El Padre de la Patria: Iturbide vs Hidalgo

I. Edmundo O’Gorman sobre Iturbide vs Hidalgo

Con vistas a la conmemoración y celebración del bicentenario de la consumación de la independencia de México el 28 de septiembre de 2021, hace varios años di con el valioso texto del historiador Edmundo O’Gorman, Hidalgo en la historia, que consideré desde entonces debía ser objeto de revisión y razonamiento; tanto el texto como su planteamiento. Un título que se queda corto en realidad y debió llamarse “Hidalgo e Iturbide en la historia”, porque aborda a ambos personajes y la batalla, dentro de la política mexicana del siglo XIX, por entronar a alguno de los dos como el verdadero padre de la patria.

No hay duda que ese mérito lo personifica hoy Miguel Hidalgo y Costilla, pero durante el advenimiento decimonónico esa certeza no fue tan clara, pues tal título osciló de acuerdo a los avatares políticos e ideológicos de ese tiempo. Conforme accediera al poder alguno de los bandos, conservador o liberal, o su equivalente centralista y federalista, se definiría la paternidad de la patria para Iturbide o Hidalgo. Ese es el planteamiento fundamental del trabajo de O’Gorman.

II. Sobre los insultos a Hidalgo

La idea de la importancia de ese ensayo histórico de O’Gorman se confirmó cuando el presidente López Obrador, en su discurso con motivo de la conmemoración del 211 aniversario del inicio de la Independencia con el “Grito” de Dolores, refirió, en abono a la figura de Hidalgo, los insultos de que fue objeto por los enemigos de su tiempo. Citando al escritor Paco Ignacio Taibo II, director general del Fondo de Cultura Económica, leyó el listado de las ofensas encontradas por el hijo Taibo I en sus investigaciones de carácter histórico.

En cuanto lo leyó, de inmediato recordé el texto de O’Gorman, del 3 de septiembre de 1964, leído en ocasión de su ingreso a la Academia Mexicana de la Historia. Precedía al escritor mexicano de origen español por poco más de medio siglo. La diferencia es que frente a la lista pesada pero monótona leída por López Obrador, O’Gorman distingue entre los cargos y los insultos, “aunque lo primero suele sonar a lo segundo”, señala el historiador y pone así las cosas:

“Cuando el Fiscal del Santo Oficio dice del Cura que, entre otras cosas, era hereje, apóstata, deísta, materialista, libertino, sedicioso, lascivo, judaizante, traidor y secuaz de las sectas de Sergio, Berengario, Cerinto, Carpócrates y de otras que desenterró para lucimiento de su erudición, no es que lo injurie, como tampoco el agente del Ministerio Público de nuestros días a quien indicia de la comisión de un delito. Pero descontado todo eso, todavía queda el imponente cúmulo de denuestos que le dedicaron a Hidalgo sus enemigos. Sin mencionar los que mejor están para callados, podemos entresacar los siguientes a manera de ejemplo: soberbio endemoniado, oprobio de los siglos, Sardanápalo, sicofanta descarado, clérigo espadachín, capitán de bandoleros y asesinos, aborto del pueblo de Dolores, injerto de los animales más dañinos, y otras lindezas por el estilo”. (Todas las citas subsecuentes corresponden a la obra de O’Gorman).

No obstante esa crítica, esas ofensas e injurias, los leales a Hidalgo, en contraparte, preservaron su memoria y su grandeza, su genio y su bondad, y fue por medio de esa dualidad “monstruo luciferino y ángel de salvación”, que penetraría el “reino del mito donde las balas ya no pudieron alcanzarlo. Así transfigurado descendió a la Tierra, y en torno a la pugna entre aquellos extremos irreductibles se fue convirtiendo en el genio tutelar de nuestra historia”. Su polémica e impetuosa figura haría cimbrar los cimientos de 300 años de gobierno virreinal en tan sólo 4 meses de levantamiento.

Después del discurso del presidente, señalé en twitter el 23 de septiembre el antecedente de O’Gorman a Taibo Segundo recomendando la lectura del primero. El 24, López Obrador volvió a señalar esos insultos en su conferencia matutina (y posteriormente en dos ocasiones más), pero ahora señalando que Taibo Segundo dice que él realizó la investigación sin saber que “otro escritor” lo había hecho ya. Supuse y supongo que se refieren a O’Gorman. Este hecho casi fortuito me llevó a ratificar la importancia del historiador autor de otra gran obra, La invención de América.

III. La batalla por la paternidad de la patria

Una vez signada por Iturbide el Acta de Independencia el 28 de septiembre de 1821, un día después de la entrada del Ejército Trigarante a la Plaza Mayor, hoy Plaza de la Constitución o Zócalo, y una vez que hubo sido investido como emperador de la Monarquía Constitucional (no absoluta; 22 de mayo de 1822) que sólo duró diez meses, inició la batalla por determinar al héroe principal de la patria. Iturbide y los suyos quisieron minimizar la participación de Hidalgo, Morelos y los Insurgentes para dar importancia fundamental a la consumación histórica de la Independencia. Entonces, era él quien en consecuencia merecía el mérito de la grandeza patria. “Para Iturbide… las revoluciones de 1810 y 1821 eran acontecimientos enteramente desligados e incompatibles, y la obvia consecuencia resultaba ser que a él y solamente a él correspondía la gloria de haber independizado la Nueva España”.

En cambio, a los Insurgentes “les parecía que sin un Hidalgo no habría un Iturbide y les repugnaba el monopolio de gloria que pretendía reclamar para sí el Generalísimo-Almirante”. Es decir, el Plan de Iguala había sido posible gracias a la revolución iniciada por Hidalgo. Así de simple. Esa fue la lucha establecida tanto en la Soberana Junta Gubernativa como más tarde en el Congreso de 1822; “error” dejado crecer por Iturbide, señala O’Gorman; error para su causa, se entiende.

Ese era el tono del debate entre iturbidistas e hidalguistas. Uno de estos, Carlos María de Bustamante, frente al propio Iturbide propuso lo siguiente para perpetuar la memoria de la independencia y de sus autores.

“Depósitos de inmundicias, se arrasaran las cuatro fuentes de la Plaza de Armas para substituirlas por cuatro columnas consagradas a Hidalgo, Allende, Morelos y Mina. Serían, dice, truncadas en señal de que esos héroes comenzaron la obra de la libertad sin concluirla. A Iturbide propone que se le dedique una inscripción en el pedestal de la columna a la independencia que debería levantarse en la Plaza de Santo Domingo, y sugiere como texto el siguiente: ‘Al ciudadano Agustín de Iturbide y Aramburu, porque en el espacio de siete meses concluyó con medidas prudentes más bien que con armas, la obra de la libertad e independencia mexicana, comenzada desgraciadamente once años antes’”.

Con Iturbide en el poder, el partido insurgente no pudo lograr más que la inclusión del 16 de septiembre en dos decretos sobre fiestas nacionales, “pero una vez derrocado Iturbide, nulificada su coronación, declarado traidor vitando, decretada la insubsistencia del Plan de Iguala y de los Tratados de Córdoba, ahuyentada el águila imperial por el águila democrática y anticipado el voto en favor del sistema republicano federal, el Congreso dedicó sus últimos alientos a organizar la gran promoción histórica de la insurgencia, que no otra cosa significa su famosa ley del 19 de abril de 1823″. A partir de ahí se “despacharían con la cuchara grande” los partidarios de Hidalgo. Este iniciaba su encumbramiento al pasar de ser calificado como cabecilla de salteadores a iniciador de la Independencia; Iturbide quedaba degradado.

O’Gorman es contundente: “Iturbide es ahora la víctima de una metamorfosis parecida a la que sufrió Hidalgo: al que fue el ‘sin par hombre de los siglos y enviado del cielo’ se le descubre el torvo perfil del traidor, y como Hidalgo, también tendrá que morir en el patíbulo para que su sombra ronde las gradas del templo de Clío en busca de su pedazo de gloria”.

El Segundo Congreso Constituyente adopta el sistema federalista, Iturbide sería ejecutado por “traidor” en Tamaulipas al tratar de ingresar al país (19-07-1824), se anulan todos los actos celebratorios iturbidistas, y se declaran el 16 de septiembre [celebrado por vez primera en 1825] y el 4 de octubre los aniversarios del principio y del fin de la guerra de independencia; el segundo, correspondiente a la promulgación del Acta Constitutiva de la Federación Mexicana del 4 de octubre de 1824. En este concepto, “la independencia dejó… de entenderse como mero rompimiento de los lazos de la dominación española… [pues] al llenarse de un contenido específico, se ecuaciona con el advenimiento de la república”.

IV. Antonio López de Santa Anna

Pero ha aparecido en el panorama la figura ambiciosa de Antonio López de Santa Anna. Primero como miembro del ejército realista, después como aliado de Iturbide y el Ejército Trigarante, luego como opositor a la pretensión imperial del consumador de la Independencia, y más adelante ya como presidente por vez primera a partir de 1833. Y con ello, el advenimiento del sitio de privilegio de nueva cuenta del ex emperador fusilado en 1824:

“En curioso paralelismo los once años de este régimen ofrecen a ese propósito un cuadro parecido al de los también once de la República Federal. Como si se tratara de una competencia deportiva, le toca a Iturbide el desquite. Igual que el de Hidalgo, su nombre fue inscrito en letras de oro en el salón del Congreso; sus cenizas también fueron traídas a México y solemnemente depositadas en Catedral, pero en urna separada y no en el altar de Los Reyes, sino en la capilla de San Felipe, y por último, el 27 de septiembre fue rehabilitado como festividad pública y conmemorado por primera vez y con pompa inusitada”.

Pero como es fácil de imaginar, el dictador López traicionó a su héroe muerto y quiso la gloria independentista para sí. De esta manera, decretó el 11 de septiembre como verdadera fecha de la consumación de la gesta independentista en memoria de ese día de 1829, cuando con él al mando, el ejército mexicano había abatido en Tampico el amago de invasión española de la Expedición Barradas. La progresión patriótica que López deseaba era: 1. El grito de Dolores; 2. El Plan de Iguala; 3. La entrada a México del Ejército Trigarante y claro está, 4. El triunfo del 11 de septiembre en Tampico. Afortunadamente, su idea de erigir un monumento en la Plaza de Armas para conmemorar la fecha como fiesta nacional, no prosperaría.

Dejando de lado a López de Santa Anna por el momento –que llevaría al país a la desgracia-, y “empatados nuestros dos héroes en la carrera de la fama, no tardará en sobrevenirle a México su más grande tragedia: la mutilación de su territorio a consecuencia de la guerra con los Estados Unidos de Norteamérica”.

El destierro de López de Santa Anna en 1845 y la presidencia de Joaquín Herrera trajeron de vuelta a Hidalgo y los Insurgentes. “Manuel Payno acababa de publicar una narración semi-histórica de muy dudoso gusto, pero significativa por ser la primera, que sepamos, donde la descripción de ‘el grito’ se falsea en los colores que serán populares: repiques de libertad, arenga patriótica, vivas y mueras que no se exclamaron, y el Cura ya francamente el albo ancianito que se pondrá tan de moda. Quintana Roo, por su parte, propuso en un discurso el cambio del consabido Hidalgo mensajero de Dios por el del laico instrumento de la teleología histórica, y un poco más tarde; D. Luis de la Rosa, frente al amago monárquico, hace gala en una oración cívica de su hispanofobia e indofilia para destacar sobre ese fondo al Hidalgo republicano, el enemigo jurado de toda realeza”.

En efecto, del hombre robusto de un retrato de 1826 -”se le ve de pie y de cuerpo entero vistiendo un extravagante traje de campaña, cubierta la cabeza por un sombrero de anchas alas coronado con plumas”-, se pasa, en el tiempo de Herrera, a la figura de un abuelo débil, decrépito, cuando en realidad al morir Hidalgo contaba con sólo 58 años. “La imagen… de un hombre robusto [es] más congruente con las hazañas… que la del frágil anciano a que estamos acostumbrados”.

Entre idas y venidas de López de Santa Anna, ora como conservador ora disfrazado de liberal, y la alternancia de federalistas y centralistas, las figuras de Iturbide e Hidalgo siguen en la disputa. Por ejemplo, en 1850 la celebración fue el 27, no el 16 de septiembre, con Mariano Paredes y Arrillaga como presidente conservador; ese año la elección la ganará el liberal Mariano Arista. Pero a estas alturas de medio siglo parece que la batalla la ganará Iturbide, así lo prefigura Lucas Alamán a pesar de Melchor Ocampo, quien aboga por ambos héroes.

La muerte de Lucas Alamán dejará solo en su locura al dictador que había sido solicitado desde Colombia por los conservadores, lo que precipitará su caída a través del Plan de Ayutla que lo desconoce. “El ascenso de Hidalgo ya no encontrará tropiezos, porque aún en tiempos del Segundo Imperio, que trató de arraigarse a la sombra de Iturbide, no habrá hostilidad hacia el Cura”. Y este se impone en el concepto del padre de la patria a través de la transfiguración que hace Ignacio Ramírez al “iracundo inspirador del ‘mueran los gachupines’, el terrible ángel de la guerra sin cuartel. Sólo su ejemplo, concluye El Nigromante, conducirá a la República a la victoria”.

V. La conclusión de O’Gorman

La transfiguración de Hidalgo va tomando forma durante el período de la Reforma: “más que el Atila de Dolores importa ahora exhibir al patricio venerable como raíz histórica de las instituciones victoriosas. Y así fue cómo a medio siglo de distancia de su muerte le llegó a Hidalgo, por fin, su consagración más alta como divinidad rectora de la patria…. En dos discursos claves de Ignacio Altamirano se fraguó el ídolo. Cargado el acento geriátrico y enterrado el mensaje de odio, vemos ascender a Hidalgo, entre guirnaldas e incienso, a los altares cívicos en la advocación de ‘Divino anciano’. Fue su mocedad, dice el orador, entrega a la ciencia y a la belleza, aludiendo a sus devaneos amorosos. Cultivó en la madurez el campo y la artesanía, y tocado de la mano del destino, ya anciano engendró a la patria con su inmenso amor de ciudadano, legislador y mártir. Sólo con idolatría, concluye, se paga a Hidalgo.”

A partir de allí abundan los escritos sobre Hidalgo, sobre todo panegíricos, nos dice O’Gorman. Pero la lectura de este, nos revela la presencia de autores juiciosos que reconociendo la primigenia y gran obra de Hidalgo, no desconocen a Iturbide. Así, lo establece Melchor Ocampo, por ejemplo, al darle al primero la gloria de la paternidad de la patria y al segundo la de la conclusión de la obra de la independencia; razón y lógica elemental.

¿Es tan difícil conciliar y dar a cada cual lo que corresponde? Es la tarea que debió emprender el gobierno que hoy pretende una cuarta transformación, no desdeñar a Iturbide por ensalzar hasta el exceso a Hidalgo, no esperar a que algún día arribe de vuelta algún gobierno conservador y recupere la figura de Iturbide que ya a estas alturas debiera de ubicarse más allá de las ideologías. Me parece que el actual gobierno ha dejado escapar esa oportunidad, no única, pero sí trascendente en el año 2021.

VI. No al Hidalgo de cartón

Por último, frente al fanatismo que idolatra un Hidalgo estatua, calle, plaza, modelo, invención del tiempo, caricatura, cartón, hay que considerar a la obra del héroe sí, pero también a un ser más humano, tal como lo proponen los escritores más sensatos del siglo XIX y XX, “el teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a músicas y bailes; gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo y de la artesanía”, como lo ve O’Gorman. Que puede admirarse a más no poder, pero aún conocer y disfrutar al ser, al personaje que se manifiesta en nuestro tiempo, por ejemplo, en la película Hidalgo: La historia jamás contada (2010), dirigida por Antonio Serrano Argüelles, o en la extraordinaria e hilarante novela de Jorge Ibargüengoitia, Los pasos de López. Hay que erradicar el exceso de patetismo de la historia nacional.

P.d. Visita al Convento de San Joaquín, donde pernoctó Iturbide del 11 al 15 de septiembre de 1821, antes de la entrada del Ejército Trigarante a la Plaza Mayor.

 

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