Las vidas detrás de los libros

Hola, ¿qué tal? Espero que lo mejor posible. Yo bien, bastante atareada. No voy a quejarme acá de mis actividades ni de mi exigencia, pero sí decir que este año está bastante cargado y que percibo a mi alrededor un agotamiento bastante similar al de diciembre pero –todavía– sin cenas de fin de año. Quisiera que el fin de ciclo y las vacaciones estuvieran más cerca de lo que están, aunque en algunos supermercados ya nos hagan la psicológica exhibiendo pan dulces y turrones.

Me interesa que pasemos pronto al tema que nos convoca esta quincena, porque es uno de esos que me apasionan. La excusa es que este viernes 1, sábado 2 y domingo 3 de octubre está teniendo lugar, en la ciudad de Buenos Aires, la ya célebre Feria de Editores, un evento muy masivo en el que las editoriales más interesantes del país arman un stand y exhiben sus catálogos ante diversos lectores y lectoras. Desde sus inicios en la sede de La Tribu, la FED se fue consolidando y ampliando año a año y ahora tiene una programación robusta de formato híbrido –virtual y presencial– y marca el comienzo de la temporada primavera-verano de la industria editorial, que viene, como muchos otros sectores, fuertemente cascoteado y sin dos años consecutivos de Feria del Libro. Acá pueden ver la programación de la FED, los sellos que participan y demás cuestiones. Si están cerca, aprovechen para darse una vuelta.

Dicho esto, hoy vamos a hablar de los editores y editoras, esas personas que están detrás de la hechura de los libros desde que son apenas un proyecto hasta que se concretan y plasman como un objeto cultural más que llega para intervenir en el mundo. En el mejor de los casos, los editores y editoras son también un poco invisibles: van tejiendo las redes que sostienen sus catálogos y estableciendo los textos hasta volverlos legibles antes de mandarlos a imprenta. Y digo invisibles porque la “mano” del editor no tendría por qué notarse. A mi entender, los mejores editores son aquellos que se corren del centro de la escena para que los textos ganen todo el protagonismo que merecen. Así que hoy recorreré acá las experiencias y anécdotas de un puñado de editores y editoras que se ganaron un lugar en el cielo de los lectores a fuerza de descubrimientos, hallazgos y mucho trabajo subrepticio. (Dato personal: trabajo en y con editoriales hace dieciséis años. Me formé en ellas. Tengo mi experiencia y mis opiniones que voy a tratar de dejar un poco de lado para que este news no sea solo para entendides.)

De quién es el protagonismo

“Editar es trabajar para que otro brille”, dice la también brillante Leila Guerriero en una entrevista. Lo que me lleva enseguida a un texto también suyo, “Los editores que sabemos conseguir”, incluido en ese manual supremo para quien quiera dedicarse al periodismo llamado Zona de obras. Ahí, en menos de dos páginas, condensadas a más no poder, Leila arma un decálogo de editores descollante. Cualquier persona que alguna vez haya escrito para otros seguramente se topó con personas de estas estirpes. Allí Leila identifica, por ejemplo, al editor épico, al editor que no sabe lo que quiere (¡qué difícil lidiar con ellos!), al editor que, para todo, necesita tomarse un café con el autor, al editor que escribió hace años sobre un tema y cree que el mundo no se ha movido desde entonces, al editor exagerado, al bipolar, al dubitativo. Y luego dice esto que me parece genial:

Y están, también, los grandes editores. Los que no hacen –nunca– ninguna de todas esas cosas. Los que te piden lo imposible, porque saben que volverás con algo mejor de lo que imaginaron, y esa idea los llena de entusiasmo y gozo. Los que te enseñan a arrojarte, una y otra vez, jadeando como un sabueso enfermo, tras los pasos del texto perfecto aunque sepan –porque ya estuvieron allí y volvieron para no contarlo– que ese es un grial que siempre quedará más lejos. Te hacen sentir menos solo, pero infinitamente más aterrado. (...) Son generosos, porque ya hicieron lo suyo, y nobles, porque quieren que brilles: que te vaya bien. Sus palabras operan en vos como una epifanía (y por eso son cuidadosos con lo que te dicen y no trafican comentarios ofensivos disfrazados de comentarios ingeniosos), y esperan que tomes riesgos: que intentes rechinantes piruetas en el aire (mientras ellos, llenos de orgullo, te miran danzar en el círculo de fuego). Y un día –esa es su mejor marca– desaparecen. Y si hicieron bien su trabajo, pasarán los años y llegarás a creer que hiciste todo solo. Y olvidarás sus nombres, y olvidarás también lo que te hicieron: lo que te ayudaron a hacer. 

Qué exacta que es siempre Leila en este tipo de descripciones en las que se cuela la experiencia propia con la relación que establece con otros. Me parece fascinante.

Estuve pensando mucho sobre cómo ilustrar este Hilo. Descartado poner fotografías de editores famosos justamente porque me interesa la “invisibilidad” como parte de su oficio. ¿Tal vez imágenes de imprentas, esas máquinas tan bellas y un poco mágicas en las que las hojas se transforman en libros? Finalmente, opté por mostrar las tapas de los libros de los que hablo, como homenaje a los editores y sus equipos que los hicieron posibles. 

Libros sobre la historia de los libros

La historia de cómo empezaron a existir los libros es el comienzo de cualquier historia sobre la imprenta y la edición. Y hay un libro que narra todo esto como una gran aventura colectiva que empieza en el mundo antiguo y llega hasta nuestros días escrito con una pluma elegante y fluida. Me refiero a El infinito en un junco. La invención del libro en el mundo antiguo, de la filóloga española Irene Vallejo, que se alzó con muchísimos premios por este ensayo literario. Vallejo viaja en el espacio y el tiempo y reconstruye el comienzo en la Grecia Antigua hablando de los libros de humo, de piedra, de arcilla, de juncos (los papiros), de seda, de piel, de árboles. El suyo se mueve por culturas y nos cuenta con destreza la vida de algunos personajes claves como Alejandro, Cleopatra, Aristófanes, Tito Livio, Séneca. El pasaje de los libros copiados a mano uno por uno y palabra por palabra a los libros de tipos móviles realizados en serie en la imprenta es mi momento preferido de la “evolución”. En la página 353, Irene Vallejo cuenta otro aspecto interesante: lo importante que fue ponerles nombre a los libros. Títulos de fantasía que propusieran una lógica paralela, que no sea solo descriptiva o literal de lo que vamos a encontrar adentro (tipo: Tratado de astronomía), y cómo eso abrió las puertas de la creatividad. También menciona algunos incendios y quemas de libros (cosas que me ponen especialmente los pelos de punta), y llega a nuestros días, a plantear serios dilemas sobre Amazon y los libros electrónicos. Si tienen curiosidad por estos temas, y quieren sumergirse en un ensayo excelentemente escrito, no se pierdan El infinito en un junco, una gran revelación. 

“El libro es el mejor amigo del hombre después del perro”, dijo Groucho Marx, y esta máxima funciona como epígrafe de otro libro muy erudito y documentado que se encarga de narrar la historia de la edición en Venecia durante el Renacimiento, cuando la ciudad tenía 150 mil habitantes y era de las más pobladas del mundo, como París y Nápoles. Estoy hablando de Los primeros editores, escrito por el historiador y periodista Alessandro Marzo Magno y publicado por MalPaso. Es que a Venecia hacia el año 1500 llegaban –como hoy– muchos visitantes por día, pero no buscaban chucherías made in Italy ni sacarse fotos en el Rialto, sino libros y más libros. La ciudad de los puentes y las calles de agua tenía un altísimo desarrollo de las artes de la impresión gracias a Aldo Manuzio, un imprentero original y arriesgado, que podría estar a la altura de un Miguel Ángel o un Rafael en la escultura y pintura respectivamente. A él le debemos, por ejemplo, la invención del libro de bolsillo y la cursiva. Grandes hallazgos. También fue el primero en imprimir best sellers (vendió 100 mil ejemplares de Petrarca). Si les apasiona la historia, o Italia, o la edición, o todo eso junto, no pueden perderse este libro que nos habla también de la circulación del primer Corán y el primer Talmud, de las primeras partituras y de los primeros libros con cuentos obscenos. 

Tradiciones perdidas y encontradas

Ya que estamos hablando de Italia –mi país preferido, para qué negarlo–, tengo el pie perfecto para detenerme en Roberto Calasso, quien murió el pasado mes de julio a los 80 años. Calasso fue un gran escritor, y también un excelente editor al frente de Adelphi, una casa editorial de Milán con una historia muy interesante desde su fundación en 1962 (cuando publicaron por primera vez en Italia la obra de Nietzsche) hasta la actualidad (cuando sigue siendo una editorial independiente, sin haber caído bajo las garras de ninguna multinacional). 

Calasso es el prototipo de editor que más me subyuga: inteligente, generoso, humilde, didáctico, completamente en contra de las modas pasajeras a las que se sube la mayoría, comprometido con su línea editorial. En su libro La marca del editor, publicado por Anagrama en 2014, toca temas muy candentes para quienes nos dedicamos a hacer libros, traza perfiles de otros editores y discute con algunos colegas que confían en que los algoritmos recomiendan mejor que los libreros. Una de las cosas que más me impactó es cómo él analiza el pasaje de los proyectos editoriales del siglo XX al siglo XXI. Durante gran parte del siglo XX se perseguía la idea de sello editorial como forma, con una impronta dada por algunos nombres propios prestigiosos que definían los contenidos y la estética de sus publicaciones, como Gallimard en Francia, Einaudi en Italia, Suhrkamp en Alemania. Pero los primeros años del siglo XXI muestran un aplanamiento progresivo de las diferencias y un apetito de las grandes empresas por adquirir y poner bajo su ala a muchos proyectos. A su vez, los sellos compiten por los mismos autores, las marcas de edición casi no se notan, los libros se vuelven objetos poco interesantes, discretos e intercambiables, muchas veces son víctimas del marketing y dejamos de asociar un libro al prestigio o la historia de una editorial… Por eso es tan clave el trabajo de las editoriales independientes: porque siguen asumiendo riesgos para defender sus proyectos, y porque siguen garantizando la bibliodiversidad y la pluralidad de voces con un trabajo esmerado detrás de cada nueva apuesta. 

Va la foto de mi libro de Calasso, todo machucado. Y gracias, Roberto, por todo lo que me has hecho pensar con tus escritos. 

Otros dos escritores que trabajaron mucho tiempo de sus vidas como editores fueron nada menos que Italo Calvino y Natalia Ginzburg, de quienes ya he hablado en otros Hilos. Ambos fueron parte de la editorial Einaudi, de Turín, en momentos muy difíciles y también en momentos un poco más prósperos. Calvino fue, por ejemplo, decisivo para que se tradujeran por primera vez y se publicaran en italiano los libros de Onetti, Cortázar y Borges. Y Natalia Ginzburg fue una redactora multifunción que podía encargarse de distintas tareas. El equipo tenía gran ebullición política, literaria e intelectual, aunque muchas veces les faltaba dinero para vivir dignamente. Miembro de ese grupo era también Cesare Pavese, quien se suicidaría en 1950, generando un cimbronazo fuerte entre el resto del equipo. Esta nota del suplemento Babelia recupera un poco el rol de Ginzburg al interior de Einaudi. 

Y por el lado de Calvino, en el volumen Los libros de los otros. Correspondencia (1947-1981) se recuperan las cartas de los casi cuarenta años que trabajó allí. Es apasionante leer qué tipo de devoluciones o comentarios les hacía a autores y autoras sobre sus obras –con qué maestría leía textos embrionarios y sugería modificaciones, acaso lo más sensible de este oficio– y también cuántas gestiones asociadas se acumulaban entre sus tareas. Hay cartas más duras, otras más inocuas, que nos hablan también de su época, de sus consumos, de sus asociaciones, como si estuviéramos en la trastienda del escritorio de Calvino mientras contesta cartas y abre y cierra diálogos con interlocutores en ausencia, entre los que estaban Primo Levi, Umberto Eco y Leonardo Sciascia. 

Aventuras editoriales en América Latina y España

Saltemos de Europa a la Argentina para hablar de dos editores importantísimos para nuestro país de las décadas del 60 en adelante. Me refiero a los emblemáticos Jorge Álvarez y Boris Spivacow. 

Jorge Álvarez era un librero curioso y sagaz que a comienzos de los sesenta decidió armar su propia librería y editorial con sede en la calle Talcahuano 485. Trabó relación con un puñado de jóvenes asesores (como Pirí Lugones y Rogelio García Luppo), y publicó en su sello, al que llamó como él, los primeros libros de Rodolfo Walsh (Los oficios terrestres, de 1965), de Ricardo Piglia (La invasión, de 1967), de Liliana Heker (Los que vieron la zarza, de 1966), de Germán García (Nanina, de 1968) y el ensayo Literatura argentina y realidad política de David Viñas, entre muchísimos otros. Álvarez también encargaba traducciones y crónicas y libros de historia sobre nuestro país. Era todo un personaje que tuvo la sensibilidad necesaria para plasmar las necesidades de una generación en libros. Fue clave su rol para renovar cierto canon de las letras argentinas de las décadas del 40 y 50 y para darle lugar a la contracultura. De hecho, su deriva como agitador cultural lo terminó llevando a convertirse en productor musical del sello Mandioca, donde editó a Manal, Miguel Abuelo, Tanguito y Sui Generis. Luego se fue a España y desapareció del mapa durante largas décadas. Volvió ya muy viejo y casi sin nada a vivir a Buenos Aires y fue acogido por el enorme Horacio González durante su gestión al frente de la Biblioteca Nacional. A Álvarez se lo homenajeó en vida con una muestra retrospectiva, y hasta pudo despuntar el vicio y publicar unos últimos libros. También escribió sus Memorias, publicadas por Del Zorzal, y finalmente murió en 2015. En las arcas de internet están subidas varias de las charlas que acompañaron la muestra Revisitar los 60. La experiencia de Jorge Álvarez en 2012. Acá una entrevista que le hacen Ezequiel Grimson y Guillermo David en la Biblioteca y acá una charla entre Rogelio García Luppo, el diseñador Ronald Shakespear y Horacio González (moderada por mí).

Boris Spivacow, por su parte, fue un editor central de nuestro país: fundó la Editorial Universitaria de Buenos Aires (más conocida como EUDEBA) y el fabuloso Centro Editor de América Latina (CEAL), sellos que revolucionaron la manera de producir y consumir libros. Su lema era “Más libros para más” y lo sostuvo toda su vida a fuerza de publicaciones novedosas, interesantes y muy accesibles, que se vendían por suscripción y en los kioscos de diarios. Lo suyo era una política cultural alternativa que planteó una relación particular con el mercado y ayudó a redefinir el campo intelectual argentino. Para muchas familias argentinas, la del CEAL fue su primera colección o biblioteca. Spivacow democratizó la edición y acercó a los libros a lectores de todas las edades y clases sociales en colecciones que recuperaban la literatura nacional del siglo XIX, que publicaban literatura contemporánea (La luz argentina de César Aira o La luz de un nuevo día de Hebe Uhart fueron publicadas en su colección Capítulo), pero también le hablan a estudiantes de ciencias sociales y humanísticas (Beatriz Sarlo y Jorge Altamirano fueron colaboradores durante años del CEAL de su colección de teoría literaria y sociología), y hasta a los más chicos, con las famosísimas y muy populares colecciones Cuentos de Polidoro y Cuentos del Chiribitil, desde donde se dieron a conocer autoras de la talla de Graciela Montes. Les dejo la foto de dos libros que recogen la biografía de Boris Spivacow y la historia de su mayor aventura editorial. Y los desafío a que busquen en ferias de usados los libros del CEAL, si es que no tienen ninguno en sus bibliotecas familiares. Son siempre reveladores y económicos. 

 

Volviendo al viejo continente, me interesa terminar este apartado hablando de Jorge Herralde, enorme editor multifacético a cargo de la mítica y también multifacética editorial Anagrama, de Barcelona. Podemos decir muchas cosas elogiosas de Herralde, pero me interesa destacar que siempre le dio gran relevancia a la literatura latinoamericana, cosa que no era tan común en España hacia 1969, cuando la fundó. Anagrama siempre funcionó como puente de enlace entre la cultura latinoamericana y la europea, y la cantidad de autores de estas costas que publicó en su catálogo es apabullante: de Copi a Roberto Bolaño, de Margo Glantz a Alan Pauls, pasando por Piglia, Rulfo, Aira, Lemebel, Villoro, Zambra, Nettel, Bellatín, Fresán, Pitol, Kohan, Busqued, Mariana Enriquez, entre muchíiiiiisimos otros. La editorial cumplió medio siglo y Herralde ya está en retirada, pero se encargó de elegir él a una editora para que continúe con su legado. Ahí está Silvia Sesé para seguir haciendo historia. 

Les dejo la foto de un libro curioso, que fue publicado por Fondo de Cultura Económica en México “copiando” la estética de la serie Compactos de Anagrama, en el que se reúnen textos escritos o leídos en charlas por Herralde sobre su experiencia de trabajo con colegas y autores y autoras latinoamericanos. 

Me di cuenta de que hasta acá casi todos los editores que mencioné fueron hombres. ¿Casualidad? No lo creo… Por suerte, hoy en día las editoras vienen ganando todo el terreno perdido con pasos firmes, fuertes. Hay muchas mujeres detrás de los catálogos de editoriales como Eterna Cadencia, Rosa Iceberg, Gog y Magog, Tenemos las máquinas, Excursiones, Marea, Hekht, Iamiqué, Ralenti, Planta, Dobra Robota o Pánico el pánico, por nombrar solo algunas de las argentinas. 

Antes de despedirme, tres recomendaciones más, así salteadas.

Jean Echenoz, Jérôme Lindon. Mi editor y yo. Este pequeño libro ilustrado que acaba de publicar la editorial Nórdica cuenta la intensa relación del escritor francés con su editor durante más de veinte años, Jérôme Lindon, nada menos que el director general del prestigioso sello parisino Les Éditions de Minuit. Resulta que Echenoz tenía un primer manuscrito listo pero no lo conocía nadie, así que hizo lo que haría cualquiera y llevó personalmente copias a distintas editoriales. Después de coleccionar numerosos rechazos, tomó el riesgo de dejar uno en Minuit, y el mismo editor general levantó el teléfono y lo llamó, decidido a publicarlo. Así empieza esta bella historia de amistad y respeto que pueden empezar a leer acá.

Y hablando de la editorial Nórdica, no se pierdan Correo literario, de la nobel Wislawa Szymborska, un libro en el que se recuperan las notas que ella respondía en un “consultorio de escritores”. La gente mandaba sus poemas o relatos y ella los deshacía en pocas palabras. Por ejemplo: “En apenas tres versos ha utilizado usted más palabras grandilocuentes de las que utilizaría en nuestros días ningún verdadero poeta en una larga vida. Palabras como patria, verdad, libertad, justicia tienen su precio. Corre en ellas verdadera sangre que no se puede imitar con tinta. Si alguien no es capaz de unir esas palabras con una reflexión particular, mejor dejarlas para más adelante”. Despiadada, maligna y genial. 

Si bien no es exactamente sobre “edición”, no puedo dejar de recomendarles la excelente obra de Lorena Vega llamada Imprenteros, que acaba de ser declarada de Interés Cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación. Es que las imprentas tienen tanto que ver con el día a día de un editor, que me parece interesante hacer esta relación. La obra es un biodrama sobre el papá de Lorena, un imprentero del conurbano bonaerense que trabajó toda su vida en su taller y fue presa de diversas rencillas familiares. Lo interesante es cómo ella va reconstruyendo la historia en base a una narración documentada, y al testimonio de sus hermanos que siguieron en el rubro y que aparecen en escena. En serio, es imperdible. Ella es genial como actriz, como dramaturga, como directora. Aprovechen y véanla hoy mismo en Timbre4, o el 16 de octubre en el Teatro Roma de Avellaneda, o bien el 24 de octubre en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, antes de que se vayan de gira a España.

Ahora sí, me despido hasta dentro de 15 días.

Espero que este hilo te haga preguntarte quiénes son los que están detrás de cada uno de los libros que leés. Es que seguro hay un equipo que le pone mucho amor y trabajo. 

Gracias por leer, y por favor cuidate mucho,

Malena

 

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