Ejercicios de admiración

Ejercicios de admiración

Qué mejor antídoto que la admiración contra estos tiempos oscuros, tiempos sin nombre, que dicen vivimos.
¿Qué mejor que rescatar, venerar, admirar, dar nombre?
Qué gran consolación. Qué acto terapéutico para este tiempo que llamo la época de los Orkos.
Al modo de Emil Cioran, practico ejercicios de admiración:
Admirar / Relajar
Como mantra, como un va y viene de un ejercicio respiratorio, sístole / diástole:
Admirar / Relajar
Buena partitura para estos tiempos oscuros, a los que conjuro y me niego a contribuir.
Me dejo fascinar. Nostalgia de la armonía con el mundo que tanto anima la poesía de Saint John Perse. De este modo, los ejercicios de admiración se convierten en ejercicios de profundización en el conocimiento de uno mismo.
Soy lo que admiro, escribió Gustavo Adolfo Bécquer certeramente.
Deseo hoy hacer un ejercicio de admiración y poner en valor ciertos nombres que me han acompañado en mis viajes amando a América.

Amar América
Recuerdo aún la inocencia con la que leí a los antiguos Cronistas de Indias, la circunstancia y el lugar.
Viaje por el Golfo de México, viaje lento por Tlaxcala, Hidalgo, el Peñón de Bernal, Quiahuiztlán, el lugar de la lluvia, y tantos otros lugares míticos que los cronistas describieron palmo a palmo.
Los cronistas de Indias,estaban allí, a pie de obra, bisagras vivientes entre un mundo y otro. No relataban de oídas. Eran sus vidas las que estaban al servicio del relato, las que lo estaban viviendo, y encarnando, haciéndolo carne de su carne.
Verbi gratia: relatan los dieciséis nombres de llamar al oro (Colón) con gran minucia, la disposición de los mercados y los muchos frutos nuevos que ven (Bernardo de Balbuena), las penalidades de bajar atado con sogas por el cráter de un volcán (Popocatépetl) y subir atufado de azufre, sintiendo que era peor que los dolores de parto que luego se olvidan, y volvería a bajar tantas veces lo mandase el Señor Cortés, escribe Bernal.

Quién fuera cronista de Indias
¡Quién fuera cronista de Indias, allí, in situ, viviendo el film mientras sucede!
Recuerdo aún la emoción con la que leí al soldado Bernal Díaz del Castillo.
Iba yo en el humilde camión del Golfo, con la gente aún más humilde, sobre la que he escrito algunos poemas.
Siento que, leída la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, yo he estado en esa conquista, más que nada, descubrimiento.
Después vino la lectura del nunca acabado de ponderar, José Luis Martínez, con su obra Hernán Cortés, en el Fondo de Cultura Económica, que también leí en aquel tiempo y en aquella circunstancia viajera.
Recuerdo los debates que mantuve con intelectuales de la Ciudad de México sobre el Imperio Azteca, la Conquista, la identidad, el mestizaje, que los más preclaros escritores de la República Mexicana (Carlos Fuentes, Octavio Paz, entre otros) han admitido como un hecho histórico, identitario, sin más, contra toda polémica y revival de lo llamado natural, de lo originario.
Por mi parte, he escrito un poema contra la idolatrización de un mundo puro y sin mezcla alguna: Todos hemos visto a César

Carnets de viaje
No ignoro otras realidades de América. Lo mío, además de la literatura, es el estudio de las sociedades, y he dado muchas vueltas y bastantes conferencias por la Región, analizando y criticando la desigualdad de género y otras muchas desigualdades, cuestiones típicas de la sociología.
Sin embargo, elijo deliberadamente otra dirección para mi escritura. Tal vez la del sueño. De toda la memoria solo valen los sueños, el poeta debe hacerlos valer (Antonio Machado dixit).
Al modo de Ortega y Gasset, digo que el mundo de los sueños y de las alucinaciones se diferencia solamente del de las realidades en que en éste ejercen su función policíaca las leyes de la física o de la fisiología.
Esto aconteció mientras escribía aquellos carnets de viaje, y lluvias torrenciales cayeron toda la noche.

Orgullo de Valdepeñas / Bernardo de Balbuena
O acaso no se mueve también en la región del ensueño este extasiarse de Bernardo de Balbuena (natural de Valdepeñas, La Mancha) al contemplar la magnificencia mexicana, escribe:
En ti se junta España con la China, Italia con Japón, y finalmente, un mundo en trato y disciplina. (Bernardo de Balbuena, Grandeza mexicana).
Mas luego que sentado encima de sus delicadas ondas, vi una soberbia y populosa ciudad, no sin mucha admiración dije en mi pensamiento: esta sin duda es aquella Grandeza mexicana, de quien tantos milagros cuenta el mundo.

 

Calle Bernardo Balbuena de Valdepeñas

Esta dimensión del sueño con la que trabajo México, me da el sosiego de los cromos antiguos y las visiones beatíficas de las viejas enciclopedias para la infancia. Y me relato a mí misma:
Allí está la montaña, el sol sobre el cielo, la casa, un árbol, el perro guardián en su caseta. A lo lejos, el río con sus meandros. Y más lejos aún, en la lontananza, el tren con su máquina echando un humillo suave, tenue, gris.
Todo es cierto y seguro en ese cromo. Nada por barlovento, ni por sotavento. Ningún riesgo.
Así me gusta ensoñar la República. Me hermano con Bernardo de Balbuena.
En Valdepeñas se le rinde homenaje a su persona y se guarda memoria de él en calles, en la Iglesia Mayor, y su estatua preside un paseo.

Otro grande, Bernardino de Sahagún
¡Ah, maravilla! Me emociono, me entusiasmo con ese orden perfecto de abundancia y de cromo enciclopédico que vio, y que para fortuna plasmó en una exacta descripción que conforta aún.
Qué mundo perfecto, qué calma, qué sentido de la vida. Escuchémoslo:
Ponían por orden todas las cosas que se vendían, cada cosa en su lugar (…) Estaban en una parte del tianquez los que vendían oro y plata y piedras preciosas, y plumas ricas de todo género. En otra parte, se ordenaban los que vendían cacao y especias aromáticas (…) En otra parte se ordenaban los que vendían mantas grandes, blancas o labradas. En otra parte estaban por su orden los que vendían las cosas de comer, como son maíz blanco y maíz azul obscuro, o negro, y colorado y amarillo (…) En otra parte se ordenaban los que vendían frutas, como son cerezas y aguacates, ciruelas silvestres, vayadas, batatas y batatas de raíces que se llaman Quauhcamotli, y zapotes… (Bernardino de Sahagún, 1499-1590).

Colofón
Hace tiempo que había tomado una grande y muy determinada determinación (dicho al modo firme de Teresa de Ávila). Y ésta era dedicarle unas páginas a nuestra América, o lo que es igual, escribir sobre esta pasión: somos españoles de América y americanos de España, como dijera con orgullo el inigualable poeta Rubén Darío.

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