Una inmensa casa de rezos

El Libro Primero de Historias del Paraíso (El Perro y la Rana, 2007) del poeta Gustavo Pereira, cuya génesis surge en torno a 1980-1982 en París, cuando el poeta oriental acude a Francia para realizar su doctorado en Letras Hispanoamericanas, de la mano tutorial de ese argentino notable llamado Saúl Yurkievich, quien muriera de mala manera en un lamentable accidente de tránsito cerca de Aviñon en 2005, más por causa de su vejez que de su impericia; se titula Develación y saqueo del Nuevo Mundo.

En el Capítulo VI, intitulado Los cerrojos de la intolerancia, da cuenta Pereira de aquellos mecanismos imperiales que desde Castilla impedían, vía decretos y Leyes de Indias, impedían toda proliferación de pensamiento liberador, libertario, independentista, de reflexión crítica acerca de la realidad colonizadora y, en suma, de toda obra de ficción o literaria, de uno y otro lado del Atlántico, que presumiera cuestionamiento alguno al imperio español y sus alcances. Hoy estos mismos controles imperiales se ejercen vetando y cerrando cuentas de las redes sociales, condicionando medios editoriales, presionando la prensa escrita, la televisión y todo medio de información veraz.

Cita el poeta Pereira, en este capítulo, la obra De la Conquista a la Independencia, de Mariano Picón Salas, en edición del Fondo de Cultura Económica de México de 1969, en su página 118, de esta manera: “Porque siendo de una Corona los Reynos de Castilla y de las Indias las leyes y orden de gobierno de los unos y de los otros deben ser los más semejantes y conformes que ser puedan, los de nuestro Consejo en las leyes y establecimientos que para aquellos estados ordenaren procuren reducir la forma y manera del gobierno dellos al estilo y orden con que son regidos y gobernados los reinos de Castilla y León, en cuanto hubiere lugar, y permitiere la diversidad y diferencia de las tierras y naciones”.

De esa semejanza impuesta a nuestra realidades indias continentales, para parecernos a aquella España y aquella Europa en ciernes, nacen no pocos vejámenes, injusticias, crímenes, imposiciones y ultrajes, que aún hoy tienen otra cepa colonizadora con los EE.UU, a la cabeza, buscando impedirnos por aquellas vías y las de ahora, que expresemos nuestras libertades, nuestros sentires, nuestras visiones de mundo y formas de vivir; de acuerdo a nuestros reinos propios y no los mampuestos; de acuerdo a nuestras propias jerarquías, y nos las foráneas.

Del mismo modo que aquella España imperial se valió de la esclavitud, el exterminio, la encomienda, la inquisición y la mitra para cercenar a los naturales de esta parte del mundo americano, mediante el arrasamiento y el expolio; hoy el imperio gringo de EE.UU. y sus ayudantes europeos aplica alicate económico, veto comercial, bloqueo financiero, enajenación de empresas legítimas en el plano internacional, leyes absurdas extraterritoriales que violan el derecho internacional; pisoteo de la libre autodeterminación de los pueblos, saqueos de riquezas naturales, bases militares dispuestas para el asesinato cobarde, espionaje satelital, saboteo de sistemas de energía y telecomunicaciones, creación de brigadas antinacionalistas desde las cúpulas oligarcas latinoamericanas y, en suma, todo medio y modo de opresión, chantaje, invasión, golpes de estado, guerra económica, guerra tecnológica y bombardeo militar y mediático, para lo cual sacan buen partido con las nuevas herramientas de la internet y los controles ejercidos desde es espacio estratosférico. “Rapacidad y codicia”, como dice Pereira, carcomiéndole las entrañas a los amos del mundo globalizado.

Norteamérica y su espadachines de la guerra tecnológica y nuclear ocupantes de la Casa Blanca, con su artillería de asesinos sicópatas al estilo Eliot Abrams, Mike Pence y Mike Pompeo, por decir lo menos; y sus testaferros de la muerte como Álvaro Uribe Vélez, Iván Duque o Jail Bolsonaro, entretejen todo tipo de artimañas, publicidad, tráfico y ventas de armas, manipulaciones, injerencias, comentarios, acusaciones, amenazas, bloqueos, y todo tipo de modo de matar y asesinar, invadir y golpear, aún sacrificando vidas civiles por la vía del hambre, las enfermedades y las penurias materiales y físicas; para logar sus fines de dominio y expolio, tal como ocurrió durante los siglos XV, XVI hasta el XIX, y aún el siglo XX.

De aquella praxis refiere el poeta Gustavo Pereira lo siguiente: “Asentado el régimen colonizador español en el Nuevo Mundo, un rosario de proscripciones, vedas y tributaciones se extiende por doquier. Se trasladan a las colonias, eufemísticamente denominadas “reinos” o “provincias” de ultramar, no solo los particulares rasgos de la mixturada cultura hispana, junto a la religión católica y la lengua castellana que comenzaba a imponerse en la península en virtud del dominio ejercido por el reino de Castilla, sino leyes, instituciones y magistraturas”.

Del mismo modo, EE.UU. llama “democracia” la que perfilan sus teorías imperiales, y no la que forjaron nuestros libertadores desde Francisco de Miranda y Simón Bolívar para acá (valga decir desde 1800 hasta 2020), y nuestras leyes y realidades históricas nacionales, porque sus cerebros pretenden estar mejor dotados para gobernar que los nuestros, y porque sus leyes pretenden ejercer dominio donde no lo tienen, ni lo tendrán. Dista una muy lejana circunstancia entre la América aquella de la colonia y esta de ahora. Al menos en el caso específico de la República Bolivariana de Venezuela.

Estoy entre quienes creen que los Estados Unidos, con sus jalapelotas colombianos, guyaneses, brasileños y antillanos pueden y quieren atacar militarmente a Venezuela, “cercado” como está el país, a decir del propio Donald Trump, aunque éste agonice, cual pez fuera del agua, en sus últimos días al frente del gobierno estadounidense, pues su derrota electoral, no sólo es inminente y está cantada, sino que quedará en la historia política de ese país como la mayor vergüenza de Jefe de Estado alguno, por encima incluso del chupeteo bochornoso de Mónica Lewinsky al Presidente Bill Clinton en 1997.

Es público, notorio y comunicacional que Donald Trump no quiere a la humanidad. Se burla del calentamiento global, de la pandemia del Covid, del complejo fenómeno de la emigración con un muro, del racismo en su país, del control nuclear, del libre comercio global atacando a China, Rusia y parte de Europa; machacando a América Latina, atacando también la libertad de expresión en EE.UU en su guerra contra CNN, New York Times, Twitter, Tik Tok, entre otras desfachateces de su enfermiza personalidad

Ninguna moral tienen los presidentes de los Estados Unidos para espetarnos normas de conductas ni de gobierno; porque Donald Trump ha sido acusado de violar a una niña de 13 años mediante nexos con mafias de pornografía infantil y trata de blancas en Europa, y de mal trato a las mujeres del Miss Universo; Bill Clinton fue actor nefasto de aquel caso de sexo oral en su oficina de mando; y Barak Obama —como flamante Premio Nobel de la Paz—, fue ejecutor de ataques criminales autorizados por sus manos ensangrentadas para que se arrojaran más de 20.000 bombas destructivas sobre civiles inocentes en el Medio Oriente, de una manera cobarde y miserable. Por eso, miles de cadáveres del mundo pesarán sobre sus almas y sus conciencias el día en que sus almas se vayan a los infiernos a consumirse en las llamas eternas. Lo mismo aplica a los ex presidentes Bush, aunque ya uno partió para el infierno recientemente.

En las Quintas Pailas del Infierno han de arder las almas criminales que guiaron y ejecutaron el saqueo al Nuevo Mundo, y en ese mismo recipiente han de pagar sus culpas los responsables actuales del saqueo de Nuestro Mundo latinoamericano actual.

Si América fue concebida como “una inmensa casa de rezos”, como dice el poeta Gustavo Pereira, durante aquellos días de oprobio y colonización, hoy esta misma América se concibe, desde la raíz moral de sus pueblos, no como una inmensa casa de rezos sino de luchas; de resistencia, de batallas físicas y morales, armadas y de pensamiento, para emanciparnos de todo tipo de fuerzas coloniales y neo coloniales, de dominación y expolio; y en eso Venezuela representa hoy, duélale a quien la duela, un punto de referencia global.

La iglesia católica venezolana, a través de su máxima jerarquía, la Conferencia Episcopal Venezolana ( que agrupa a obispos, arzobispos y vicarios apostólicos del país) ha mantenido, desde hace dos décadas, un dura y radical posición golpista, anti Estado, anti democrática, so excusa de criticar y cuestionar “el gobierno comunista” de Chávez y Maduro; pero poco hace por la salud, la alimentación, el analfabetismo, la pobreza y la inseguridad del pueblo venezolano; acostumbrados como estaban a recibir millonadas de dólares de las manos de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campins, Jaime Lusinchi y Ramón J. Velásquez.

Vividores consuetudinarios de la renta petrolera, obispos, cardenales y curas se pasearon por Roma, y medio mundo, como caciques, como reyes y como magnates, a expensas de los recursos de ese Estado que ahora les huele feo, a caca; y de las “limosnas” o “diezmos” de nuestro pueblo pendejo, que después convertían en dólares; amén de todo el oro que se llevaron para Italia a costa de promesas y ofrendas de fe de nuestros ingenuos creyentes. Vaya hipocresía.

Hijos puritanos de aquella “Santa” Inquisición, como refiere el Poeta Pereira, porque en aquellos años como ahora, “Una sorda, progresiva y pertinaz batalla se emprende contra los humanistas y la Contrarreforma se erige con todo su tenebroso poderío”; sólo que ahora se han convertido en partido político de derecha, apoyando de un modo “religioso” a los Julio Borges, Ramos Allud y Juan Guaidós de postín; y brazos conexos del imperio de los Bush, Obama y Trump, también de postín.

Ante el caso bochornoso del asesinato del afro descendiente George Floyd, no salió un solo miembro de la iglesia católica venezolana que, en nombre del supuesto humanismo en Cristo que ellos pregonan, condenara tales hechos; ni la praxis de esa policía estadounidense racista y violadora de los derechos humanos, porque así mantienen la misma actitud asumida durante la esclavitud de la colonia, cuando más de 52 millones de hombres y mujeres negros y negras fueron traídos a América desde África, vía puertos españoles o portugueses, para ser flagelados, “cristianizados” y convertidos en piltrafas humanas, en nombre de una fe que aún hoy tiene graves daños morales en su comportamiento y su teoría, en su historia y en su futuro.

Más factible será el derrumbe total y absoluto del imperio yanqui de los Estados Unidos durante los próximos 50 años, que ver a nuestro país convertido en colonia nuevamente. Aunque nos dejemos el pellejo y las vísceras sobre su suelo para defenderla y consagrarla como patria libre.

Las pirañas tipo Iván Duque, Álvaro Uribe Vélez, Jail Bolsonaro, los Bush, Donald Trump, Barak Obama, Mike Pompeo y demás comitiva imperial arderán en las quintas pailas del infierno cuando en nuestros suelos surjan nuevos hombres libres, de pensamiento y acción, capaces siempre de darlo todo por su pueblo, como lo hizo Simón Bolívar. Contra eso no podrán nunca aunque intenten borrarnos de la faz de la tierra. Para lograr esa batalla defensiva debemos abonar nuestro pensamiento liberador antiimperialista. En ello entran en juego, el libro, los medios de comunicación, las nuevas tecnologías de la información y nuestro sistema educativo nacional.

Estamos obligados a escribir obras literarias de pensamiento emancipador y antiimperialista, no como obras panfletarias sino de resistencia y de libertad interior. No como obras de mercado tipo betseller sino de pensamiento e identidad propios, que nos revelen, que nos muestren al mundo, aún en su más genuina fantasía, como muestran el imaginario americano, las novelas Cien años de soledad y Hombres de maíz. Más que literatura evasiva, literatura expresiva.

No olvidemos tampoco que la educación autorizada por la Contrarreforma y en general por el régimen absolutista colonial, fundamentalmente escuelas y universidades, fueron copias de las instituciones europeas españolas, y que más que a indios, negros o mestizos éstas beneficiaban directamente a las castas de la época en as diversas regiones, y que el lema que les servía de pretexto, “educar el pueblo”, era en sí una herejía. Si bien se predicaba educación gratuita y obligatoria para los hijos de los pobres, ni indios ni mestizos gozaron de tales beneficios a plenitud, confinados como estaban al trabajo forzado en campos y haciendas, así como al aislamiento y la segregación, en un porcentaje que se ha estimado de más del 92%. En las universidades actuales urge también la conquista del pensamiento emancipador.

Sobre este asunto, Pereira recuerda que fue precisamente Simón Rodríguez, Maestro de Bolívar, quien describe en el informe del 19 de mayo de 1794 titulado “Estado actual de la escuela demostrado en sus reparos”, presentado ante el Ayuntamiento de Caracas, las muy malas condiciones y limitaciones de aquella educación, en la que pardos y morenos no tienen los mismos tratamientos respecto a los blancos (hijos de oligarcas criollos), por cuanto en las escuelas de éstos aquéllos no tienen admisión. Por eso el poeta Gustavo Pereira refrenda con esta sentencia la penosa práctica vejatoria: “Esta discriminación racista la hallaremos todavía, como herencia nefanda del etnocentrismo colonial, en el siglo xix y en casi toda el área colonizada hasta nuestro tiempo”. (Ob.Cit., Pág. 382).

Como se sabe, el temor a educar a mulatos y pardos e indios era que se podían hacer cargo a futuro de las funciones públicas administrativas, manejar el comercio y el poder así como la Real Hacienda, y desplazarán a las familias y apellidos leales al dominio español. Por tanto, ningún interés de desarrollo humano, científico ni constructivo anima las instituciones educativas coloniales de América. “Tanto los colegios como las cátedras de las universidades, amén de ser privilegios de blancos, están a cargo de sacerdotes de distintas órdenes cuya rivalidad, en asuntos atinentes a la fe, es casi el único signo discordante del sistema educativo colonial.”.(Idem, pág.384).

El poeta Gustavo Pereira nos recuerda como, mediante aquel ejercicio de dominio político-religioso, la iglesia ejercía el dominio imperial valiéndose de la educación: “Los maestros, por su parte, estaban obligados a rezar con sus alumnos el “Ave María” a la entrada y salida de clases, cuatro veces diarias, y a enseñar la lectura y las escrituras en cartillas y libros devotos u otros propios” (Ibidem), amén de oír misas diarias, incluyendo sábados y domingos, días de adviento y cuarentena, en lo que más se parece a una esclavitud religiosa mampuesta.

Aún hoy, esta Venezuela que estrena sueños de emancipación en el siglo veintiuno, recibe la bofetada en el rostro de esa oligarquía criolla que se abroga para sí los dejos de sapiencia y sabiduría, jurisprudencia y autoridad “legítima”, derechos naturales y arrogancia, frente a un pueblo conformado mayoritariamente por pobres y excluidos, aferrados a su suelo como los labriegos de antaño, luchador por sus valores de tierra y patria libres, de pujanza y persistencia en sus luchas, a veces sacrificando la propia vida ante los mecanismos infames de traición a la propia venezolanidad y la propia identidad, suplicando como rastacueros de la peor calaña, que el imperio moderno de los Estados Unidos nos invada y nos haga cenizas. Para estos oligarcas no hay ni esos estímulos al trabajo creador ni esas “virtudes sociales” que Rafael María Baralt demandara en su momento.

No conformes con la mala intención de la nueva dominación y el expolio, se hacen de un títere imperial seudo criollo, devenido de parientes españoles, llamado Juan Guaidó, para mayor vergüenza nuestra, para que haga la perversa tarea de saquear, sin galeones ni carabelas pero sí con artimañas y muchos recursos del poder internacional, nuestros activos en el exterior, a cambio del hambre y las enfermedades devenidas del bloqueo yanqui, el cerco político imperial y la complicidad de países europeos de mentalidad colonialista. Hoy esta casta de blancos oligarcas intentan oprimir al país y su destino a punta de dólares y euros obtenidos de aquellos países a cambio de ahogar y oprimir una democracia que, les guste o no, es tanto más legítima que la estadounidense, la española, la francesa, la italiana o cualquier otra.

De aquella “instrucción” académica basada en el dogma moralista del catolicismo español a esta absoluta ignorancia de los derechos legítimos del pueblo soberano de la Venezuela de hoy, hay un largo camino de acuñadas servidumbres e intereses enajenantes de la propia condición humana de los más desposeídos, las mayorías.

El este primer tomo que hemos referido al comienzo de este artículo, el poeta Pereira confiesa su extrañeza y desconfianza durante sus estudios de infancia, acerca de las verdades oficiales de los textos escolares que daban cuenta de la historia colonial, no sólo porque se presumía una historia sesgada y engañosa, sino injusta y dominadora, lo cual se le convirtió en impostergable compromiso de búsquedas documentales —y la azarosa razón moral de sus investigaciones más arduas—, para legarnos a la postre esa obra monumental, copiosa y esclarecedora, titulada Historias del Paraíso, insistentemente revisada y enriquecida durante cada una de sus ediciones desde 1998 hasta 2014.

Valga para cerrar esta nota, la interesante reflexión suya sobre aquellas historias, en el ánimo de ayudarnos a comprender también las vicisitudes de nuestro presente:

“Aquellos infolios, aquellas soterradas presencias, aquellos espectros recobrados de sus tumbas vacías; aquella injusta hagiografía que pretendió eternizar como villanos a los defensores de su gente y su cultura, y como héroes a truhanes y salteadores bajo el pretexto de una moral de época –como si en todas las edades la humanidad hubiese carecido de referencias, no morales, que son cambiantes, sino de justicia, que son inherentes a la condición misma del hombre socializado–,me fueron revelando que en la infamia, en el deshonor, en el expolio, en la inferiorización, en la segregación y en la desculturación subyacían las raíces de una parte considerable de nuestro presente de postración y subdesarrollo iniciado, por cruel paradoja, en el territorio de arawacos y caribes que Colón parangonara con el Paraíso Terrenal. (Pereira G., Ob. cit., pág.15).

 

 

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