El Montevideo de Mario Benedetti

En la biblioteca de Mario Benedetti en Montevideo, asoma el lomo de un libro del Fondo de Cultura Económica de 1957, escrito por Fernando Benítez con el título de El rey viejo. Es una rara coincidencia de los tiempos. Esta obra de ficción se basa en un hecho histórico, el asesinato del presidente Venustiano Carranza en Tlaxcalantongo, Puebla, cuando penosamente intentaba eludir un golpe de Estado de sus adversarios, los generales sonorenses, trasladándose a Veracruz en 1920, precisamente el año de nacimiento del escritor uruguayo.

En el centenario de Benedetti, 10 mil de los 13 mil libros que reunió en vida forman parte ahora de un pequeño museo dedicado al autor de La tregua, administrado por una fundación que lleva su nombre y ubicado en un viejo barrio montevideano de vida universitaria, que se llama Cordón. La enorme cantidad de títulos acumulados en el acervo está relacionada con sus once años de exilio en Madrid y con una de sus actividades menos conocida: la de crítico literario.

Así es que, además del Rey viejo, en los estantes de madera aparecen a primera vista otros títulos de literatura latinoamericana, sociología, filosofía y sexualidad humana: La mujer habitada de la novelista nicaragüense Gioconda Belli; O paraiso perdido del brasileño Frei Beto, teólogo de la liberación en los turbulentos años de las guerrillas sudamericanas; En busca de Octavio Paz: de la historia al otro, un ensayo del ecuatoriano Luis Alfonso Chiriboga; un título sin autor que anuncia al Che in verse y Textos cautivos del argentino Jorge Luis Borges.

Aunque murió en 2009, Benedetti fue un hombre del siglo XX y uno de sus protagonistas en el escenario cultural y político latinoamericano. Sus obras más destacadas, como La tregua de 1959, una novela que fue llevada al cine en 1974, Montevideanos, una selección de cuentos, e Inventario, un conjunto de poemas, representan a la sociedad urbana de aquel tiempo, sus percepciones de la rutina, el tedio y el amor.

Montevideo fue su ciudad adoptiva y fuente de inspiración de la historia de Santomé, el viejo oficinista que estando a un paso de la jubilación se enamora de Avellaneda, una joven subalterna con la que establece una relación a escondidas, en el anonimato de la masa citadina.

Con la proximidad del centenario, en algunos puntos de la ciudad han aparecido murales con el rostro de Benedetti. Hay uno en el entorno del Palacio Legislativo, donde sonríe y mira como un abuelito condescendiente; en otra pintura, en la céntrica calle de Florida, se le ve haciendo anotaciones en un pequeño cuaderno, imagen de una práctica arraigada en su vida cotidiana, que evocan quienes lo conocieron o vieron alguna vez en cafés, pizzerías o restaurantes de su predilección: el Soracabana, donde se dice que escribió La tregua en sus ratos libres; el San Rafael, preferido en los últimos años de su vida; y el Brasilero, punto de coincidencia con Eduardo Galeano, el uruguayo autor de Las venas abiertas de América Latina (y ambos militantes de izquierda).

Benedetti puede estar en cada una de las esquinas de Montevideo. En una de ellas, justo detrás del Palacio Presidencial de Uruguay, hay una pizzería llamada Tasende, que es de las más profundas tradiciones gastronómicas de la ciudad, fundada en 1931. El mismo narrador la inmortalizó en uno de sus cuentos. Su heredero, José Luis Tasende, se enteró de ello cuando estuvo de visita en la tierra de sus ancestros en Galicia, donde un primo le dijo: “Si seremos importantes: ¡Benedetti nos nombra!”. Y todo porque en uno de sus relatos, con tintes autobiográficos, el escritor hablaba de un personaje joven que al salir de la escuela secundaria corría a comer un “tacho”, una original pizza de cuatro quesos, a la leña. “Él comía en el mostrador generalmente, frente al horno. Se encontraba ahí con gente y sostenía conversaciones”, rememora don José Luis. “Era un tipo que siempre ofrecía una sonrisa, pero yo no tuve mayor confianza con él”.

La ciudad a la orilla norte del Río de la Plata no es hoy la misma que habitó Benedetti. La clase media de mayores ingresos se ha ido al este de la mancha urbana, zona de playas, y la clase trabajadora se expandió hacia el oeste, donde están el puerto, los almacenes y la industria. La Ciudad Vieja, que albergó el primer casco urbano, portuario y amurallado en el siglo XVIII, casi se vació de habitantes, prevaleciendo las oficinas de gobierno, empresas y comercios. Lo mismo pasó en el Centro y sus inmediaciones. Y este año, la pandemia arrasó con el San Rafael. Ahí ya sólo queda estampada una leyenda que le rinde honores al poeta, al lado de una mesa empolvada en la fila de la ventana.

Benedetti nació en un lugar llamado Paso de los Toros, un nombre que evoca las estancias ganaderas que aún tienen fuerte peso en la economía uruguaya, el entorno rural del siglo XIX que recreó el cuentista Horacio Quiroga en La gallina degollada y El almohadón de plumas. La familia dejó “la campaña” para radicarse en un Montevideo de tranvías y carros tirados por caballos, cuando Mario era todavía un niño. Tuvo después ahí una intensa vida laboral a partir de los 14 años, así como una paralela y prolífica obra lírica, narrativa, ensayística y periodística.

“La ciudad ahora es mucho más abierta, diversa, menos concentrada en el centro o en barrios cercanos; creo que la geografía de la literatura uruguaya va hacia otros lugares urbanos, más marginales incluso; tiene menos pudor. En la literatura de Benedetti estaba metida una clase media de izquierda que buscaba un camino y que tenía ciertas esperanzas. No todo era así. Me gusta Andersen Banchero porque narra los márgenes de esos años cuarenta. Es un poquito más sucia que, por ejemplo, la problemática de un oficinista. Lo respeto mucho pero es un tema anclado en el centro de Montevideo”, dice Gabriel Peveroni, un escritor nacido cuatro décadas y media después que Benedetti, autor de Los ojos de una ciudad china, una novela de circulación local que se ubica en Shangai y otras ciudades con atormentadas vidas y personajes plagados de fantasías de tipo pop culture.

La literatura uruguaya porta rúbricas generacionales. La de Benedetti es conocida como “la del 45” y en ella se inserta también la poeta Ida Vitale, Premio Cervantes en 2019. La de Peveroni se conoce como la “de los Crueles” y uno de sus contemporáneos, el ya fallecido escritor y periodista nacido en 1962 Gustavo Escanlar, atravesó por una polémica con el gigante de las letras uruguayas, a su retorno del exilio en Palma de Mallorca y Madrid, después de 1985.

Fue un hecho en el mundo literario local que aún se recuerda en charlas de café. Escanlar lo narró en una crónica autobiográfica. Escribió una carta de lector a un extinto semanario llamado Aquí para cuestionar la visión benedettiana de los jóvenes, expresada en una entrevista que difundió la misma revista. Le hizo ver que aquellos muchachos malportados pasaron los años de la dictadura en su país, leyendo y admirando al prohibido Benedetti y eludiendo la vigilancia político-policial para que no descubriera la lectura clandestina del escritor que ahora ponía en tela de juicio formas de vida de la juventud uruguaya.

Aun después de fallecido, Benedetti generó otra polémica. Esta ocurrió cuando se acercaba el centenario y el Ministerio de Educación y Cultura tuvo la necesidad de organizar el respectivo homenaje. El problema fue que también en 1920 nació otra poeta de reconocimiento y consumo cultural nacional, Idea Vilariño, cuya lírica es muy reverenciada entre  los conocedores locales, incluyendo a los escritores en ascenso como Horacio Cavallo, poeta y narrador nacido en 1977. “La poesía de Benedetti no me conmueve”, afirma después de recordar que el primer contacto con textos benedittianos lo tuvo en casa de su abuela, que era entusiasta lectora de su contemporáneo Mario, al comienzo de la década de los noventa. “Pero si tengo que sacar la obra de ellos de una casa que se está prendiendo fuego, me llevaría primero los libros de Idea”, remata.

Durante un tiempo, en el diario La Mañana, en los años sesenta, Benedetti tuvo a su cargo una sección de crítica literaria llamada “Al pie de las letras”. Lo recuerda el nieto del fundador de ese periódico, Hugo Manini, quien dice que para esta publicación (actualmente un semanario) es “un orgullo haber tenido una figura de tanta relevancia intelectual, porque su obra ha trascendido las fronteras y, sin duda, fue un hombre de su tiempo y en algún momento tuvo una definición política que dio esperanza a las juventudes universitarias, sedientas de encontrar algún camino que superara los puntos de mira de nuestra América Latina. En algún sentido tomó la antorcha de nuestro José Enrique Rodó y su Ariel”.

En el pequeño museo benedittiano se exhiben permanentemente objetos personales del escritor. Ahí está su mesa de trabajo y encima de ella sus lentes y cuadernos de apuntes; en los muros cuelga arte que compró o le regalaron en vida: un Picasso, un Mata y un Alberti, con dedicatoria, entre otros. Hay igualmente unas tarjetas de presentación personal con las dos direcciones postales que conservó hasta el final de su vida en Madrid y en Montevideo. Hasta en esos pequeños detalles se nota la vinculación casi orgánica de Benedetti con la ciudad: la calle donde vivió sus últimos días conmemora a su gran amigo Zelmar Michelini, un reportero exiliado en Buenos Aires y perseguido y asesinado ahí mismo por sus ideas y su activismo político, en 1976.

Benedetti fue un “escritor comprometido socialmente”. Esta fue una forma de identificación de aquellos que inspirados por la Revolución cubana y otros movimientos guerrilleros y políticos latinoamericanos se dieron a la tarea de denunciar la injusticia. Lo que probablemente representa mejor su entrelazada vena literaria y política es la pieza teatral Pedro y el capitán, en la que un preso político entra en diálogo con su torturador. Fue publicada en México por Siglo XXI Editores y estrenada por la compañía uruguaya de teatro El Galpón, a la que le tocó vivir el exilio en la capital mexicana, como a muchos otros uruguayos, argentinos, chilenos, colombianos, brasileños, salvadoreños y guatemaltecos, en los años setenta y ochenta.

Además de los lazos con España y particularmente con la Universidad de Alicante, Benedetti fue acogido por editoriales de México, Argentina y Cuba. Sus novelas, cuentos y poemas se han traducido a varios idiomas, pero Siglo XXI, Era y Nueva Imagen fueron las casas que los hicieron circular en México. La editora de Copilco imprimió originalmente El cumpleaños de Juan Ángel, un relato en verso sobre un niño que al crecer se une a la guerrilla urbana uruguaya, y la colección de cuentos La muerte y otras sorpresas.

México es el país donde más se venden los libros de Benedetti, principalmente de poesía, y él tenía conciencia de ello. “Él me lo comentaba”, dice su biógrafa y presidenta de la fundación que administra su legado, Hortensia Campanella. “Los recitales con Daniel Viglietti (cantautor y militante de izquierda) fueron multitudinarios” en la capital mexicana.

Con motivo del centenario, la española Alianza Editorial, destacada por su refinada colección de literatura y humanidades, dispone de un lugar para La tregua, Gracias por el fuego, Pedro y el capitán y antologías de cuentos y poesía. Y este 10 de septiembre, el sello Alfaguara lanzará una selección de poemas benedittianos hecha por Joan Manuel Serrat, quien también escribió el prólogo. La pandemia arruinó algunos de los festejos que estaban programados, pero se pudo mantener la “traslación” de La tregua al ballet, cuyo estreno será en Montevideo en octubre próximo.

Un punto de común acuerdo entre quienes conocieron a Benedetti es acerca de su personalidad austera y modesta. “Sus casas eran más bien pequeñas. Por supuesto que atendía él mismo el teléfono. Su contacto con la gente era muy directo y creo que eso se trasluce en su poesía y en su deseo de comunicarse directamente con los lectores. La gente común, el que le vendía los periódicos en la esquina de su casa en Montevideo, los camareros del pequeño bar al cual iba a almorzar en los últimos años, decían que era una persona afable”, apunta Campanella.

Las obras del final de su vida, Benedetti las escribió en una computadora. No se detuvo ante los cambios de la tecnología, dice Santiago Pereyra, un guía del museo, que también da fe de que el año pasado unos mexicanos le pusieron un altar de muertos el 2 de noviembre. Antes de la pandemia, los turistas mexicanos eran también los más frecuentes visitantes del sitio. El asma contuvo al escritor de volver a México a leer personalmente su obra. Ahora son los mexicanos los que vienen a saludarlo.

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