Fantástico Bioy

El doble de Borges en el espejo donde uno era sombra, y el otro Casanova. Así podríamos definir al escritor argentino que fue uno de los grandes seductores de la literatura en lengua española, y que el martes festejaría su cumpleaños como un fantasma de etiqueta desenfadada, a bordo de un Volvo 82, full, con aire acondicionado, y puntual a su cita femenina con un vino acristalo de rojo y un después de revoltosa almohada. Los tres ases confesados en sus memorias por el elegante seductor tan aplicado como admitido, de nombre Adolfo Bioy Casares. Sus 106 años imposibles de cumplir el martes le asemejarían a sir Aubrey Smith, uno de los grandes secundarios del cine con su porte aristocrático y su templanza de firme carácter. Muy parecido al del argentino que se educó desahogado de cuello, de labia y de mano. La hacienda, la conquista, el deporte como aventura, el hábito diario de escribir sobre anécdotas, detalles, observaciones, de aproximaciones cotidianas al hombre que fue Borges, y de las posibilidades de una escurridiza realidad. Nunca se le escabulló sin embargo ninguna mujer ni tampoco la muerte se le resistió a su afición de cazador de negro y de blanco. El primero para los salones nocturnos del perfume, el segundo en las mañanas de cancha con una raqueta entre las manos. No sabemos si hoy al galán de Buenos Aires le pondrían difícil la ambigüedad o no del coqueteo que personificó con su mirada azul, su dandismo serafín y la inclinación al amor como hechizo y pasión. Algo parecido a lo que le sucedía a ese otro maestro de lo amatorio como Choderlos de Laclos significó al vizconde de Valmont, protagonista de Las amistades peligrosas, su novela epistolar publicada en 1782. No podía evitarlo. Ni siquiera con su cuñada Victoria Ocampo, la fundadora de la revista y editorial Sur que promovió desde 1931 las obras de Jorge Luis Borges, de Ernesto Sábato, de Alejandra Pizarnik entre otros, y cómo no de su cuñado y de su hermana Silvina, sobre cuya escritura secreta exploró Mariana Enríquez en el ensayo narrativo 'La hermana menor' publicado por Anagrama.

Un triángulo imperfecto el de las Ocampo y Bioy, como lo fue él de Borges con Bioy y su esposa Silvina, cómplices del intelecto, del aura de las mejores letras y del arte argentino con mirada europea, y a la vez incómodo y extraño 'menáge-a-trois' de afectos y desafectos, cuya gran víctima fue Silvina eclipsada por las tres personas que más quiso y admiró. Qué sueño el de haber podido participar en sus reuniones literarias, en sus placeres de clase en medio de educadas puyas de afilada rivalidad, de infidelidades y lealtades con las que Scott Fitzgerald, Tennesse Williams y Shakespeare hubiesen escrito melodramas de sociedad, asfixias psicológicas y emocionales, y tragedias de las naturalezas humanas. Ninguno de los tres protagonistas principales lo escenificaron sutilmente en sus literaturas. Misterio y sexualidad ambigua eligió la escritora mujer de Bioy; en el tiempo, el doble y en el simbolismo del héroe desde lo metafísico encontró su refugio Borges, mientras que Bioy exploró las posibilidades imaginarias y estéticas en torno a la percepción de la realidad y sus apariencias. Una mirada que nos regaló maravillosas novelas como La invención de Morel (1940) donde narra una distopía científica sobre el amor y la vivencia virtual en la que un personaje anónimo huye a una isla donde encuentra a un grupo de amigos, invitados por un personaje llamado Morel que los mata en cuanto los absorbe en una cámara fílmica y por el mismo medio, al poner en marcha el aparato, los personajes viven. Una hermosa historia, basada en la fusión de tecnología cinematográfica y holográfica, sobre la inmortalidad y un trasfondo de amor por el cine y sus estrellas mudas como Louise Brooks, de quién anduvo enamorado el adolescente Adolfo, que inspiró las películas El año pasado en Marienbad de Alain Resnais, Hombre mirando al sudeste de Eliseo Subiela –maravillosos ambos directores poéticos en atmósferas- y más actual la ficción de Andrés Ibáñez 'Brilla, mar del Edén'. Casi fue el regalo de bodas a Silvina, con la que cuatro años después escribiría Los que aman, odian. Un oráculo policiaco con ecos de Ághata Christie en el solitario hotel de Bosque de Mar. Y sobre todo su consagración de novelista gracias al entusiasta prólogo que le dedicó Borges.

No eran siameses. Tampoco uno el reverso del otro, pero si un binomio literario con una jerga anglo-ítalo-española con la que adornar de cultura todo lo que imaginaban. En sus cenas a diario conversando de arte, de política, acerca de los sueños y de Dios, en relación al destino, divertidamente mordaces en sus juicios de la idiosincrasia de los argentinos y de los españoles; en las charlas de biblioteca acerca de Johnson, de De Quincey, de Stevenson; en los paseos donde Borges le confiaba sus desventuras amorosas, y él a él sus escarceos nunca. Cuando a cuatro manos eran H. Bustos Domecq y Benito Suárez Lynch enfrascados con las peripecias policiales del inspector Parodi, guiones de cine como 'Invasión', la colección El séptimo círculo con traducciones de las mejores novelas policiales de lengua inglesa, y la célebre Antología de la literatura fantástica. Igual que sucede con muchos matrimonios y parejas de actores la estrella de uno alcanzó su fama a la muerte del que fue más brillante. Cada cual en su momento sí que fue reconocido por el Premio Cervantes, en 1979 Borges, veinte años más tarde Bioy Casares. No son habituales estas relaciones estrechas y fecundas, casi de sociedad creativa, en la literatura, inmortales a pesar de sus amargos finales extraviados por el celo de otros – Kodama lo tachó de ser el Salieri de Borges- igual que les ocurrió a ellos, distanciados en sus últimos años de lo cotidiano pero no en su memoria compartida durante 56 años de amistad. Abunda hoy mucho más el individualismo o las viejas camadas de los que gestionan lo suyo oscureciendo lo de otros. Lo mismo que la exigencia de lectores con Fondo de Cultura Económica e inconformismo con la que ellos conformaron sus admiradores es en la actualidad muy difícil de conseguir entre los consumidores de evasión fácil. En el fondo tal vez siempre fue así y por eso Bioy Casares afirmó en una ocasión que «La vida es difícil. Para estar en paz con uno mismo hay que decir la verdad. Para estar en paz con el prójimo hay que mentir».

Con Gabriel García Márquez la literatura hizo boom. Pero antes de sus Cien años de soledad revolucionando mundos y lenguaje, la literatura hispanoamericana –una de las especialidades de las Hispánicas de mi generación, con excelentes profesores como el poeta Álvaro Salvador, o en Málaga la catedrática Guadalupe Fernández Ariza- gozaba de un encantamiento que empezó con las historias de Macedonio Fernández, de Felisberto Hernández y de Roberto Arlt cuyo espíritu del humor tuvo arraigo en la narrativa de Bioy Casares, especialmente en el cuento 'Los afanes'. Una de sus mejores piezas donde está presente el espejo, el ámbito donde todo es posible, compartido con su amigo Borges, aunque para él es un lugar de la simulación en el que la persona reflejada sólo adquiere vida si se la observa. Es lo que le sucedió al aristócrata tenista de las letras, en penumbra por el aura de su amigo, en los márgenes del boom de sus contemporáneos sin razones que lo explicasen, hasta que el tiempo que subraya, desmiente y premia los méritos, lo reconoció justamente como un clásico de la literatura. No sólo de la concerniente al realismo mágico, paternidad de Leopoldo Lugones. Si no de toda la literatura de la que se significó como un escritor que en su vida y en su literatura fue un personaje a la medida de Cortázar; el complemento perfecto del cómplice amigo bibliotecario del laberinto; el don juan cercano al estilo arrebatador de Carlos Fuentes, y el héroe de las mujeres de aquel niño que le gustaba mirarse en el espejo veneciano de tres cuerpos de su madre e imaginarse que se metía dentro de lo sobrenatural. La poética de una literatura que me fascina en su perfil de mejor cuentista con excelentes libros como El lado de la sombra, La muñeca rusa, Historia prodigiosa o La trama celeste, sin olvidar sus novelas El sueño de los héroes,  en cuyas páginas muestra su fascinación por la fotografía y Plan de evasión donde trata los espacios desterritorializados de lo real, la pluralidad de los mundos, el tema del doble, las correspondencias sensoriales, la visión de la locura en el amor, con una admirable y depurada prosa, con sobresalientes giros argumentales, mantenida en su exquisito ensayo De las cosas maravillosas, en sus diarios sobre Borges y en su último libro Diario de la guerra del cerdo, en el que abordó su temor a la vejez y a la muerte.

Soy escritor por escrito, dijo Bioy. Y sin duda lo fue también de la vida a la que sedujo en todas sus variantes, y de la que a pesar de duros peajes- el alzheimer de Silvina Ocampo, la muerte de sus hijos- en sus últimos años, mantuvo el tipo, el gesto y la sonrisa en corto de su mirada. Hoy domingo, en medio de todo lo que muda, lo recuerdo con la mano sobre el hombro de sus libros en mi biblioteca, y lo imagino por una carretera azul en un Bugatti amarillo, y a bordo su mejor amante, la literatura.

 

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