Aprendizajes de un historiador

Aún aprendo
Por Carlo Ginzburg
Fondo de Cultura Económica. 154 páginas

No es frecuente adentrarse en el proceso de gestación de una investigación histórica. Los novelistas o poetas son más dados que los historiadores a examinar ese “viaje a la semilla” de sus trabajos más significativos. Por eso esta recopilación de lecciones y ensayos breves de Carlo Ginzburg reviste interés a pesar de su apretada densidad, que, es cierto, atraerá más al conocedor de la obra integral de uno de los creadores de la “microhistoria” que al lector meramente curioso.

En el libro, explica el compilador y traductor Rafael Gaune Corradi, se resumen “cuatro casos, cuatro experimentos y cuatro retrospectivas presentadas a través de los usos de la filología”. Al hacerlo Ginzburg (Turín, 1939) exhibe su método de trabajo y aborda interrogantes que exceden el marco de la historiografía y encuentran ecos impensados en la realidad cultural de estos días.

Hoy llama la atención, por ejemplo, toparse en el primer ensayo con una invitación a intentar “experimentos de doble ciego”, tan comentados a propósito de la pandemia, como forma de probar la validez de los testimonios reunidos y acotar el papel del historiador. Consciente de los límites de la analogía médica, Ginzburg de todos modos la baraja, guiado por la sospecha de que quien investiga puede influir en el resultado con sus expectativas y prejuicios. “Se necesita esterilizar los instrumentos del análisis, me repito a mí mismo desde hace años; aunque el primer instrumento para esterilizar es naturalmente el investigador mismo”, ironiza. La metáfora, huelga decirlo, bien podría extenderse a otras disciplinas, empezando por el periodismo.

Un segundo aspecto llamativo del libro es el papel que Ginzburg asigna a lo inesperado o al azar en el origen de sus trabajos. Los ejemplos personales que ofrece son harto elocuentes. Un estudio empezado sobre las Cartas filosóficas de Voltaire, sugerido a su vez por una lectura “perspectivista” de Eric Auerbach, lo llevó a rastrear, en el catálogo de la Universidad de California-Los Angeles (UCLA), todas las palabras en el primer parágrafo del incompleto Tratado de metafísica del francés, y detenerse primero en el vocablo “Cafrérie” (en la actual Sudáfrica), luego en “cafres”, acerca del cual el catálogo arrojó el nombre de Jean-Pierre Purry un desconocido memorialista calvinista del siglo XVIII que escribió sobre comercio y colonización en Africa, Batavia y Carolina del Sur, donde murió. La lectura del olvidado libro de Purry (había un ejemplar en la UCLA) embarcó a Ginzburg en una investigación de dos años que en 2005 desembocó en el ensayo “La latitud, los esclavos, la Biblia. Un experimento de microhistoria”. El método azaroso ha seguido dando frutos puesto que similar comienzo “casual” tuvo el último libro de Ginzburg, Nondimanco. Machiavelli, Pascal (2018).

Ginzburg aclara que la práctica no era caprichosa. Con ella buscaba, una vez más, limitar la acción del investigador sobre lo investigado, “evitar el riesgo de encontrar lo que se busca”, “contrastar el peso de las suposiciones (y eventualmente de los prejuicios)”, “situar a quien dirige la investigación ante lo desconocido”, “hacer surgir las potencialidades cognoscitivas del extrañamiento”. Todas prevenciones atendibles y necesarias en cualquier abordaje que se pretenda científico.

Aún aprendo es el título de este libro revelador, inspirado en el célebre dibujo de Goya. La elección resulta acertada puesto que en sus páginas, escasas aunque exigentes y colmadas de referencias y notas propias y del traductor, Ginzburg se muestra como aprendiz antes que como maestro en el ejercicio de una vocación que no suele fomentar la humildad.

 

Anterior Siguiente