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México en los Archivos de la Casa de las Américas
He escuchado decir a investigadores de diferentes regiones que la historia intelectual de Nuestra América durante la segunda mitad del siglo XX, no podría contarse sin recurrir a los archivos de la Casa de las Américas. Como es sabido, innumerables escritores y artistas, protagonistas indiscutibles de los procesos culturales del continente, visitaron esta institución, se vincularon a sus proyectos e intercambiaron con sus trabajadores. Las evidencias de esas relaciones son heterogéneas y se expresan a través de variadas colecciones de un acervo que incluye libros, revistas, grabaciones de audio, materiales audiovisuales, obras de arte, cartas, impresos, etc.
La Casa de las Américas fue una de las primeras instituciones creadas por la Revolución que, liderada por Fidel Castro, se enfrentó a una cruenta tiranía y triunfó en enero de 1959. Fue precisamente Haydee Santamaría, una mujer clave en la lucha insurreccional, participante del asalto al Cuartel Moncada, en 1953, y directamente involucrada también en la epopeya insurgente desde la clandestinidad, la Sierra y el exilio, quien tendría a su cargo la creación de la Casa. Ella convocaría personalmente a escritores, artistas e intelectuales muy diversos con el objetivo de dar a conocer en Cuba y en todo el continente las creaciones de nuestros pueblos.
De ese tiempo fundacional datan muchos de los más antiguos documentos atesorados, resultantes de un intercambio que se desarrolla, fundamentalmente, a propósito de los eventos que se realizan en la Casa y a partir de la solicitud de colaboraciones: textos para las revistas, libros para la biblioteca, obras de arte popular para ser exhibidas permanentemente, entre otras muchas.
Cada actividad generó su propia papelería, fotografías, grabaciones e impresos, los cuales dieron lugar al nacimiento de varias series documentales, expedientes personales, institucionales, de eventos, etc. La multiplicidad de áreas de la institución (revistas, una editorial, direcciones de teatro, música y artes plásticas) y la necesidad de que todos sus especialistas estuvieran al tanto del intercambio epistolar, para poder proyectar su trabajo, establecer nuevas conexiones y potenciar acciones y experiencias, conllevó a que se agrupara la correspondencia con una persona de manera consecutiva, independientemente de qué área de la institución fuera su interlocutora. Ello nos permite hoy analizar, con cierta facilidad, la naturaleza específica de las relaciones de cada remitente con la institución. Son precisamente esas cartas, alrededor de unas tres mil, el tesoro más preciado de nuestro archivo. Todas ellas puestas en diálogo con fotografías, grabaciones de audio, documentos de gestión e impresos, y también con los materiales del archivo vertical, desarrollado por nuestra biblioteca, son en verdad un testimonio ineludible del devenir intelectual de Nuestra América, en un período particularmente rico.
México y los mexicanos, por supuesto, estuvieron presentes en la institución desde el comienzo mismo. Entre el 14 y 20 de diciembre del propio 1959, la Casa de las Américas realizó una Semana Mexicana, la primera que se dedicó íntegramente a un país del continente. Estas jornadas contaron con el apoyo de la Secretaría de Relaciones Exteriores y también de la embajada mexicana en Cuba e incluyeron conferencias, conciertos, recitales y una exposición de pintura y grabado. Esa misma muestra viajó, a inicios del siguiente año, a la ciudad de Santiago de Cuba. Pocos días después, el 25 de enero de 1960, como parte del programa del Primer Concurso Literario Hispanoamericano, el cual se conocería a la larga como Premio Casa de las Américas, tuvo lugar un diálogo público entre Carlos Fuentes y los escritores cubanos José Baragaño, Guillermo Cabrera Infante, Lisandro Otero y Pablo Armando Fernández. Este conversatorio-entrevista se promocionó bajo el título «¿Con quién el compromiso del escritor?». Dos días más tarde, Fernando Benítez participaría en un encuentro similar, también público, con los escritores cubanos Roberto Fernández Retamar, Antón Arrufat, Heberto Padilla y Gustavo Eguren. Esta vez en torno a la pregunta «¿Cuáles son las orientaciones actuales de la literatura hispanoamericana?». Fuentes y Benítez serían los dos primeros mexicanos en asistir como jurados a las sesiones del nuestro premio literario y existen cartas, fotos y publicaciones que dan fe de su presencia.
En relación con los viajes y la estancia en Cuba de los jurados del Premio Casa hay aquí una abundante documentación. Hasta la fecha más de ochenta mexicanos, por nacimiento o adopción, han cumplido ese rol que, en la mayoría de los casos, implica además lecturas, conferencias, participación en mesas de debate y encuentros con la prensa. Entre quienes han llegado a La Habana para juzgar las diferentes obras habría que mencionar, además de Fuente y Benítez, a Juan José Arreola, Max Aub, Emilio Carballido, Emmanuel Carballo, Gastón García Cantú, Ignacio Padilla, Juan García Ponce, Pablo González Casanova, Natalio Hernández, Efraín Huerta, Carlos Monsiváis, Carlos Montemayor, Thelma Nava, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Ricardo Pozas, José Revueltas, Ida Rodríguez Prampolini, Jaime Sabines, Adolfo Sánchez Vázquez, Laurette Sejourné, Paco Ignacio Taibo II, Luis de Tavira, Natalia Toledo y David Toscana. Excluyo a muchos en esta enumeración, que francamente sería interminable si además sumáramos a los ganadores del premio mismo.
Entre los intercambios epistolares más abundantes en nuestro archivo está el que se sostuviera con el editor mexicano de origen argentino Arnaldo Orfila Reynal, sin el cual no se pudieran explicar momentos fundamentales del trabajo de la Casa. Fue él precisamente quien autorizó la publicación, a partir de la edición del Fondo de Cultura Económica, de Memorias póstumas de Blas Cubas, novela de Joaquim María Machado de Assis, con la cual se inició la colección Literatura Latinoamericana y Caribeña de nuestro fondo editorial. Es también interesante el hecho de que, en una temprana carta de junio de 1963, Orfila escribiera a Ada Santamaría, entonces responsable del catálogo editorial de la institución:
Quiero rogarle que exprese a Marcia [Leiseca] que respondiendo a su amistoso llamado para que ayude a la Biblioteca que mantienen en esa Casa, he separado de mi biblioteca personal una serie de volúmenes que despacharé por intermedio del departamento comercial de la Embajada.
Ese envío inicial ascendió a veintiocho cajas de libros, a las que se sumaron otras nueve de la biblioteca particular del Dr. Gregorio Bermann, de Córdoba, Argentina, lo cual da cuenta de otras redes de intercambio y diálogo que se articularon también a través de México. A esos primeros contactos siguieron vínculos realmente profundos y sistemáticos que, yendo mucho más allá de la gestión editorial específica, primero desde el Fondo de Cultura Económica y luego desde Siglo XXI Editores, merecen ser estudiados por los numerosos asuntos que son tratados en una correspondencia que arranca en 1962 y se extiende por tres décadas.
Especialmente interesante resulta también la correspondencia sostenida entre Retamar y Octavio Paz. Esas cartas, tremendamente afectuosas y no exentas de polémica, atendiendo a las conocidas posturas políticas divergentes de ambos intelectuales, abarcan un período que va desde 1962 hasta finales de 1967. El mexicano escribe al cubano desde París, Kabul, Ithaca, en los Estados Unidos, pero, sobre todo, como es de suponer en esa época, desde Nueva Delhi, donde fungía como embajador de México. Una de las cartas de Paz escrita el 5 de junio de 1964 y dada a conocer en el número 195 de la revista Casa de las Américas, correspondiente a abril-junio de 1994, en ocasión de los ochenta años del autor de El laberinto de la soledad, aborda interesantes puntos de vista en torno al surrealismo y sirve, como dijera el propio Retamar al presentarla en la revista, para “conocer un momento de la evolución de esta figura compleja, de lo mejor de cuya obra, más allá de coyunturas harto conocidas, no puede prescindir nuestra cultura”.
Tienen también especial valor las cartas cruzadas entre Leopoldo Zea, una de las más relevantes figuras latinoamericanas del siglo XX en el ámbito de la filosofía, y Retamar; un conjunto referido a proyectos, intercambio de colaboraciones y apoyos, así como múltiples acciones y convocatorias del Centro Coordinador y Difusor de los Estudios Latinoamericanos de la UNAM, la Sociedad Latinoamericana de Estudios sobre América Latina y el Caribe (Solar) y la Federación Internacional de Estudios sobre América Latina y el Caribe (FIEALC). Se suman a ello temas de interés común para Cuadernos Americanos, revista que Zea dirigió desde 1987 y de cuyo Consejo Internacional Retamar formó parte, y Casa de las Américas, dirigida por el cubano. Fruto de ese intercambio, entre otros textos aparecidos en la publicación cubana, recordamos el titulado “El Che y el hombre nuevo”, que, con la firma de Zea, la revista incluyó en su número 206, a treinta años del asesinato del guerrillero.
La correspondencia intercambiada con el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, nacido en Algeciras y emigrado a México en 1939, es también significativa. Roberto Fernández Retamar es nuevamente el principal interlocutor cubano en este caso, en el que de un lado y otro se abordan aspectos puntuales de colaboración intelectual, publicación de artículos, traducciones, eventos…, los que permiten seguir la faena intelectual, las preocupaciones y los desafíos de ambos escritores a lo largo de más de cinco décadas. Parte de esta correspondencia junto a los artículos publicados por Sánchez Vázquez en la revista Casa de las Américas, más de una veintena, bien podrían ser recogidos en un libro como homenaje a la figura de este notable pensador.
Particular importancia tiene dentro de las cartas atesoradas en nuestro Archivo un conjunto que se inicia con anterioridad a la existencia misma de la Casa de las Américas, me refiero a la correspondencia sostenida entre Roberto Fernández Retamar y Alfonso Reyes. Valga decir que, en el caso de la correspondencia personal de Retamar, una buena parte de ella, anterior a su incorporación al equipo de la Casa, fue donada por él para que se preservara en nuestros fondos. Es por eso que entre las cartas más antiguas que atesoramos están las que cursara el poeta cubano al autor de Simpatías y diferencias, y las respuestas de este; un epistolario que se inicia en julio de 1951 y se prolonga hasta 1959, año en el que falleció el erudito mexicano.
Algunas de estas cartas han aparecido en revistas y en otras publicaciones de la institución, tal es el caso de la ya mencionada de Octavio Paz, y también de una de Carlos Fuentes incluida en el número 43, correspondiente a julio-agosto de 1967, de la revista Casa de las Américas; las de Juan José Arreola, Federico Álvarez, Jorge Ibargüengoitia y Juan Vicente Melo, recogidas en el volumen Destino Haydee Santamaría; las de Emilio Carballido, publicadas póstumamente en el número doble 145-146 de nuestra revista de teatro latinoamericano y caribeño Conjunto, y la de Fernando Benítez publicada, este mismo año, en un libro que aborda el denominado «Caso Padilla». No obstante, la inmensa mayoría de las cartas y documentos se mantiene inédita y apenas han sido consultadas por investigadores.
Valor excepcional tiene el Archivo de la Palabra de la institución que incluye más de cincuenta cintas de autores mexicanos, entre ellas: una de Juan José Arreola, nueve de Efraín Huerta –algunas con su poesía otras con conferencias–, una de José Agustín, dos de Carlos Montemayor –una de ellas con poesía y otra con fragmentos de una de sus novelas–, y una en la que Fernando del Paso lee una selección de su narrativa. También existen grabaciones de cuatro de los participantes en la antología La espiga amotinada de 1960: dos de Oscar Oliva, cuatro de Juan Bañuelos, dos de Jaime Labastida y una con cuentos de Eraclio Zepeda. Autores como Sergio Galindo, Carlos Monsiváis, Luis Yánez, Thelma Nava, Juan de La Cabada, Pablo González Casanova, Eli de Gortary y Alonso Aguilar Monteverde están también presentes en esa colección de voces.
Sería imprescindible mencionar también los materiales de archivos que se atesoran en las direcciones de Artes Plásticas y Música de la Casa de las Américas. La primera agrupa documentos de gestión, impresos y fotografías de las exposiciones inauguradas en la Casa, entre las que se incluyen muestras personales de artistas como Vicente Rojo, David Alfaro Siqueiros –se realizó una muestra en saludo a la excarcelación del artista en 1964–, Manuel Felguérez, Lilia Carrillo, José Clemente Orozco, Arnold Belkin, Martha Palau, Francisco Toledo, entre otros; y también exposiciones colectivas, entre ellas las muy importantes de arte popular mexicano con piezas de la gran donación que hiciera a la Casa en 1974 el presidente mexicano Luis Echeverría, de la cual forma parte el imponente Árbol de la Vida realizado por el artista Alfonso Soteno que es, sin lugar a dudas, el más conocido símbolo de nuestra institución. La dirección de Música, por su parte, resguarda partituras y estudios inéditos y también documentos relacionados con la presencia de músicos y musicólogos en la Casa, entre los que se encuentran Manuel Enríquez Salazar, Mario Kuri Aldana, Manuel Jorge de Elías Mondragón y Óscar Chávez.
Amplios, provechosos e intensos han sido los vínculos entre la Casa de las Américas y México y los documentos atesorados en el Archivo de la institución así lo evidencian, uno de esos documentos es la transcripción de las palabras pronunciadas por la fundadora de la Casa de las Américas, Haydee Santamaría, durante la inauguración de una exposición organizada por nuestra institución en la sede de la Secretaría de Turismo en la Ciudad de México, el día 15 de abril de 1975. Dijo entonces Haydee:
Cuba no viene a México como una extraña, ni se siente entre extraños. ¿Cómo podría ser de otro modo, si no constituimos más que pedazos y pedazos indisolubles, unidos, de una misma América, la nuestra? Aquí, además, cantó su primer gran poema, y encontró refugio hospitalario hasta sus últimos días aquel a quien Martí llamó “el primer poeta de América”, nuestro doliente Heredia. Y el propio Martí vivió en esta tierra, a la que llegó hace ahora un siglo, sus años más felices, consolidó aquí su sentimiento americanista, tuvo en un mexicano un verdadero hermano a quien confesaría, pocas horas antes de morir, la dramática misión de su vida “impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”. Y fieles a la lección de fuego de Martí aquí, una de esas frías noches de México, se conocieron Fidel y el Che…
De esos diálogos nacieron otros que nos trajeron hasta hoy. Estamos seguros de que ese intercambio continuará en el futuro. Esta Feria y las alianzas que en ella se afirman, son la mejor muestra de que así será.