En Taxco, Guerrero Mártir

Uno. Pausa en el confinamiento que trazas tiene de pudrir este 2020, y prolongarse en el 21, acudo a mi casa taxqueña, el fin de semana previo a las fiestas patrias. Festejo de la memoria nacional que, del programa original, quedará en llamaradas alumbrando un Zócalo vacío, y un presidente solitario (aunque lo acompañe un cortejo de fieles) en el balcón…

Dos. Me había jurado no enterarme, no estos días, de las camorras al uso, pero me resultó imposible. En una “mañanera” se trae a cuento el fraude electoral (que no faltó el cínico obsequioso que lo tachara de “fraude patriótico”), cometido contra el PAN, en Chihuahua, en 1986, y que tremenda tolvanera de críticas levantara. Esto en presencia de su entonces operador, Manuel Bartlett, a la sazón secretario de Gobernación, hoy director de la CFE. ¿Reacción? Impávida. A mí que me esculquen.

Tres. Y, mientras en Estados Unidos se exige la expulsión de Luis de Videgaray del MIT (a diferencia de su jefe, que se refugió en un romance con visos “mediáticos”, una ineficaz peluca y una exclusiva zona residencial ibérica, a don Luis le dio por profesar, aunque no me imagino qué); en México, se le invita a Enrique Krauze y a Héctor Aguilar Camín, o a “que se queden en su esquina o cambien de país”.

Cuatro. Lo que me trajo a las mientes uno de mis aforismos dilectos de los 60: “Ya que no puedo cambiar de país, cambio de camiseta”. Y mire usted que, en aquel entonces, Edad de Plata del pasado siglo, las camisetas aún no adquirían la alacridad expresiva (todo tipo de justiciera causa) de estos días que se los lleva el diablo.

Cinco. ¿Y quién invita, anima o por caso amenaza, con el auto ostracismo, al par de intelectuales a quienes les dio, es cierto, por el negocio de los “medios”? Pues Paco Ignacio el Dos Taibo: feliz poseedor, en la lotería ideológica, de un cachito con premio mayor: ¡el Fondo de Cultura Económica! (aunque sin renunciar a sus camisetas).

Seis. ¡Basta, basta, oh Dioses, de tanto ajuste de cuentas, al menos por unos días con sus noches! A eso voy.

Siete. El otrora boyante Real de Minas, me brinda uno de sus espectáculos: el de las torrenciales lluvias, noctámbulas de preferencia, que, al mudar en ríos caudalosos callejones y calles, sirven de irreprochable autolavado de la población.

Ocho. Espectáculo en varios actos que sigo embebido en mi terraza observatorio; un ojo a Natura y el otro al hojeo y ojeo, de los tres tomos (ediciones, en realidad, empastadas, de tomos previos, sobrantes), con que, EMECE de Argentina contribuyó a la glorificación de Borges. Tan Jorge Luis como “Georgie” (aunque nunca Borgues como lo rebautizara Fox, pozo de ignorancia); tan británico como “compadrito” bonaerense.

Nueve. La cosa empieza con tropeles de nubes que ocupan poco a poco el horizonte todo. O forman figuras caprichosas o se concentran en una enorme flota, ahíta de agua, presta para descargarla sobre la población.

Diez. Puede usted imaginar las formaciones aéreas de la Segunda Guerra; si Aliadas, tapizando de bombas ciudades alemanas (Desde, Nuremberg, Berlín); si bajo el mando de Goering, sembrando de explosiones Londres, mi Londres (en Hiroshima y Nagasaki, bastaron dos cargas, una por cada urbe, demencialmente letales).

Once. Así, así, el “nuberío” descarga de lluvia sus depósitos sobre Taxco. Música sinfónica de torrentes vertidos desde el cielo, relámpagos, rayos, alguna centella disparada verticalmente. Todo esto, frente a mí, como si pudiera tocarlo. El bombardeo dura hasta el amanecer.

Doce. La neblina humareda todo lo cubre: iglesias (empezando por San Prisca), barrios, casas, los contados edificios novohispano aún de pie, los escasos espacios verdes, plazas y plazuelas, la Plaza de Armas, los balcones, las bancas municipales. Cubre y trastoca. Tanto que hay que volver a colocar las piezas en su prístino lugar.

Trece. Momento en el que surge, en su carro, el sol. Secando azoteas y paredes, encausando los ríos callejeros.

Catorce. Y, ni modo, vuelta a la realidad pandémica pandemoníaca. El lunes 12 de septiembre, Taxco, Guerrero Mártir, saltó hacia atrás, al color naranja del semáforo fabricado por López, pero López-Gatell.

 

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