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El cumpleaños del perro | El escritor Sergio Pitol
Sergio Pitol fue Premio Cervantes de Literatura 2005. Radicó en Xalapa hasta el día de su muerte el jueves 12 de abril de 2018. Poseedor de una voz original, apartada de los estilos y modas imperantes en las literaturas de habla hispana, Sergio Pitol le dio a las letras mexicanas un vigor y rigor siempre bienvenidos.
Nacido en 1933 en Puebla, Sergio Pitol fue un escritor non, un hacedor de literatura desde el abismo de la inquietud intelectual. Viajero incansable, durante más de tres décadas fue funcionario del Servicio Exterior Mexicano en Checoslovaquia, Polonia, Hungría, Rusia, Italia, China y España.
A parte del Cervantes, Pitol fue reconocido con otros premios: el Xavier Villaurrutia en 1981, el Nacional de Literatura en 1983, el Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura de 1993, el Mazatlán de Literatura en 1997, el de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1999. Además, en 1997 fue electo miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua y en 1998 se le adjudicó, merecidamente, el doctorado Honoris Causa de la UNAM.
El gran bagaje de lecturas y contextos culturales le permitió a Pitol no solo adquirir "materia prima" para su labor literaria, sino que le dio lo más gratificante: ver la diversidad para, desde allí, fincar su estilo de escritura.
Sobre su labor escritural, colegas y críticos literarios han ponderado sobre el autor de El tañido de una flauta/ 1972. Juan Domingo Argüelles, Sergio Pitol apunta: “Es de los autores menos comerciales, en el sentido que habría que insistir de que él escribió lo que quiso escribir y no se plegó a las modas, a cuestiones de mercado, creo que es uno de los escritores más auténticos y además también atípico, porque su literatura es una literatura que no se parece a ninguna otra, con una parte de festividad, con algo de grotesco deliberado, una literatura muy singular diría yo”.
Por su parte, Eduardo Langagne señaló que “además de su muy apreciado trabajo creativo como prosista y traductor, Sergio Pitol tiene enormes merecimientos por su faceta de editor, tarea a la que ha dedicado tiempo e inteligencia. La Biblioteca del Universitario, creada por Pitol en la Universidad Veracruzana, representa, a decir de sus colaboradores, una autobiografía intelectual”.
La literatura de Pitol es única, no se parece a ninguna otra desarrollada por autor alguno mexicano. Bastaría su novela Domar a la Divina Garza/ 1988 para situar a Pitol como un novelista de excepción donde conjuga lo que toda novela debe poseer: un mundo propio, extensivo, hilado desde la perspectiva y la reticencia moral de cada personaje. Dante (personaje de la novela) es el alter ego de Pitol para contar una historia que es muchas a la vez: la de un hombre viajero por Estambul y Roma.
No pretendo hacer un desglose de toda las obras de Pitol, pero es imprescindible citar su libro de cuentos Nocturno de Bujara/ 1981, llamado Vals de Mefisto en la segunda edición de 1989, sus dos libros de ensayos-ficción espléndidos: El arte de la fuga/ 1996 y Soñar la realidad/ 1998, para ubicar a Pitol como un autor de renombre universal.
Sin embargo, la labor de Pitol no se acotó sólo a la ficción. Sergio Pitol fue uno de los escritores-traductores más activos y prolíficos que ha dado México. Aún se recuerdan sus enriquecedores prólogos a novelas y tomos de cuentos editados en la serie "Sepan Cuántos...", de Porrúa, donde nos aportaba datos y contextos sabios sobre las obras de Jane Austen, Lewis Carroll, Thomas Mann, Oscar Wilde, las hermanas Bronte, Tolstoi, Gogol, Chéjov, entre otros
El Fondo de Cultura Económica editó sus obras completas y la que tal vez sea su obra más celebrada El Mago de Viena/ 2005, una deliciosa y extraña novela-ensayo-relato donde el personaje central es, sin duda, el Pitol viajero.
El propio Sergio Pitol reflexionó sobre su quehacer literario: “Se escribe sobre lo que se conoce, pero a veces se conoce bien, a veces se conoce del todo, a veces se conoce internamente, a veces el organismo conoce cosas que la razón, que nuestra voluntad, no conoce del todo, pero que de alguna manera a través de la escritura, algo dejan filtrar de esa desolación, de ese desasosiego, de esa sensación de vivir en la cuerda floja, de algo que parecía estable y que está a punto de desmoronarse. Esa es una sensación que se repite mucho en mis personajes, no solamente en los niños y en los adolescentes sino en los adultos. Todo puede cambiar en un instante, todo puede transformarse en cualquier momento, la situación más placentera puede transformarse en un infierno. Cada escritor va creando un espacio que conoce, que maneja, que le es estimulante. Si hay algo que sea casuístico en este mundo son las leyes de la creación. Uno lee los decálogos de cuentistas y novelistas donde marcan las cosas que se deben hacer y aquellas que deben evitarse necesariamente y esos decálogos o esos consejos que dan a amigos, o que son defensas de la obra que se le escriben a un editor en el que señalan por qué una novela o un relato debe ser de tal manera, nos permite entender mejor, nos da pistas para comprender la obra de ese autor. Pero no hay generalidades, o son muy pocas. Lo que puede estar bien para Onetti podría haber sido desastroso para Rulfo, tal vez. Las reglas que Chejov establecía como indispensables para escribir cuento en las cartas que enviaba a sus hermanos o discípulos, no nos explicarían para nada otro tipo de literatura. La literatura es una cosa que se está moviendo en el tiempo. Hay circunstancias de época que la van creando y cada escritor, en esas circunstancias temporales, va encontrando sus motivos, sus tramas, sus maneras y las va afinando, va definiendo su lenguaje. De manera que no creo en las generalidades”.
En Xalapa muchas veces lo vi caminar por las calles: Todo mundo lo saludaba como a un personaje querido. Su sonrisa amable y su mano derecha ondeando sus dedos largos, era como una postal del maestro Pitol cada vez que salía de su casa en la calle Pino Suárez, en el centro de la ciudad.
Fue aleccionador asistir a sus conferencias, presentaciones de libros propios y de sus amigos, verlo en la librería Gandhi hurgando en los anaqueles en busca de algún libro, verlo pasear por el parque Los Berros donde la neblina espesa le otorgaba un aspecto fantasmal, literario y que, en palabras de Atahualpa Yupanki, “llenaba la tarde cuando caminaba”. Es decir, fue un placer ver a un escritor que habitó su ciudad (la que escogió para vivir) para llevarla por el mundo hasta sus días finales en este mundo...
En Xalapa muchas veces lo vi caminar por las calles: Todo mundo lo saludaba como a un personaje querido. Su sonrisa amable y su mano derecha ondeando sus dedos largos, era como una postal del maestro Pitol cada vez que salía de su casa en la calle Pino Suárez, en el centro de la ciudad.