado la espalda a movimientos progresistas y con vocación de justicia social, centrando su gobierno en una cruzada contra la pobreza en la cual se pide el sacrificio de todos. A diferencia de Juárez, quien promovió una filosofía (el positivismo, para enfrentarse al dominio de la iglesia) siguen faltando ideas de gran aliento, las cuales requieren no de los intelectuales como clase, pero sí de la participación del intelecto en general.

Me consta que la Cartilla Moral de López Obrador ha congregado a pensadores y pensadoras de gran talla y ha sido motivo de intensas discusiones. Pero éstas no salen a la luz. Se quedan en pequeñas reuniones y más bien termina pesando un tufo moral, una cruzada cuasi religiosa por los pobres que mira en las clases medias a traidores en cuanto que no están dispuestos a darlo todo por la causa. Falta el momento jacobino, del momento de pensamiento árido y de negociación con sectores clave. Sin ello, se cae la hegemonía necesaria para lograr cambios. Es ilustrativo el destino del Fondo de Cultura Económica. Debe celebrarse la política por abandonar la inercia de producción de libros para las élites; pero al mismo tiempo, se han cancelado innumerables proyectos que no operan en la lógica de la urgencia. El éxito del Fondo de Cultura Económica en sus inicios consistió en articular, simultáneamente, la producción de clásicos para la gran población y la publicación del trabajo intelectual de punta. Se vertieron al castellano todos los intelectuales que estaban haciendo el mundo de las ideas en ese momento y sin el cual no podrían haberse formado generaciones y generaciones de profesionales en México. No es que se deba salvar a toda costa la “intelectualidad” como grupo o clase, pero sí el intelecto en general, el cual requiere de tiempo, recursos, libros, universidades, profesores y profesoras bien pagados… y estudiantes en universidades públicas y gratuitas.

El problema con López Obrador no es que se le pase la mano, sino que no va lo suficientemente lejos. Tiene razón en criticar, por ejemplo, los parques eólicos, pero el Tren Maya no será diferente solamente por tener detrás una idea de desarrollo social. También destruirá el medio ambiente y también desplazará comunidades si no lo somete a consideración pública. El CONACyT no se volverá independiente ni sólido apoyando proyectos de corto plazo. La investigación básica, incluidas Humanidades y Artes, que salen de las prioridades actualmente, son lo que otorga el saber base, las reflexiones fundamentales y la sensibilidad general capaz de mover un país con un aliento más largo y con ideas políticas, más allá de las necesarias y urgentes intervenciones.

Los medios centralizados de información no pueden contrabalancearse con críticas directas y amenazas, sino con la promoción y empoderamiento de otros medios. El desprecio de la sociedad civil (categoría del mundo burgués) está bien fundado en cuanto ésta suele abanderar intereses personales y no de grupo, pero este deprecio termina golpeando también a organizaciones no gubernamentales (ONG) que cobijan la causa de los migrantes, de las mujeres y otras minorías y que se han convertido en las últimas esperanzas de periodistas y víctimas de la guerra sucia, la de entonces y la de ahora (ver: https://www.animalpolitico.com/seguridad-180/las-justicias-transicionales-en-la-era-de-la-4t/). El gobierno no puede producir lo que salva a la sociedad, que son sus redes de apoyo, cuidado mutuo y corresponsabilidad, de alegría compartida y de lucha, y administración organizada. Un gobierno necesita tanta base para gobernar como para ganar en las urnas. La visión de una transformación está apenas en ciernes.

Pero debemos tener cuidado con lo que decimos y con lo que deseamos. Más allá de lo que López Obrador y Morena logren (o arruinen), debemos preguntarnos lo que nosotros decimos, criticamos y por lo que clamamos. El riesgo que corren todos los sectores decepcionados con López Obrador consiste en convocar a las fuerzas más oscuras y reaccionarias de este país. La macabra alianza PRI-PAN-PRD no es en absoluto un “balance” contra los excesos de Morena, ni contribuyen a pluralidad alguna. Su proyecto es el mismo de siempre y lo que dio el triunfo a López Obrador. O no serán todavía peores, porque antes que partidos son ya meros grupos privados cuyo único interés consiste en recobrar el poder.

Nada hay en sus discursos (no hablemos de acciones políticas) que cuestione las fuerzas económicas dominantes, los modelos de producción o que busquen modificar las condiciones del trabajo o combatir la precarización, etc. Suyo es el discurso del odio (hacer listas, promover el desprecio por la figura presidencial) y del miedo (decir que México se hundirá en una crisis económica sin precedentes por culpa de una sola persona), la movilización de emociones y frustraciones.

Quien cede a la crítica del obradorismo sin criterio, quien lo condena y quiere ver en él a un líder totalitario no mira hasta qué punto él mismo se convierte en lo que encarna, una persona irracional, arrastrada por sus afectos y dispuesta, ante todo, a condenar furiosamente. Veremos hasta qué punto como sociedad deseamos en verdad serle fieles a las exigencias de justicia social y democracia, o si se mueve en nosotros un fondo oscuro que, soñando todavía con un retorno del PRI, convoque un monstruo mucho peor.

 

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