Los militares no son tema

Un día de 1972 llegó a cenar a mi casa el general y expresidente boliviano Juan José Torres, conocido como Jota Jota. Exiliado temporalmente en Chile, tras ser derrocado por el general Hugo Banzer, nos hizo a un grupo de cuatro un briefing sobre su experiencia como revolucionario castrense. De las notas que tomé rescato las siguientes afirmaciones: Los revolucionarios civiles eran antimilitares. La idolatría universitaria por el Che Guevara había contagiado a algunos oficiales. Como reacción, en los cuarteles se potenció el anticomunismo. La educación del Colegio Militar era desclasante y aristocratizante. El Movimiento Nacional Revolucionario de Víctor Paz Estenssoro quiso cambiar la mentalidad de los oficiales por una simple afiliación al partido.

En el duro contexto que vivíamos entonces, su conclusión fue que vestir el uniforme era “una puerta que se cerraba desde los dos lados, civil y militar” y que “los civiles debíamos considerar a los oficiales, conversar con ellos y no entrar enseñándoles”. Dicho lo cual, nos hizo una advertencia de cierre: “ustedes no conocen a los militares”.

Incidentalmente, volví a ver a Jota Jota después del golpe, en la Universidad de Leipzig, en fecha que no recuerdo. Poco después, en junio de 1976, fue secuestrado y asesinado en las cercanías de Buenos Aires, en el marco del Plan Cóndor.

Razón del recuerdo

Hago este recuerdo pues, no sólo en Chile, civiles y militares seguimos inmersos en la ignorancia mutua. Grave cosa, porque repercute en los temas básicos de la política de cualquier país. Basta leer a Maquiavelo para entenderlo. Aquí, por ejemplo, los candidatos a la presidencia hablan sobre casi todo, pero soslayan dos temas de importancia medular: las relaciones internacionales y la defensa. Esto implica que las políticas sobre esos temas, que ejecutarían desde el poder, seguirán definiéndose como “de Estado” pero no se informarán a la ciudadanía. En rigor, no serán políticas públicas.

Lo dicho refleja la complicada relación entre civiles y militares, propia de las democracias poco desarrolladas o en crisis sistémica. En lo fundamental, ello obedece a que los representantes políticos de la civilidad quieren ignorar que los uniformados integran un subsistema del Estado y no un servicio del gobierno. Estarían sólo para entrenarse, obedecer y desfilar, según interpretación gruesa de la fórmula que les prohíbe “deliberar”. Los militares, por su parte, invocando una autonomía social significativa, distinguen entre su lejanía total de los partidos y su deber de conocer las políticas que les conciernen. Saben que no deben deliberar sobre el manejo político de las coyunturas… excepto si lo ven como un peligro para el Estado que los encuadra.

Democracia en cuidados intensivos

Durante la Guerra Fría ese esquema de la relación civil-militar se aplicó en un marco fijo y rudimentario. Para los sectores conservadores (“derechas”) los uniformados eran su última ratio para mantenerse en el poder. Para los sectores revolucionarios (“izquierdas”) eran lo que Marx había dicho que eran: la fuerza de represión de la burguesía, forjada y potenciada para bloquearles la ruta al poder. Poca mella hizo, en nuestra región, la realidad de las cosas que sucedían, personalizada en jefes militares como Jota Jota, Omar Torrijos en Panamá, el almirante Wolfgang Larrazábal en Venezuela y Juan Velasco Alvarado en el Perú.

El fin de la Guerra Fría pudo aportar una revisión del estereotipo a nivel de hemisferio. Fue una gran oportunidad. Parecía claro que, sin el enemigo estratégico al frente, políticos civiles y militares podían llegar a un mejor conocimiento mutuo y que los gobiernos democráticos asumirían la continuidad entre la Política Exterior, la Defensa y la Estrategia.

No fue así. La decadencia de los partidos, la deserción de sus intelectuales, la emergencia de outsiders y la obra de estudiosos apresurados, hizo que los “dividendos de la paz”, expresión acuñada en la ONU, mutara en el fukuyamesco “fin de la historia”. A partir de ese diagnóstico, la hora feliz de la democracia fue sólo un veranito de felicidad.

Así, hoy no sólo Cuba es asumida como país no democrático (los nostálgicos de Fidel Castro no osan definirla como “dictadura”), pues la acompañan Venezuela, Nicaragua y, pasito a paso, El Salvador. En paralelo, hay países con gobiernos asediados por “estallidos sociales”, en los cuales la democracia, según encuestas contestes y concordantes, dejó de ser apreciada como la única opción. El puntillazo confirmatorio vino desde la mismísima superpotencia, cuando Donald Trump convocó a la toma del Capitolio, en un fallido intento de golpe de Estado… y se mantuvo impune.

Las cosas como son

Sé que no soy optimista si digo que hoy tenemos a la democracia interamericana en la unidad de cuidados intensivos y que Chile no es la orgullosa excepción de otras épocas.

En tal contexto, cualquier analista acucioso sabe que los militares vuelven a ser actores importantes, incluso por omisión. En los Estados Unidos desbarataron la intentona golpista de Trump y Bob Woodward acaba de publicar un libro al respecto. En Venezuela son el soporte de la dictadura del civil Maduro, designado a dedo por el coronel Hugo Chávez. En Brasil, configuran la plataforma social del excapitán Jair Bolsonaro. Además, ya no necesitan dar golpes para imponer su peso político. Por negarse a reprimir, en Bolivia contribuyeron al fin de la pretensión vitalicia de Evo Morales. En el Perú, entre Martín Vizcarra y Francisco Sagasti, dieron señales de que no estaban dispuestos a intervenir en apoyo de un gobierno sin representatividad. En Chile, tras el “estallido” de octubre -que hoy se reconoce como “revuelta”- hay quienes desearían que intervengan y quienes tratan de congelarlos dentro de sus bases y cuarteles.

En 2018 publiqué en el Fondo de Cultura Económica el libro: Historia de la relación civil-militar en Chile, llamando a la reflexión sobre tan complicada relación civil-militar en nuestro país. Allí asumí las circunstancias descritas y advertí lo anómalo de sostener un estado de rencores y recelos congelados con base en nuestro 11-S. Por cierto, el libro se inscribió en la inercia que describía. Me consta que los oficiales militares de las tres armas lo compraron y lo comentaron en sus revistas institucionales. En cuanto a los políticos civiles, no lo conocen o lo soslayan. Para extrañeza de mi editor, tampoco hubo reseñas en los medios.

Ante aquello, con un residuo de mi vieja ingenuidad intelectual, consulté a un amigo inteligente y periodista por añadidura, quien me miró como a quien viene cayendo de la luna. A su juicio, a esta altura de mi vida y comunicacionalmente hablando, yo ya debiera saber que aquí “los militares no son tema”.

 

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