El auge de los afectos negativos

Existe en Brasil un “Gabinete do ódio”. Todos saben de qué se trata. Así se lo menciona en los medios de comunicación, en las conversaciones cotidianas y entre los integrantes del gobierno de Jair Bolsonaro del cual forma parte. ¿De qué se trata? Como casi todo lo que viene pasando últimamente en este país, no resulta fácil explicarlo y causa cierto estupor.

Quizás alcance con decir que se trata de una oficina instalada en el Palacio del Planalto, sede del Poder Ejecutivo en Brasilia, donde trabaja un equipo de funcionarios públicos liderados por uno de los hijos del actual presidente, Carlos Bolsonaro, que además es concejal por Río de Janeiro. Sus principales funciones consisten en elaborar informes interpretando las noticias diarias y, sobre todo, manejar las activísimas redes sociales de la Presidencia de la República.

Este equipo ya venía operando antes de que, en enero de 2019, su existencia saliera a la luz. De hecho, fue el articulador de la campaña y el principal responsable de la victoria de Bolsonaro en las elecciones presidenciales de 2018, con su insólita artillería de fake news, bots, trolls y otras delicias de la política on line. El mismo Presidente lo admitió, al ser cuestionado sobre alguna de las múltiples barbaridades que su familia hace circular por Internet: “él me puso aquí”, dijo refiriéndose a su hijo. Y agregó: “debería ser ministro”.

Los detalles escabrosos son tantos y tan escalofriantes que desafían cualquier tentativa de síntesis, además de superar lo verosímil: alianzas con las milicias, asesinatos de opositores, mentiras descaradas y toda suerte de brutalidades otrora inconcebibles, que sistemáticamente son negadas o afirmadas sin necesidad de explicaciones, disculpas ni falsos pudores. En Brasil ya hace tiempo que la serpiente salió del huevo, y no para de tuitear.
 

El estallido


Mientras tanto, perfectamente informados sobre todo esto, ¿qué hacen los que no odian? Quizás convenga detenerse un poco en la expresión: odio. Sin duda, parece definir con primorosa exactitud la misión del gabinete planaltino, incluso bajo un consenso raramente logrado en otros ámbitos. Eso es odio, por supuesto: lo contrario del amor. Se trata de un grupo de funcionarios que destila odio, que odian todo lo que consideramos valioso. Pero, ¿esa gente es odiosa?

Si la palabra es tan ubicua que se nos puede dar vuelta como un boomerang, tal vez no sea tan adecuada como cierto automatismo mediático nos lleva a creer. La precisión para nombrar las cosas es un arte que se ha visto vampirizado por la prepotencia tuitera, hija dilecta de la pericia publicitaria que nos nutrió desde chiquitos; sin embargo, el efectismo del eslogan quizás no logre abarcarlo todo. Más que una política del odio, lo que han implantado con figuras como Donald Trump o Bolsonaro en las altas esferas del poder es otra cosa; algo bien a tono con los tiempos que corren: una política de la venganza.

Hay una furia que estuvo contenida durante algún tiempo y que se desató, con toda su torpeza y ferocidad, contra el proyecto de mundo que parecía estar vigente hasta hace poco. En este caso, esa ira apuntó no sólo a ciertas medidas políticas sintonizadas con los idearios de izquierda, desde el matrimonio igualitario hasta la preservación ecológica, sino que también se posicionó contra valores básicos de las sociedades democráticas, como la libertad de prensa o la división entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Todo eso que parecía más o menos obvio y avalado por las mayorías, que avanzaba hacia un horizonte de progresivo afianzamiento, para los seguidores de los nuevos líderes de ultraderecha es resultado de políticas abusivas que durante demasiado tiempo tuvieron que soportar en silencio; ahora, llegó el momento de desterrarlas.

El apoyo popular a Bolsonaro, por ejemplo, suele crecer cuando incentiva manifestaciones a favor de una intervención militar en su propio gobierno; o cuando, imitando a Trump, insulta a periodistas o desmiente a los equipos científicos que lo asesoran. En otras palabras, las agresiones no afectan su imagen sino que, por el contrario, son la base de su popularidad.

Aquellos que no estábamos avisados sobre este tsunami que se venía gestando en las cloacas de Internet de repente vimos cómo estallaba esa desconfianza acumulada, toda esa bronca que había permanecido más o menos enmudecida y que no era un fenómeno marginal. Fue cuando se volvieron visibles estos personajes que al principio parecían ridículos y hasta impresentables, hechos a medida para los memes que circulan por las redes sociales. Y fue así como el mundo fue descubriendo que estos líderes, por más grotescos que fueran, eran capaces de encarnar esas emociones que pensábamos inconfesables: ellos vociferaban con orgullo todo aquello que antes podía estar latente pero era innombrable y que se pensaba que así iba a permanecer.
 

Una política del resentimiento


Para el resentido, el Otro es fundamental. Esto lo mostró muy claramente Friedrich Nietzsche en su Genealogía de la moral, un libro publicado en 1887. La venganza sólo funciona si hay alguien que sufrirá por lo que hizo (o por lo que se lo considera capaz de hacer), de preferencia humillándolo o hasta exterminándolo, como una forma ejemplar de pagar por los males que suscitó o podría suscitar. Además, al ejercerla, el vengador se enaltece a sí mismo casi automáticamente, asumiendo una superioridad moral con respecto a ese Otro que es objeto de su cólera. ¿Hay un territorio más adecuado que las redes sociales para canalizar esos afectos negativos?

Si el odio, el rencor y la envidia siempre anduvieron al acecho entre las criaturas demasiado humanas que seguimos siendo, incluso la sed de venganza que acompaña al tipo de resentimiento recién retratado, ¿por qué detonó ahora con tanta vehemencia y eficacia? Quizás una clave resida en los cambios que plataformas como Facebook, Twitter o YouTube han posibilitado en los protocolos del debate público.

Es sabido el modo en que funcionan los algoritmos. Sabemos también que las cinco o seis empresas que ofrecen tanto el espacio como la voz para esas calurosas discusiones son las más ricas y poderosas del planeta. Además, todas ellas lucraron escandalosamente durante –y debido a– la reclusión domiciliaria obligada por la pandemia desatada por el Covid-19. Solamente cuatro de esas compañías –Apple, Amazon, Facebook y Google– declararon a fines de julio un lucro trimestral conjunto superior a los 28.000 millones de dólares. Más significativo todavía fue el hecho de que, apenas 24 horas después de enfrentar duras críticas y acusaciones por parte del Congreso de Estados Unidos, motivadas justamente por la ambigüedad de los términos legales que les permiten participar en las campañas electorales de ese país, el valor bursátil de las cuatro firmas creció aun más (1).

Aunque se trata de un claro atropello de la lógica estatal por la empresarial, y esto de por sí ya es algo tan inédito como problemático, no se trata sólo de eso. Además, pareciera que ese intenso entrenamiento que los usuarios de Internet hemos tenido en el último par de décadas, al tipear nuestras convicciones en los teclados o en las pantallas de nuestros celulares y computadoras, nos equipó con una capacidad inédita de decir lo que se nos antoja. Fueron cediendo, así, las formalidades que solían contener los improperios en las confrontaciones verbales, mientras la anticuada etiqueta de la politesse se desvaneció al ritmo de estrategias como el cancelamiento, el bullying y los linchamientos virtuales.
 

Todo es medio fake


Los criterios de veracidad también se han relajado: al operar según la lógica de la publicidad y el espectáculo, lo que importa es el efecto inmediato de verosimilitud causado en el otro por el mensaje emitido, así como su impacto cuantitativo al ser “compartido” por más y más gente. Todo eso sin necesidad de justificar lo dicho con pruebas o firmas responsables, como exigían las normas del debate democrático y como tenían que hacerlo –mal que mal, les gustara o no– los medios de comunicación más tradicionales, como diarios, revistas, libros, radio y televisión.

“Bolsonaro llegó al punto de desmentirse constantemente incluso a sí mismo –afirma la periodista brasileña Eliane Brum–. Ningún otro político corrompió a la verdad como él, al tornarse en el principal exponente de la autoverdad: el concepto de que la verdad es una elección personal, del individuo, desconectada de los hechos” (2). Si bien es cierto que el Presidente brasileño es un gran practicante de esa modalidad discursiva, dista mucho de ser el único.

Aparentemente, la generalización de esa lógica es lo que sucede cuando una sociedad pasa a gravitar según la dinámica del mercado: no siente más la necesidad de encubrir ciertas mezquindades en nombre de entelequias cada vez más abstractas como el “bien común”. Si yo quiero y se me da la gana, lo digo, pues mi verdad vale tanto, o más, que la verdad de cualquier otro. Si uno le paga a Facebook por publicar lo que sea, Facebook lo publicará porque esa es la manera en que esto funciona y todo el mundo lo sabe, o debería saberlo.

Por eso Trump se enojó cuando Twitter empezó a alertar sobre la posible falsedad de algunos de sus mensajes, en mayo de este año. Al expresar su ira por ese episodio, como suele hacerlo, por medio de la misma red social a la que estaba criticando, recurrió al vocabulario de la civilidad y se puso en el lugar de la víctima. “Han tenido un poder sin control para censurar, restringir, editar, moldear, ocultar, alterar virtualmente cualquier forma de comunicación entre ciudadanos privados o grandes audiencias públicas”, escribió. “Twitter está sofocando completamente la LIBERTAD DE EXPRESIÓN, y yo, como Presidente, ¡no permitiré que suceda!”, agregó (3).
 

Cinismo


La sociedad moderna se ha fundado bajo la égida de un “contrato social” imaginario, que instauró la democracia parlamentaria o representativa con sus promesas de igualdad, libertad y fraternidad para todos los ciudadanos. Tales principios se apoyaban en una trama de valores aparentemente sólidos y consensuales, amparados por un humanitarismo universal y una ética vagamente protestante que los tornaban no sólo legítimos sino incontestables.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, las prácticas que de ellos se desprendían –desde el comercio hasta la diplomacia, pasando por el mito de la justicia ciega y por el tópico especialmente sensible del adulterio– mal lograban disfrazar su falsedad, casi siempre envuelta en reprimidos decoros o culpas infamantes. Así, empaquetada con las mejores intenciones, esa mala fe típicamente burguesa era conflictiva en su propia esencia. Cada vez que la mugre se barría bajo la alfombra, la conciencia también se recusaba a quedar del todo limpia. Por eso era habitual que esas molestias explotaran en serios dilemas morales, generando un malestar que fue elucidado como el inevitable precio a pagar por algo digno de cualquier sacrificio: la civilización. Ese fue uno de los principales argumentos del célebre ensayo de Sigmund Freud, El malestar en la cultura, publicado originalmente en 1930.

Pero todo eso parece haber perdido validez en los “gabinetes del odio” que hoy laten en los bolsillos de cualquier consumidor, siempre listos para disparar sus municiones digitales en busca de algunos likes. Si la célebre hipocresía burguesa tenía sus problemas, al menos estábamos acostumbrados a sobrellevarla. Pero nadie nos preparó para enfrentar este desplazamiento del suelo moral que sostenía el equilibrio inestable de la orquestación moderna.

Cuando las fuerzas del resentimiento salieron a la luz y notaron que ya no era necesario contenerse, que no hacía falta disimular ni complicarse con algo tan anticuado como el qué dirán, que incluso podían gritar sus verdades a los cuatro vientos y saldrían victoriosos, entonces el cinismo terminó devorando a la hipocresía y así estamos.

1. Pablo Guimon, “Gigantes tecnológicos crescem em meio ao desmonte econômico dos EUA”, El País, Madrid, 31-7-20.
2. Eliane Brum, “Por que Bolsonaro tem problemas com furos”, El País, 11-3-20.
3. Rafael Mathus Ruiz, “Trump les declaró la guerra a las redes sociales y dijo que cerraría Twitter si fuera legal”, La Nación, Buenos Aires, 28-5-20.


(*) Antropóloga. Autora, entre otros libros, de La intimidad como espectáculo y El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales, FCE, Buenos Aires, 2008 y 2005, respectivamente.
© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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